Las Redes de las Sombras

Una noche al año, una noche distinta, los hombres y mujeres, niños y niñas, festejan a los que ya no están, conmemoran y honran a aquellos que dejaron una huella en la historia de Creación.

Cada quien vive este día de manera diferente: oraciones se levantan en los templos, suenan réquiems sublimes entonados por músicos de las más importantes cortes, los niños llevan vestimentas que alguna vez pertenecieron a los difuntos, de manera que se vea en ellos una generación que dé esperanzas, oportunidades.

En las tierras del León la celebración es distinta, la muerte para el reino guerrero tiene un simbolismo distinto, velas se encienden por aquellos que han dado su sangre en batalla, su roja cera tiñe las hojas de esta noche de primavera. Por su parte, otras velas de color blanco son encendidas frente al Bosque de la Noche Eterna, cada una de la extensa fila de candelas representaba a los caídos en la lucha contra Locura.

En el centro de la ciudad, un viejo hombre permanecía arropado, el frío provocado por la cercanía al Bosque del Este se reflejaba en el aliento visible que salía de la boca del anciano mientras contaba historias a los pequeños que jugueteaban cerca de la fogata.

—Esta historia que les contaré a continuación, se prometió nunca ser contada.

Nada más necesitó oír Franck para acercarse con su hija a la fogata. La pequeña corrió a encontrarse con sus amigos, mientras el guerrero se sentaba algo más atrás, en un tocón de árbol, con los brazos cruzados.

—Verán, jóvenes curiosos. Hace tiempo, mucho tiempo atrás, cuando los reinos eran uno solo bajo la voluntad de un Emperador, un hecho macabro sucedió —La voz del anciano era cálida, se oía a través del tejido que conformaba su bufanda—. Un grupo de agricultores de una aldea contigua a esta encontraron un espectáculo horripilante, un capullo de insecto, sí, así es, de un bicho… pero de un tamaño que, en proporción, llamaríamos colosal.

Los niños presentes, atraídos por lo asqueroso de lo presentado, cesaron su juego y se unieron al relato. Franck miraba, disfrutaba las buenas historias de terror, más aún las clásicas contadas por los ancianos para generar valentía en los aprendices por su cercanía a las tierras de los devotos.

—Prefirió la gente dejar intacto el hallazgo, hasta que unos días después, la Guardia Imperial llegó en búsqueda de una desaparición. «Se ha extraviado una niña, ojos castaños, cabello rubio», la gente comprendía que se referían a alguien del otro lado, del Oeste, extrañados de porqué la Guardia la buscaba a tan extensa distancia. Al concluir la búsqueda, el huevo de dimensiones extraordinarias llamó la atención de dos de los enviados. Asqueado, encestó un golpe con su arma a la repugnante crisálida.

 La bolsa cedió, saliendo de su interior un cuerpo repelente, patas de insecto y nauseabunda imagen. Una máscara en forma de bicho cubría el rostro de aquella abominación. Los guardias, luego de un alarido provocado por el pánico, pisotearon a la criatura cual cucaracha, perseguían a la figura con sus lanzas hasta darle muerte, empalada por uno de ellos. En un acto entre valentía y curiosidad, con un poco de idiotez, con una lanza hicieron volar la máscara, encontrando el rostro de aquella horrible cosa. Los cabellos color sol, la tez clara… se trataba ni más ni menos que de la menor desaparecida.

—¿Cómo acabó en las tierras del León? —preguntó con un pánico atento Kora, la hija de Franck.

—Verás, jovencita —le dijo el anciano hombre haciéndole una pequeña caricia en el rostro, como intentando calmarla—, no lo sabemos muy bien, sí que no fue el único evento. Algunos días más tarde la Guardia Imperial buscaba a un nuevo niño extraviado, esta vez pertenecía a una familia de comerciantes del centro del Reino Único del Sol. Los soldados en su búsqueda encontraron otro huevo de características similares al que narraban los guardias días antes, por lo que decidieron abrir el envoltorio. De las sedas cayó el pequeño, con una respiración forzada, y un evidente malestar, pero fuera de riesgo.

 Al día siguiente, constataron que el pequeño no recordaba muchas cosas recientes, como si dentro de esas cosas empezaran a olvidar, así mismo, notaron que el niño tenía tres pequeñas picaduras cerca de su cuello.

 Al menos 3 casos más se dieron en las semanas siguientes. Encontraron a uno de ellos también con vida, otro fue sacrificado por su transformación. El último fue algo especial, sus padres vieron la señal de las picaduras y encerraron al niño en un cuarto, protegido por guardias en cada posible entrada. Lloraba, gemía del pavor que le causaba pensar que algo podría pasarle, había escuchado historias de que cada marca significaba no volver a ver a la familia, a las personas, la luz del día, la vida… aun así, con toda esa protección, y como si el secuestrador oliera el miedo, le encontró y lo hizo desaparecer. Fue encontrado desnutrido, casi hecho polvo, al interior de la seda que lo envolvía.

—Siempre pensé que eras feo, ahora entiendo de que eres nacido de un huevo de monstruo —bromeó uno de los jóvenes a su amigo, tratando quizás de distender el ambiente, las risas de los convocados no se hicieron esperar. Los más pequeños aún se mantenían atemorizados, Kora, la menor del grupo, tragaba saliva, intentando ser fuerte.

—Al tiempo —continuó el viejo— las desapariciones se hacían más y más comunes, pero los huevos no eran encontrados. Hasta que un día, de pronto, un guerrero que vigilaba la entrada al bosque notó algo extraño. Un hilo de seda, de la misma con que se formaban los capullos, colgaba desde un par de árboles. El guerrero se acercó al bosque, temeroso… un grito sórdido hacía real las peores pesadillas de la gente de aquel entonces.

 Guardias Imperiales llegaban armados, así mismo veían que el lugar, evacuado por los aldeanos, se llenaba de guerreros que espantados hacían frente a un muro de huevos al ingreso del bosque. Hombres fornidos, con hacha en mano, talaban, o trataban de talar, los primeros árboles para facilitar la destrucción de las horribles crisálidas. Pero sus esfuerzos eran inútiles, como si el Bosque de la Noche Eterna tuviese vida propia, cada árbol que caía era un nuevo árbol que se levantaba.

 Llegaron un grupo de gente de las tierras del Oeste, hombres que aprendieron el Arte Místico del Sol. Con sus habilidades incendiaron el lugar, el humo, la ceniza, parecía que todo había terminado, mas al dispersarse la capa oscura, el bosque estaba en pie.

 Algunos capullos se abrieron, huevos eclosionaron, del interior salían seres horrorosos salidos de pesadillas. Mezcla de bichos y humanos, cual cuento de terror, la máscara de insecto era una clara advertencia que le pertenecían al Bosque. De otros salían pequeños, maltratados, espantados por el espectáculo, pero de otros, salían cuerpos inertes, o lo que quedaba de ellos, como si se hubiesen alimentado de ellos. Y así, muro tras muro, barricada tras barricada, caían los engendros horripilantes nacidos de aquellas bolsas.

 «¡¿Quién ha destruido a mi familia?!», gritó desde el interior del bosque una voz extraña. Una figura con máscara de insecto, piernas simulando patas arácnidas, y manos transformadas en cuchillas, saltó desde detrás de los últimos rastros de los huevos. Un chillido, como un llanto, atrajo a un grupo de los esbirros recién nacidos, «soy la Infestación, madre de los adoradores del Creador».

 La pelea contra el devoto cobró muchas vidas, era triste asesinar a quienes pudieron ser sus hijos. Cada vez que un pequeño insecto era asesinado, quien tomaba la vida lloraba, imaginando a su familia en esa condición. Infestación eclosionaba más huevos, rompía más capullos, de las bolsas salían más y más insectos. El fuego, las armas, los hechizos, nada detenía al devoto— el anciano narrador se detuvo para observar a los oyentes, la pequeña Kora sollozaba del susto, no pudiendo esconder su temor.

Franck abrazó a su pequeña, quien, aliviada, secaba sus lágrimas en las vestimentas de su padre.

—¿Cómo terminó la historia? —preguntó Franck, en seco.

—El guerrero que encontró los muros de viscosa seda, se encontraba destruyendo a un insecto cuando escuchó a Infestación chillar. Tomó su lanza y se abalanzó por la espalda del devoto, apuñalándole el tórax, un chorro de un pegajoso líquido verdoso bañó al guerrero que, viendo su lanza traspasar al devoto, cayó inconsciente.

 Cuando despertó, su cuerpo se hallaba con una irritación que trataron los sacerdotes con hierbas y mejunjes. «¿Y los insectos?», preguntó el joven, «eliminados», respondieron quienes lo acompañaban. «¿Qué pasó con Infestación?», el guerrero se sentó, una dama le aplicaba las mezclas en las zonas enrojecidas. «Luego de recibir su golpe, el devoto cayó, no pudiendo sostenerse en pie, dejaba un líquido de color verde a su paso, terminó escondido en el Bosque, esperamos que esté muerta».

 Nada se supo de Infestación, se cree que murió entre la Noche Eterna. Más cada vez que un pequeño desaparece, se emprende su búsqueda, tratando de hallar los capullos en que son convertidos en alimento o nuevos devotos. Así termina esta historia que los ancestros decidieron, por el bien de su gente, no volver a contar, pero que hoy han oído de la voz de este servidor, muchas gracias —al concluir, los jóvenes reunidos aplaudieron enérgicamente al anciano, justo a tiempo para ver el espectáculo de fuegos ofrecido por las lechuzas en los Montes del Sur.

 Franck se volteó a ver las luces, cuya paleta de colores era maravillosa. Pero algo preocupado, se volvió a mirar al anciano, que ya no se encontraba en el lugar. Un hilo de seda colgaba de un árbol cercano al Bosque.

—Papito —le dijo Kora, su hija, rascando con su mano sus ojos, adormecidos, y con la otra el cuello, que prontamente tomó un tono rojo—, no me siento bien.

Tres pequeños granos, como picaduras, se asomaban desde detrás de la oreja de la pequeña.

por:BeColatetenebroso

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