Alianzas Inesperadas III

Una suave e intermitente lluvia caía esa noche, así que la dama no tenía más opción que esperar. No muy lejos de donde estaba, por una de las esquinas de la pequeña ciudadela, una silueta se acercaba con pasos ligeros.

—Mi señora, ha llegado su invitado —la voz gutural del cochero interrumpió el silencio reinante.

—¿Viene solo? —preguntó la acaudalada mujer.

—Sí, mi señora.

—Entonces deje que entre.

La puerta se abrió con un ligero movimiento de la manilla. El visitante hizo una avenía y buscó un asiento con la mirada. Pasados unos segundos, el carruaje empezó a avanzar en dirección desconocida.

—No deberíamos juntarnos a tan altas horas de la noche —dijo la dama—. Mucho menos en un carruaje. Me parece intrépido de su parte, y también una falta de respeto para su sueño y el mío.

La voz le respondió era la de un joven, no más de veinticinco años de edad. Era de contextura delgada y llevaba una barba bien cuidada. Vestía ropas de viaje, de tonalidades terrosas, y un sombrero de media ala, adornado por una peculiar y excéntrica pluma del mismo color que sus ropas.

—Acepte mis disculpas, mi dama, pero es de suma necesidad hablarle lo antes posible. Si le parece, cuando termine mi relato, júzgueme como le parezca pertinente. Pero antes, ponga atención a cada palabra que emane de mi boca.

Perpleja al escuchar tan elaboradas palabras, la mujer, con un leve gesto, dejó al informante usar sus talentos. Después de todo, si no fuera por su curiosidad, ella ni siquiera hubiese venido en primer lugar.

—Me encontraba en una posada, cerca de los límites con las tierras León —comenzó el joven—. Un lugar de paso con muy poca gente, perfecto para no levantar sospechas. Tal como sabíamos de antemano, ellos no aceptarían la alianza forjada a la fuerza con los Lobos Blancos, por lo que decidieron mandar un emisario para pactar una nueva alianza, en esta ocasión con los Ciervos. Jean fue el primero en llegar. A simple vista se podía ver que era un tipo tranquilo, de bajo perfil, con modales refinados y siempre con una sonrisa dibujada en el rostro. Bastante tiempo después llegó el tal Adler Baldwin. Si se me permite comentar, debo decir que es el opuesto de la moneda. Con su presencia tan desagradable, se hizo notar enseguida. Creo que es una de las personas más desagradables que he visto en mi vida, si ya su ingreso a la taberna, donde se reuniría con Jean, fue un verdadero espectáculo. Apenas entró, no tuvo inconvenientes en gritar a viva voz quién era la pequeña hechicera de tan ridículo nombre. Me entenderá si le digo que la gente, al escuchar tales palabras, se quedó muda por un segundo, mirando con asombro y extrañeza al molesto forastero. En cambio, la respuesta de Jean fue simple y elegante. En silencio, levantó la mano, y lo invitó a sentarse en la mesa. No pude escuchar muchas cosas en particular. En vez de un saludo, hubo una burla de Adler por el porte y nombre… lo que le venía como anillo al dedo. Y Jean, muy diplomáticamente, respondió que no había conocido antes a tipo tan sucio, tanto de lengua como de ropas. También comprenderá, mi señora, que parecía que el León no había comido hace días. Claramente tomó más de la cuenta, y a momentos me pareció que se encontraba medio borracho, ya que su voz carrasposa parecía resonar en toda la taberna. Algo así como un cuerno de caza mal soplado. El señor Jean fue quien llevó la conversación, mientras Adler comía y bebía sin respiro. El joven hechicero hablando sobre cómo es el Reino del Ciervo, cómo es su cultura, su afición por las artes y letras. Resaltaba el hecho de que hasta las mismas Lechuzas vienen a estudiar a esta bendita tierra, que recibe de manos abiertas al forastero. Así el señor Dupont mantenía su oratoria al máximo, mencionando también que tienen los mejores arqueros de toda Creación, sin comparación alguna, pero Adler al parecer no poseía mayor interés en lo que se le narraba. Más bien, lo que realmente le llamó la atención, fue que justo detrás de Jean se encontraba un grupo de alegres viajeros, apostando en juegos de cartas. Lo que sucedió a continuación no tiene manos ni pies, pero después de aclarar un poco mi mente puedo suponer, y así hilar bien, lo que aconteció esa noche —la mujer había seguido el relato con interés, hasta ahora, levantando una ceja al oír la última frase de su relator. El hombre, al ver la mueca de la mujer, tomó aire y prosiguió con celeridad. No la conocía muy bien, pero la fama de su temperamento cruzaba los cinco grandes Reinos—. Jean seguía hablando efusivamente de su Reino cuando, de repente, Adler se levantó de la mesa como si nada… y como un niño curioso, se puso a mirar como los viajeros jugaban. Jean no entendía nada, le pareció una falta de respeto ese actuar del León, pero este ya estaba sentado en la mesa contigua. Incluso, haciendo un gesto con la mano mientras las cartas eran repartidas, invitó al arquero a sentarse junto a él, no sin antes indicarle que trajera la jarra de licor, para compartirla con los demás jugadores.

—¿Y quiénes eran esos tipos? —preguntó extrañada la dama.

—Sinceramente, si me lo pregunta, pues, eran unos tipos de mala muerte, que sólo andaban de paso por ahí, para su mala suerte, en el día y la hora equivocados.

—¿Pero qué pasó? —siguió la mujer, aún más extrañada. Soltando un leve suspiro, como adivinando lo que pasaría, esperó a que su orador continuase.

—Pues bien, después de varios juegos y apuestas, viendo los dos cómo se escapaban las monedas de sus bolsillos, el Ciervo se percató de que los forasteros estaban haciendo trampa. Lo dejó en evidencia cuando, al tomar una carta, notó que no estaba tan sucia como las demás. Mantenía perfectamente su color. Se dio cuenta entonces de que, cada vez que ganaba uno de los otros tres apostadores, la particular carta estaba ahí. Nada más bastó que terminara su acusación para que Adler lanzara la mesa por los aires, con todo y cartas, jarras y monedas, sin preocupación alguna por nada ni nadie. Entenderá, mi dama, que el alboroto que se produjo fue monumental. La gente se abalanzaba para recoger monedas del suelo, peleándose como si fuera pan para los pobres —la mujer quedó inmóvil al escuchar tales palabras, y pestañeó un par de veces para volver en sí. Apenas terminaba, el relator continuó—. Después de unos segundos, las sillas también volaron por los aires. Los presentes comenzaron a golpearse, y la risa descontrolada de Adler se escuchaba cada vez más fuerte, como si gozara con tal escena. Sin importarle que lo alcanzaran puñetazos, patadas, platos u otros objetos, mantuvo esa posición de descontrolada burla y una temeraria mirada en busca de oponentes. Perplejo por la acción de su socio, Jean decidió aturdir a los apostadores con su hechicería, pues aunque la pelea comenzó con los jugadores, en cosa de segundos toda la taberna se disponía a lincharlos a ambos, y la bocaza del León no ayudaba. Parecía que era incapaz de callarse, y además que disfrutaba la pelea contra cualquier oponente que se le cruzase. Si me permite opinar nuevamente —insistió el relator, apresurándose a continuar antes de obtener respuesta—, el joven Jean debería haber hechizado y dormido a ese animal, en vez de a la gente de la taberna. Sin Adler la situación no hubiese sido más que un cruce de palabras, seguramente menos que amistoso, pero claramente más moderado. En cambio, al ver que las cosas se ponían cada vez peor, el Ciervo desencajó de un golpe una de las ventanas tapizadas, y por allí salieron corriendo… antes de que los desollaran vivos a ambos. Incluso yo recibí un par de golpes mientras observaba la escena.

La cara de la mujer cambió totalmente al escuchar estas últimas palabras, y una pequeña risita salió de su boca.

—¿Me está diciendo que los dos salieron corriendo como viles criminales?

—Exactamente, mi señora.

—Menos mal que no los alcanzaron.

Ambos se imaginaron cómo Jean y Adler habrían escapado, y qué tipo de moretones tendría cada uno. Después de un pequeño silencio, la mujer volvió a hablar, completamente seria:

—Pensaba que Hanjo y Vidgis eran un par de locos, pero al escuchar esta historia, de verdad no sé qué pensar —siguió la mujer, sin poder desdibujar la sonrisa burlesca de su rostro—. Podemos suponer que Adler fue el más apto, no por su carisma obviamente, sino por ser muy amigo de Hanjo. Esos dos se consideran hermanos de armas. Ya antes habían trabajado juntos en misiones encomendadas por Serilda. No manejo la información sobre qué es lo que hicieron juntos, pero sí sé que falta un tercer integrante, aunque en estos momentos no recuerdo su nombre. Además, no viene al caso. Ahora bien, Jean está allí por una simple razón, él estuvo en el altercado de Vidgis y Hanjo en la entrada a la ciudad mercante. Eso lo hace partícipe, y le da un movimiento estratégico al Ciervo, para enterarse y mantener entre manos lo que está pasando ahora en Creación. Dimitri fue muy astuto al enviar a este joven, calmado y razonable ante todo. Eso lo diferencia de los otros tres. Además parece ser un gran hechicero y un muy buen arquero, al menos según tengo entendido.

La mujer se quedó en silencio nuevamente, esperando a que el joven siguiera relatando lo acontecido. En unos instantes, el hombre se dio cuenta de esto, y se apresuró a continuar.

—A la mañana siguiente, muy temprano, Adler y Jean se adentraron en las tierras del León y empezaron a seguir las pistas que el encapuchado dejaba a su paso. En cada pequeño pueblo por donde pasaban, se enteraban de extraños sucesos con los animales. Estos se comportaban de manera extraña, y algunos además morían sin motivo aparente a las pocas horas. Lo peor de todo era que se acercaban cada vez más a la frontera prohibida.

—¿La frontera prohibida? —preguntó extrañada la mujer—. ¿Está seguro de ello?

—Sí, mi señora. La frontera… con el Bosque de la Noche Eterna. No fue hasta estar en los mismísimos límites que se toparon con la otra alianza, la de Hanjo y Vidgis. Allí los Leones se saludaron efusivamente, como viejos amigos que son, mientras Vidgis miraba de reojo al joven Jean, que la saludó con una amable y gentil reverencia.

—¿Está seguro de que esos cuatro se encontraron?

—Sí, mi señora. Es más, los cuatro entraron, de forma temeraria, al bosque.

La mujer no pudo mantener su compostura y, su rostro enrojeciendo, empezó a levantar la voz mientras salían las palabras de su boca.

—¡Pamplinas, eso es imposible! ¡Esos cuatro deberían haberse sacado los ojos en cuanto se vieron! ¡No hay nada que los una ahora que sus Reinos están en guerra! —exclamó, dándole una mirada desafiante a su interlocutor—. ¿Estás seguro de que entraron?

El hombre respondió con una sonrisa evidente.

—¿Y desde dónde cree, mi señora, que he venido a todo galope?

por: Flynn Fianna

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