Conspiradores

El sonido de la masa contra el metal al rojo retumbaba en toda la tienda al punto de que apenas se escuchaban los pasos de la silueta caminaba hacia el armero.

—Di-disculpe —dijo una voz femenina, algo incómoda con el fuerte estruendo—, ¿Tiene un momento?

El hombre detuvo sus golpes, para luego sumergir la pieza en un cubo con agua donde el humo, debido al cambio de temperatura, se esparcía por el aire. Limpió sus manos, sirvió algo de licor en dos vasos de greda, se acercó a la visitante para al fin sentarse en frente de un barril volteado que a la vez servía de mesa.

—Señorita Elizabeth, mucho tiempo sin verla. Por favor, sé que esto no es para alguien como usted, espero me disculpe.

—Muchas gracias, querido Armero —la muchacha hizo un ademán mientras acercaba un piso—. Sabes que contigo, amigo mío, no me importa la etiqueta.

—¿Qué buscas esta vez? ¿Un bello estoque con detalles de plata? ¿Unas nuevas piezas para tu montura? ¿Un hacha de hierro del Norte?

—No, Armero, nada de eso.  Es algo más importante.

Se escuchó un gruñido proveniente del herrero.

—Los impuestos del Imperio a nuestras mercancías han incrementado, ¿Sabe lo que ocurrió ayer en Barehem, los puestos comerciales al norte de esta ciudad?

—No, mi dama —dijo el armero, mientras se rascaba la barbilla.

—Guardias imperiales requisaron mercancías para pagar los impuestos activados. Llenaron, según me comentaban, quince carromatos a tope. Se llevaron armas, alimentos, piezas de joyería, todo lo que pudieron —Elizabeth tomó una pausa para beber del vaso—. Los mercaderes estaban tan molestos que se enfrentaron a los guardias imperiales, los custodios de plata del ciervo debieron intervenir entre todo el caos. Supe que los comerciantes derribaron los carromatos, gritando contra los Bonham y su nefasto gobierno ¡Tenemos que hacer algo!

—Te estás metiendo donde no te incumbe, preciosa —dijo el armero muy sereno, mientras rellenaba su vaso que había ya bebido de un sorbo.

—La política no es algo que nos sea ajeno, querido. El regateo es algo muy similar a lo que hacen los charlatanes en las cortes para conseguir favores.

—Señorita Elizabeth, si quiere coordinarse, está el Gremio de Comerciantes Libres. Pero si ahora quiere una corona, créame que es mejor hacer negocios con los favoritos al trono ¿No lo cree?

La joven cruzó sus brazos y frunció el ceño, movía sus dedos como tocando las piezas de un piano sobre su propio antebrazo.

—A las orillas de esta fabulosa ciudad se encuentra el Bosque del Cerezo de Plata —empezó la dama—, en ese lugar, antiguamente, funcionaba la base de operaciones de los primeros comerciantes.

El Armero se acomodó para oír la historia de Elizabeth, se sabía que a ella le fascinaban los relatos, tanto escucharlos, contarlos… incluso intercambiarlos, toda información es útil.

—La base era una antigua edificación que hacía de hogar y parada para los comerciantes y contrabandistas, ahí se relajaban de los largos viajes que revelaban poco a poco la gran geografía de nuestro hermoso territorio. Adra el Mercader, dirigía las operaciones de las caravanas por las tierras que hoy llamamos del Reino del Ciervo —un nuevo sorbo refrescaba la garganta de Elizabeth—. Esa edificación ya no se usa hace muchas generaciones, eso porque las familias nobles del Ciervo se apoderaron de este territorio ejerciendo su crecido poder no solo de negociación, sino político. Quizás, querido Armero, si fuera porque la política nunca nos pareció importante, este territorio sería aún nuestro —los ojos decididos de la dama miraban al fuego ardiente de la herrería del Maestro.

—Entiendo su punto, señorita Mercader.  ¿Pero qué pretende?

—El edificio sigue en pie y ya envié hombres a limpiar, ordenar y reparar. Se ubica cerca de acá, y al parecer el poco respeto que le queda al reino celeste le ha permitido vivir a este bosque hermoso de color violáceo, dejando oculto ese antiguo centro de operaciones.

El Armero, una vez más, gruñó pensativamente.

—El Cerezo Invisible: oculto, como nuestras intenciones… sin colores, sin reinos… Solo nos guiará la libertad. Podremos comerciar con quien queramos, aliarnos con quien necesitemos. ¿Lo entiende, verdad? Abandonemos a esa vieja monarquía, Maestro, levantemos lo estandartes de la libertad. Espero contar con usted.

Los ojos llenitos de pasión de Elizabeth se erguían, decididos.

—Los mercaderes debemos estar unidos, y para eso está el gremio… pero creo que nuestra tierra no merece la mala gestión de este Concilio. Te puedo ayudar con esto: ¿Conoces a Cort East?

—¿East? Lo lamento, creo que el Sol no es un aliado en esta batalla —dijo Elizabeth con algo de desagrado.

—No lo está entendiendo, mi dama. Busca a ese sacerdote, pasó hace poco por este lugar buscando una piedra de molar.

—Muchas gracias, pero ¿Por qué ese hombre, Maestro?

—Porque él está decepcionado de su reino, dejó los colores de su estandarte y abandonó su tierra… es un candidato perfecto para ayudarte en esta pelea, joven Elizabeth.

—¿Y dónde lo encuentro, mi querido Armero?

—Inicia por la Plazuela del centro —el herrero iba a rellenar el vaso de la dama, pero esta le interrumpió poniendo su mano en la boca de la pieza de greda.

—¿La Plazuela, por qué?

—Porque el hombre iba acompañado de la muchacha a quien llaman la Hábil. Suele alimentar a las palomas de aquella plazuela.

—Eso haré entonces, buscar a Lisa, y que nadie sepa que estamos tramando ¿No? —sonrió la dama Mercader con sublime gracia.

—Los colores no nos importan, la conspiración por el poder debe darse en secreto…

—Gracias Maestro, siempre es un placer hablar con usted —la muchacha se disponía a levantarse para retirarse cuando de pronto se vio interrumpida.

—Elizabeth, ¿Puedo decirte algo, como tu amigo?

—Claro, Maestro ¿Qué ocurre?

—Me he enterado que un par de tus hombres han conservado sus apellidos familiares, aun cuando han abandonado los blasones de sus reinos —Al decir esto, el Armero notó una sonrisa burlesca que nació en el rostro de la joven Mercader—. No sea tan hostil en sus primeras jugadas, le he enseñado con las cartas que primero debe tratar de confundir y no mostrar sus verdaderas intenciones.

—Amigo mío, una jugada válida es ir de cabeza a la misión que estoy jugando, y ese es mi plan. Descuida, los provoco para que en su colérico actuar al responder sean erráticos, fáciles de leer, y ya sabes el dicho: «La negociación se gana cuando conoces lo que quiere el otro».

Antes de que la dama saliera de la habitación, el Armero interrumpió su paso nuevamente.

—Hay algo más —Elizabeth, al oír estas palabras, dio una delicada vuelta buscando el rostro del herrero, quien se acercaba a rescatar el metal del agua donde se había sumergido—, una dama escoltada por un hombre ha estado llamando la atención en esta ciudad. Sus ropajes no distinguen algún reino, puede que esa información te sea útil.

Una sonrisa se escapó de los labios de la joven Mercader.

—Gracias Armero —dio media vuelta para seguir su camino—. Para la próxima, podríamos invitar a Percy… de dos personas no podemos jugar ese fascinante juego de naipes.

—Ten cuidado con tus «naipes», Elizabeth, mucho cuidado —mencionó mientras adentraba el metal a la boca de la fragua.

—Todos los naipes sirven para despistar, y claro, obtener información. A fin de cuentas, no puedes acusar a ningún jugador de ser el Conspirador.

La risa del Armero fue opacada por los estridentes golpes de martillo al reiniciar su forja.

por: Benjamín Cofré

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