Designio Solar

Las armaduras de los guerreros y los cascos de los caballos creaban una imponente orquesta en las montañas.

—El puesto de exploración —dijo Érika Erbey—. Hemos llegado a tierras de la Lechuza.

—Hm —gruñó Callan Hallselt.

El estandarte del Sol flameaba sobre ellos, majestuoso aún después de tantas generaciones, marcando el límite con el Reino de la Lechuza, y mucho más que eso. Desde que el Imperio se vio dividido, allí permaneció aquel estandarte, en el punto más alto de las montañas, desde donde el Justo Sol observa todo.

La joven diplomática y el temible sacerdote encabezaban la marcha. Tras ellos, una escolta de guerreros del Sol, fuertemente armados, y filas de sacerdotes de la Legión de los Eternos, con armaduras tan brillantes como el fuego de su hechicería.

Avanzaban hacia el León.

—Esto es una pérdida de tiempo —resonó la voz de Callan a través del metal que cubría su rostro, profunda y acompañada de un crepitar como el de brasas ardientes—. Deberíamos marchar directo a nuestros enemigos, a incinerarlos por completo.

—Es el camino más viable —respondió calmada Érika.

—Y el más lento.

—Es lo que ha decidido el alto mando —comenzó la diplomática, y Callan le puso atención—. El invierno empieza a cubrir el norte, el frío debilitaría nuestras fuerzas, y los Lobos Blancos ignoran la hospitalidad, más aún durante esta temporada. Lo ven como un desafío, dirían que Creación nos pone a prueba. Las tierras del Ciervo están invadidas por la guerra, y el alto mando tiene sus intereses puestos en la Ciudad Mercante. Ya han sitiado la Ciudad Imperial, en pos de proteger al Imperio, y necesitan también esa ciudad del Ciervo. Aquello está en manos de la Legión de Hierro, no quieren que nosotros intervengamos en su camino a la gloria.

—Hm —volvió a gruñir el sacerdote—. No me molestaría incinerar unos cuantos Ciervos. Sería lo justo para esos traidores —las brasas de su voz ardieron con más fuerza.

—Sería innecesario, Creación tiene ya suficiente guerra gracias a los Leones.

— ¿Innecesario? —ya no eran brasas en su voz—. Le dieron la espalda al Elegido, ante la misión que le encomendó el Justo Sol, ¿y ahora piden el Imperio excusándose con un linaje de sangre? —se habían convertido en hogueras—. ¡Traidores!

—Podría ser peor —dijo Érika, esperando calmar al sacerdote—. Traicionaron al Elegido del Sol, pero son civilizados, pacíficos, y aunque no sean de fiar, conocen la nobleza. Algunos… algunos que conozco la demuestran claramente.

Callan no dijo nada. Sólo miró a la diplomática por unos instantes, y sus ojos brillaron como metal al rojo, en la oscuridad de su cara ensombrecida por la capucha y el protector metálico. Eran todo lo que podía verse del sacerdote, cubierto por una gran capa sobre su amplia túnica, encapuchado, enmascarado y con armadura. Su forma humana permanecía un misterio, oculta tras tela y metal, desde que se convirtió en la voluntad viviente del Sol. Algunos de los soldados que lo seguían, guerreros y sacerdotes, habían podido presenciar su otra forma, cuando la carne se convierte en llamas y la voz en explosiones. Sólo sus ojos no cambiaban al transformarse. Todos lo miraban con respeto y con cierto temor, aún en su forma humana, sabiendo de lo que era capaz.

Cuando el sacerdote apartó la mirada, Érika se adelantó un poco. Su caballo sin barda, su vestido de finas telas y su rostro calmo resaltaban entre tantas armaduras y expresiones severas. También así su objetivo. Debía obtener, a través de la diplomacia, la llegada del ejército a las tierras del León.

—Una opción lenta es mejor que ninguna —escuchó decir a Callan, por lo bajo.

—Imagine —le dijo, sonriente—, el paso por el Reino de la Lechuza presenta una gran oportunidad, algo muy pocas veces visto. Los Leones destinaron muchas tropas a su batalla con los Lobos Blancos, y muchas otras para cruzar las tierras del Ciervo.

—No serán pocos —gruñó el sacerdote—. Nunca son pocos, son incapaces de pelear de otra forma.

—Aun así, su ejército interminable está reducido. Podríamos lanzar un ataque inesperado sobre su Reino.

—Será difícil… pero lo valdría.

—Lo valdrá.

El terreno montañoso dificultaba el avance de los caballos, y pronto el ejército del Sol se vio bajo un cielo oscuro. Un cielo de Lechuzas.

—La luna… —se escuchó decir a varios guerreros y sacerdotes.

—La Dama Luna nos advierte… —dijo Érika.

—Hm… —Callan suspiró, y sonó como el viento cruzándose con una fogata—. Ya sabemos lo que significa.

—Una gran calamidad… —siguió la joven diplomática—… relacionada con Locura, es la diosa Luna advirtiéndonos —el sacerdote asintió.

—No se veía una Luna de Sangre desde hace décadas. Las llamas del Justo Sol habrán de arder con más fuerza ahora —concluyó Callan, con las brasas de su voz crujiendo, y dos llamas brillando desde bajo su capucha.

El camino en las montañas, poco a poco, se volvía más fácil de recorrer, y las tropas del Sol, poco a poco, comenzaban a ver los colores cambiantes en el cielo.

—Hechiceras —espetó el sacerdote, con ira ardiendo en su voz.

—Pueden ser engañosas —le dijo Érika, habiendo notado la desconfianza de Callan—, pero son sabias.

— ¿Cree que nos dejarán pasar sin levantar la voz?

—Para eso estoy aquí —respondió sonriente la noble dama—. Todo es negociable.

El sacerdote habría seguido hablando, pero algo se hizo escuchar entre las colinas. Algo casi imperceptible, como el vuelo de un ave nocturna.

Se acercaba. Callan hizo un gesto con el puño, y todo el ejército tras él dejó de avanzar. El sonido fue más claro. Soldados a pie, y algunos caballos.

“Fuego” pensó el sacerdote. Sentía una presencia llena de ese poder.

El cabello blanco y las austeras ropas llenas de plumas aparecieron frente a las fuerzas del Sol. Iba a caballo, con una mano en las riendas y la otra sujetando un báculo, torcido y terminado en una brillante roca violeta.

—Myria Ellyllon —dijo Érika por lo bajo.

La Lechuza iba acompañada por una escolta de hechiceras eclipse, todas a caballo, y por algunos escuderos a pie, con lanzas y escudos empuñados. Detuvieron su marcha poco más de cien metros delante del ejército del Sol, sin siquiera mirarlos, esperando.

—Myria —gruñó Callan, con una pira en la voz, y las dos llamas que eran sus ojos asomaron desde su ensombrecido rostro—, sabe que estamos aquí, y aún así nos ignora.

— Es claro que han venido a recibirnos, aunque la etiqueta Lechuza indique otra cosa —le dijo Érika al sacerdote, tan calmada como siempre, dedicándole una sonrisa—. Aún no comienza la batalla, primero debemos llegar al León. Hablaré con ella.

—Hm —fue la única respuesta que le dio Callan, antes de levantar nuevamente el puño, dando la señal para que el ejército retomara la marcha.

En poco tiempo, llegaron con la hechicera.

—Dama Myria —dijo Érika, bajando de su palafrén y haciendo una delicada reverencia.

—Lady Érika —respondió adusta la hechicera, dejando también su montura—. ¿Qué trae un ejército del Sol al Reino de la Lechuza? —dicho esto, dio una rápida mirada a Callan. El sacerdote no supo si era temor o furia lo que vio en los ojos de la joven Ellyllon.

—Una petición —siguió la diplomática. “Nada que no sepan ya” pensó, segura de que Myria conocía perfectamente la respuesta a su pregunta. No por nada era famosa la clarividencia de las Lechuzas.

Las dos nobles hablaron, calmada y lentamente, lo que tenían que hablar.

“Porta un gran poder” pensó impaciente el sacerdote, con las llamas de sus ojos resplandeciendo, crujiendo y soltando chispas. “Su fuego… es diferente al de cualquier otra hechicera eclipse que haya visto… es similar al de Lynda” concluyó, extrañado, pero no le dio mayor importancia.

Pasaron pocas horas. Para Callan, fueron días.

—Comando un ejército, guerreros del Sol y sacerdotes de la Legión de los Eternos, deberíamos estar en el campo de batalla, haciendo arder a esos Leones manchados por Locura.

Su escolta de guerreros lo escuchaba con atención, y algunos demostraron su apoyo, pero ninguno levantó la voz. Sabían que la diplomacia era lo más importante ahora. Era necesaria.

Los ojos del sacerdote aún eran llamas cuando Érika volvió con el ejército.

—Las negociaciones han dado resultado, nos dejarán pasar —informó la joven.

—Entonces no perdamos más tiempo —respondió Callan. Iba a dar la señal para retomar la marcha, pero Érika lo detuvo.

—Nos han puesto una condición.

— ¿Hm?

—Debemos pasar por el Castillo de la Luna Oculta, la fortaleza más cercana a los Bosques del Este en todo el Reino. La dama Edriell ha solicitado la presencia del portador de la voluntad del Justo Sol.

—La dama Edriell —dijo Callan. El crujir de grandes llamas se escuchó en su voz, y el fuego de sus ojos rugió. Los guerreros de la escolta guardaron silencio. Sabían que ese nombre existe entre las sombras y secretos más profundos del Reino de la Lechuza—. ¿Qué quiere?

—Myria no quiso revelarlo—Érika parecía algo menos calmada que de costumbre—. Esconde algo —le dijo por lo bajo a Callan—, algo importante, pude notarlo, secretos mayores que cualquier otra Lechuza que yo haya conocido. Debemos ser cautos.

—También ellas deben serlo —respondió el sacerdote—. Viven tan escondidas como sus secretos, en las sombras, pero el fuego dispersa la oscuridad. El Justo Sol nunca se oculta.

—El Justo Sol nunca se oculta —repitió Érika.

por: Daniel L. Ruiz

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