Alianzas Inesperadas IV

Al entrar en el bosque, la improvisada compañía debió abrirse paso con dagas y manos. El terreno era todo menos hospitalario, ya que imponentes árboles, tan altos y anchos como un templo del Sol, rodeaban todo el entorno, cubiertos por todo tipo de follaje, helechos, ramas, y hojas. Solamente se podía avanzar en fila. El esfuerzo por rasgar la verde muralla que tenían delante era tanto que, de tanto en tanto, debían turnarse por quién iba a la cabeza.

—¡Maldita sea! ¡Maldito bosque y maldita la hora en que le hice caso a la vieja! —se quejaba Adler Baldwin, para luego imitar la voz de una mujer anciana—. “Adler, eres el único hombre en quien confío, el único capaz de llevar a cabo tan difícil misión. Tú, gran señor de la guerra, dueño indiscutible del Reino del León, amo absoluto de todas las mujeres en Creación”.

Los hombres que lo acompañaban se rieron al oír tales estupideces.

Vidgis Finn, que iba adelante del grupo cortando la maleza, se detuvo un momento. Se limpió el sudor de su frente y miró fijamente al imitador, como si tratara de entender tales costumbres de los extranjeros.

—No sé cómo son las mujeres de tu Reino —le dijo, adusta—, pero en las tierras del Lobo Blanco, alguien como tú no tendría lengua, ni mucho menos dientes.

Adler levantó una ceja mientras una burlesca sonrisa se dibujaba en su boca.

—¿Lo dices porque soy tan guapo que sería la envidia de todos los hombres?

—No, lo digo porque los habladores sólo sirven para trabajar en las minas de hierro. Los hombres de verdad demuestran su valía peleando o cazando, no hablando como ancianas.

—¿Así que piensas que mi lengua es rápida?

—Sí —respondió severamente la salvaje.

—Entonces, imagínate las posibilidades —respondió el León, cerrándole un ojo.

Vidgis solamente escuchó un insulto. A una velocidad increíble, se volteó lanzando un tajo capaz de partir a un hombre en dos. Mientras los demás necesitaban de sus cuchillos para abrirse paso, evitando dañar sus armas, la salvaje no utilizaba más que su espadón curvo, resistente y afilado, forjado por Lobos Blancos. Antes de que el golpe alcanzara su objetivo, algo se le interpuso. Algo que se acababa de mover lo suficientemente rápido como para detener semejante golpe. Jean Dupont había frenado el tajo, con su mano sobre la guarda de la espada de Vidgis, sin preocupación alguna por su propia integridad.

—No conozco las costumbres del Reino del Lobo Blanco —comenzó a hablar el joven hechicero, mirando a los ojos de Vidgis—, ni tampoco sé cómo se castiga a la gente por las graves ofensas. Tal vez la muerte sea el camino indicado, por lo que me remitiré a recordarles —siguió, mirando ahora a Adler— que no debemos pelear entre nosotros. Deberíamos dejar estas cosas atrás, o al menos dejarlas para después.

La salvaje, tan alta y corpulenta como un hombre adulto, apartó la mirada del León y la dirigió a los ojos de Jean. Sabía que de la mano del arquero brotaba sangre, y reconoció rápidamente tal acto de valentía. Detuvo su arma y su ofensiva, mas no su desafiante mirada.

—Trata de no morir en el bosque, porque mi espada querrá dar ese tajo —dijo Vidgis.

—Claro, mi dama —le respondió el León, escupiendo al suelo mientras miraba a Jean—. Lo resolveremos después.

La caminata se reanudó mientras Hanjo Kelm curaba la herida de Jean, envolviendo su mano con una venda de tela. “Moriremos todos por culpa del maldito bosque” pensaba el guerrero León, “o por nosotros mismos. Ojalá no suceda antes de encontrar al maldito fenómeno”.

Continuaron avanzando en silencio hasta que, delante de sus ojos, el entorno cambió drásticamente. La masiva vegetación, que hasta ahora les impedía el paso, desaparecía casi por completo, siendo reemplazada por un paisaje extraño, más abierto y con menos árboles. Los cuatro viajeros tenían ahora un terreno abierto y fangoso en frente. Habían llegado a un verdadero manglar, con árboles blancos y secos, algunos caídos y otros simplemente ahogados en aguas musgosas. La temperatura allí era considerable y repentinamente más baja, y en lo alto, tras una efímera niebla, se dibujaba una luna fantasmagórica.

Decidieron detenerse ahí. Apenas terminaban de encender una fogata y comer algunas de sus provisiones, Vidgis se percató de algo. Los graznidos de las aves nocturnas eran cada vez más fuertes. Miró al cielo, tratando de ver de dónde venían esos pájaros. Los demás la imitaron, pero antes de que cualquiera lograra ver algo, varias siluetas se formaron en la niebla. Eran formas humanas, o eso pensaron los cuatro viajeros. Mientras más visibles se hacían estas formas, más de ellas aparecían. Cinco, diez, quince, cada vez más.

El primero en reaccionar fue Hanjo. Miró a Adler, que asintió con la cabeza, entendiendo enseguida.

—Permanezcamos juntos. No sabemos quiénes ni cuántos son —dijo el guerrero, levantando sus garras. Los otros tomaron posición defensiva, con sus armas empuñadas.

Cuando las figuras salieron por completo de la niebla, los aventureros pudieron verlas bien, aunque a duras penas. Se trataba de hombres y mujeres, todos similares y llevando ropajes de los mismos colores. Todos similares y empuñando objetos tales como guadañas, azadones, hoces, picas, rastrillos, y otras herramientas comunes de granjeros. Aunque algunos estaban manchados de sangre, barro y quién sabe qué más, lo más grotesco de la escena eran las máscaras, blancas y lisas, que llevaban todos estos personajes.

Al ver mejor a los cuatro viajeros, las sombras se detuvieron en seco. Dudaron unos segundos, pero de todas formas se abalanzaron contra ellos.

—Esperen, sean pacientes —dijo Hanjo, con la calma característica de un guerrero tan experimentado, como si sólo se tratara de un entrenamiento más, y levantó sus garras de manera instintiva—. Jean, apenas los tengas a tiro, dispara.

Las risas de los enmascarados acompañaron su carga. Al ver que corrían a una velocidad mayor que la de un humano normal, los cuatro viajeros debieron romper su cerrada formación. Se separaron en dos grupos, yendo por un lado el viejo León junto a Jean, mientras Adler y Vidgis iban hacia el otro.

El primero en acertar fue Jean. Con rápidos movimientos, disparó varias veces, derribando a dos enemigos antes de que pudieran acercarse. A pesar de eso, las sombras no tardaron en alcanzarlos. Hanjo vio que se dirigían al joven Ciervo, y se les adelantó, arremetiendo con sus garras. Cortó ropa, piel, carne e incluso huesos, acabando con varios desafortunados.

El arquero trataba de alejar su mente del caos que le rodeaba. Se concentró, haciendo fluir una energía por su interior. Con un movimiento de sus brazos, mientras a su alrededor se levantaban ramas, hojas y lodo, proyectó desde sí una masa de aire que, al contacto con los enemigos, los lanzó varios metros hacia atrás. Una brecha se abrió entre las sombras, y el guerrero y el hechicero no tardaron en aprovecharla. Hanjo desarmó su formación, derribando oponentes con sus garras, enterrándolos en el lodoso terreno.

Al otro lado, Adler hacía alarde de su inmensa boca, maldiciendo a los enemigos mientras repartía golpes a diestra y siniestra, tanto con su espada como con su puño libre. Comenzó a transpirar, mas no por el esfuerzo, sino por el calor de la batalla que llenaba su corazón una vez más. Vidgis, mientras tanto, alzaba tanto su enorme espada como su voz, lanzando bestiales gritos de guerra. Las sombras más afortunadas veían sus armas caer, en pedazos, ante el acero de la salvaje. La mayor parte sólo veía partes de sus cuerpos esparciéndose a su alrededor.

Ninguna muestra de dolor se escuchó, ni siquiera un gemido. Sólo risas, que se transformaban en carcajadas y gritos de delirio.

Los dos grupos se desplazaron mientras atacaban, buscando reintegrarse. Pensaban que todo sería más sencillo si se unían nuevamente. Apenas lograron tal objetivo, vieron algo que los dejó boquiabiertos. Hombres y mujeres que habían dado por muertos, se levantaban como si nada. Algunos mutilados, otros con cuellos rotos, era como si no les importara. Algo los mantenía de pie… y claramente no era algo natural.

Aunque correr de regreso al bosque y esconderse allí hubiera sido una buena idea, el grupo no se lo permitiría. Especialmente los dos Leones, que habían jurado proteger a Creación contra estas horribles criaturas.

La batalla se reanudó y los aceros se volvieron a escuchar, pero ahora la suerte no fue la misma. Un hachazo alcanzó a la Loba, rasgando casi la mitad de su muslo derecho. Sus golpes ya no eran tan efectivos como al principio. Fue entonces que Hanjo y Adler decidieron presionar la ofensiva, empezando a moverse como Leones que eran. Llevaban muchos años de conocerse, y ya sus movimientos eran tan sincronizados que se asemejaban a un baile. Lanzando puñetazos, patadas, zarpazos y tajos, cortaron su camino entre los enemigos. Vidgis mantenía a raya uno de los flancos con su enorme espada, mientras Jean, el único que se podía mover libremente, disparaba con rapidez desde el otro.

La pelea se hacía cada vez más cerrada. Los Leones acertaban cada ataque, pero también recibían heridas. Adler mantenía una perfecta secuencia en su ataque. Se acercaba, daba el golpe necesario, y salía, pasando así de un rival a otro. Siempre lo hacía, siempre daba resultado, hasta ahora, cuando algo imposible de prever sucedió. Fue un hombre que ya había caído ante las garras de Hanjo, pero seguía vivo contra todo pronóstico. Con un esfuerzo increíble para alguien que daba su último aliento, se aferró a la cintura del discípulo, inmovilizándolo por un momento. Una mujer aprovechó enseguida tal cosa, acercándose con un enorme cuchillo por delante. Adler pudo ver los ojos rojos tras la máscara claramente, y escuchar, mientras trataba de detener la hoja con su mano libre, unas carcajadas monstruosas. Tal ruido hizo eco en su mente mientras las puñaladas alcanzaban, con facilidad, su pecho.

Hanjo, al ver tal escena, acabó enseguida a su contrincante de turno, cortándole la garganta, para tratar de detener a la mujer que apuñalaba a su amigo. Su zarpazo sólo consiguió arrebatarle la máscara… pero fue suficiente. La mujer cayó al suelo, aparentemente sin vida. Mas había cumplido su objetivo, Adler estaba tumbado en el lodo, con el largo cuchillo atascado en su pecho. Al notar lo sucedido, Vidgis dio un nuevo gran esfuerzo, lanzándose como un depredador contra los incontables enemigos. De un solo golpe pudo decapitar a dos, mientras el dolor de su pierna se hacía cada vez más fuerte. Jean trató de arremeter contra un joven que, aparentemente, no sobrepasaba los catorce años, y que se dirigía a Hanjo, alzando un azadón para golpearlo por la espalda. El Ciervo esquivó por poco un rastrillo que iba directo a su brazo, tensó el arco y, sin apuntar, confiando en sus ojos, disparó, dando muerte al niño.

Adler, más aguerrido que nunca, se puso nuevamente en pie. Ensangrentado y adolorido como estaba, empujó a Hanjo a un lado, con furia en el rostro.

—¡¡Ahora sí hicieron enojar al hijo predilecto de los Dioses!!—gritó, cortando a cualquiera que osara acercársele. No tardó en recuperar la ofensiva de la batalla.

No cabía duda. Los dos Leones, la Loba y el Ciervo formaban un equipo temible. Finalmente, habían logrado unir sus esfuerzos a la perfección.

Momentos después, el graznido de las aves se había acabado, el silencio volvía a reinar, y el cielo era cada vez más oscuro. Sólo cuatro figuras se mantenían de pie. Se miraron y asintieron, habían logrado resistir. Se fijaron en que ninguno tuviera heridas letales. Estaban bien, pero si Vidgis y Adler no se atendían, sus lesiones empeorarían considerablemente.

Entre curaciones, los cuatro se miraban, callados. Ninguno deseaba hablar, pues sabían que lo peor llegaría pronto. Estaban lejos de su meta, cansados y con múltiples lesiones. Lo mejor que podían hacer era buscar un lugar seguro, donde resguardarse de la oscuridad, y allí esperar el amanecer.

por: Flynn Fianna

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