Alianzas Inesperadas II

Después de tres días de viaje, Elizabeth estaba agotada y de mal humor. Si bien moverse en un carruaje era mucho más cómodo que a caballo, ella simplemente no disfrutaba salir de la comodidad de su hogar, menos aún de la capital del Imperio. Al divisar la entrada a la Ciudad Mercante del Reino del Ciervo, mirando desde una ventana, su mente empezó a recordar esos innumerables salones que visitó durante su infancia, en los que su padre consolidaba el gran negocio que ella heredó. Incluso en esos años ella no pasaba inadvertida, ya que desde muy temprana edad había destacado por su gracia y belleza, con sus cabellos como el trigo y sus ojos como el cielo. También, desde entonces, a sus once años, ya demostraba la actitud de una dama con caprichos, haciendo berrinches por no ver cumplidos sus deseos. Ahora, ya adulta y con varios enamorados en su haber, ha extendido por toda Creación el gran comercio que su padre estableció. Ni siquiera le resultó como algo complejo, gracias a su talento para obtener buenos precios de cualquier producto. Convirtió en su actitud recurrente la idea de que un buen negocio siempre debe de tener un poco de belleza y sutileza. “Así se cierran más rápido”, pensaba.

—Señorita, ya llegamos.

La joven, de sólo veinticinco años, despertó de sus ensoñaciones. Parpadeó tres veces, gesto que dejaría recuerdos, y se dirigió a salir del carruaje.

—Muchas gracias, cochero.

La Ciudad Mercante era un lugar sumamente adecuado para la belleza de Elizabeth. Con calles de adoquines relucientes y finos edificios bien decorados, era un lugar que mantenía los altos estándares de la nobleza a la perfección, a pesar de no ser más que una ciudadela de paso y comercio. Su verdadero objetivo era imponer una forma de vida, resaltando para esto las universidades, donde habían sido acogidos los más prestigiosos pintores y escultores. Esto atraía a posibles mecenas, dispuestos a pagar por algo llamado arte. A pesar de eso, la actividad más común en el lugar eran los negocios. El dato más conocido de la región era que se le conocía como la perla de los Ciervos, pues su fama y belleza rivalizaban con las de la misma Ciudad Imperial, con la que limitaba.

Horas más tarde, después de un suave y reconfortante baño de tina y espuma, la mujer fue invitada por sus pares a una gran velada en la ciudad. Se presentaría para exponer los hechos sucedidos en la asamblea de los Reinos en el Imperio, tema que había comentado extensamente hace sólo tres días.

—Mi dama, su resumen de los acontecimientos es muy detallado, y se lo agradecemos —le decía el más viejo de los invitados, ya en una mesa de un distinguido recinto en la Ciudad Mercante—. Sepa que nosotros también tenemos noticias que entregarle a usted. El León ha movilizado parte de su ejército hacia el Reino del Lobo Blanco, y ya se ha apuntado una victoria contra los nórdicos, en sus propias tierras nevadas. La escaramuza no fue del todo relevante para nosotros, y sabemos que los Leones perdieron muchos soldados, pero bueno. Marchan al mando de la hija de Erick Bendig, la joven Ellery. Aunque ha dado un gran paso en esta guerra de Reinos, no podemos asegurar de si el León sabrá aprovecharlo —al oír tales noticias, la mujer no hizo más que darle un sorbo a su cáliz lleno de vino, disimulando que escuchaba atentamente a su interlocutor—. Si bien la alianza inesperada que se forjó en la capital del Imperio, entre la salvaje Lobo Blanco y el guerrero León, es una mera coincidencia, no guarda relación alguna con esta batalla. Estos improvisados compañeros no tienen idea de lo que ha sucedido en el norte —el anciano hizo una pausa, tragando un poco de saliva—. Por el bien de esos dos, espero que no se enteren de lo sucedido. Así como viajan ignorantes, al entrar a nuestra ciudad, han hecho gala de un vocabulario fuera de serie, llamando la atención de cualquier transeúnte que los oiga. Es más… —se tomó una nueva pausa, más larga que la anterior, dándose tiempo para degustar el buen vino que compartía con la mujer, ansiosa por escuchar más—… nos enteramos de su presencia por un altercado en plena plaza de las camelias. Se vio a estos dos seres dándose de golpes con tanta fuerza que, según nos fue comentado, destruyeron varios puestos de verduras. Y a pesar de los golpes, no detenían los insultos de toda índole que se propinaban. Además, si bien la pelea fue entre un hombre y una mujer, los golpes eran de fuerza similar. Algo sorprendente, considerando la belleza de esa mujer salvaje, si me lo preguntan a mí —una tercera pausa alcanzó la narración. Elizabeth ya dejaba claro con su sola mirada que no quería más interrupciones. Al notar esto, el anciano se apresuró a continuar, recordando el conocido mal temperamento de la mujer—. Se imaginarán cuál sería el desorden, que hasta la guardia real no pudo detenerlos. Y no hablamos de tres o cuatro, no señores y señorita. Hablamos de seis soldados entrenados y preparados para estas situaciones. De cualquier forma, no todo estaba perdido —el rostro del hombre dibujaba una sonrisa cada vez más notoria—, pues, agradecidamente, el señorito Jean Dupont pudo separarlos con su bendita hechicería, volcando tiestos de agua sobre esos incivilizados. Logró que se calmasen, mientras les apuntaba tranquilamente con su siempre convincente y hermoso arco, que relucía a la luz del sol.

Elizabeth notó que, al terminar esa última frase, el hombre se sonrojó claramente, además de necesitar un pañuelo para secarse la frente. Sólo pudo pensar que tanta emoción se debía, seguramente, a una dudosa sexualidad.

—Una suerte que el señorito Jean se haya encontrado de paso por la ciudad —arremetió uno de los oyentes en la mesa. Al parecer era el más joven, con pecas y pelo completamente naranja—. Se sabe que es uno de los aprendices del gran Johann el Preciso.

—Debo discrepar con ustedes, caballeros —alzó la voz otro de los comensales, que no había hablado hasta ahora. Era un tipo flaco y huesudo, de rostro y frente anchos, que resaltaban más aún por su corto cabello.

Los demás lo miraron perplejos, como si hubiese roto un valioso candelabro.

—¿Entonces qué fue lo que los detuvo? ¿Acaso dirás que fue el mismo Johann?… No te atreverás a poner en duda su habilidad —preguntó sarcástico el joven pelirrojo, desatando las carcajadas de todos los presentes.

—No, muchachito. No fue eso —respondió el comensal delgado, poniendo la voz un poco grave antes de empezar su narración—. Si bien es cierto lo de que esos dos, Hanjo y Vidgis, se dieron golpes en la plaza, y que la intervención de Jean fue necesaria, eso no fue lo que consiguió separarlos… Quizás ni Johann hubiese logrado tal cosa. El motivo principal es que hubo algo que les llamó la atención. A los tres.

—¿Algo como qué? —preguntó despectivamente el más joven, tratando de poner en duda tal comentario.

—A ver, repasemos. ¿Ustedes saben la razón de estos extranjeros para venir hasta acá? Podrán ser luchadores entrenados, pero nadie puede superar a seis guardias, menos si ni siquiera estaban de acuerdo entre ellos —miró de reojo antes de continuar, con una expresión que denotaba lo confidencial de lo que iba a decir—. Hasta vuestro admirado señorito recibió una paliza sin igual, pero no de parte de los otros dos, sino de aquello que perseguían… un hombre de no más de metro setenta, y de la misma contextura mía, pero con rasgos realmente interesantes. Sus manos tan resistentes como el acero, por ejemplo. Sus uñas eran verdaderas garras, su piel parecía caerse a pedazos, y adornaba todo eso con una desfigurada sonrisa en su rostro. Iba cubierto con sombrero y capa, imposibilitando ver más allá de eso.

—¿Locura? —se apresuró a preguntar Elizabeth—. ¿No pudieron ver sus ojos color de sangre?

—Poco se pudo ver. Este individuo, llamémoslo así, o Locura si prefieren —continuó el narrador, haciendo un ademán a la mujer—, envío al tal Hanjo volando por los aires. Y a la mujer la dejó sentada a varios metros de distancia, contribuyendo con su propia cuota de puestos de verduras devastados, destruyendo el hierro y la madera con sus propias garras… La guardia nada hizo, y seamos honestos, nada podía hacer tampoco. Hasta vuestro favorito —dijo, dedicando ahora un ademán al anciano— recibió uno de tales golpes, quizás hasta ganándose unas costillas fracturadas, pues dicen que lo vieron escupir sangre. Por suerte el cervatillo es ágil, pues logró acertar una flecha en uno de los hombros del rival, obligándolo a retroceder y a darse cuenta de que ahora estaba rodeado por los tres, el hechicero, el guerrero y la salvaje.

—Me imagino que esto no tiene un buen desenlace —dijo el pelirrojo.

—Por el contrario, mi amigo. Aunque los tres realizaron un muy descoordinado ataque conjunto, Locura no pudo hacer más que defenderse. Todo terminó cuando escapó, saltando de tejado en tejado.

La mesa cambió de tono. Se respiraba un poco más denso, y eso se sentía en las miradas de todos los comensales.

—¿Por qué yo lo sé? Sé que se lo que preguntan. Pues es simple, yo estuve comprando ahí esta mañana, cuando pasó todo eso. También me enteré de que los tres, malheridos como estaban, fueron llevados al castillo de la Guardia Real, directo al despacho de Dimitri Dupont, quien no se veía muy contento al escuchar lo ocurrido. Exigió a Jean que le contara los detalles, y dejó insinuado que debían hacer lo posible para que nada de esto se vuelva público. No quiere que la gente sepa que Locura está de vuelta después de tantas generaciones, y menos si está visitando esta prestigiosa ciudad. Veamos cuánto dura esa fachada, pues la sola idea de la alianza entre esa Loba y ese León, a mi parecer, es suficientemente ridícula como para ser obra de Locura.

—Lo que yo supe —interrumpió el más viejo de la mesa— es que las razones de Dimitri para desconfiar de la alianza tienen ese mismo motivo. Es simplemente una barbaridad. Es por eso que mandó al señorito Jean a hablar con Dagna Baldwin, amiga de infancia de Dimitri. Y bueno, la precavida general León en retiro quiere adelantar los pasos de esta alianza, aún con uno de los suyos ya involucrado, y hacer que el señorito investigue sobre este brote de Locura en Creación.

—A que ni se imaginan a quién mandó la abuela para que acompañe al hechicero —interrumpió el más delgado de los comensales, intentando retomar la narración—. ¡Adler Baldwin!

La mesa entera soltó una gran risotada. Todos los presentes sabían que Adler era un personaje sin igual. Si bien su habilidad y talento como discípulo del León eran reconocidos, también lo era su enorme boca, capaz de sacar de quicio hasta a la más concentrada de las hechiceras Lechuza.

La risa y el vino parecieron terminar por subírseles a la cabeza a los comensales, convirtiendo la reunión en una gran velada. Los presentes siguieron discutiendo sobre sus historias, creyendo a medias cualquier cosa que se dijera, pues la alianza de la Lobo Blanco con el León parecía tan alocada como al del Ciervo y el León. Además, los cuatro personajes serían incapaces de pasar por alto, volviéndose muy fáciles de rastrear.

Los brebajes y la comida fluyeron hacia la mesa, dejando la conversación principal en segundo plano. Los comensales no tardaron en distraerse con trivialidades propias del comercio, mientras no muy lejos de allí, una extraña sombra caminaba hacia las tierras del León, dejando un rastro de sangre y muerte a su paso.

por: Flynn Fianna

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