Aullidos de Lobo Blanco

El largo salón estaba inundado por el clamor de tarros llenos, comida siendo devorada, y fuertes voces de guerreros. Las hachas colgaban sobre las espaldas o desde los cinturones, cuchillos mellados con años de uso se hundían en grandes trozos de carne, la espuma de los tragos escurría desde jarras y cuernos, y los con más alcohol encima elevaban sus voces por sobre las demás, sonando ya como verdaderas bestias del Norte Congelado.

Mas nadie peleaba, nadie espetaba amenazas, nadie se atrevía a causar problemas. No bajo la mirada de Han el Rojo. No desde la última vez que alguien se comportó como un tarado en su presencia. Tal como aquella vez, ahora su figura resaltaba al final de una de las largas mesas, al centro de la gran sala. Su hacha del norte, más larga de lo que algunos hombres son altos, descansaba sobre uno de sus hombros, como un claro recordatorio de su poder como guerrero, y más todavía, como un recordatorio de aquella última vez. El símbolo del Reino resaltaba en su pecho, al centro del cuero que llevaba como armadura, aunque todos sabían que alguien como él no necesitaba armadura. La fuerza y el miedo eran más que suficientes. Lo sabían quienes lo habían enfrentado, y lo sabían quienes presenciaron esa última vez, cuando alguien se comportó como un tarado en su presencia. Nadie peleaba, nadie espetaba amenazas, nadie se atrevía a causar problemas.

Esa era la corte del Lobo Blanco. Una corte de rugidos, comida y licor. Titanes y guerreros se habían reunido allí, en un largo salón de madera y piedra, bajo el invierno del Norte Congelado. No se veía un solo salvaje. Tampoco berserks. Tales castas no eran bienvenidas a ocasiones como esta, cuando una asamblea había sido convocada.

—Lobos Blancos —se alzó la voz de un hombre más bajo que todos los demás presentes—, guerreros, compañeros. Hay un tema que nos reúne aquí hoy, y ya que todos queremos volver a nuestra comida y bebida, espero que podamos atenderlo con rapidez—Oddi Vestein fue al punto rápidamente—. Creo que todos recordarán a Hanna Vestein. Fue llamada por el Imperio no hace mucho. No hubo avisos ni preguntas por parte del Concilio, aunque era una vasalla de nuestro Reino a la que llamaban. Se encuentra allí ahora. A pesar de ser una salvaje, era una de la manada.

Al principio hubo voces de duda en el salón, pero no permanecieron por mucho.

—¡El Imperio nos necesita! —gritó un titán, alzando sus palabras por sobre todas las demás, levantando orgulloso el puño y terminando su licor de un solo trago.

—¡Saben que sin nosotros no pueden vencer! —siguió otro, estrellando contra la mesa su jarro vacío.

—¡Están reconociendo nuestra fuerza! —agregó un tercero, sobrio a pesar de tener varios litros encima, empuñando su hacha.

—¡Somos los más fuertes! ¡Los más aptos! —exclamó una más, golpeando la mesa a la que estaba sentada.

Muchos gritos siguieron, todos sumándose a la misma idea, acallando casi por completo las últimas dudas de la corte. Casi, pues el rugido de un guerrero sonó más fuerte que cualquier otro.

—¡Sí! ¡Somos los más aptos! ¡Somos los más fuertes! Por eso el Imperio nos llama. ¡¡Para domarnos!! —la voz de Ulf Vestein era un grito de guerra mientras se levantaba de su asiento—. ¡¡Están llevándose a los nuestros uno por uno!! Y no se detendrán, ¡¡porque saben que son incapaces de enfrentarnos!! —concluyó, mirando fijamente a otro titán—. ¿O a caso lo negarás, Ingunn? —cuando dijo su nombre, más pareció que lo había escupido.

El titán señalado, guerrero y noble de la familia Sterki, se levantó también, devolviendo con temible furia la mirada de Ulf. Parecía que una pelea estaba a punto de estallar, pero en vez de un arma, fue un sobre lo que Ingunn empuñó. Un sobre con el sello imperial. Lo dejó en la mesa del centro de la corte, en frente de Han, en medio de Ulf y él mismo.

—Lo recibí… —antes de que el titán pudiera seguir hablando, el guerrero Vestein lo interrumpió.

—¿Ven? Es justo lo que digo —su voz era todavía un grito de guerra—. ¡Primero Hanna! ¡¡Ahora Ingunn!! ¡¡El Imperio está llevándose a los nuestros!!

—¡Por el Imperio empezó esta guerra! ¡Porque debemos ser nosotros los que gobiernen! —la voz del hijo de Sterki se convirtió también en un grito de guerra—. Aunque parece que tú has olvidado eso.

—Lo recuerdo tan bien como tú, ¡por eso sé que no podemos dejarlos seguir con esto! ¡¡Quieren separar a nuestro Reino!! ¡¡Hacer que dejemos de ser una amenaza para su Concilio!!

—Y tú prefieres que eso lo haga otro Reino en vez del Imperio, ¡¿cierto?! —cuando Ingunn terminó su respuesta, hubo sorpresa además de ira en el rostro de Ulf.

—¡¿Qué estás diciendo?!

—¿Seguirás ocultándote de tu propio Reino? ¡¿En la misma corte del Lobo Blanco?! —cada palabra del hijo de Sterki hacía más y más notoria la rabia de su interlocutor—. Algunos podemos tomar el color del Imperio, pero tú pareces querer llevar el color de un Reino enemigo —sus últimas palabras sonaron como un gruñido.

—¡¿Me acusas de traición?! Piensas dejar las pieles grises por una armadura dorada, ¡¿y te atreves a acusarme de traición?!

—El Imperio es nuestro objetivo, y los demás Reinos son nuestros rivales. ¡¡Deberías recordar eso antes de llamarme desertor!!

—¡He luchado en tantas batallas y contra tantos oponentes como tú en esta guerra! —cada vez había más enojo en las palabras del hijo de Vestein—. ¡Y seguiré luchando aunque tú quieras que nuestro Reino se separe por completo! ¡¡Desertor!!

—Tú eres el que se está separando de su Reino. Te estás volviendo débil —Ulf seguía mirando fijo a Ingunn, desafiante, respirando nada más que furia—. ¡¡No creas que no sé lo de tu mascota Ciervo!! ¡¡O de esas cacerías en que acompañas a la mujer que dispara agujas, escondiéndote de tu propio Reino!! Seguramente crees todo lo que dice con su lengua venenosa, como la de cualquier Cierva. ¡¿Cómo sabemos que no son sus palabras las que tú escupes ahora?! ¡¿Cómo sabemos que no te está volviendo tan débil como ella?! ¡¡¿Cómo sabemos que no te está convirtiendo en un traidor?!!

El guerrero Vestein ya estaba poseído completamente por su ira, mostrando los dientes como un animal rabioso. No dijo palabra alguna, pero empuñó su hacha y, con suma velocidad y fuerza, dio un golpe al sobre con el sello imperial, partiéndolo a la mitad y casi haciendo lo mismo con la mesa. Llegó a dar un segundo golpe, pero antes de que pudiera dar el tercero, Ingunn había saltado por sobre la mesa que los separaba, y aterrizado con un puñetazo entre los ojos de Ulf.

La pelea ya había estallado. El invierno bramaba afuera del salón de madera y roca, el viento hacía rugir a los árboles, y la nieve golpeaba el suelo como un herrero a un yunque, pero los golpes de los dos titanes llevaban mucha más furia. Aunque Ulf lanzara un puñetazo capaz de matar a un hombre más débil, Ingunn seguía luchando, y aunque respondiera estrellando la cabeza de su rival contra el suelo, el hijo de Vestein seguía levantándose. Y aunque un titán rompiera una silla contra el cuerpo del otro, cargara en una embestida furibunda, o lanzara a su oponente al suelo, ninguno cedía terreno. Ninguno se dejaría ver como el más débil de los dos.

—¡El Imperio no puede seguir separando a nuestro Reino! —gritó Ulf de pronto, dando un puñetazo—. ¡¡No ayudarás al Concilio con eso!!

—¡¿Qué sabe alguien como tú?! ¡Controlado por una Cierva! —respondió Ingunn, devolviendo el ataque—. ¡¡Debemos llegar al trono del Imperio!!

Los demás Lobos golpearon las mesas estruendosamente, cada vez más rápido y más fuerte, como si golpearan tambores de guerra, casi convirtiendo la corte en un campo de batalla.

La pelea solamente se tornaba más encarnizada. Los dos titanes sabían bien lo que defendían, y ninguno pensaba ceder. Ulf no dejaría que Ingunn y el Imperio siguieran debilitando a su Reino. Ingunn no dejaría que las palabras de Ulf, engañado por una extranjera, alejaran al Lobo Blanco de su objetivo principal. Los golpes eran cada vez más duros, y ningún guerrero mostraba debilidad ni cansancio. Las tablas del suelo se cubrían de sangre y de los restos de varias sillas, mas ambos titanes seguían en pie. La lucha habría continuado por un largo rato, hasta la muerte de uno de los dos…

Pero Han el Rojo no tenía paciencia para eso. Con una mirada como la del mismo invierno en su rostro, se levantó. Dejó su enorme hacha en su silla, caminó hasta los dos oponentes, y lanzando con una mano a cada uno, en diferentes direcciones, terminó el enfrentamiento.

—¡Suficiente con esta pérdida de tiempo! —rugió, y el silencio inundó la corte—. Si tanto necesita el Imperio de nuestra fuerza, que osen volver a llamar a un Lobo Blanco —mientras hablaba, caminó junto a su asiento, tomando su hacha—. No importa cuántos cobardes cubiertos en lata haya ahí, no tendrán a uno de nosotros —Ulf e Ingunn se levantaron del suelo, escuchando a Han con tanta atención como todos los demás presentes—. Nos tendrán a todos. Nos tendrán golpeando la puerta del Imperio, y terminando lo que Hakon comenzó —detuvo su recorrido, quedándose al centro del largo salón—. Larga vida al Imperio —gruñó con burla, para después comenzar a golpear el suelo con el mango de su enorme arma. Los demás no tardaron en unírsele, estrellando los puños contra las mesas o las empuñaduras de sus armas contra el suelo.

Un clamor incontenible se apoderó de la corte del Lobo Blanco. Las voces de los guerreros se alzaron por sobre los golpes, pero no formaron palabra alguna. Eran gritos de guerra y furia. Eran rugidos de bestias. Eran aullidos de Lobos Blancos.

por: Daniel L. Ruiz

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