Alianzas Inesperadas I

—Las puertas fueron derribadas con una sola patada del inmenso bárbaro. Los salvajes que le acompañaban, mientras tanto, eliminaron a todos los guardias afuera del salón —narraba un comensal a sus acompañantes, en una apartada mesa de de la posada del Conde Vultui. Uno de los más prestigiosos establecimientos de la Ciudad Imperial—. Después, el titán entró solo a la cámara del trono, y con nada más que su presencia hizo que los diplomáticos quisieran huir, al menos aquellos que no estaban escondidos bajo sus mesas.

La narración y los gestos del joven relator mantenían concentrados a los cuatro individuos que lo rodeaban. Cada uno iba más elegante que el anterior, incluido él mismo. Tomó una pausa, para beber un poco del buen vino que llenaba su copa, y continuó su historia, sujetando un cuchillo de la mesa.

—Se sabe que sólo el más anciano de los Leones y su escolta osaron hacerle frente. Fue algo muy valiente para algunos, y bastante estúpido para otros. No tenían oportunidad ante tales bestias, y sin embargo no dudaron. Los Lobos prácticamente redecoraron la habitación con sus tripas —el rostro del narrador delataba su agrado por las escenas sangrientas. Al terminar su última palabra, de pronto, enterró el cuchillo en el gran pavo asado al centro de la mesa—. Una vez destruida toda supuesta oposición, el titán clavó una de sus más de cinco armas frente al trono del Imperio.

El impacto se marcó en los rostros de sus oyentes, que apenas creían tales actos de salvajismo. El relator sonrió satisfecho, hasta que la única mujer en la mesa sujetó el cuchillo. Lo limpió con una servilleta de seda dorada, y empezó a jugar con él entre sus dedos.

—El pobre anciano murió de miedo, antes de que el gigante le arrancara la cabeza —dijo, a modo de última palabra, con rostro sereno y voz firme, su mirada despectiva brillando con sus ojos celestes como el mismo firmamento bajo sus cabellos rubios—, todos sabemos eso ya. Es lo que sigue lo que les puede interesar —siguió, esperando atraer la atención de los presentes. Sólo le respondieron con silencio y gestos que pedían más. La dama sonrió con delicadeza—. Los Leones buscaron venganza. Quizás pensaron que aún siendo Lobos Blancos, sus diplomáticos no serían mayor desafío. Sería sangre por sangre, o eso creyeron —se tomó una pausa, respirando lentamente, obteniendo aún más interés—. Un puñado de Leones atacó a la delegación nórdica, pero no contaron con la bella mujer salvaje que los enfrentó. Una tal Vidgis. Digna descendiente de la familia Finn, le arrebató la vida a cada uno con sus propias manos. Fue un nuevo baño de sangre. Aún deben estar limpiando ese lugar, y eso que han pasado ya muchos días —concluyó, cubriendo con elegancia su boca para dejar salir una pequeña carcajada.

—¿Ella sola? ¿Contra cuántos? —preguntó uno de los presentes. Otro, un hombre de rostro serio y rasgos duros, se apresuró a responderle, adelantándose a la mujer. Ella sólo le dedicó una mirada de odio que no le importó disimular.

—Todos saben que esos no eran Leones —comenzó el nuevo narrador, dedicándole una leve sonrisa de burla a la mujer—. La salvaje estaba descontrolada. Marchó sola hacia la delegación León, los otros Lobos Blancos la siguieron únicamente para detenerla. Esa mujer iba a firmar lo que sería el inicio de una nueva guerra entre esos Reinos, pero cuando llegó, un tal Hanjo Kelm hacía guardia. Ante él, cinco lanzas levantadas, cada una con una cabeza en la punta, y cinco mantos ensangrentados, que mostraban el ya conocido emblema de los nórdicos.

—¿Y dices que no comenzó una guerra? ¿Acaso una Finn dio media vuelta después de contemplar eso? —preguntó el más joven, el que había comenzado la narración, aprovechando cada oportunidad de retomarla.

—Estuvo cerca. No quiero imaginarme cómo será cuando esos dos deban enfrentarse. Vidgis es una salvaje orgullosa, pero Hanjo no se queda atrás. En lo orgulloso me refiero, ni tampoco en el mal temperamento —respondió el actual narrador, aferrándose a ser el centro de atención como si su vida dependiera de ello—. Fue gracias a su pequeña hechicera, Ragna creo que le llaman, que los salvajes pudieron enterarse de lo que sucedía. Se dice que todo Lobo Blanco le pide consejos, y en ese momento dejó claro por qué. Gracias a sus dotes místicos, se dio cuenta del truco detrás de todo, pues los que atacaron a los norteños poseían un rasgo que los delató. Un rasgo que de seguro marcará a Creación una vez más… —hizo una pausa, buscando hacer contacto visual con cada uno de los otros cuatro individuos en la mesa.

—Los ojos rojos de Locura —le interrumpió la mujer rubia, con una voz que denotaba su supuesto aburrimiento, cuando la mirada del narrador se topó con la suya.

—¿Cómo supiste?… Eso es información confidencial. Sólo unos pocos y yo lo sabemos —dijo el hombre, tan enfadado como arrepentido, incapaz de esconder su sorpresa —. No imaginas cuánto dinero me costó enterarme.

—Nada que no se me haya informado, ¿o acaso crees que eres el único con oídos por toda Creación? —le respondió ella, disfrazando lo que realmente había sido una coincidencia afortunada… para ella.

—Momento, ¿me están diciendo que todo esto es obra de Locura? —interrumpió uno de los comensales. Un hombre que, hasta ahora, sólo escuchaba atentamente, incapaz de ocultar su risa al ver el extraño juego de seducción y odio se armaba ante sus ojos.

—Quizás… pero ni siquiera Ragna, con sus poderes de divisar los hilos del futuro, se esperaba lo que siguió —dijo el narrador, aferrándose al relato, contestando a la curiosidad de su amigo, casi ignorando la intromisión de la mujer—, pues todo se calmó gracias a Anset East, uno de esos engreídos escoltillas de Garnet el Justo. Aún ahora, nadie sabe con qué autoridad —el hombre fue incapaz de ocultar un gesto de desprecio al mencionar al guerrero del Sol—. Tampoco sabe nadie por qué los mismos vasallos del Sol no se encargaron de seguir la pista de Locura, mandando a Hanjo y Vidgis en un viaje a resolver semejante tema. Anset ni siquiera pertenece a los guardias imperiales, ni siquiera es digno de ser paladín, y viene a dar órdenes ante algo de tal magnitud —finalizó, haciendo un gesto con su copa, esperando que la camarera le trajera más vino a él y a todos quienes disfrutaban de su historia.

—Jajajá. Así es —dijo la mujer con una risa tan elegante como fingida, entrenada para encantar—. Las maldiciones de esos dos se escucharon por toda la ciudad imperial. Una salvaje y un antiguo fanático León. ¿Que pasará después? ¿Se les sumará un Ciervo?

—Sólo queda creer que los Leones pueden saber algo. Llevan tanto tiempo viviendo al lado del Bosque de la Noche Eterna, allí donde se supone está escondido el Dios Loco —comenzó el último comensal, quien no había dicho palabra alguna hasta ahora. Su voz grave atrajo la atención de todos, mientras recibían las copas del fragante vino caliente con naranja, bebida típica el Imperio durante el otoño—. Que los Reinos se maten entre ellos no es nada, de hecho es lo mejor, más aún considerando que la sola mención de Locura suele descomponer a los del Reino del Sol, volviéndolos complicados a la hora de negociar.

—Señores, quédense tranquilos —se apresuró a acotar quien había comenzado la historia, buscando traer calma a sus ahora atormentados acompañantes—. Según mis informantes, ambos guerreros están fuera de la Ciudad Imperial. Al parecer van en camino a las tierras del Ciervo. Dicen que vieron algo, alguien que sobrevivió a los atacantes disfrazados. Pero bueno, ¿quién les puede creer? Si además de todo, se dice que este par de “tórtolos” se comunica principalmente con insultos. Saben a ciencia cierta que no pueden dejar de cumplir su misión, y deben entender que sus actitudes no son las más sigilosas. Ahora, para los habitantes de la ciudad, sigue siendo la principal preocupación el hecho de que los Reinos desean la corona. Nadie sabe qué sucederá con el Imperio si el Sol deja de reinar… Locura es la menor de nuestras preocupaciones.

—Así es —le respondió el joven de voz profunda, alzando su copa e invitando a que los demás se le uniesen—. Mientras más divididos se encuentren ellos, mejor para nosotros. Que se maten todos si quieren, pero primero tienen que pagar por sus suministros, y nosotros estaremos allí para hacerlos jugar a los soldaditos… ¡Salud!

por: Flynn Fianna

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