Decisiones II

En toda Creación no existe lugar más cosmopolita que la Ciudad Mercante, todo tipo de personas han pasado por este descanso casi obligado de cualquier viajero, un punto de conexión entre todos los reinos y un lugar muy próximo a la Ciudad Imperial.

Por esta urbe se ha visto transitar gente de los más variados y llamativos tipos, desde los más tradicionales y costumbristas, hasta aquellos que hacen de su sola presencia algo necesario y obligatorio de prestar atención, pero sin duda las visitas de los salvajes Lobo Blanco siempre son únicas en su tipo, su pintoresco vestir, los llamativos adornos naturales y las pinturas corporales que portan no les permiten pasar desapercibidos, lo deseen o no.

Este caso no era la excepción, los niños de la ciudad se escondían tras las faldas de sus madres al divisar a los dos salvajes, con cada paso que ellos daban adentrándose en la elegante ciudad Ciervo, se escuchaba un nuevo murmullo y más de algún dedo infantil se levantaba temerario, señalando la causa de sus futuras pesadillas.

No es que los salvajes por si solos sean de temer, no al menos para quienes están acostumbrados a ver las rarezas provenientes de lo más recónditos lugares del Imperio, pero ella, la mujer salvaje poseía una apariencia sin igual, una presencia que se graba en la mente y se resguarda en los más ocultos tormentos, sus ojos completamente blancos, ciegos y abiertos de par en par, la pintura tribal sobre su cuerpo, su ropa de piel desgastada, los múltiples adornos sobre su vestimenta procedentes de quizás que bestias salvajes del norte congelado y su cetro, con una infinidad de lobos tallados como almas que desean escapar, claramente superaban lo que la joven descendencia de los comerciantes podía sobrellevar.

– Aún no creo que sea buena idea – dijo Hegel Steinn, un Berserk del Lobo Blanco que suele cumplir las funciones de guardaespaldas cuando alguien de su reino debe visitar esta ciudad – Un trato con las Lechuzas no es la solución, debemos atacar y así, cuanto antes, eliminar a esos engreídos leones. –

– No estás aquí para cuestionar… – le respondió la mujer conocida como Sigrir, una de las videntes del Lobo Blanco, hechicera de la Luna, que como todas las de su reino no posee la habilidad para competir con las Lechuzas en ese terreno, pero que sin duda posee muchos otros talentos ocultos – Han el Rojo me ha encargado esto personalmente y no le fallaré. –

– Nadie le ha fallado al gran Han el Rojo… Nunca – la voz del Berserk no podía evitar ser reflejo de orgullo.

– Nadie ha vivido después de fallarle. – le corrigió la mujer.

La pareja se mantenía recorriendo el vasto mercado, no miraban productos ni tienda alguna, únicamente continuaban avanzando sin rumbo aparente.

– Espero sepas donde vamos – le dijo Hegel algo confundido a la mujer que custodiaba – Es la tercera vez que veo a esos guardias y sus miradas me enfurecen.-

– Tranquilo mi amigo – la voz de la mujer era tan serena como su andar – yo no sé dónde vamos, pero ellas sí. –

– ¿Ellas? – preguntó extrañado el Berserk.

– No tardarás en saberlo, pues ya están aquí – concluyó la mujer apuntando con su dedo. El hombre miró el lugar señalado entre la multitud que transitaba por las calles de la Ciudad Mercante, logrando distinguir a dos mujeres de ostentosos vestidos violeta y largas cabelleras, ambas se encontraban inmóviles, mirándolos fijamente.

– No me gustan sus miradas, – fue la inmediata opinión del Berserk – no confió en las Lechuzas, me hacen enfurecer.-

– Siempre has despreciado las miradas de los extraños – le respondió Sigrir – más aún la de los hechiceros, creo que debo sentirme afortunada de mi ceguera, o no tendría tu confianza.-

– Puede que tus ojos no vean, pero claramente no estas privada de visión – buscaba aclararle Hegel, mientras ambos seguían avanzando, ahora en dirección hacia las mujeres, siendo necesario pocos pasos para acercar a los dos grupos.

– Dama Nadia les espera – dijeron ambas lechuzas al unísono al estar frente a los salvajes.

– Ya saben por qué estamos acá… – gruño el Berserk – ustedes siempre saben, así que mejor den la respuesta ahora. –

– No desesperes – dijo Sigrir buscando contener a su escolta, a lo que él sólo respondió dando un paso atrás, pero sin abandonar un constante gruñido.

– La dama Nadia está interesada en la propuesta de una nueva era, donde la fuerza y el conocimiento traerán la paz a este mundo, a un imperio que sucumbe ante la ambición de los hombres – Hablaban al unísono las emisarias Lechuzas.

– Será una alianza nunca antes vista en Creación – respondía animada la mujer salvaje.

– Si están dispuestos a pagar el precio. – sentenciaron las Lechuzas a coro.

Ante tal afirmación Hegel dio un par de pasos adelante, quedando frente a su protegida, con los ojos encendidos en ira.

– ¿Precio? – gritó con fuerza el colérico Berserk, llamando la atención de todos los transeúntes y comerciantes, así también como de los guardias que paseaban en sus rondas – ¡Nosotros deberíamos cobrarles con sus vidas!-

El Berserk llevó la mano a una de las hachas que portaba en su cinto, esgrimiéndola con una ira que se desvaneció ante la hechicería de las mujeres, ya que el arma cobró un peso inhumano de levantar, como la roca misma, haciendo que el Lobo Blanco perdiera el equilibrio y cayera al suelo en su fallido intento de golpear.

– Deben aprender que la fuerza no es la solución – sentenciaron las mujeres – si realmente desean esta alianza, deberán demostrarlo cesando las hostilidades ante el León.-

– No pueden exigir que nos rindamos – reclamo la mujer salvaje – el Lobo Blanco nunca se rinde.-

– No les pedimos rendición, les demandamos que no hagan nada, deben aprender de la serenidad y la calma, comuníquenle aquello a su señor y volveremos a conversar. –

Las mujeres dieron media vuelta y comenzaron a alejarse, y cuando ya se encontraban fuera de la vista de los salvajes, las fuerzas retornaron a un todavía furioso Hegel, quien no dudó en salir tras las hechiceras, abriéndose paso a la fuerza entre la multitud, derribando tanto a transeúntes, como pequeños puestos comerciantes de frutas y verduras.

Los guardias no tardaron en rodear al Berserk, quien no atendió amenaza alguna, únicamente jadeaba y gruñía.

– Estúpido Hegel – pensó desde atrás su compañera Lobo Blanco – Dejaré que se divierta con los pequeños guardias, no puedo perder tiempo en informar al gran Han el Rojo. –

Y con una media vuelta, la mujer se alejó del lugar, observando como guardias no paraban de llegar al sitio, mientras el sonido de golpes, acero y dolor incrementaban su intensidad.

– No violencia – pensó riendo para sí la mujer – Será una decisión difícil. –

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