Alianzas Inesperadas V

La noche parecía eterna. Era la vigilia antes de la batalla. Aún cuando habían organizado turnos para montar guardia, ninguno de los cuatro viajeros lograba cerrar los ojos. Sus cuerpos estaban tensos, y sus mentes no dejaban de recordarles la desventajosa situación. El ardor de sus heridas tampoco ayudaba.

—Creo que deberías descansar —le dijo Jean Dupont a Vidgis Finn, mientras preparaba arco y flechas para tomar su turno de guardia.

—No me digas que no los has visto —respondió la mujer—. No creo que nos dejen descansar.

La mirada del joven hechicero estaba fija en las sombras que los rodeaban, observando los incontables puntos rojos que brillaban en la oscuridad. No sabía cuántos eran, pero estaba seguro de que eran ojos.

—Los veo, pero no hay mucho que podamos hacer en nuestro estado.

—Tal vez así sea —dijo pensativa la salvaje—, pero no pienso esperar a la muerte durmiendo. Si esto se acaba ahora… mataré a docenas de ellos antes —concluyó, y una leve sonrisa se dibujó en su rostro.

—¿Antes? ¿Acaso no piensas en vivir?

—¿Vivir? Eso lo hacemos cada día. Morir en batalla, con la espada en las manos, honrando a nuestros ancestros… Eso sólo se puede hacer una vez.

Repentinamente un rayo cruzó el escaso cielo que podían ver, iluminando todo el lugar por un par de segundos. “Cinco, quince, veinticinco…” pensó Vidgis. No dejó de contar oponentes mientras sus siluetas fueron claras. Jean, a su vez, tensó su fino arco con una velocidad increíble, apuntando una flecha a una sombra, casi transparente, quieta a pocos metros de ellos, preguntándose hace cuánto estaba eso allí.

—¡Dispara! —gritó Hanjo Kelm, acercándose junto a Adler Baldwin.

Jean no fue capaz de hacerlo. Estaba congelado, sus brazos no respondían. Sólo pudo observar cómo, en la sombra, se hacía visible una máscara, que reflejaba la escasa luz del lugar, blanca como la porcelana y con una gran sonrisa dibujada. Vidgis tampoco parecía poder reaccionar con la velocidad suficiente, así que Adler, de un salto, se lanzó hacia el enmascarado, tratando de alcanzarlo con su espada. Únicamente consiguió que su enemigo, de un solo manotazo, lo dejase enterrado de cabeza en el fangoso suelo.

Hanjo se acercó por un flanco, agazapado y veloz, pero no lo suficiente. Con sólo un movimiento casi imperceptible, el enemigo sujetó al León por el cuello, levantándolo más de un par de centímetros del piso.

—Esta no es forma de recibir a un Dios —la voz era profunda e inhumana, y sus palabras retumbaron en la mente de los presentes como golpes a sus cráneos—. Exijo respeto.

Vidgis fue la siguiente en actuar. Apenas sus músculos volvieron a permitirle el movimiento, lanzó un tajo con todas sus fuerzas. La espada fue detenida por el individuo sin problema. La sujetó por el filo, con una mano más parecida a una garra, y, con un simple gesto, partió la hoja en tres pedazos. El rostro de Vidgis evidenció su sorpresa. Nunca nadie había logrado partir una espada forjada por los Finn. La sombra se movió hacia Hanjo, empujándolo contra Jean, casi derribándolos a ambos.

—¿Dios? ¡No eres más que un monstruo! —gritó Adler, levantándose y escupiendo fango—. ¡Eres sólo una excusa de enemigo!

—Tantas generaciones han pasado, y aún no han aprendido la lección —la voz del enmascarado volvió a retumbar en la mente de los viajeros—. Ustedes me han traído de regreso. En el fondo, saben que todo esto es mi creación, y que sólo yo soy digno de gobernarla… Avisen a sus amigos, a todos aquellos escondidos en sus cortes… que he regresado.

Ante tal afirmación, los cuatro quedaron impávidos. A pesar de las claras evidencias, deseaban no creerlo, pero ya era imposible negarlo. El Dios Loco estaba frente a ellos, poderoso e imponente. Un sólo pensamiento cruzó por sus mentes cuando se dieron cuenta de esto, casi al unísono: Los Reinos debían saberlo.

Hanjo fue el único capaz de reaccionar. Su antiguo entrenamiento en las legiones de fanáticos León era para este preciso momento. Se abalanzó contra la deidad con una ráfaga de golpes, pero esta no necesitó de mayor esfuerzo para esquivarlos por completo.

—¡Vayan y avisen a sus Reinos! —gritó Hanjo, aún dando zarpazos que no alcanzaban más que el enrarecido aire—. ¡Les conseguiré tiempo! Deben huir… ¡¡Ahora!!

—No pienso dejarte morir así —le respondió Adler, para luego dirigirse a los otros dos—. Debo ayudarlo… váyanse, rápido.

Apenas el discípulo terminó de hablar, el pecho de Hanjo fue atravesado por una de las garras del Dios.

—Tú sabes que no triunfarás —balbuceó el anciano guerrero, cada vez más muerto que vivo, ahogándose con su propia sangre—, tú tiempo ya pasó.

Tanto Adler como Vidgis sintieron el miedo apoderándose de sus cuerpo al ver la facilidad con que el Dios pudo tomar una vida. Habían visto tales cosas cientos de veces, en batallas pasadas, pero esto era diferente. Estaban seguros que ellos seguirían. No había escapatoria.

—¿Honrar a los ancestros, eh? —preguntó casi al aire Adler, desenfundando una segunda espada y entregándosela a la salvaje.

—¿Qué hacen? —les gritó Jean—. Debemos huir. No dejen que la muerte de Hanjo sea en vano… Si los reinos no se enteran… todo estará perdido.

—Entonces cuéntales —respondió Vidgis—. Corre. Te daremos el tiempo suficiente. Ninguna muerte será en vano… Confío en ti, pequeño Ciervo.

—Nunca pensé que me agradarías tanto, salvaje —comentó Adler, mientras Jean comenzaba a escapar—. Donde sea que terminemos, recuerda que tenemos algo pendiente.

Lo último que vio Jean fue a sus compañeros cargando contra el enemigo, y aún después de perderlos de vista, lograba escuchar el sonido inconfundible del combate. Quería luchar, regresar con ellos y ayudarlos, pero debía cumplir su obligación. Se lo había prometido a Dimitri Dupont, tenía que informarle lo que pasaba. Como cualquier Ciervo verdadero, el sentido del deber era más fuerte que cualquier otro deseo.

Los ojos rojos lo seguían en cada paso, avanzaban junto con él, pero no se le acercaban. A veces giraban a su alrededor, desorientándolo. Jean pensaba que estaba cerca de la salida del bosque, pero todos los árboles eran iguales para él. Ya no tenía certeza alguna de su destino.

Aún así, siguió corriendo, agotado. De vez en cuando disparaba flechas hacia la oscuridad, esperando darle a algo, pero las municiones ya escaseaban, y no obtenía señal alguna de haber dado en el blanco. Finalmente, cansado y sin fuerzas, tropezó. Se hundió lentamente en el lodo, hasta que una figura invisible lo levantó, alzándolo casi medio metro del suelo. Mientras el rostro del Ciervo se volvía azul por la asfixia, la máscara del Dios se dibujó nuevamente frente a él.

—Te dije que este es mi mundo —sonaron nuevamente las palabras inhumanas, retumbando en cada espacio del bosque—. No hay lugar donde puedan huir de mí  —el hechicero intentó soltarse, pero la garra del Dios parecía hecha de acero—. Si tanto deseas que tus insignificantes amigos sepan de mí, creo que es momento de que yo mismo me presente.

Y dichas esas palabras, Jean Dupont dejó de respirar.

—¿Estás seguro de los que me cuentas? —le preguntó Elizabeth a su interlocutor—… Creo que esto último lo has inventado.

El narrador, vestido con oscuros ropajes y llevando un sombrero de media ala, parecía querer ocultar su rostro mientras hablaba, cubriéndose de las luces del privado salón.

—Mi dama, me ofende profundamente —le respondió a la mujer, haciendo un gesto para resaltar su molestia—. Usted está pagando por mi información, y yo le puedo asegurar que lo que cuento es lo que ha ocurrido y nada más. Nada ha sido inventado.

—O sea que los cuatro… ¿han muerto?

—Sí, mi señora —se apresuró a responder el misterioso hombre—. Alguien de mi confianza, un informante muy cercano, me lo ha contado todo con lujo de detalles.

—¿Un devoto? ¿O un manchado? —exclamó entre ofendida y aterrorizada la mujer—. ¿Acaso no sabes que te podrían cortar la cabeza por aquello?

—Sí, mi señora, lo sé —respondió tranquilamente—, pero incluso los ojos rojos necesitan negociar, y así como usted vende bienes al mejor postor, yo vendo información.

Ya más calmada, la mujer de rubios cabellos le entregó una bolsa de terciopelo, llena de oro, al narrador quien, ya con el pago en sus manos, y después de hacer un gesto de respeto, saltó por la ventana del castillo y desapareció entre las sombras.

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