Entre las Sombras

—Buenas noches, mi buen señor —saludó el joven, entrando a la ya quinta taberna desde el atardecer.

La luna se ocultaba entre nubes oscuras, pero aún así, e incluso con una guerra entre manos, los diferentes antros del territorio Ciervo se mantenían abiertos. Cualquiera que deseara un poco de buen trago, de juego, o simplemente de conversación, era bienvenido.

El recién llegado inspeccionó el lugar con agudeza. No estaba allí para beber ni nada parecido. Al parecer, se encontraba en una búsqueda. Su vestimenta forjada en acero, como el sable a su cinto, evidenciaban que no era ajeno a la violencia ni al derrame de sangre. Tampoco era el único así en el lugar, pues casi todos los presentes, que apenas completaban la capacidad de la taberna, portaban desde la más adornada de las dagas, hasta la más sencilla de las espadas.

—Mi buen hombre —consultó el varón a quien atendía el bar, interrumpiendo su ritual de limpiar copa tras copa. Incluso en un lugar de mala reputación como ese, nadie merecía beber en una copa sucia, no en las tierras del Ciervo—, busco a esta dama, a cuya belleza no puedo hacer justicia ni con el mejor de mis retratos.

El dibujo había sido realizado en papel fino, con sutiles toques de tinta que dejaban ver el gran talento artístico del hombre, además de su falsa humildad.

—No la he visto —dijo de golpe el cantinero, sin separar la vista de las copas entre sus manos, para luego ser interrumpido por una moneda de oro, que caía en el recipiente que acababa de terminar de limpiar.

—Déjeme presentarme —dijo el hombre, depositando una nueva moneda. La calma de sus movimientos y la sonrisa en su rostro dejaban ver, además de sus finos rasgos, la experiencia en este tipo de trabajos—. Mi nombre es Garren, y realmente deseo encontrar a esta mujer.

—No le veo como alguien con el corazón roto —respondió el copero, mientras guardaba las monedas en su bolsillo—… Se sabría por todo el Reino si el hermano del gran maestro Johann hubiese sido traicionado, más aún siendo él un traidor.

—Veo que mi presentación era innecesaria, y creo que estas monedas darán respuesta tanto a sus dudas como a las mías.

El par de monedas no tardaron en llegar a los bolsillos del posadero, mientras la mirada de Garren evidenciaba su malestar. Así era cada vez que le recordaran como el hermano traidor, en vez de como aquel que decidió forjar su propio camino. Para todos los demás, él era una ofensa a su Reino. Estaba obligado a seguir los pasos del gran Johann, pero desistió, y ahora no era más que una simple espada de alquiler.

—Creo que podría compartir esto con la dama encapuchada en el segundo piso —dijo el posadero, sirviendo vino en dos copas, cada una libre de mancha alguna—. Revise bien entre las sombras y tenga cuidado, dejó sangrando al último casanova que deseó emborracharla.

—Tengo entendido que es algo salvaje —dijo Garren, degustando un poco del vino en una de las copas—… Ojalá no tenga un paladar refinado, pues se daría cuenta del pésimo licor que sirven en este lugar.

El tabernero volvió a su ritual con las copas, observando cómo Garren se dirigía raudamente a las escaleras, atravesando la multitud que iba y venía entre las mesas, sin contar a los típicos bailarines Ciervo, que buscaban hacer más amena cada jornada.

En el segundo nivel el panorama no era muy diferente, excepto por la falta de danzas. La gente bebía y comía a gusto, y todas las mesas parecían llenas. Sólo se encontraban inhabitadas las más cercanas a una esquina, en la que se sentaba una solitaria figura cubierta por sombras.

El murmullo de las conversaciones disminuyó mientras Garren se acercaba a aquella mesa, con una copa en cada mano y una sonrisa de satisfacción en el rostro. Más de alguna risa acompañó el sonido de las monedas, moviéndose entre apresuradas apuestas sobre el destino del galán.

—Mi bella dama —dijo Garren al llegar a la oscura esquina, con gran seguridad, aun cuando las sombras no le permitían ver el rostro de la supuesta mujer—, debería probar este vino. Según me han dicho, hará muy buena combinación con el plato de carnes que veo en su mesa.

La silueta encapuchada permaneció inmóvil, al parecer observando al mercenario. No fue hasta que Garren decidió sentarse a su lado que se movió, sujetando firmemente uno de sus hombros y poniendo amenazante un cuchillo a su garganta.

—Vete de aquí —se dejó escuchar la femenina voz, tan firme como agresiva—. Puedes dejar tu vino, pero acércate un poco más y también dejarás tu vida.

El lugar se sumió rápidamente en un silencio absoluto. Solamente las monedas siguieron sonando, pasando de una mano a otra o siendo arrastradas sobre las mesas.

—Lo siento, no puedo hacer tal cosa —respondió Garren, tratando de ver el rostro de la mujer, pues el movimiento sólo había dejado entrever mechones de un rojizo cabello—. En ambos casos, mi contratista estaría disconforme.

—No es mi problema.

—Claro que lo es —continuó el amenazado hombre—. Si usted desea llegar al norte se topará con la guerra León, y si decide ir por el oeste, verá que el Sol ha sitiado la Ciudad Imperial y cerrado el paso por la Ciudad Mercante.

Finalmente, clavando su cuchillo en la mesa, la mujer soltó a Garren. Permaneció en silencio, evaluando las sorpresivas noticias. El accionar del Sol estropeaba por completo sus planes de viaje. Al cabo de unos instantes, descubrió su rostro, dejando ver su piel blanca, su rojizo y largo cabello y la belleza de sus facciones.

—Por favor, déjeme ayudarle —dijo el mercenario, acercándole una de las copas de vino, mientras la atención de los presentes se diluía hacia el cobro de las improvisadas apuestas, y a transformar el oro en más licor—. No sé si se ha enterado de la alianza entre el Lobo Blanco y la Lechuza. Ellas podrán ayudarle.

—¿Y qué ganas tú? —preguntó la mujer, todavía amenazante.

—¿Además de su compañía? —contestó Garren, mientras tomaba el cuchillo clavado en la mesa y jugaba con él entre sus dedos.

—Y de varios problemas… —siguió ella, manteniendo su mirada en él, buscando disuadirlo—… Si estás tan interesado en cumplir tu contrato, sabrás que no eres el único que me sigue, pero sí podría asegurar que eres el más inofensivo.

—No se preocupe, mi dama. No por nada me llaman el Escurridizo —dijo el hombre antes de beber todo el contenido de su copa de una sola vez—. Además, las Lechuzas han pagado muy bien por usted, tanto que podríamos darnos unos lujos en el camino.

—¿Las Lechuzas? —preguntó la mujer con sorpresa.

—Así es. Sigo las órdenes de Nadia Fantine —respondió él, clavando un bocado de carne en el cuchillo que hacía poco amenazaba su garganta—. Creo que ellas tienen entre manos algo que la involucra a usted, a Jean Dupont, y a otros que desconozco.

—¿Jean? ¿Está vivo? —dijo la mujer, con mayor sorpresa que antes—. ¿Y Adler?

—Lo desconozco, yo sólo logré ver al joven Jean, que luego de algunos ligeros malentendidos parece haber establecido buena relación con las hechiceras.

—¿Estás seguro?

—No lo sé, mi dama, no me pagan por hacer preguntas.

El hombre comió el trozo de carne que había tomado, además de un par adicional, para luego limpiar su rostro con una de las servilletas. La mujer también comió algunos bocados, acabando lo que quedaba en el plato, pensativa y en absoluto silencio.

—Vamos, un poco de ánimo, mi dama —dijo Garren, rompiendo el silencio al dejar un par de monedas de plata en la mesa—. Conozco una taberna, no lejos de aquí, donde hacen un delicioso licor de nieve.

—Dudo que los Ciervos hagan un buen licor de nieve, con suerte pueden hacer un vino aceptable —replicó desganada la mujer.

—Le aseguro que es bueno —comentó el mercenario, mientras se levantaba y estiraba una de sus manos, invitando a su compañera a hacer lo mismo—. Debería probarlo, y así algún día, puedan decir que una mujer Lobo Blanco, la gran Vidgis Finn, aprueba su bebida.

Ella se levantó, esquivando la mano de Garren y quedando frente a él, con sus miradas a la misma altura.

—Beberé todo su licor y aún así no significará que apruebe su bebida. De seguro no será ni cercano al que hace mi hermana.

—Como usted diga, mi dama.

—Ahora vamos. Tienes trabajo que hacer, guardaespaldas.

Y así, Garren se encaminó a la sexta posada de la noche. Esta vez, con la compañía que tanto había buscado.

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