Fragmentos

Los jóvenes aprendices de paladín estaban sentados frente al fuego, se había vuelto casi una tradición en estos viajes de entrenamiento a la frontera norte del reino del Sol, algo que debe haber iniciado quién sabe quizás cuantas generaciones atrás como una forma de buscar resistir el intenso frío de las noches en ese lugar.

– ¡Que el instructor cuente una historia! – Dijo alegremente uno de los aprendices mientras devoraba el trozo de conejo asado que le había tocado – siempre tiene una buena historia, una diferente para cada ocasión. –

El resto de los alumnos miraron a Burke Erbey, el paladín que había estado encargado de instruir al grupo de aprendices y que ahora buscaba terminar su último trozo de alimento con toda celeridad, mientras con la otra mano le hacía un gesto de aprobación a quien solicitaba su narrativa a viva voz.

– ¿Saben lo que realmente hace único a un paladín? – preguntó Burke mientras golpeaba su pecho buscando aclarar su garganta de la comida que aún no termina de digerir – ¿Conocen aquello que ha dado grandeza a los grandes maestros, como al mismísimo Garnet el Justo? –

Las miradas de los jóvenes se encontraban fijas en el paladín, sabían que toda historia venía con una muy oportuna lección.

– La fuerza… somos los más fuertes de toda Creación – dijo uno de los jóvenes con gran convicción.

– Resistencia… Ya que es difícil superar a los titanes cuando se trata de fuerza – hacía la corrección otro de los jóvenes – pero claramente nuestra fortaleza es muy superior. –

– No creo que sea eso – intervino una muchacha en esta ocasión – debe ser nuestra fe, somos los únicos que respetamos al Justo Sol y por ello recibimos su bendición, como ningún otro reino. –

Burke simplemente sonreía al escucharlos, disfrutaba del ánimo de los jóvenes y sus respuestas, mientras mantenía viva la fogata con una larga vara.

– Todos poseen gran certeza en sus palabras – dijo el paladín, atrayendo la atención de todos los reclutas – pero aquello que nos hace únicos, aquello que transforma a un paladín desde un guerrero a una leyenda… Es nuestra determinación. –

– Nuestra fe – dijo casi victoriosa la muchacha que había hablado previamente

– Es algo que va más allá de nuestra fe – le corrigió Burke – somos capaces de enfrentar los más grandes desafíos y sobrellevar las más profundas penurias gracias a nuestra convicción. –

Los jóvenes no tardaron en acercarse y rodear el fuego en frente del paladín, pues sabían muy bien que este era el preludio para dar inicio a una de sus tantas historias.

– Les contaré – prosiguió Burke, de muy buen ánimo al ver el interés de los aprendices – la historia de un joven, un tanto mayor que ustedes, pero que hace tiempo atrás fue elegido como escudero del gran maestro Arthur, siendo que no era más que un aspirante a paladín, al igual que yo en ese tiempo. Como cada primer amanecer en la semana, el gran Arthur iniciaba la ceremonia de tributo al Sol, utilizando una antigua reliquia que le es traída por su Escudero, un rito que se repite sagradamente y sin pausa alguna, pero en esta ocasión nada sería como tantas veces antes, como en tantas ocasiones, en tantas generaciones… pues en camino a entregar tan preciado artefacto, el joven dio un paso en falso, la reliquia escapó de sus manos y no sólo se rompió en múltiples pedazos, sino que varios de ellos salieron disparados por el ventanal principal, aquel que da directo al mar de la eternidad.

La cara de asombro de los jóvenes era sin igual, aterrados no sólo por la herejía que significaba tal hecho, también debido a que la ira de Arthur no posee parangón alguno en el reino del Sol, y quizás en todo el Imperio.

– Los gritos del gran Arthur no se hicieron esperar – continuó su historia el paladín, aún jugando con el fuego, buscando mantenerlo tan vivo como el interés de su audiencia – el joven sólo podía agachar la cabeza y disculparse, aún cuando en su mente el saltar por la ventana e ir en búsqueda de los fragmentos era una opción en donde tenía más posibilidades de vivir, incluso considerando que el salón privado de la Inquisición se encuentra en el más alto piso del Castillo de los Invictos, y mientras sólo pensaba en aquello, observaba como los colores en el rostro del gran Arthur se volvían tan intensos como el blasón de los Leones.

Fueron múltiples los retos del maestro inquisidor, hasta que con una frase el destino del joven fue sentenciado; Pasaría una década como guardia del templo y sería despojado de su investidura de paladín, no sería más que un simple guardia por 10 años, a menos que recuperara los pedazos dispersados.

– Pero el mar eterno es imposible de navegar – exclamó uno de los jóvenes que escuchaban atentamente a Burke.

– Y dudo que el gran maestro Arthur lo perdonara – aportó otro escudero – la reliquia seguiría quebrada. –

– Así es – afirmó el paladín – pero aún así el joven no ha perdido la esperanza hasta el día de hoy, pues con la determinación de un paladín, ha decidido estar todas las mañanas custodiando el templo y todas las tardes buscando los fragmentos que recompondrán su futuro. –

– Pero en el templo de los Invictos siempre se encuentra de guardia Anset – dijo pensativo otro de los aprendices.

– Así es – volvió a afirmar el paladín – Anset vive atormentado por el error de su pasado, pero posee la determinación para sobreponerse a todo ello, así ha estado por casi 9 años ya, y sólo debo decir que tiene todos mis respetos, ha demostrado tener el espíritu que lo transformará en un gran paladín… algún día.

Los jóvenes impactados por la historia casi no podían pestañear, sus grandes ojos reflejaban la ya escasa luz de la fogata que se apagaba.

– Instructor cuéntenos otra historia – dijeron los aprendices casi al unísono después de una pausa.

– Quizás mañana – les respondió Burke con gran afecto en su voz – ya es tarde y al amanecer debemos hacer el tributo al Sol, como todo primer día de la semana. –

Ante tales palabras los jóvenes se cuadraron frente al paladín y con la mano derecha en su cien lo saludaron antes de irse a dormir.

– Buenas noches instructor – gritaron todos los escuderos a coro.

– Buenas noches reclutas – respondió Burke con una sonrisa, observando como cada uno de los aprendices ingresaba en sus respectivas tiendas de campaña.

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