En las Fauces del León

Cascos en forma de rostros felinos, armaduras rojas y lanzas alineadas formaban un muro perfecto, mientras los soldados comenzaban a marchar. Casi dos semanas después de la derrota del León ante el Ciervo, un reducido ejército de guerreros y discípulos avanzaba hacia el sur, a encontrarse con un gran contingente del Reino del Sol.

A las primeras luces del amanecer, en un día cubierto por viento y frío, los pasos de los soldados y el sonido de sus armas no era el mismo de siempre. El orgullo de un Reino construido para la guerra había sido dañado por las astas de los Ciervos. Desde aquella derrota, los guardias de las fronteras habían doblado su número, y los dirigentes del Reino buscaban claridad ante una difícil situación con sus últimos oponentes: El Reino celeste tenía peticiones a cambio de un importante prisionero de guerra, pero existía tan poca información al respecto, que todo podría ser nada más que un engaño.

Las tropas podían ver el bosque desde donde estaban. El Bosque de la Noche Eterna. Habían perdido ante el Ciervo, pero no dejarían de buscar toda victoria que les fuera posible. Cada León sabe bien que ese bosque es un recordatorio de que no pueden permitirse la derrota.

Daryl Barend iba a la cabeza del ejército. Era un afamado general de su Reino, conocido por participar en escaramuzas suicidas con contingentes pequeños, tal como la misión actual. Era más afamado todavía por volver victorioso a pesar de las probabilidades en contra. Confiaba en la habilidad de sus soldados y en la velocidad de sus maniobras, e incluso en lo sorpresivo de los ataques, mientras le fuera posible aprovecharse de eso.

—Oye —dijo de pronto Daryl, notando lo joven que se veía uno de sus soldados—, ¿cuál es tu nombre?

—Bruno Bendig, comandante —respondió el discípulo con voz sombría, quitando una máscara con colmillos de su rostro, para escucharse mejor.

—No habías servido conmigo antes. ¿Qué edad tienes?

—Dieciséis, comandante.

—Eres la persona más joven que he conocido que porta los colmillos del León —dijo el general, refiriéndose a la máscara de Bruno. En el Reino escarlata, esos colmillos son usados por quienes juran venganza ante la pérdida de alguien muy cercano, como un símbolo de respeto hacia ese alguien.

—Una muy buena amiga cayó en las tierras del Ciervo —las palabras salieron con dificultad, arrastradas en una mezcla de enojo y tristeza.

—Cuéntame qué pasó —había respeto en la voz del general, incluso cierta admiración.

—Cuando llegaron a nuestro campamento por la noche, peleando confundido, descuidé uno de mis flancos. Un espadachín me atacó aprovechándose de eso… pero ella se puso en medio de él y yo. Estaba herida desde una pelea anterior, cuando acabábamos de llegar a las tierras del Ciervo… no pudo bloquear el estoque —el joven hizo una pausa, mirando al suelo—. Mi mejor amiga murió protegiéndome —concluyó, volviendo a cubrir su rostro con los colmillos del León.

—Te prometo algo, Bruno —le dijo Daryl, verdaderamente inspirado por la lealtad del joven a su amiga—. Si caes en esta guerra contra el Sol, caerás sabiendo que ella está orgullosa de ti. Tuvo la muerte de una Leona. Si caes, devuélvele esa gloria.

—No caeré. No antes de vengarla —siguió el discípulo, nuevamente arrastrando sus palabras, ahora más en furia que tristeza—. El sacrificio de Imre no será en vano.

—Tenemos una venganza diferente entre manos ahora —le respondió el general—. Un Reino le dio camino libre al ejército del Sol para llegar a nuestras tierras. A mis ojos, eso no fue muy diplomático con el León por parte de las Lechuzas.

Bruno asintió, y el muro que eran las tropas León siguió su marcha perfecta.

—Hrm. Debería calcinar a ese ejército por completo —dijo impaciente Callan Hallselt, viendo acercarse al contingente León—. No son tantos como esperaba, sería fácil.

—Por una vez, evitemos tanta destrucción y muerte, por favor —la elegancia en el hablar de Érika Erbey era la misma de siempre, pero ahora había algo más ahí. No podía apartar de su memoria todo lo que vio en el Castillo de la Luna Oculta.

El sacerdote sólo respondió con un gruñido, que más sonó como brazas ardiendo. “Ya perdimos demasiados sacerdotes y guerreros” pensaba Érika. “Perdimos demasiadas vidas… También el León, luchando contra el Ciervo. Esta guerra es absolutamente innecesaria”. Pensó en completo silencio por unos instantes, tratando de recordar si tenía alguna opción, si había algo que pudiera ayudarla. “Ya sé qué hacer”.

Una comitiva del Sol avanzó mientras su ejército se detenía. Érika iba a la cabeza junto a Callan, y los seguían, a manera de escolta, una sacerdotisa rubia, con capa blanca y armadura dorada, y un guerrero que llevaba en lo alto un estandarte del Reino. Habían atado un pañuelo dorado al asta, un símbolo de aproximación pacífica y de estar dispuestos a la diplomacia.

El ejército León comprendió. Daryl Barend avanzó a la cabeza de un pequeño grupo, seguido de cerca por Bruno. Tras ellos avanzaban una guerrera de cabello castaño llamada Amara Kelm, la única entre todas las tropas con una flauta al cinto además de sus armas; Un guerrero de bufanda roja y nombre Meyer Barend; y una discípula cubierta por armadura y portando los colmillos del León, llamada Alina Baldwin.

—Así que quieren dialogar —dijo imponente el general León, mirando fijamente a Callan y Érika con los ojos ensombrecidos por su casco, una vez estuvieron frente a frente.

—Precisamente, señor Daryl —fue la diplomática la que respondió, reconociendo enseguida al hombre que tenían delante. Si él hizo lo mismo, no lo demostró—. El Sol quiere ofrecer una alternativa que estima superior al choque de ambos ejércitos.

—Estoy escuchando —siguió el comandante, cruzando los brazos. Su voz no sonó menos imponente. Llevaba el pelo largo y suelto, y su armadura dejaba al descubierto varios puntos. Estaba claro que era un guerrero sumamente osado, y siendo un León, eso era algo temible.

—Se trata de un ritual antiguo, algo que no hemos visto hace muchas generaciones —comenzó la diplomática, recordando sus libros de historia y las narraciones de su hermano—. Un tratado conocido como Combate de Campeones. En este, cada bando elige un campeón, y ambos elegidos se enfrentan. La victoria o derrota del campeón significa lo mismo para su ejército. Esta costumbre se perdió en el tiempo, pues fue abolida con la conformación del Imperio. En ese entonces, como señal de unidad, el Emperador escogió a un solo campeón de entre todos los Reinos, que cambiaría con el tiempo.

—Hasta que el último emperador murió, y al parecer la Campeona se quedó con el título de manera vitalicia —respondió Daryl, con voz fría pero aguerrida, la voz de un comandante—. El ejército del León acepta su propuesta, dama Érika —con esto, demostró que sí la había reconocido. “Debe ser por las historias del Castillo de la Luna Oculta” pensó ella.

—Por la tradición, el desafiante debe elegir primero al campeón de su oponente, entre el comandante y sus escoltas al momento del tratado.

—Adelante entonces. Enfrentar a cualquiera de mis soldados será como enfrentar un ejército de leones furiosos. Será como un día en el coliseo para nosotros.

Érika observó sus opciones con cautela. Daryl se veía amenazante, al igual que los dos Leones enmascarados. La joven Erbey conocía el significado de los colmillos del León, había visto varias menciones en sus libros. “Cuando alguien no teme perder nada, es más peligroso que nunca” pensó, tomando entonces su decisión.

—Será la mujer de cabello castaño y rostro descubierto —la elegida dio un paso adelante.

—Enfrentándote sabrán lo que es una verdadera batalla, Amara —le dijo el general a su guerrera. Ella le respondió con una mirada de confianza—. Es mi turno de escoger —siguió Daryl, volviendo a mirar a Érika—. La elijo a usted —los ojos de la diplomática del Sol se abrieron con terror, y aunque intentó formular una respuesta, no pudo hacerlo antes de que el general León siguiera hablando—. Conozco perfectamente este ritual, usted es parte de la comitiva, y por eso una posible campeona de su ejército. No tenga tanto miedo, un campeón solamente debe vencer al otro para que se acaben las hostilidades, no es necesario que Amara la mate.

El guerrero de la escolta Sol se acercó a Érika, ocultando el miedo que sentía por la vida de la joven, para entregarle su espada corta y su guardián solar, el escudo propio del Reino. La noble nunca había estado armada con nada más que sus palabras. Ni siquiera llevaba armadura. Mientras el guerrero retrocedía, la sacerdotisa rubia de la armadura dorada se le acercó a la dama Erbey.

—Cálmese, lady Érika —comenzó a hablar, mientras deslizaba los dedos de su mano izquierda por la hoja de la espada—. Por favor, no se preocupe, y recuerde que con sólo un golpe que usted acierte, bastará. Incluso si no logra herir a su oponente, bastará —la diplomática apenas escuchaba lo que le decían, apenas entendía. Estaba en blanco, sólo podía pensar en que iba a morir—. Recuerde lo que le digo, y recuerde también que el Sol nunca se oculta.

Pocos instantes después, Érika Erbey estaba de pie, con el escudo levantado, y tenía en frente a Amara Kelm, cubierta por una armadura algo minimalista, empuñando dos espadas ligeras, y con una flauta resaltando en su cinto. Mientras la diplomática notaba esto, la pelea empezó.

La Leona se movía con velocidad, flanqueando a Érika y lanzando cortes con ambas armas a diferentes alturas y en diferentes direcciones. La joven diplomática apenas podía sostener el escudo, pero lo mantuvo en alto, por delante de ella, logrando bloquear algunos golpes con dificultad.

Las hojas de su oponente alcanzaron sus piernas desprotegidas, cortando tela y piel por igual. Mientras al principio Érika había podido retroceder tras el escudo dorado, ahora le costaba mucho más alejarse de la Leona. Apenas podía girar su posición para cubrirse. Y no había sido capaz de lanzar un solo golpe.

Amara se movía con suma destreza y rapidez, haciéndole imposible a Érika reaccionar a tiempo. No soltaba la ofensiva, se acercaba mucho, mantenía la presión. Atacaba el flanco izquierdo de la diplomática, esperando que el escudo bloqueara, para atacar con su otra espada por la derecha. La joven Erbey pensaba que no tenía oportunidad.

Arrinconada a pesar de estar en campo abierto, desesperada bajo los golpes interminables de su rival, quedó en blanco por un instante. Nunca había sostenido un arma, pero había visto a su padre y a su hermano entrenar. Recordó aquellos movimientos como parpadeos fugaces, y cerró los ojos con fuerza, no por intención, sino por un reflejo de miedo. Un instinto que apenas notó la hizo levantar el brazo derecho, y estirarlo hacia delante con toda la fuerza que le quedaba, por poca que fuera. No supo qué hacía, pero un último resto de claridad en sus pensamientos le dijo que debía hacerlo.

Amara podría haberlo esquivado, pero decidió bloquear. Con el arma de su mano izquierda podría no sólo detener el golpe, sino también despojar a su oponente de la espada corta, mientras lanzaba un segundo corte con su mano derecha, rodeando el escudo. La victoria ya era suya.

Entonces las hojas chocaron.

El arma de Érika no cayó. Antes de que Amara pudiera arrebatársela, la corta hoja se tornó al rojo vivo, y el metal estalló. Fuego y trozos de acero fundido se dispararon desde el choque de espadas, pero casi nadie fue alcanzado por la metralla.

Érika bajó el escudo. Había cubierto su rostro en un reflejo, sin darse cuenta. Vio ascuas en su ropa y las sintió en su cabello, y vio el humo y los últimos brillos de algunas chispas… luego vio a Amara. Estaba en el suelo, inmóvil, con quemaduras en casi todo el cuerpo, sobre todo en su rostro. Había muerto.

La diplomática se había enfrentado a devotos en el Castillo de la Luna Oculta junto a Nadia Fantine, había visto cuerpos oponentes despedazados y calcinados, y ahora también había tomado una vida.

Cayó de rodillas, tan agotada que ya no era capaz de sostenerse. Soltó el escudo y el mango carbonizado de la espada, y llevó sus manos a su rostro. No contuvo sus lágrimas. No se dio cuenta de que Callan, la sacerdotisa y el guerrero habían llegado con ella. Mucho menos supo qué hizo la comitiva del León. Sólo podía pensar una cosa.

“Al fin esta guerra ha terminado”.

Por: Daniel L. Ruiz

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