Deudas y Favores

—Muchas gracias —le decía la joven Estelle Bergeron al apuesto diplomático que la ayudaba a bajar de la carroza, cuyo nombre ni siquiera conocía.

—No hay por qué, bella dama —respondió galante el hombre, ataviado en sedas azules y con un estoque incrustado de joyas colgado del cinturón.

Otro hombre, tan elegante como el primero, le tendió una mano a la acompañante de Estelle, pero su ayuda fue rechazada.

—No hace falta, caballero, muchas gracias —dijo Charlotte Bergeron, con perfecto decoro y una agradable sonrisa, mientras bajaba delicadamente del vehículo. El joven respondió con una elegante reverencia y retrocedió.

El diplomático del estoque las acompañó hasta el jardín al que se dirigían. Los tres cruzaron un camino embaldosado, con cuidados muros de flores azules a cada extremo y estatuas de mármol de antiguos nobles en cada esquina. Pronto se encontraron con otros elegantes habitantes del Reino del Ciervo. Nobles, diplomáticos renombrados y famosos espadachines de todas las familias habían sido invitados a una pequeña celebración en uno de los jardines del reino.

—Charlotte, recuérdame de nuevo por qué era la celebración —le pidió de pronto Estelle a su acompañante, casi en un susurro, alejándose un poco del diplomático que la escoltaba.

—Por la victoria que obtuvimos en el norte —respondió, también casi susurrando, la elegante noble.

La joven Estelle charló alegre con su diplomático todo el camino, hasta que llegaron al centro donde todos se reunían. El apuesto hombre posicionó la silla para Estelle, y la acercó con presteza y suavidad a la mesa una vez ella estuvo sentada. La chica le dedicó una última y encantadora sonrisa cuando parecía que el joven se retiraría… pero no lo hizo.

—Si perdona mi atrevimiento, mi bella dama, ¿aceptaría usted una invitación de mi parte?

— ¿Una invitación? Me intriga, caballero. ¿De qué se trata? —respondió ella, aún sonriente, abriendo con atención sus verdes ojos.

—Pronto viajaré por las fronteras del norte, donde fue obtenida la victoria, y sería para mí un motivo de celebración si usted quisiera acompañarme. Además, sin duda le sería útil conocer las nuevas tierras del Ciervo —respondió el hombre.

—Me encantaría acompañarlo —dijo enseguida la joven, sonriente—, pero un viaje hacia allá, debe ser algo sumamente costoso para usted, ¿cómo debería pagarle?

—No es nada, bella dama… considérelo un favor —

—Oh, eso es… un gesto encantador de su parte, caballero. Acepto —respondió Estelle, conteniendo la emoción.

—Excelente. La buscaré más tarde para hablar de los detalles, sin duda será fácil encontrar tal belleza —dijo el diplomático, alejándose con una sonrisa y una galante mirada.

Estelle soltó una risa casi infantil.

—No deberías aceptar tan fácilmente cada favor, prima —le dijo Charlotte, muy despacio, recordando situaciones similares con la joven diplomática.

— ¿Disculpa? —respondió Estelle, saliendo de su ensimismamiento.

—No deberías aceptar favores con tal facilidad —dijo nuevamente Charlotte, un poco más fuerte.

— ¿Por qué? —la joven de cabellos dorados parecía no entender a qué se refería su acompañante.

—Te contaré. Hubo hace no mucho un diplomático, muy hábil por cierto, que ascendió rápidamente en la corte del Ciervo a través de favores. Sabía bien lo que necesitaban los demás, fuera por conversaciones o por otros métodos. Y se los entregaba. Si otro miembro de la corte necesitaba realizar un viaje muy costoso, este diplomático le facilitaba su propio transporte por bajo costo. Si un espadachín necesitaba un mejor estoque, este diplomático mandaba a su herrero personal a forjar uno y se lo regalaba. Si un noble obtenía un nuevo palacio y necesitaba arcos para armar a sus guardias, este diplomático hablaba con los artesanos para conseguir un mejor precio. A base de eso fue conocido, se ganó el agrado del pueblo y de la corte, y ascendió varios puestos en esta… —

— ¿Y qué tiene eso de malo? Hasta ahora, haces que los favores parezcan algo bueno. ¿No querías decir que no debería aceptarlos? —interrumpió de pronto Estelle a su prima, con tono impaciente.

—Verás, lo importante de esta historia no es cómo ascendió el diplomático, sino la verdadera razón por la que concedía tantos favores… —continuó Charlotte—… Pero llegaré a eso en unos instantes, antes quiero contarte lo que le pasó a una de las tantas personas que aceptaron los favores de este diplomático. Se trataba de un espadachín, uno al que el diplomático le había regalado un resplandeciente juego de estoque y puñal. Resultó que una noche, el diplomático debió viajar, por lo que le cobró el favor al espadachín: Le pidió que cuidara su palacio, en el que guardaba parte de su riqueza, por el tiempo que pasara fuera. El espadachín no tuvo otra opción que aceptar, y debió permanecer en el palacio junto a algunos de los soldados a su servicio. El diplomático no estuvo fuera por más de tres días… pero en el segundo, el palacio recibió visitas no deseadas. Un grupo de bandidos entró por la fuerza, evitando a los guardias, robando las riquezas que encontraron… y matando al espadachín en el camino. Los soldados que lo acompañaban encontraron su cuerpo en un charco de sangre.

—Prima, por favor, estas historias de muerte y sangre… no me parece que sea el momento —dijo Estelle, casi exaltada—. Aparte, yo no soy ni espadachín ni soldado, no veo cómo algo así podría sucederme.

—No es el resultado exacto a lo que me refiero, Estelle. Es a lo que puede resultar de los favores. Sobre todo en nuestro Reino, donde se dan con frecuencia en la corte.

—Bueno… tienes razón, Charlotte —admitió Estelle, pensando en el complejo funcionamiento de la corte del Ciervo, algo que aún apenas lograba comprender—… Sigue contando —su prima sonrió, orgullosa de que Estelle se interesara en lo que intentaba enseñarle—.

—Está bien. Siguiendo con la historia del diplomático —continuó—, lo que realmente le importaba no era conceder favores, sino que los demás quedaran en deuda con él, tal como le pasó al espadachín. Así como él les entregaba a los demás, los demás tendrían que entregarle algo a él. El ejemplo más importante, el que hizo que esta historia se volviera tan conocida, fue el del favor que le debía otro diplomático. Este segundo diplomático, cuyo nombre no logro recordar en este momento, tenía una gran oportunidad. Se reuniría con los altos jueces de la corte del Ciervo, proponiendo ideas que, estaba seguro, resultarían en grandes avances para el reino, y por ende, para sí mismo. Ese mismo día, el otro diplomático, el que concedía los favores…—

— ¿Tampoco recuerdas su nombre? —Charlotte dejó salir una elegante risa.

—Me atrapaste, tampoco lo recuerdo —le respondió, sonriente, a su joven prima. La verdad era que sí recordaba ambos nombres con perfecta claridad, pero prefería no revelárselos aún a Estelle. “Apenas está aprendiendo el funcionamiento de la corte” pensó, recordando lo ingenua que había sido la joven desde que la conocía—. Y bien, lo que pasó fue que, el mismo día en que el segundo diplomático presentaría sus ideas ante los altos jueces del Ciervo, el primer diplomático apareció para cobrarle el favor que le debía. De improvisto, se enteró de que debería realizar un viaje dentro de pocas horas, pero tenía un importante compromiso anterior, y no le era posible aplazar el viaje… así que necesitó de un reemplazo. Le pidió al segundo diplomático que fuera en el viaje en vez de él, a lo que este no pudo negarse, pues era un favor, y él se lo debía. Impotente y triste, viajó en lugar del primer diplomático, perdiendo su momento para hablar con los altos jueces… Pero ese momento no fue desperdiciado, para nada. El primer diplomático habló con ellos, y tal fue su despliegue de habilidad y nuevas ideas, que en poco tiempo había pasado por puestos de la corte que a otros les toma años alcanzar. ¿Te imaginas qué favor le había hecho al diplomático que debió viajar por él?

—No… —dijo Estelle, completamente sorprendida por la historia de su prima.

—Le había regalado una chaqueta. Era cara y de la mejor artesanía, pero nada más que una chaqueta. Un día, al segundo diplomático se le atascó una manga en un rosal, haciendo un agujero en la fina tela. No podía presentarse así en la corte, el otro diplomático lo vio preocupado, y al saber qué pasaba, le regaló su chaqueta. Se dice que en ese momento sus palabras fueron “considéralo un favor”.

Charlotte notó cierta preocupación en su prima.

—Eso me dijo el diplomático que nos acompañó, el del estoque cubierto de gemas —mencionó Estelle, abriendo de par en par sus verdes ojos.

—Eso fue lo que dijo —le respondió Charlotte—, pero no te preocupes por él, aún no se ha realizado el favor, y recuerda que eres mi prima, y una Bergeron, podrás evitarlo y no quedar en deuda —Estelle pareció calmarse—. Pero no será siempre así. Podemos ser el reino más poderoso, pero eso no nos salva de lo que puede pasar en nuestra propia corte, entre nosotros mismos. Es una instancia peligrosa, nunca lo olvides. ¿Entiendes ahora por qué no deberías aceptar favores tan fácilmente, Estelle?

—Por supuesto que sí, prima —respondió la joven, sintiéndose más segura que antes.

Charlotte sonrió con cierto orgullo, y luego no pudo contener una débil pero notoria risa.

—De casualidad, Estelle, ¿te dijo su nombre el diplomático que nos acompañó? —le preguntó entonces a su joven prima.

—Creo que lo hizo… no lo recuerdo, ¿por qué? —

—Promete que no lo mencionarás de nuevo, pero… Él es el segundo diplomático de la historia, el que debió viajar en el lugar del otro —

— ¿Qué? —la joven noble apenas podía creerlo.

—Si no hubiera sido por ese favor, ahora no estaría aquí seguramente, y aún más seguro es que no estaría ofreciendo favores para luego cobrarlos.

Estelle miró al apuesto diplomático, sentado a algunas mesas de distancia de donde estaban ellas, hablando con otra noble de la misma forma que había hablado con ella.

—Bueno, seguramente le costará muchos favores recuperar lo que perdió —dijo la joven de ojos verdes, con decepción en la voz. Su prima dejó salir una pequeña risa como respuesta.

por: Daniel L. Ruiz

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