Ira y Admiración

—Deben ser rápidos. Deben ser silenciosos. Nadie puede saber que están ahí —les decía Vari Finn a los jóvenes aprendices salvajes, montada en su enorme lobo blanco. A pesar de ser más alta que las mujeres de cualquier otro reino, parecía pequeña sobre semejante monstruo.

Los sabios del Reino lo habían anunciado, y el mismo cielo lo demostraba. El invierno estaba llegando a Creación, y en el norte congelado llegaba con más fuerza que en cualquier otro lugar. Era tiempo del saqueo de solsticio, una de las tradiciones más importantes de los salvajes. Antes del inicio de cada invierno, los jóvenes que alcanzaban la adultez se enfrentaban a un desafío: visitaban poblados cercanos, pertenecientes a los demás Reinos, tratando de no ser descubiertos, de no matar a nadie, buscando provisiones para la temporada y bienes con los que comerciar. Para muchos significaba dejar de ser niños, y convertirse en verdaderos Lobos Blancos.

—La nieve caerá como hachas sobre escudos, el viento hará temblar las montañas y el frío tendrá la fuerza de varios titanes —por primera vez, era Vari la encargada de preparar y guiar a los aprendices durante el saqueo—. Esto no es sólo un desafío, están actuando por el Reino, por sus familias y sus ancestros, no lo olviden —cuando terminó de hablar, su lobo soltó un gruñido espantoso, mostrando colmillos del tamaño de dagas. Los aprendices se asustaron, la salvaje lo supo, pero no lo demostraron. El miedo es para las presas.

“Y los Lobos no somos presas” pensó Vari, mas no todo el Reino se sentía igual. No con las noticias que recorrían Creación.

—Recuerden lo que pasó en los Bosques del Este —dijo de pronto, con un tono diferente en su voz. Un tono que demostraba ira, pero no la ira explosiva de los berserks o los salvajes en trance, sino una ira fría y queda, como el hielo sobre las aguas del norte—, en este momento, más que nunca, debemos actuar por nuestro Reino. Denle razones a los que vinieron antes que ustedes para estar orgullosos, como hemos hecho durante generaciones. Enfunden sus armas y recuerden su entrenamiento. Han sido capaces de pisar la nieve sin dejar rastros, de caminar entre osos sin ser notados, no deben olvidarlo, no deben fallar —dicho esto, su lobo dio una mordida al aire, haciendo sonar los colmillos como un cuchillo golpeando un hueso—. Avanzamos a las tierras del Sol.

La marcha comenzó junto a una nevada. Estaban en la frontera sudoeste del Reino, donde el paisaje no siempre es blanco, y a veces brotan hierbas de la tierra, y los ríos y lagos no están congelados. Lo cercano del invierno se hacía obvio al ver nieve en aquellas tierras. “El viaje será fácil” pensó Vari, “la nieve y el frío son cada vez menos, se siente lo cerca que estamos”.

—Maestra Vari —llamó una niña, de cabello muy largo y muy amarillo hecho varias trenzas, con un hacha de armas enfundada en la espalda—, maestra Vari —parecía de unos once o doce años, un poco menor que los demás aprendices.

— ¿Qué pasa? —respondió la salvaje, mirando a la joven desde su temible montura.

— ¿Es verdad lo que dicen sobre su hermana? —sin duda la niña tenía la sutileza de cualquier Lobo Blanco. La mirada de Vari se llenó de ira, la misma ira fría de hacía unos momentos. Esa ira gélida que la había poseído desde que escuchó la noticia sobre Vidgis.

— ¿Que cayó en los Bosques del Este? —preguntó, mientras su lobo comenzaba a gruñir, cada vez más fuerte, mostrando cada vez más los afilados colmillos.

—Que durante su primer saqueo venció a tantos guardias del pueblo visitado que ya no fue necesario esconderse —respondió la pequeña. La ira de Vari se calmó, casi por completo.

—Sí, es verdad. Y lo hizo sin desenvainar su arma —por primera vez, la melancolía se antepuso a la ira. Vidgis había dejado su gran espada, la misma que no desenvainó durante aquel saqueo, cuando se fue a las tierras de los titanes, a entrenar con Hakon Finn, su primo. Desde ese momento, nadie más la blandió, hasta ahora. Vari fue la primera en sacarla de su funda, después de tanto tiempo, cuando se enteró de lo que le había pasado a su hermana en los Bosques del Este.

— ¿Usted estaba con ella durante ese saqueo? —siguió la aprendiz.

—Sí, fuimos juntas, aunque yo era más pequeña que los demás aprendices que iban con nosotras —el leve cambio en la expresión de la niña demostró que sí era menor que los otros jóvenes. Aunque apenas visible, Vari notó su emoción ante el comentario—, pero eso no importaba estando con Vidgis. Su habilidad en el combate no tenía igual.

— ¿Qué poblado saquearon esa vez? —preguntó un niño que acababa de acercarse, de unos trece años, como la mayoría de los aprendices. La barba ya comenzaba a aparecer en su rostro, y llevaba un par de hachas de mano colgadas en la cintura.

—Alguno perteneciente al Reino del Ciervo, lleno de estandartes adornados y construcciones adornadas y guardias adornados. Recuerdo a esos tontos que se creían guerreros, repartidos por el suelo como manchas azules, con todo y adornos, sus finas sedas sucias de tierra y barro. Muchos ni siquiera pudieron desenvainar esas frágiles cosas que intentan hacer pasar por espadas. Vidgis los vencía con velocidad, y sin que nadie la notara. No necesitaba más de un golpe, un movimiento —al tomarse una pausa entre palabras, Vari notó que tres aprendices más habían llegado a escuchar la historia—. Un Lobo Blanco sabe matar a sus enemigos, pero también sabe dejarlos indefensos e inútiles, tirados con la cara en la tierra. Ningún guardia murió durante ese saqueo, y ningún guardia pudo ser siquiera un contratiempo para nosotros. Volvimos cargados de mercancía y provisiones.

La admiración se vio en los rostros de los niños, en sus ojos abiertos de par en par, sus sonrisas decididas, y en la firmeza con que sujetaron sus armas envainadas. Vari también la sintió, más fuerte que de costumbre. “Una nueva generación de aprendices, y admiran tanto a Vidgis como lo hicimos antes”, pensó.

—Maestra —dijo un niño que Vari no había notado. Llevaba una espada larga y un cuchillo colgando del cinturón, y lo seguían algunos otros aprendices, todos reunidos cerca del monstruoso lobo sobre el que iba la salvaje—, usted ya ha saqueado en las tierras del Sol antes, ¿cierto?

—Sí, también con Vidgis. Fue la primera vez que ella guió a los aprendices.

— ¿Como usted ahora? —preguntó la niña de las trenzas amarillas y el hacha de batalla.

—Sí. Esa vez yo ya no era menor que los demás, y Vidgis era aún más hábil que durante la visita al poblado Ciervo… Si no es por ella, tal vez ninguno habría vuelto —los jóvenes se sorprendieron bastante, y el lobo de Vari mostró los colmillos con un largo gruñido—. Algunos aprendices intentaron robar la armería, y ya saben cuánto ruido hacen esos trajes de lata que usan los cobardes. Todos estábamos en diferentes lugares, escondidos, robando otras cosas. Los primeros guardias en llegar dieron la alarma, y pronto aparecieron más. No habrían tardado en encontrar a los aprendices que causaron el ruido, y nos habrían buscado a todos… pero Vidgis decidió atacar antes que ellos. Desenvainó su gran espada y cargó contra los guardias, sola. Eran casi quince hombres, cada uno con el traje de lata puesto, la lanza empuñada y la espada al cinto —Vari detuvo a su lobo de pronto, con ella se detuvieron sus cada vez más numerosos oyentes, y al cabo de unos segundos todos los aprendices habían dejado de avanzar—. Ninguno sobrevivió. La espada forjada por manos Finn partió astas y huesos por igual, y las armaduras de esos guardias, tan pulidas y doradas, se abollaron, quebraron y mancharon de sangre y tierra —cuando Vari terminó de hablar, su lobo levantó la cabeza con fuerza, dando una feroz mordida al aire, haciendo sonar sus colmillos como un choque de metal, como un hacha contra el umbo de un escudo—. Volvimos con vergüenza, el saqueo había sido un fracaso, y los aprendices que iban por primera vez no pasaron la prueba, tendrían que esperar al siguiente invierno para convertirse en verdaderos Lobos Blancos… Pero cuando contamos lo sucedido, y todos vieron a Vidgis tan manchada de sangre como su espada, la noticia no fue el saqueo fallido, no. Fue que una joven salvaje, sola, salvó a todo un grupo de aprendices, matando a todo un grupo de guardias del Sol, sin recibir herida alguna.

Los jóvenes guardaron silencio por unos segundos. Luego sus palabras llenaron el aire. Aunque apenas se entendía lo que decía cada uno en semejante miríada de voces, la admiración era obvia. Sonaban tal como los que recibieron a los aprendices después de aquel saqueo sin éxito, una vez que habían escuchado lo sucedido.

—Detengámonos aquí —dijo Vari después de unas pocas horas de marcha—. Aún queda un día de camino, monten el campamento —y eso hicieron los jóvenes. Sus austeras ropas de piel eran tanto camas como eran mantas, y muchos seguían la costumbre de dormir con un arma empuñada. No necesitaban más que eso.

—Maestra —escuchó Vari de pronto, ya recostada en el suelo, apoyada sobre su enorme lobo—, maestra —era la pequeña de las largas trenzas amarillas, junto a otros aprendices. La salvaje reconoció a algunos, fueron los primeros que se le acercaron mientras contaba las historias de Vidgis.

— ¿Sucede algo? —les preguntó.

— ¿Es verdad la historia del saqueo quemado? —preguntó la joven.

— ¿Qué historia es esa? —aunque seguramente Vari la conocía, no supo a cuál podría referirse la niña.

—Escuché a mis padres contarla una vez que hablaban sobre Hegel Steinn —respondió un niño, el mismo de la barba incipiente y el par de hachas de mano—, decían que él lideró a los aprendices durante un saqueo fallido en las tierras del León.

— ¿El berserk Hegel? —el joven asintió, y Vari supo enseguida a qué historia se refería—. Sí, es verdad. Aunque no vive entre nosotros, formó parte de algunos saqueos, y guió a los aprendices en esa ocasión. Fue antes del que lideró Vidgis, pero después de la vez en que visitamos las tierras del Ciervo. Fuimos juntas, aunque ya habíamos pasado la prueba el año anterior.

—Mis padres decían que habían sido descubiertos, y que apenas pudieron robar algo antes de tener que escapar.

—La verdad es que nunca supimos si nos habían descubierto o si nos estaban esperando. También es posible que haya sido por como son esos Leones, tan aguerridos en todo lo que hacen, pensando que pueden superarnos.

— ¿Qué sucedió después? —volvió a hablar la joven del hacha de batalla.

—Atacaron enseguida. Los guardias que ya habíamos visto, acompañados de otros que salieron de la nada. Estoy segura de que vi a algunos saltar desde las ventanas de un edificio de madera, y Vidgis me dijo, cuando habíamos vuelto a casa, que vio a uno salir de un pozo. Por aguerridos que sean, siempre buscarán pelear con la ventaja del número. Comenzaron a registrar todo el pueblo, tuvimos que escapar. Vidgis y yo cubrimos a varios aprendices, para que fueran con Hegel, no pensábamos dejar que algún insignificante guardia del León atrapara a uno de los nuestros.

— ¿Pelearon? —preguntó el aprendiz del par de hachas.

—Claro, y mucho. Los guardias nos perseguían por donde fuera que intentáramos pasar. Recuerdo que las dos sosteníamos un cruce angosto entre algunas casas, mientras algunos aprendices se escabullían por los techos, cuando vimos a Hegel. Se abrió paso entre los guardias con la ira marcada en su rostro. Nos dijo “quemen todo esto”, y saltó contra otro grupo de guardias que se acercaba a nuestras espaldas. Reunimos a otros aprendices, e hicimos lo que nos dijo. No fue difícil encontrar antorchas, era de noche, al menos la mitad de los guardias llevaba una. Vimos a Hegel bloqueándoles el paso a varios Leones, con algunos aprendices tras él, y otros tantos peleando junto a él, y comenzamos a prenderle fuego a las casas. Después de unos minutos, la mitad de la aldea estaba en llamas. Corrimos hacia Hegel, y vimos a varios guardias dejar la pelea para ayudar a su pueblo. También a algunos de los nuestros, con los brazos cargados de mercancías, corriendo desde las casas en llamas. Saquear los poblados del Ciervo puede ser muy divertido, pero si algo tienen los Leones es que guardan cosas más interesantes, como armas de verdad, no esas porquerías que más parecen agujas —Vari se tomó una pausa en la narración, mientras los niños que la escuchaban se reían—. Cuando llegamos con Hegel, dio un último golpe con su hacha… Recuerdo que ese golpe partió en dos el casco de un guardia, y también la cabeza que iba debajo… y escapamos. Cuando ya nos habíamos alejado lo bastante, y comprobado que nadie nos persiguió, contamos a los aprendices. Ninguno faltaba… y varios estaban felices con lo que habían conseguido. Creo que algunos aún conservan parte de lo que robaron esa noche, una espada, una lanza o una pieza de armadura, como recuerdo.

—Pero fue un fracaso —dijo el joven de la espada y el cuchillo, sorprendido con la historia.

—Sí, y los que iban a un saqueo por primera vez no pasaron la prueba, pero el recuerdo de la aldea en llamas, de correr entre casas incendiadas cargando lo obtenido, de Hegel peleando contra tal cantidad de guardias junto a los aprendices, de la humareda que podíamos ver a kilómetros de distancia —“…de pelear junto a Vidgis” pensó, luego se dio cuenta de que estaba sonriendo—… No pasaremos mucho más tiempo aquí, vayan a dormir. Mañana llegaremos a las tierras del Sol, y no tengo intenciones de quemar el pueblo ni de matar a todos los guardias —apenas terminó de hablar, su lobo, que hasta el momento parecía dormido, volteó la cabeza hacia los aprendices y soltó un gruñido monstruoso, con las largas fauces abiertas y los colmillos brillando como cuchillos en la oscuridad de la noche. Los jóvenes no tardaron en hacer lo que Vari les dijo.

“Aún te admiran, aunque ya no estés aquí” pensó, cuando ya todos los aprendices dormían, mientras observaba las estrellas, “yo también, ¿cómo podría no hacerlo? …Será un éxito, tal como la vez que visitamos ese poblado Ciervo”. Por primera vez, desde que se enteró de lo sucedido en los Bosques del Este, pensó en su hermana sin que la invadiera esa ira fría. “Estarás orgullosa, lo sé. No nos descubrirán, te lo aseguro. Fueron capaces de superar el entrenamiento de forma excelente, tal como nosotras antes de ese saqueo. No nos descubrirán… Los Lobos somos cazadores…”. Antes de dormirse, recostada sobre su enorme lobo, Vari dio una larga mirada al este. “…Y nunca seremos presas”.

Por: Daniel L. Ruiz Dedicado con mucho afecto a Javiera “Líder de la Manada” Vidal.

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