Decisiones I

Mientras caminaba, la esbelta silueta de la hechicera se desdibujaba con sus largos cabellos blancos, los cuales reflejaban el sol de mediodía que se elevaba sobre el castillo de la Luna Oculta, una de las fortalezas más retirada del Reino de la Lechuza, casi adentrándose en el sombrío bosque del este.

– Bienvenida a mi castillo, joven Myria – le saludaba en la entrada del castillo Edriell, una distinguida hechicera que vestía un elegante vestido de velos y brillos que siempre acompañaba de un peinado que resaltaba su roja cabellera en conjunto a su joven y engañosa apariencia, pues bien es sabido que las poderosas seguidoras de la Diosa Luna obtienen el regalo de un envejecer muy tardío.

– Muchas gracias, Dama Edriell – respondió Myria con una leve reverencia – Espero no ofenderla, pero ojalá podamos saltarnos todo el espectáculo propio de la corte.- buscaba concluir la mujer, mientras su voz se desvanecía.

– Directo al grano, algo típico de las damas Eclipse, tan propio de los señores del fuego.- respondió Edriell con un tono relajado, sin darle importancia a tal petición.

– Así es, nuestra hechicería nos define, sé muy bien que para ustedes la política es importante, pero el viaje ha sido algo tedioso y nunca es fácil llegar hasta este apartado lugar – buscaba excusarse Myria ante la solicitud realizada, sabía que aquello era algo que podría considerarse fácilmente ofensivo.

– Es algo extraño que venga a la fortaleza política de la Lechuza a pedir que no haya diplomacia alguna, pero aceptaré su pedido. –

– Muchas gracias – dijo Myria, sonriendo finalmente aliviada.

– Ahora dirijámonos al interior – invitó Edriell a la hechicera, acompañando sus palabras con un amable gesto que señalaba la puerta de entrada – Hablaremos mientras caminamos hacia su obsequio.-

– ¿Obsequio? – respondió extrañada Myria mientras ingresaba al castillo – La gran Aziza no me ha informado acerca de ello…-

– Hay muchas cosas aquí que yacen lejos de la visión de su mentora. –

Myria parecía perpleja frente a aquellas palabras, su maestra era reconocida por su gran poder, pero bien es sabido que las seguidoras de la Dama Luna son las mejores para guardar secretos, sin comparación alguna en todo el Imperio.

En silencio ambas mujeres caminaban adentrándose en lo más profundo del castillo, una fortaleza que albergaba un elegante laberinto en su interior, una última defensa ante la siempre amenazante cercanía del León, pero sobre todo por la constante ambición del Ciervo, siempre curioso por conocer todos los secretos de la corte que las Lechuzas resguardan en el castillo desde hace ya muchas generaciones.

– Las órdenes que la gran Aziza me ha encomendado… –

–…Son que dediquemos nuestras fuerzas a luchar contra la reaparición de Locura – le interrumpe Edriell, sin siquiera dirigirle la mirada, únicamente enfocada en seguir su camino, reflejando con el monótono tono de su voz su aburrimiento.

– ..Y este castillo…-

-…Será usado como central de operaciones, debido a su valiosa posición estratégica, gracias a su cercanía al bosque… ¿o me equivoco? – esta vez le dio una breve mirada, mientras le invitaba a pasar a un nuevo salón.

– No, es sólo que a veces olvido lo molesto que puede ser la descortesía de las videntes – respondió enojada Myria. – Se vuelve difícil hablar con alguien que ve el futuro. –

La hechicera de rojos cabellos no dio respuesta alguna al comentario, sólo continuó su avance abriendo cada entrada de salón, cada ingreso de pasillo, sólo con un gesto de su mano, sin siquiera tocar las pesadas puertas, manteniendo un molesto silencio que sólo cesaba ante el crujido de cada cerradura.

– Mis disculpas si la he ofendido – buscó excusarse Myria, sucumbiendo a la presión de la indiferencia.

– No te preocupes, aunque es extraño que alguien que me pide ignorar la etiqueta se enoje por una leve descortesía, además ya estamos cerca.-

Esa fue la única respuesta que la mujer obtuvo, luego avanzaron no más de un par de pasillos cada vez más oscuros y con cerraduras de mayor complejidad, pero que no oponían resistencia alguna a la hechicería de Edriell.

– ¿Estos son los calabozos? -preguntó Myria un poco desconcertada – ¿Porque estamos aquí? –

-Es hermosamente simple – respondió Edriell deteniéndose y tomando de las manos a Myria – Todo aquello que se supone me vienes a informar… simplemente ya lo sé. –

– ¿Las órdenes? ¿La misión…?.-

– Sí – interrumpió Edriell a la joven de blanca y larga cabellera con un tono que dejaba oír claramente su desgano por el tema – Los refuerzos… Las alianzas… en realidad son innecesarias, ya estoy enterada, y Aziza sabe que lo sé. –

-¡¿Innecesarias…?! –

El enojo se dejaba notar entre las escasas palabras de Myria, a veces el espectáculo de las hechiceras que se han dedicado a la política y la videncia podían ser consideradas pintorescas, pero para ella esto comenzaba a ser insultante, una ofensa no sólo a ella, sino también a su maestra Aziza.

– No enfurezcas – buscó calmarla Edriell al ver su ceño fruncido y sus ojos que comenzaban a brillar al igual que el fuego de las pocas velas que iluminaban el subterráneo salón – Todas sabemos lo valioso de los secretos, y por eso es que he solicitado que vinieses… creo en tu talento, y por ello deseo que tu vida y tu futuro se transformen en un gran hito en la historia de Creación, por ello he dejado que tú decidas el futuro que nadie puede ver. –

– ¿Algo que ninguna vidente ha podido ver? – preguntó Myria en voz baja, casi para sí misma, extrañada y curiosa, mientras casi al unísono Edriell abría uno a uno los múltiples cerrojos de la última puerta.

Al despejarse la entrada, la escasa luz entró con timidez al nuevo salón, dejando ver la sombría figura de un hombre encadenado, vestido sólo con harapos y los restos de una capucha, con sus cabellos desordenados cubriendo su rostro.

Myria extendió la palma de su mano derecha, creando una pequeña esfera de fuego que iluminó al amordazado prisionero y gran parte de la habitación, y pudo ver así al hombre que sólo poseía una expresión, ira, la que reflejaba con su mirada fija en los ojos de sus captoras.

– Ahora entiendo todo – dijo Myria con una renovada confianza, mientras las velas del salón se encendían una a una gracias a la sola presencia de la hechicera – ¿Cuándo fue capturado? –

– Hace poco fue encontrado merodeando el castillo, emanando locura con su sola presencia – afirmó Edriell en su respuesta – Tanto su mente y su pasado están revueltos, ilegibles incluso para nosotras. –

– ¿Y esperan que yo encuentre las respuestas? –

– Eso creemos, sólo hay algo que tenemos claro, y es que sus destinos se encuentran enlazados. –

Myria se acercó aún más al prisionero, quedando sus rostros uno frente al otro, escuchando los balbuceos inentendibles a través de la mordaza del cautivo.

– Será mejor que no desespere – dijo Myria al joven, acariciando con su cálida mano una de las mejillas del prisionero, que no dejaba de forcejear sus cadenas en un intento inútil por liberarse – Tendremos que averiguar aquello que nos une… mi buen señor Jean Dupont.-

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