Honor y Consecuencias

Estaban nuevamente sentados frente a frente, mirándose directamente a las caras: la de ella, petulante y orgullosa; la de él, serena y fiera. Garnet veía como lo labios de Martha se movían dando inicio a la segunda sesión, pero las palabras parecían no llegar a sus odios.  Le llegaban solo algunas frases sueltas, aún no lograba superar los hechos vividos anteriormente, la sentencia de muerte de Aldous pesaba terriblemente sobre su consciencia, se sentía responsable, culpable, si no hubiera sido porque él lo entregó, si hubiera puesto mayor resistencia, si hubiera desconfiado… pero no, daba la sensación, inclusive, de que se lo había dado en bandeja al Concilio. Notaba el odio de esos hombres cuando lo miraban, notaba el rencor que le tenían por haber perdido la vida de uno de sus familiares. Y él, él se sentía inútil y estúpido: inútil por no haber podido hacer nada por Aldous, y estúpido por haber confiado en la buena voluntad del Concilio.

Su odio y su rencor recaían sobre la Secretaria del Concilio, Martha Bonham, que lo miraba de forma despectiva y altanera mientras hablaba. Garnet no entendía bien porque lo tenían ahí, no comprendía incluso el por qué habían alargado aún más el encuentro. Para él no quedaba nada más que discutir, mas para ellos al parecer sí.

—Comandante Garnet, la segunda sesión de esta reunión ha sido fijada para terminar de lidiar con los desencuentros ocurridos por la situación en que su ejército tiene a la Ciudad Imperial y discutir cual será el castigo que se le impondrá a su persona por los daños y perjuicios que el Imperio ha sufrido por sus órdenes. Se lo preguntaremos una sola vez más, señor Garnet ¿Cuál es la razón de que su ejército se encuentre sitiando a la Ciudad Imperial? ¿Cuáles son las razones para que nos tengan en semejante situación?

Garnet se mantuvo en silencio mirando a Martha, del tiempo en que la recordaba en su memoria no había rastros de un carácter así de aquella mujer, él la recordaba sonriendo y bromeando con otras jóvenes de su edad, no se había dado cuenta en que minuto se había convertido en una mujer tan aguda y crítica. Ahora lo miraba, expectante, lista para tomar cada una de sus palabras y ponerla en su contra, pero él no tenía nada que ocultar, sus intenciones eran sinceras y así serían sus palabras.

—Señorita Martha, señores miembros del Concilio —dijo Garnet, posando sus ojos en los presentes, como si quisiera llegar a cada uno de ellos con sus palabras—. Nosotros estamos aquí con la intención de protegerlos, de resguardarlos de las amenazas que se esconden tras la vuelta de la esquina. Ustedes conocen tan bien como nosotros los peligros que les acechan, saben perfectamente que los ojos de dos reinos están puestos sobre ustedes como si de una diana se tratasen. Y nosotros, mi ejército y yo, estamos aquí con la intención de brindarles protección, de darle una mano a quienes nos han brindado apoyo cuando más lo necesitábamos. Nuestra intención no es aprovecharnos de ustedes, no estamos aquí con segundas intenciones, nuestra única misión es darles seguridad. Es proveer protección.

Martha lo miró fijamente, sus ojos parecían clavársele en lo más profundo, esa mujer no tendría piedad, nada serviría para apaciguarlos, pensó Garnet en ese momento.

—¿Protección dice? Protección que nunca fue solicitada, protección que más parece una amenaza que un real consuelo. Ustedes aparecieron en esta ciudad de la noche a la mañana, ustedes simplemente llagaron con armas, con escudos, con armaduras, ustedes solo se apostaron en cada esquina, en cada portal, en cada puerta, en cada casa. Ni una sola palabra cordial, ni una sola misiva al respecto, ni una sola pregunta. ¿Cómo cree que nos sentimos nosotros al respecto? ¿Acaso puede imaginar la afrenta que significa para nosotros que ustedes solo aparecieran sin más? ¿Qué se crean con el derecho a protegernos sin consultarnos antes? Señor Garnet, déjeme decirle, sin ánimos de ofender, que nosotros creemos que un reino que no tiene la capacidad de velar por sí mismo no tiene el derecho de venir a protegernos.

Garnet sintió cada palabra como una puñalada en su pecho, la rabia y el odio que salían de la boca de esa mujer no se comparaban con nada que hubiera conocido antes.

—Señorita…

—No señor, no aceptamos excusas, no aceptamos palabrería sobre protección o sobre dar apoyo, somos perfectamente conscientes de los peligros que acechan. De cada uno de los enemigos que se puedan aproximar. Es por eso que cortamos toda amenaza de raíz. Es por eso que hoy estamos aquí, el Concilio considera que usted se ha vuelto una amenaza para el Imperio —Martha dejó caer cada una de las palabras sobre los hombros de Garnet, vio dichosa como el comandante se hundía en su asiento con la emisión de este veredicto, internamente se sentía jubilosa, aquel hombre recibiría lo que merecía.

—Señorita, Señores miembros del Concilio… —Comenzó a decir Garnet, pero las palabras le flaquearon, no se esperaba aquello, no creía que Martha fuera capaz de tomar tal postura.

—Señor Garnet, si bien usted es apodado «El justo», no creemos que hubiera justicia alguna en su forma de proceder, actuó sin prudencia, con motivos que dice son sinceros, pero de los cuales nosotros no podemos estar seguros. ¿Está usted realmente capacitado para dirigir un ejército de semejante envergadura? Esa es la pregunta que pasa por la mente de los aquí presentes. Y si le soy sincera, la respuesta es negativa, sus actos nos demuestran que usted, comandante, no razona cuales pueden ser las consecuencias de sus actos.

Garnet estaba petrificado, se sentía humillado, despreciado. Las palabras de aquella mujer cada vez calaban más hondo en su corazón. Ya no quería seguir ahí, quería que todo acabará, que Martha solo le diera el veredicto y poder terminar con todo aquello.

La secretaria del Concilio lo miraba, expectante, esperando que dijera algo en su defensa, pero sabía que ya había quebrado la voluntad del paladín. También sabía que mientras ella destruía a Garnet, dos de sus guardias habían traído a la siguiente pieza de ese juicio. Pieza que ahora entraría en juego.

—Al parecer ya no le queda nada que decir, comandante. Por lo tanto, haremos pasar a alguien que quizás si tenga algo aportar a este juicio. ¡Guardias! hagan pasar a la señorita Adele Kendrik.

Se abrieron las puertas de la sala y una mujer hizo ingreso al recinto, Adele Kendrik, General del ejército del Sol.

Adele pasó sus ojos por todo el salón, fijándose en cómo estaba distribuido el espacio, en quienes estaban presentes, en los guardias que había y en los que no había y, por último, en la posición que tenía su comandante. Garnet estaba hundido en su asiento, el brillo de sus ojos apagados, parecía como si le hubieran arrancado su deseo de luchar y proteger. Aquello causó desazón en su corazón, aquel hombre que admiraba se encontraba derrotado y la causante de su derrota estaba ahí mismo, sonriente, exultante.

Martha vio como la mirada de Adele se sesgaba al posarse en ella, no le importó. Al final del día esa mujer estaría de su parte.

—¡Señores! —Garnet se levantó de un salto de su asiento al ver entrar a uno de sus generales—, miembros del Concilio, considero que es desacato a la autoridad hacer venir a uno de mis generales sin siquiera pedirme permiso, sin siquiera avisarme que ella sería traída hasta aquí. Ustedes no tienen derecho a pasar por sobre la autoridad que tengo sobre mis tropas, ustedes no tienen derecho alguno a hacer venir a la General Adele hasta aquí —Aquello lo ofuscó, hizo que una chispa se encendiera nuevamente en su interior, estaban pasando por sobre su autoridad, por sobre su título de Héroe.

—Ustedes tampoco tenían derecho a sitiar nuestra ciudad, pero lo hicieron, comandante. Le estamos pagando con la misma moneda. Señorita Adele —Martha posa sus ojos y relajando un poco su voz le dice—, creemos que usted ya está más o menos enterada de que es lo que está pasando en esta reunión. En la primera parte se ejecutó la sentencia de Aldous Kendrik, sentencia de la cual Bennet se está encargando en este preciso momento. Ahora procedemos a juzgar los actos cometidos por su comandante, Garnet —Adele la miraba sin decir nada, se la notaba incomoda y un poco perspicaz hacia sus palabras—. La sentencia que el Concilio tiene hacia él es clara, la destitución de su cargo y el encarcelamiento. Es por eso que la hemos llamado, usted es la siguiente en la línea jerárquica y sobre usted recaería el cargo de comandante del ejército del Sol, la nueva Héroe del reino.

Adele estaba pasmada, miraba a Garnet y miraba a la secretaria sin saber qué decir, qué responder. No podía aceptar semejante cosa, si aceptaba estaría traicionando a su comandante y eso era algo impensado para ella. Comenzó a negar con la cabeza sin poder pronunciar una palabra.

—No se puede negar, Señorita Adele, recuerde su juramento. Usted juró obediencia al Imperio ¿O acaso piensa romper su palabra y convertirse en otra traidora como su excomandante? —Martha veía la indecisión plasmadas en el rostro de Adele, estaba dudando ¿Cuánto más sería necesario para romperla? —. También es su deber que tenga en cuenta que fue el Concilio quien ayudó a su reino cuando este más lo necesitaba, nosotros estuvimos allí cuando necesitaban de una mano amiga, ¿Pero ustedes como nos respondieron? Con actos hostiles y con la muerte de inocentes. Además, los hombres y mujeres sabios de este Concilio consideran que es usted la persona apropiada para enmendar los errores de sus antecesores, ellos ven el potencial de cambio en usted, la hermana de la campeona del Imperio. Tiene que tener en cuenta todas estas cosas antes de tomar una decisión, señorita Adele —la general solo respondía con silencio, como tratando de masticar toda la información emanada.

Garnet sabía lo que estaba pasando por la cabeza de su general, de estar él en esa posición estaría sucediéndole lo mismo. El honor hacía imposible romper con la palabra dada, pero el honor también hacía imposible traicionar al compañero de armas. No obstante, él necesitaba que Adele aceptara. Sí accedía, al menos sus tropas quedarían en manos de una mujer justa, responsable y honorable. Fijó sus ojos en su general y trató de plasmar en ellos sus pensamientos. «Acepta Adele», pensó, «acepta y no todo estará perdido, aún podremos seguir con nuestros ideales». 

Adele estaba sumida en la indecisión, su mente era un completo caos, por un lado, veía a una mujer que solo quería atraparla entre sus garras y por otro lado veía a un hombre por el cual sentía un profundo respeto y admiración. Todas las batallas vividas habían creado un profundo lazo de camaradería entre ellos. No era amor, no era un romance, era un lazo que solo nace cuando dos personas luchan y combaten juntas. Cuando saben perfectamente lo que el otro está pensando en los momentos más difíciles y ahora ella sabía lo que pasaba por la cabeza de su comandante.

—No dudo de las razones por las que mi comandante nos trajo hasta aquí, por ello no creo que sea un traidor, yo le soy leal y, por lo tanto, considero que sí nos encontrábamos aquí para dar protección y apoyo. Sin embargo, no me puedo oponer a las decisiones que tome el Imperio, porque sí, recuerdo muy bien mi juramento y mi honor me impide romperlo —Adele tenía los ojos clavados en los de Martha, habló de forma serena y expresó sus ideas son sumo cuidado, dejando claro lo que pensaba, pero sin que pareciera que se oponía al juicio del Concilio.

—Nos parece excelente que recuerde la palabra dada al Imperio, señorita Adele, ¿Aceptará el cargo de Héroe y comandará las tropas del Sol? —le preguntó Martha.

Adele no respondió de manera inmediata, posó sus ojos en los de Garnet esperando ver todavía en ellos la aceptación e impulso a decir que sí a aquella oferta. Una esperanza nació en el corazón de Adele cuando corroboró que aquella sensación seguía ahí, quizás su comandante tenía algún plan, quizás no todo estaba perdido.

—Acepto —dijo Adele con voz clara y firme—. Acepto relevar a Garnet de la comandancia de las tropas del Sol.

Martha sonrió, todo había salido como lo habían planeado, aquel resultado no podía haber sido más provechoso, uno de los traidores estaba muerto, el otro ahora sería apresado.

—Guardias, apresen al señor Garnet.

Los guardias colocaron grilletes en los pies y manos de Garnet. El excomandante del Sol se veía aún más derrotado despojado de su arma y encadenado, mas sus ojos aún no perdían el brillo y su rostro no reflejaba nada más que tranquilidad.

Adele observaba la escena con pena y rabia, sabía que el Imperio se aprovecharía de ella de todas las formas posibles, siempre haciéndole pesar su juramento, estaría desde ahora en adelante bajo sus órdenes y debido a su honor no podría ser desleal ni desobedecerles, pero aún se mantenía en ella aquel pequeño atisbo de esperanzas que los ojos de Garnet le daban.

Garnet miró a cada uno de los presentes, posó sus ojos calmos en los de Martha y se despidió con una leve inclinación de la cabeza, luego dirigió su mirada hacia Adele y transmitió tranquilidad hacia su general, ahora comandante de las tropas del Sol. Salió de la sala empujado por los guardias hacia las mazmorras.

Martha vio cómo se llevaban a Garnet, había cumplido su misión de manera exitosa, ahora las cosas marcharían como ellos estimaran conveniente, para eso contaban con el apoyo y el juramento de Adele Kendrick, mujer honorable y que esperaba no los defraudara.

Las consecuencias de aquellos juicios no se hicieron esperar dentro de la propia ciudad. En la Magna Corte del Imperio, en uno de los salones de aquel imponente palacio, había una sola carta sobre el escritorio de su despacho, Bergen Rompió el lacre con que estaba sellada y leyó lo que en ella querían comunicarle. Las palabras estaban un poco borrosas por la premura que habían tenido en escribirla y en algunas partes la tinta se había emborronado, también, dedujo, por la prisa que tenían en comunicar aquellos sucesos. La carta hablaba sobre un juicio en la ciudad, sobre la muerte de Aldous, sobre la aprensión de Garnet, su hijo, y sobre el ascenso de Adele Kendrik a Héroe. Leyó todo esto tranquilamente. Al finalizar la carta, usó su arte místico, ese mismo poder que usó alguna vez para expulsar a los devotos de Locura al Bosque del Este, para dejar que el papel se transformara poco a poco en cenizas. Las velas apoyadas en el escritorio fueron envueltas en un halo de calor, de poder, y de pronto, junto con la misiva, ardieron en el fuego del sacerdote. Bergen se quitó lentamente el broche imperial de sus ropas y lo colocó en su escritorio, justo al lado de las cenizas de la carta, se levantó de su asiento y sin decir palabra alguna abandonó la habitación, dejando los blasones imperiales colgados en el perchero.

Por: Jaron Aurora F.

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