Decisiones IV

Los mensajeros se abrían paso entre la multitud a punta de empujones y disculpas, pues el medio día era un mal momento para apresurarse en el Castillo-Templo principal del reino del Sol, aún cuando estos son de una envergadura monumental, la cantidad de fieles que hacen una pausa para realizar sus oraciones al Justo Sol es sin duda más de lo que el mismo templo puede recibir.

Con algunos gestos de molestia y otros de desaprobación, los dos jóvenes mensajeros lograron llegar a la parte más privada del templo, donde con un ligero gesto y mirada preocupada logran recibir la venia de los armados guardias.

La belleza de los pasillos y salones era sin igual, esculturas y armaduras doradas de elegantes detalles y finos retoques adornaban cada sector del templo, fueran públicos o privados, tal grandeza era una muestra de que la gente del reino nunca buscaba decepcionar a su dios.

Fue en las puertas del salón principal donde un guardia los detuvo, armado con espada y escudo, el guerrero se prestaba a romper su férrea postura con tan sólo ver a los dos jóvenes escuderos que se acercaban.

Los mensajeros se detuvieron ante el guardia, incluso antes que éste lo hiciese, e intentando recuperar el aliento uno de los jóvenes, el único cuyo esbozo de temprana barba le concedía cierto grado de madurez, mostró un pergamino que llevaba consigo, destacando su sellado con un grabado correspondiente a las legiones de la Inquisición Invicta.

Sin alcanzar a oponerse, con tan sólo ver el sello, el guardia se acercaba a abrir las puertas del gran salón que custodiaba, mientras los jóvenes arreglaban sus atuendos y su cabello despeinado debido a la carrera que aún los mantenía sofocados.

Al ingresar al salón, los jóvenes se percataron que los lujos del templo son escasos comparados a estos, la belleza de las estatuas de oro de los grandes héroes de la era del gran conflicto y los cuadros que ilustraban el glorioso linaje del emperador, los finos muebles, brillantes adornos y refinados manteles eran un regocijo para el ojo incluso del más inculto en materias artísticas, algo cercano a la realidad de los escuderos, que sólo saben de afilar armas, abrillantar armaduras, alimentar corceles y en este caso, entregar mensajes.

Tan distraídos se encontraban que no se percataron de aquellos sentados en la mesa central, lugar donde se llevan a cabo las sesiones del gran consejo regente del reino, allí se encontraban Bergen el Sabio y Garnet el Justo, dos de las más grandes leyendas vivas del reino del Sol y de toda Creación.

– Señores – fue el llamado de atención de Garnet, con una firme voz grave que resonaba en toda la habitación.

Los mensajeros centraron su atención en el gran paladín, pero ninguno reaccionó, estaban perdidos en la grandeza de las hazañas de uno de los más grandes líderes del puño armado del Sol y de uno de los últimos sacerdotes en liderar la lucha contra Locura y sus huestes.

– Señores, el pergamino – fue el nuevo llamado de atención de Garnet, esta vez señalando al poseedor del mensaje.

– Mis disculpas maestro Garnet – dijo el joven haciendo múltiples reverencias, una tras otra sin levantar la vista y poniendo frente de sí, con ambas manos, el pergamino en cuestión, acercándolo al paladín – disculpe usted también su eminencia, gran maestre Bergen… –

Luego de entregar el mensaje, los jóvenes salieron del salón, sin nunca dar la espalda y sin volver a levantar la mirada, dejando a los dos héroes a solas.

Garnet se apresuró en abrir y leer el mensaje firmado por Arthur el Perfecto, uno de los grandes y últimos líderes de la Inquisición.

– Dime si nuestras sospechas son confirmadas – pregunto Bergen, su voz evidenciaba sus años, pero también confirmaba su ímpetu.

– Así es padre – le respondió Garnet – el mensaje es la solicitud de Arthur, desea partir hacia el reino del León, no sólo por la reaparición del dios Loco y sus huestes, sino que también porque teme que esto sea algo previo, y que tanto el León como el Lobo Blanco, podrían estar comprometidos… manchados. –

– ¿Y la declaración de guerra? – preguntó el anciano, mirando fijamente a su hijo menor. –

– Es verdad – respondió el paladín – una facción del León, liderados por una tal Anna Barend ha estado deteniendo a todos nuestros emisarios, incluso amenazó a la más joven de los Erbey. –

– ¿La hija de Fedrick…. –

– Así es, creo que no estará complacido con que amenacen a su pequeña Erika –

El anciano hizo una meditativa pausa antes de su siguiente pregunta.

– Me imagino que tanto Fedric como Arthur se pelearan por marchar a la batalla, ¿Qué posible acción presentarás al consejo, hijo mío? –

Garnet se volvió pensativo, evidenciando los mismos gestos meditativos de su padre, así buscaba la respuesta correcta mientras enrollaba nuevamente el pergamino.

– Los Leones han desechado las respuestas políticas – comenzó explicando sus razonamientos el paladín – están heridos, pues han perdido dos hermanos ante el dios Loco. –

– ¿Culpan a la Inquisición? – interrumpió Bergen.

– Así es, según explica Arthur en su escrito, y sé muy bien que él no dejará que mancillen el nombre de su adorada Inquisición, menos de su legión invicta. –

– Los Leones también lo saben – comentó Bergen, buscando ayudar a su hijo a encontrar el camino de la sabiduría ante una difícil decisión – no te fíes de ellos, son astutos, expertos en desconcertar a sus oponentes, su talento es raro, único y eficaz, por algo ha traspasado las fronteras de los reinos. –

– Lo sé – aseveró Garnet – y esta no es la primera vez que escucho el nombre de esta mujer, su habilidad y su fama potenciaran la moral de sus tropas, más peligroso aún si es verdad que han abrazado a Locura. –

– Veo que no piensas en buscar soluciones en la corte. –

– Es correcto – dijo Garnet empuñando la mano con fuerza – amenazar al sol, es amenazar al Imperio, debemos resguardarlo. –

– ¿Entonces no piensas movilizar a tu legión de hierro y atacar? –

– Al contrario padre – respondió con gran seguridad el paladín – mientras la legión de los eternos enfrenta a los impíos y erradica la locura junto a ese pestilente bosque, la legión de hierro será la defensora del imperio. –

– Si el consejo lo aprueba, marcharé junto a mi legión y los eternos volveremos a triunfar ante la oscuridad – dijo Bergen en respuesta, con un tono de voz que dejaba ver la nostalgia de las grandes batallas del pasado.

– Discúlpame padre – le interrumpió su hijo – el consejo ha demostrado su interés en tu participación para estos tiempos turbulentos, sé muy bien que no hay mejor consejero que Bergen el Sabio, y que el Imperio hoy te necesita en las altas esferas, no en el campo de batalla-

– ¿A quién tienes en mente entonces? – preguntó el anciano, con un gesto de aceptación de su cabeza ante el juicio de su hijo.

– Hay un aprendiz tuyo que ha llamado mi atención, es el único que he visto que ha dominado la verdadera forma del fuego, la personificación de la voluntad del Justo Sol. –

Bergen guardó silencio un momento, aún cuando tenía claro a quién se refería Garnet, revisaba en su mente por otros posibles candidatos.

– Creo que no has podido escoger más sabiamente, considero que Callan está preparado para una misión de esta magnitud – fue su respuesta ante el plan de acción desarrollado – Ante todo, el Imperio siempre prevalecerá. –

– Así es – respondió Garnet llevando su puño al emblema del sol grabado en el colgante que heredó de su madre y que él siempre lleva en su pecho – El Imperio siempre prevalecerá. –

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