La fortuna de tener un Campeón

—No sabe de lo que habla —decía con desdén Alisson East, una joven guerrera rubia del Reino del Sol, mientras se volteaba, devolviendo su atención a la jarra que tenía enfrente.

—¿Perdón? —le respondió Alfred East, otro guerrero del Reino, casi levantándose de su asiento—. Sólo hace falta pensarlo un poco. Los otros cuatro grandes Reinos ya han comenzado, y claramente el Imperio se ha desligado de nosotros.

—No es excusa —siguió la guerrera con seriedad, sin devolverle la mirada—, Lady Diane es la Campeona del Sol. La única Campeona del Sol, y la única Campeona del Imperio.

—El Imperio —dijo ahora Alfred, casi de forma burlesca—, ese Imperio que hace años dejó de ser el Imperio del Sol, ¿cierto? —la respuesta de la joven fueron un par de tragos de su jarra.

—Si queremos que vuelva a ser el Imperio del Sol —agregó un tercer guerrero, Dallas East, quitando de su rostro algunos cabellos castaños para luego alisar su barba casi rubia—, deberíamos mantener a Lady Diane como la Campeona.

—Tiene razón —dijo con una sonrisa Anset East, un paladín recién iniciado, casi gritando, regresando del baño a su asiento en la misma mesa de Alfred.

—¿Qué sabe alguien que ha pasado toda su vida rogando el perdón de Arthur? —dijo bruscamente otro guerrero, calvo, de barba oscura y hombros anchos, llamado Geremy East, claramente cediendo ante la cerveza de trigo.

Alfred y algunos pocos presentes más se rieron, mientras Alisson y Dallas miraban la expresión de Anset, una mueca casi tan molesta como sorprendida.

—Calma —interrumpió las risas Adrien East, guerrera y jinete, con tranquilidad en su voz a pesar de lo fuerte que había hablado—, no hay que empezar una pelea —todos los demás la escucharon e hicieron caso, incluso los más pasados de copas. En parte, era respeto por la fuerza que demostraba tanto entrenando como luchando, pero más que eso era que, en instancias como esta, entre guerreros de la familia East, en las tabernas del Reino del Sol, entre gritos y cerveza de trigo, se había ganado el respeto de sus pares.

—Es cierto —agregó Anset volviendo a sonreír, hablando con rapidez—, ya hay suficientes peleas en Creación como para empezar una nueva.

—Sobre todo ahora que cada Reino ha comenzado a levantar sus campeones —dijo firmemente Alisson, justo antes de vaciar por completo su jarra—, más motivo para que nuestro Reino no haga lo mismo.

—Nuestro Reino —comenzó Geremy, forzando las palabras a través del alcohol y su barba cubierta de cerveza—… El Reino —dijo antes de que su rostro chocara con la mesa, cayendo estruendosamente ante todo lo que había bebido. Alisson, sentada frente a él, no tardó en apropiarse la media jarra que había dejado el guerrero.

—El Imperio se lo ha buscado —dijo Alfred con fuerza, después de vaciar su propia jarra—, ese Imperio que por tanto tiempo mantuvo la paz, y ahora ha hecho todo lo contrario. Ese Imperio que encarceló a Garnet el Justo, nuestro maestro y comandante, y que no ha hecho nada por detener la guerra de los Reinos.

—¿Y a caso levantar nuestro propio Campeón cambiaría eso? —le preguntó Anset calmadamente, estirándose en su asiento.

—Posiblemente —respondió Adrien, con la misma tranquilidad de antes en su voz, llenando con cerveza por enésima vez su jarra.

—¿Cómo podría ser eso? —preguntó Dallas, limpiando meticulosamente los restos de espuma de su boca—. ¿Levantar un Campeón para que haya paz? ¿De qué me perdí?

—El Concilio Imperial no ha intervenido ni piensa hacerlo —comenzó Adrien, y todos la escucharon—. Han reclutado cobardes y brutos, y Bergen ha renunciado, el mismo Bergen al que llamamos el Sabio. Su paz ya no significa nada. Ya no es el Imperio del Sol. Con un Campeón de nuestro Reino, al fin podríamos recuperar lo que hemos estado perdiendo. Seríamos nuestro propio Imperio, traeríamos la paz que Creación necesita, obtendríamos la gloria que el Sol merece.

—Sólo traeríamos más guerra, más divisiones innecesarias a Creación —respondió Alisson, hablando bastante más fuerte que antes, de manera aún más firme—. Lady Diane es la única Campeona que necesitamos, y lo ha demostrado suficientes veces.

—Sin duda alguna —exclamó Dallas, levantando su jarra hacia la joven rubia y mirándola con una sonrisa, gesto que ella ignoró por completo, levantándose a llenar su propia jarra.

—Lamentable que ahora será la Campeona del Imperio, de los Bonham, y no del Sol —dijo Alfred entre tragos, nuevamente sonando como si se burlara.

—¿Qué dices? —espetó Anset sorprendido, casi escupiendo su cerveza—. Entiendo que sean gemelas y todo, pero es su hermana Adele la que ha debido jurar lealtad, no Diane.

—¿Y? —siguió Alfred, mirando a su interlocutor con una sonrisa condescendiente—. Tal como dices, es su hermana la que ha jurado lealtad. Su hermana gemela. Diane Kendrik no tardará en seguirla, y nuestro Reino se quedará sin un Campeón.

—Hablas de alguien que ha defendido al Reino desde su niñez —interrumpió Alisson con frialdad, acomodándose en su asiento para mirar de frente al guerrero—. Alguien que nunca ha fallado a su deber.

—Su hermana hizo lo mismo desde la misma edad, tampoco falló nunca, pero cuando debió entregarse al Imperio, lo hizo —respondió Alfred—, ¿qué nos dice que ella no la seguirá?

—Su reputación —dijo Dallas campante, antes de levantarse a llenar su jarra, moviéndose con lentitud y elegancia.

—Una gran reputación, sin duda —comentó Adrien, con su jarra casi vacía en la mano—, tan grande como la de su hermana Adele, ¿cómo es que nos asegura que no la seguirá al Imperio?

—¿Te enfrentarías a una manada de salvajes con tu brazo derecho dislocado? —preguntó Alisson de golpe. Al principio sólo obtuvo silencio como respuesta, un silencio nuevo para la taberna en que se encontraban.

—Sería difícil —admitió al final la jinete, levantándose a llenar su jarra.

—Una Campeona novata, hace años, lo consiguió —siguió la guerrera—. El invierno apenas estaba llegando al Reino del Sol, y todos los vigías de la frontera norte sabían que un saqueo de los salvajes podría suceder, en cualquier momento. Esta Campeona estaba ahí, recorriendo aquellas tierras. Un día escuchó algo en un molino, y se acercó a ver qué era. Tal vez tuvo suerte, tal vez fue algo más, pero en ese molino encontró a varios salvajes, escondidos. Ninguno dijo nada, la joven Campeona tampoco, los Lobos Blancos sólo cargaron contra ella como animales enfurecidos. Empuñaban hachas y cuchillos, se movían rápido, mostraban los dientes y gruñían.

—¿Cómo es que alguien así de despreciable llegó al Imperio? —comentó Dallas, con la cerveza bastante más notoria en sus palabras, cuando la narradora se tomó una pausa para vaciar su jarra.

—Y ella no cedió terreno —siguió la joven, sin darle importancia a la acotación de su acompañante—. Los salvajes no se habían cargado de provisiones aún. Habían salido solamente para pelear, seguros de que la vencerían. Ella levantó la Espada del Amanecer y su guardián solar. Como bestias cazando, sus oponentes comenzaron a formar un círculo a su alrededor, y luego se le abalanzaron al unísono. La veían como una presa, querían matarla rápido y desaparecer, llevándose todo lo que pudieran robar, como viles carroñeros que se dicen depredadores. Olvidaban que los paladines están más arriba que ellos en la cadena alimenticia.

—Algo que esos brutos olvidan cada invierno —volvió a agregar con vehemencia Dallas, poniéndose de pie para llenar la jarra de la narradora… cosa que ella ignoró, levantándose sin siquiera mirarlo, a llenarla ella misma—, y tal vez cada día —concluyó algo más despacio, volviendo a sentarse.

—Nada hicieron los cuchillos contra la armadura de paladín —retomó Alisson, de vuelta en su silla—, la Campeona debió fijarse primero en los que llevaban hachas. La fuerza del Sol estaba en ella, y sus golpes derribaban con facilidad a los salvajes, manteniéndolos a distancia. Las hachas rebotaron contra el escudo dorado al principio, mientras los salvajes buscaban la mejor forma de acercarse. Como cazadores, por instinto, cerraron más y más distancia con la Campeona. Querían hacer inútil su escudo y que su armadura la hiciera menos ágil. Logró sostenerse, pero un hacha se enganchó con su guardián solar, hasta arrebatárselo. Estaba rodeada muy de cerca y había perdido una de sus armas, pero resistió, empuñando la Espada del Amanecer con ambas manos.

—¿Cuál será el punto de la historia? Lady Diane sigue viva, todos sabemos que ganó esa pelea —interrumpió Alfred, girando vanamente su cuchillo con su mano derecha.

—Cuando termine de contarla, entenderá —le respondió Alisson cortantemente. El guerrero pareció molesto, pero no dijo nada más. La narradora dio un trago a su jarra antes de seguir—. El mayor de los salvajes, viendo a los suyos aún siendo derribados, aún incapaces de hacer grandes daños, incluso cuando habían logrado cortar distancia, comenzó a flanquear a la Campeona. La mantuvo con la guardia en lo alto, la forzó a responder con demasiada velocidad, hasta que lanzó un terrible golpe con su hacha. Ella logró bloquearlo, pero el golpe casi lleva su espada al suelo, con ella detrás. La fuerza fue tanta que su brazo derecho apenas aguantó.  La joven paladina lanzó un gruñido de dolor y furia, su brazo se había dislocado.

—Esa es una parte de la historia que no conocía —intervino Alfred nuevamente, aún girando lentamente el cuchillo entre sus dedos. Al verlo, Anset se rió por lo bajo.

—Pero ninguna de sus manos soltó la espada. Algunos dicen que, incluso con el dolor y el peso de la herida, logró luchar con más fuerza en ese momento. Cambió de posición sus manos en el agarre de su espada, ignorando el viejo dicho.

—Espada en mano derecha, muerte en mano izquierda —agregó despacio Dallas, concentrado en la narración y en la narradora, antes de seguir bebiendo de tal forma que sus tragos sonaran lo menos posible.

—También se dice que, lanzando mandobles con un brazo roto, sus gritos de guerra fueron más temibles que los de los salvajes. Haya sido por la hechicería del Sol fluyendo en ella, por su furia y decisión volviéndola más fuerte, o por una intervención del destino, venció. Algunos de los tajos que dio con su espada, incluso, llegaron a abatir a dos enemigos a la vez. Finalmente, el mayor de los salvajes se abalanzó contra ella, tan rápido que no pudo esquivarlo. La Campeona apenas logró posicionarse para dar un golpe, pero el Lobo ya estaba sobre ella. Aunque el impacto casi la derriba, siguió en pie, con el saqueador empalado en la Espada del Amanecer. Viendo eso, los salvajes que quedaban escaparon.

—Aunque tu versión sea más completa —comentó Alfred, girando algo más rápido su cuchillo—, esa historia es bastante conocida en el Reino, como toda la reputación de Lady Diane. ¿Cuál es el punto? ¿Crees que por eso no se rendirá al Imperio?

—Lady Diane estaba dispuesta a dar su vida por ese molino y las provisiones. Se enfrentó, completamente sola, a una manada de esos sucios ladrones, por las granjas de nuestro Reino, y por sus familiares y los nuestros que cultivan esas tierras —respondió la narradora, golpeando su jarra contra la mesa. El guerrero guardó silencio, mirando a Alisson con frialdad, pasando su cuchillo a su mano izquierda.

—¿No te basta con eso, escudero? —le preguntó riéndose Anset a Alfred, antes de vaciar su jarra y levantarse enseguida a llenarla.

—Muchos han defendido las granjas de los salvajes —comentó tranquilamente Adrien desde su mesa—, muchos han dado la vida. Sobre todo guerreros de nuestro mismo apellido —levantó su jarra con esas palabras, y los demás hicieron lo mismo enseguida, antes de vaciarlas, todos, al unísono, incluso Anset que acababa de llenar la suya—. Tal vez para un paladín es aún más fácil enfrentar a esos podridos invasores.

—Nuestro Reino y el Imperio del Sol fueron levantados por el Elegido —siguió la narradora, levantándose nuevamente a llenar su jarra con cerveza, justo mientras Anset terminaba de hacer lo mismo—, el Elegido del Justo Sol, el Elegido de un Dios. Fueron los descendientes de ese Elegido los que nombraron a los Campeones, hasta llegar a Lady Diane. Ella, como los verdaderos Campeones que vinieron antes, tiene esa fortuna que le permitió vencer a una manada de salvajes estando sola. Una fortuna que parece entregada por el mismo Justo Sol, algo que no cualquiera puede obtener sólo por hacerse llamar Campeón.

—Además de su habilidad, su fuerza, su determinación y las bendiciones que lleva todo paladín, hubo otra cosa. Llamémosle fortuna a ese algo que identifica a un verdadero Campeón —habló Anset, acomodándose nuevamente en su asiento—. Lady Diane ha sido reconocida por los Dioses como lo que es, tal como lo fue el Elegido del Sol. No hay forma de que alguien así abandone nuestro Reino. Me parece algo imposible —terminó, vaciando por completo su jarra, que acababa de llenar.

—A mí me parece bastante posible —le respondió Alfred, aún girando el cuchillo entre sus dedos—. Ya ves como un sacerdote, dedicado por completo al poder del Justo Sol, nos abandonó, y ni siquiera por responder un llamado del Imperio, sino que para volverse un simple mercenario.

—Hay una gran diferencia entre un sacerdote del Sol y una verdadera Campeona —comentó sonriente Anset, arrebatándole el cuchillo a Alfred en un rápido movimiento—, pero, ¿qué sabría de eso alguien que ni siquiera es paladín? —siguió sonriendo, mirando a su interlocutor a los ojos, clavando el cuchillo en la mesa después de girarlo varias veces entre sus dedos.

—Sólo eres un aprendiz, nombrado como tal por nada más que una mala jugada. Todos aquí lo sabemos —le espetó Alfred, levantándose de su asiento y caminando a buscar más cerveza.

—Dudo que Lady Diane siquiera piense en entregarse al Imperio —habló Alisson con cierta calma en su fría voz—. Alguien reconocida por el linaje de Kendrik no podría abandonar el Reino que Kendrik fundó. Tampoco sería razonable nombrar un Campeón propio. El objetivo de que haya un único Campeón no es más que unir a los Reinos. Diane lleva ese peso en sus hombros, y lo sabe mejor que nadie, mientras los demás Reinos se esmeran en hacer todo lo contrario. Estoy segura de que sabe que, de abandonar al Reino, cooperaría con esa lamentable situación.

—Los Reinos ya se han separado —exclamó Dallas, con la ebriedad muy clara en su voz y su barba, sonando bastante enojado—, estamos en guerra. Un Campeón de nuestro Reino sería sólo una ventaja más.

—Que buena cerveza es esta —comentó Anset sonriente, caminando a la mesa del joven mientras este se desplomaba sobre la misma.

—Algo en lo que podamos concordar —le respondió Alfred, poniéndose de pie con su jarra en la mano. Adrien y Alisson levantaron las suyas también, Anset levantó la del guerrero desmayado, casi llena, y los cuatro las vaciaron al unísono.

Poco a poco, con ya dos de los seis guerreros tumbados en sus mesas, la conversación se volvió menos apasionada. La cerveza de trigo, proveniente de las granjas del norte del Reino, al fin calmó los ánimos de los presentes. El silencio comenzó a inundar la taberna.

—Y… ¿qué pasaría si hubiera dos Campeones del Sol? —dijo de pronto Anset. Los demás lo miraron en silencio.

Por: Daniel L. Ruiz

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