Justicia y Orgullo

Un rayo de luz sobre su cara la despertó, abrió los ojos despacio y se quedó largo rato mirando el dosel de su cama, ese día estaba fijada la reunión con el Concilio. Se levantó y llamó a algunas de sus sirvientas para que le ayudaran a vestirse. Colocaron y arreglaron sus ropas, peinaron sus dorados cabellos y la perfumaron. Cuando su rutina estuvo completa, se asomó al balcón y apreció la vista que tenía desde su habitación. La Ciudad Imperial se extendía imponente a su alrededor, veía a la gente feliz, a los niños riendo, a los jóvenes enamorándose, pero también veía algo que la disgustaba profundamente: guardias, soldados, hombres armados, en cada calle, en cada vuelta, en cada plaza, en cada entrada, hombres que supuestamente estaban allí para protegerlos y resguardarlos, habían creado más problemas que soluciones.

Dio un largo suspiro y movió su cabeza negativamente, ese asunto debía solucionarse, no podía permitir que siguieran las cosas como estaban, no podía permitir que ocurrieran más desgracias, no podía permitir que ocurrieran más muertes. Aquel día era decisivo. Inhaló profundamente, cerró los ojos, reunió su fuerza interior y salió con paso seguro y firme.

Uno de los dos guardias imperiales apostados fuera del salón de reuniones la saludó cordialmente y le abrió la puerta, ella correspondió con una inclinación de cabeza y entró al recinto. El lugar era grande, imponente, por un momento se sintió pequeña, como en sus primeros años de aprendiz, cuando se quedaba mirando en los rincones y veía a los representantes defender sus causas, cuando quería ser como ellos y sus ojos brillaban de emoción cada vez que asistía a esa misma corte. Bajó la cabeza y sonrió con añoranza, aquellos años habían pasado y ahora era ella quien, orgullosa, ostentaba el poder.  Un poder que dependía de los hombres sentados allí, hombres para ella bondadosos, hombres risueños y huraños, hombres que confiaban en ella y ella no les defraudaría, nunca lo había hecho y nunca lo haría. Sabía perfectamente cómo obtener lo que deseaba y ahora buscaba justicia, no sería clemente respecto al acto criminal que se había realizado, debería ser pagado con creces.

Su oponente se encontraba ahí, Garnet, el hombre que se encontraba liderando el sitio bajo el cual se encontraba la ciudad. ¿La razón?, Ella no la sabía, pero tampoco estaba ahí para escuchar sus explicaciones, estas no tendrían el peso suficiente para apaciguar los delitos cometidos por sus hombres. De él no sabía mucho, la vida los había reunido un par de veces en ocasiones mucho menos tensas que esta, sus informantes le habían comentado que era un hombre sereno, que no perdía los papeles ante nada y que por sobre todo, primaba la sangre fría. Ella podría hacerle peso perfectamente.

Saludó a todos los presentes con una ligera inclinación y una sonrisa cordial, para luego ir a sentarse a su puesto, destapó su tintero, cogió una pluma, aclaró su garganta y dio inicio a la sesión.

—Yo, Martha Bonham, una de las secretarias del Concilio Imperial, regentes de Creación, presido esta sesión —dijo con voz fuerte y clara—. Estamos aquí reunidos para pedirle a Garnet, llamado «El Justo», que presente su informe y explicaciones respecto al acontecimiento ocurrido hace unos días, donde una ciudadana del imperio falleció en medio de un confuso altercado en manos de uno de los hombres que se encuentran sitiando la ciudad. Así mismo, exigimos se nos explicite las razones por las cuales han tomado nuestra ciudad, bajo qué parámetros y con qué ordenes.

Él solo la observó durante todo su discurso, no hizo ningún movimiento, ni un solo gesto que delatara sus intenciones o pensamientos, ella ahora lo miraba con la punta de la pluma humedecida en tinta fresca dispuesta a escribir y anotar lo que él dijera.

Garnet posó sus calmos ojos en los de ella.

—Lamento profundamente lo sucedido a la muchacha —inició—, pero no creo que se haya cometido injusticia alguna, ella intervino en un desafió a uno de mis hombres, quien vio su honor comprometido. Es verdad que se produjo un hecho lamentable, pero mi guerrero no planeaba que esto ocurriera, él solo respondió a la afrenta del novio de la joven.

—Comprendo el punto, pero aún así hay un hecho de peso que se está eludiendo. Esto no habría pasado, primero que todo, sí usted no estuviera sitiando la Ciudad Imperial. Sí sus hombres no estuvieran aquí, todo esto se habría evitado. Permítame preguntarle algo que muchos de los aquí reunidos nos cuestionamos: ¿Cómo es que un reino que no sabe manejarse solo, está en plan hostil contra el Imperio? Y más allá de esto ¿Cómo mantienen esa actitud contra quienes les han tendido la mano y sido bondadosos cuando su reino más lo necesitaba? —Habiendo dicho esto, se reclinó, insultante, contra su asiento, una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro.

Garnet arrugó un milímetro su entrecejo y con una mano peinó su cabellera castaña.

—La respuesta es sencilla, Señorita Bonham: Protección. Estamos aquí con la misión de proteger a nuestros benefactores. Ustedes, mejor que nosotros, saben los peligros que acechan a la vuelta de la esquina, saben que sobre ustedes pesan las miradas de los reinos del Ciervo y del León.

Martha frunció levemente el ceño y pensó que quizás él tuviera un punto a favor en lo que estaba comentando, pero si se le daba una vuelta a lo que Garnet decía, también se podían encontrar segundas intenciones en su discurso.

—Protección dice, entonces… ¿Por qué han ocurrido más muertes ahora que ustedes están que cuando no se encontraban aquí? Quizás ese guerrero no tenía la intención de cometer aquel acto atroz, pero lo hizo y merece un castigo. Para serle sincera, Garnet, creo que el castigo le corresponde a usted, pues es quién está detrás de esto y son sus órdenes las que siguen los soldados. Sin embargo, por el respeto que le tengo y por consideración a su padre, a quien aprecio, la sentencia no recaerá  sobre su cabeza, pero si sobre quien ha cometido el abominable acto —levantó sus ojos y los fijó en la cara de Garnet, su boca estaba torcida en señal de desaprobación o contradicción, por un momento pensó que discutiría su decisión, no obstante solo agachó la cabeza y dio un leve suspiro.

— Aldous ya ha recibido un castigo por sus actos, además ha sido retirado de sus funciones ¿Acaso no les parece esto suficiente?

—No, es necesario. El duelo llevado a cabo está prohibido, además de ser un acto infame, atenta contra las normas establecidas. Habría sido mucho más honorable, por parte de su soldado, haberse negado al duelo que aceptarlo. Además, también es justo que sea castigado por quienes han sufrido el agravio, la familia imperial necesita ser compensada —dijo Martha, tajantemente.

—Está bien, tal parece que el concilio duda de la justicia que puedo aplicarle a mi hombre y también de nuestros respetos y lealtad, como un gesto de bueno voluntad cederé a sus peticiones, esperando que se tenga en cuenta que ya ha sido castigado. Entregaré a Aldous, hombre que se encontraba bajo mis órdenes cuando sucedió el lamentable acto, espero que el Concilio actúe con la integridad, justicia y benevolencia con la que el Justo Sol nos ha bendecido —los ojos de Garnet, siempre serenos, mostraban un dejo de tristeza e impotencia ante lo que se le solicitaba, pero no trató de apelar a aquella situación. Martha creyó detectar un pequeño atisbo de esperanza en sus ojos, pero no estaba segura, sus facciones impenetrables no dejaban adivinar mucho de lo que pasaba por la cabeza de ese hombre.

—Los hechos cometidos están claros, un duelo es un acto que está prohibido en nuestras tierras, por lo mismo, el castigo que impartiremos será ejemplar para que todo aquel hombre o mujer que ose desafiarlo lo piense dos veces —dijo Martha, con voz clara y la cabeza alta, sus ojos miraron uno por uno a los miembros del Concilio, quienes la observaban con gesto afable—. Aldous, guerrero del Reino del Sol, derramó la sangre de una muchacha inocente, como regentes, es nuestro deber impartir justicia y compensar a la familia imperial por los acontecimientos ocurridos, creemos firmemente que la única forma de darle descanso a los corazones de la familia de la joven es que Aldous Kendrick reciba el mismo castigo por el que se le está imputando. La muerte.

Garnet se levantó de un salto de su asiento, interrumpiendo el veredicto de Martha.

−¡¿Qué?! —exclamó desconcertado, dirigiendo una mirada de piedad hacia el concilio, como si en los ojos de aquellos hombres pudiera encontrar una explicación a lo que estaba sucediendo— Pensé… creí que sería arrestado y dejado para siempre en las mazmorras. ¡No existe precedente alguno de esto! señorita Bonham, ustedes no pueden…

Martha sintió los ojos de todos los presentes sobre ella, sin embargo, esto no afecto su juicio, es más, afianzó su resolución y sus palabras. «Hasta aquí llegaron tus esperanzas Garnet», pensó la secretaria del Concilio.

—Podemos Señor Garnet, podemos y lo haremos.

—No puedo evitar protestar por esto, Señorita, el Concilio nunca antes había dado una pena más grande que la cadena perpetua, y esto en casos muy aislados. Nunca antes la justicia impartida había sido tan dura. La cárcel, yo esperaba la cárcel para Aldous, no lo habría entregado tan pacíficamente de haber sabido sus intenciones ¡Es un buen hombre!

Garnet, hombre que había mantenido una sangre fría admirable se veía ofuscado, impactado inclusive. Se apreciaba en sus facciones, antes impávidas, el duro golpe que suponía la sentencia que estaba entregando. A ella no le importó, ella cumpliría, dejaría caer la justicia del Concilio sobre quienes sentía que la merecían.

—Pero cometió un acto infame —levantándose de su asiento terminó su veredicto—. Por el poder que se me ha otorgado, condeno a Aldous Kendrick a la pena de muerte, la sentencia será ejecutada al atardecer en la plaza central —Todos los presentes la miraban, ella sentía plena satisfacción en su interior, había cumplido con su deber, había llenado a su familia una vez más de orgullo, había demostrado su valía—. Ahora tomaremos un pequeño receso. Guardias, vayan a buscar al imputado; y usted, señor Garnet, no se aleje demasiado, aún tenemos asuntos pendientes que resolver al regreso.

Martha Bonham ordenó sus papeles, tapó su tintero, limpió su pluma y salió de la sala. Sabía lo que estaba ocurriéndole a Aldous en ese momento: dos hombres lo tomarían de los antebrazos y lo conducirían a la plaza central. Allí lo estaría esperando el verdugo, el pueblo estaría reunido alrededor expectante esperando el cumplimiento de la justicia; Garnet miraría la escena con frustración y rabia. Los hombres subirían al imputado a la tarima, acomodarían su cabeza para que quedara en la posición justa para el verdugo, este elevaría el hacha recién afilada, estiraría sus brazos lo máximo posible y dejaría caer con toda la fuerza e impulso la hoja afilada sobre el cuello de Aldous. El pueblo estallaría en exclamaciones de júbilo y Garnet se alejaría asqueado y enfurecido.

Martha sonrió y, con paso firme y decidido, prosiguió su camino.

 Por: Jaron Aurora F.

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