Decisiones III

– Odio la nieve, no soporto este maldito clima – reclamaba Alissa casi para sí misma, de pie en la entrada al Valle del Colmillo Rojo, una de las primeras ciudades Lobo Blanco a las que se puede acceder en un viaje al norte congelado, que aún estando cercana a la frontera del Ciervo dejaba notar la inclemencia del invierno pronto a iniciar, la nieve caía cuantiosamente mientras el frío viento atravesaba toda vestimenta que los extranjeros poseían, abriéndose camino hasta la misma médula de sus extremidades.

A su lado, su siempre fiel guardián, Gatien Benoit, se encontraba de pie, firme y orgulloso, pues era el encargado de mantener en lo alto el Estandarte del Ciervo, en conjunto a un banderín blanco que flamea tímidamente, pero que declara sus intenciones carentes de belicismo, aún así, sabía que era la inspiración para los no más de 10 espadachines que acompañaban a la mujer en su misión.

– Estoy segura que lo hacen a propósito – comentaba Alissa ahora a su abanderado escolta – Nos ven, pero les gusta vernos sufrir en este clima olvidado por los dioses y que ellos tanto aman.-

– Deberíamos ingresar a la ciudad – le aconsejaba un congelado e inmóvil Gatien – No creo que se sientan amenazados… Tenemos un estandarte de paz.-

– Tienes razón… – le respondió la mujer mientras sentía como su cálido aliento escapaba con cada palabra – pero recuerda que esta ciudad ha sido la causa de una constante disputa entre nuestros reinos, quizás ahora sea pacífico, pero al comienzo de la separación de los reinos la sangre cubría este lugar, así como la nieve lo hace ahora.-

– Debe haber un gran odio mutuo – aseveró Gatien con una voz que delataba su sorpresa y desconocimiento del tema, un tono con el que siempre respondía a las múltiples enseñanzas que Alissa le había entregado a lo largo de su vida estando al servicio de su familia, pues aún sin ser un Bergeron, Gatien había recibido orgullosamente el apoyo desde el mismo padre de Alissa, a cambio de su juramento de servicio.

– No sería prudente ingresar a la ciudad – buscaba continuar su explicación la mujer – Más aún si consideramos que no parecemos una misión diplomática, no con tantos espadachines en nuestra retaguardia. –

– Pero Lady Adeline los designó en persona. –

– No muchos han logrado decirle que no a esa mujer, sus palabras son más peligrosas que el acero, lo sé muy bien. –

No debió pasar mucho tiempo hasta ver algo, pero para alguien que no estuviese acostumbrado a este clima cada segundo transcurrido era eterno… Una sombra se divisaba aproximándose desde el interior del pueblo, tenía forma humanoide, era lo que alcanzaban a ver entre la nieve que caía cada vez más cuantiosamente. Mientras la sombra se acercaba lograban darse cuenta que no era común, pues aún a la distancia parecía más alta que un humano normal, y más aún, todos los Ciervos presentes no sabían por qué, pero su instinto les hizo llevar su mano hábil a su espada, listos para combatir.

Poco a poco la figura comenzaba a tomar forma, con cerca de 3 metros de alto, el hombre vestía un sin fin de pieles debajo de una coraza que evidenciaba multitud de golpes, su prominente barba tomada en forma de trenza, al igual que su rojizo cabello, dejaban ver las incontables cicatrices en su rostro y gran parte del hacha que yacía en su espalda, un arma que podría tener el tamaño de un hombre normal en Creación.

Gatien no dejaba de temblar, no podía discernir si debido al frío o ante la presencia del guerrero Lobo Blanco, pues su sola mirada era el reflejo de si había una palabra o una mirada desafortunada, el precio sería la vida.

Alissa se mantenía firme, inmóvil, férrea, haciendo una señal a sus escoltas para que hicieran lo mismo, ella sabía del temor irracional que un titán puede causar, pero también se daba cuenta que este no era un gigante cualquiera, la fuerza de su presencia era única, poseía una sed de sangre que superaba a la de cualquier hombre, era algo animal, más bien primitivo.

– Siempre me ha gustado ver cuando su piel toma el color de su estandarte – la voz del gigante retumbaba por todo el lugar, grave, carrasposa y desconcertante, evidenciando que los extranjeros no soportan su clima, reflejado claramente en los rostros de los Ciervos que a esta altura poseían variados tonos de azul – y eso que el invierno aún no da inicio. –

– Soy Alissa Bergeron, vengo en representación de la gran y respetada Adeline Bergeron – dijo casi gritando la mujer mientras hacía un gran esfuerzo en dar un paso al frente, pues no sólo debía vencer al frío, debía enfrentar su miedo, un temor que le repetía en su mente “No quiero morir” – traigo conmigo palabras de amistad y apoyo. –

– Yo soy Thorir, orgulloso hijo de Sterki, decepcionado por los pequeños Ciervos, pensé que venían a luchar. –

Ante tal afirmación, Gatien dio un paso atrás, el solo pensar que ese bestial ser venía a hacer frente a una expedición de experimentados espadachines le aterró, no por la escena de la posible batalla, más bien debido a que en su aterrada mente no imaginaba otro resultado que no fuese un total desmembramiento de su bando.

– Lamento decepcionarlo mi señor – respondió Alissa a la brevedad – Nuestra razón aquí… –

– ¿Alissa Bergeron? – le interrumpió la voz de un hombre que se encontraba oculto tras el gigante, era más pequeño que Thorir, pero seguía siendo más alto que cualquiera en su expedición, el hombre vestía un traje de pieles, sin armadura o arma alguna – he escuchado de usted… Y de sus gloriosos 50 espadachines. –

– ¿Disculpe? – respondió desconcertada la mujer.

– Disculpe usted mi descortesía, soy Oddi hijo de Vesteinn, y sólo mencionaba una vieja historia que la ha vuelto muy conocida en nuestras cortes.-

– ¿Cortes? – se escuchó detrás a un tan desconcertado como inoportuno Gatien, no podía imaginar tales cortes cuando lo poco que alcanza a ver no eran más que rústicas chozas de madera y piedra.

La mirada de respuesta que Alissa dio a su escolta fue tan amenazadora como la del gran titán, haciendo que el espadachín diera un segundo paso atrás, ahora con una mezcla de miedo y arrepentimiento.

– Disculpen mis señores – buscó continuar la mujer tras la inoportuna intervención – Nos encontramos aquí para traer hermandad a nuestros reinos, el León ha osado amenazar al gran norte congelado y creemos debe pagar por ello, no son sólo mis palabras, son las de la gran…-

–… y respetada blablablá – interrumpió ahora el gigante, acercándose amenazante a Alissa, forzando la respuesta de los escoltas, que rápidamente se forman casi al lado de la mujer – Si desean luchar, por mi está bien, pero no los necesitamos aquí. –

Al culminar la frase, Thorir realizó un pequeño gesto con la cabeza a su compañero, dio media vuelta y comenzó a caminar de regreso al poblado.

– Mi Lady – comenzó con su discurso Oddi, uno de los pocos conocidos diplomáticos Lobo Blanco – el gran Thorir está de acuerdo con usted, una hermandad entre nuestros reinos puede ser ventajosa para ambos ahora que el León marcha con ánimos hostiles, pero no podemos olvidar el pasado, por lo que firmaremos un tratado de alianza, pero no les daremos acceso a nuestras tierras, el gran Thorir espera ver su valía en esta batalla antes de traer mayor unión a nuestros reinos.-

– Entonces firmemos y consolidemos esta alianza – afirmó una satisfecha, pero desconcertada Alissa, sólo un gesto del gigante bastó para sellar el trato, a diferencia de en su hogar, en donde un tratado de este tipo hubiera significado un sin fin de reuniones y discursos.

– Muy bien – respondió el diplomático Lobo Blanco – acompáñeme a nuestro salón, allí sellaremos el trato y luego podrán regresar a sus tierras.-

– Este será un gran día para Creación, y para nuestros reinos – respondió Alissa, feliz de haber cumplido su misión y de saber que el suave sol de las tierras del Ciervo le esperaba – Una vez más reunidos en hermandad, nuestros antepasados pueden sentirse orgullosos de que aún ante la gran adversidad que plantea el anhelo del trono imperial, el espíritu de…-

– Mi lady, si deseara discursos vestiría de celeste, así que firmemos el acuerdo y retírense de nuestras tierras – interrumpió Oddi el inspirado discurso de la mujer, acompañando de una leve reverencia y un gesto de invitación para que los extranjeros entraran en la ciudad.

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