En las Fauces del León – Epílogo

Un pequeño escuadrón caminaba en la penumbra, dirigidos por Daryl, quien portaba en sus manos una bandera y sobre ella las pocas posesiones de Amara: El emblema del reino, una armadura chamuscada por su última batalla y una flauta.

El ejército se detuvo frente a una casa en un poblado de agricultores, Daryl golpeó la puerta respetuosamente, dio un paso atrás y extendió el ajuar. La puerta se abrió, desde el interior salió una mujer, con algunos años en el cuerpo, unas pocas canas mostraban su experiencia y sus manos eran el reflejo de un trabajo extenuante en las siembras de trigo. Junto con la mujer, se asomó travieso un niño que notó como una pequeña lágrima caía del rostro de su madre.

—Ella trajo honra a su familia, cayó defendiendo su reino —Dijo el comandante mientras entregaba las cosas de Amara a su madre—. Lamentamos mucho su pérdida.

La voz de Daryl estaba teñida de culpa.

La madre lloró desconsolada, abrazando a su pequeño hijo quien, al entender lo que estaba ocurriendo, estalló en llanto.

Los vecinos del poblado salen a observar lo que ocurre, los desgarradores gritos de la madre estaban cargadas de pena, de ira, de arrepentimiento.

—No saben lo orgulloso que estoy de haber compartido el campo de batalla con Amara, siempre alegre, tocando su flauta para motivar a las tropas.

—Esa es la razón por la que su padre le entregó ese instrumento —Se escuchó entre los sollozos—. Su padre también falleció trayendo gloria a este reino.

La madre mira las pertenencias, encontrando una carta de Amara. Tienen claro que, por su estilo de vida, de combate en combate, transformando sus cuerpos en armas perfectas, viviendo para luchar, la muerte es un destino posible cada día, por lo que los Leones acostumbran enviarse cartas seguido para mantener a su gente informada y tranquilos.

La mujer extiende el papel, reconociendo la caligrafía de su hija y su forma única de escribir. Las lágrimas se escapan solas de los ojos de la mujer una vez más, quien aún abraza a su pequeño buscando consuelo:

«Mamá, hermano.

Cada vez que me enfrento a escribir esta carta me cuesta más, y siento que cada día la guerra causa más estragos entre las filas. Hace poco pude ver a muchos hombres con un rostro inexpresivo, como si la batalla se llevara sus emociones.

Yo trato de no pensar en todo eso, si bien sé que soy una Leona, que vivir para la guerra es lo que hacemos, no me importa nada más que mi flauta, bueno, la flauta de papá, con la que he podido sobrellevar todo esto.

Aunque desde que el último Emperador murió, los contingentes de nuestro reino se han movilizado mucho más. Tanta práctica en las armas me ha dejado sin mucho tiempo para tocar, por lo que aprovecho cada segundo libre, cada pequeño instante. Aun así, supe que en unos días regresaríamos a casa, anhelo mostrarles a ustedes y a nuestro querido poblado cuanto he mejorado con la flauta de papá.

Los quiero, los amo mucho, familia.

Amara».

Los ojos de la madre se cerraron, sus manos temblaban, al igual que sus labios, el llanto volvió a la mujer, esta vez con más fuerza. Daryl miraba la escena, nada podía hacer, ni las condolencias, ni nada de lo que él dijera calmaría el corazón de una madre que acaba de perder a su hijita. La mujer trató de componerse, secó algo de sus lágrimas y tomó el rostro de cualquier guerrero en combate.

—Desde que murió el Emperador —Dijo la señora, con una voz acongojada—, ¿Dónde estuvo el Imperio cuando nos atacaron en su corte?

Las casas aledañas hacían de la noche día, encendiendo velas.

—¿Dónde estaba el Imperio mientras nuestros hermanos morían frente a los cobardes Ciervos?

Los vecinos al escuchar las duras palabras de la mujer en el silencio de la penumbra salieron con antorchas para ver lo que ocurría.

—¿Dónde estaba el Imperio cuando Locura se llevaba a los nuestros? ¿Dónde estaba el Imperio cuando mi pequeña moría a manos de esos ciegos del Reino del Sol?

La gente rodeaba la casa de la madre de Amara, la comitiva simplemente guardaba silencio.

—¿Dónde está el Imperio ahora? —Las lágrimas cesaron, la impotencia de lo ocurrido se apoderaba del discurso de la mujer.

«¡Viva el Reino del León!» Se escuchó gritar a uno de los pobladores, «¡Viva!» respondían los demás, mientras extendían hacia el cielo oscuro sus antorchas.

«¡Larga vida al ejército escarlata!», «¡Que vivan los guerreros del ejército interminable!», «¡Gloria a Kendrik, el Primero y su descendencia!», «¡Muerte al Concilio!».

La gente salía de sus casas al oír a muchos de los vecinos levantando tales consignas, nada podían hacer los guerreros para calmar lo que se estaba viviendo en ese poblado de agricultores, «¿Qué sabe el Concilio de la guerra?», exclamó uno, «Sentados en esos palacios bebiendo el té», las antorchas iluminaban con fuerza, «¿que saben ellos de trabajo? Comiendo pan creado de nuestro trigo, de nuestro trabajo». «¡Viva el Reino del León!» gritó la madre de Amara, «¡Que viva Amara Kelm!».

La comitiva de Daryl dio media vuelta, sin que antes el pequeño hermano de Amara se acercara corriendo, a lo que el general se hincó, desordenó el cabello del niño jugando y con una sonrisa de confianza, en un esfuerzo improductivo por esconder la pena que lo embargaba, le entregó una bufanda de color rojo.

—Serás un gran guerrero, joven Kelm, que el valor de tu hermana te guíe en la batalla.

Mientras la gente gritaba vítores al reino, y la comitiva se retiraba, el pequeño puso en su cuello la prenda diciendo «Que viva el Emperador».

por: BeCo

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