Los Votos del Concilio

En la corte del Asta Mayor, miembros de las familias más importantes del Reino del Ciervo se reunían para celebrar por las victorias, tanto en su ambición imperial como los últimos éxitos bélicos frente al ejército escarlata.

La calurosa noche no fue impedimento para disfrutar del buen vino, extraído de sus propias viñas, que llenaba una y otra vez las copas de los invitados. Todos disfrutaban del auge del reino, todos aclamaban el movimiento de emboscada realizado por Thierry, y como no, los poderosos héroes del valle central trabajaron codo a codo para conseguir la victoria.

—¡Estimados! —Alzó la voz uno— Este es nuestro momento, hemos demostrado que el Ciervo tiene astas, y las usará si los enemigos deciden hacer frente. Vencimos, vencimos a los Leones, vencimos a través de nuestras armas, incluso el gran Thierry trajo a un importante prisionero de guerra; tenemos gente en el Imperio, y desde allá, confiamos en que se moverán los hilos a nuestro favor.

Clermont Renard, un arquero conocido por la potencia de su arco, levantaba una copa de reluciente plata colmado de morapio.  Otro que celebraba a su lado es Guillian Benoit, un joven espadachín

—Así que brindemos, brindemos por nuestros flamantes guerreros, por cada uno de los que cayeron en el campo de batalla para darnos la victoria; brindo por cada flecha, que bien han sabido guiar nuestros hombres; brindo por Alissa, de la casa de Bergeron, y por Gatien, de la familia Benoit, que valerosos y gallardos se enfrentaron sin cuartel contra el enemigo. Qué viva Dim…

De pronto, las palabras infatigables del general Renard se vieron acalladas cuando las puertas del salón se abrieron de par en par. Una silueta familiar comenzó a asomarse.

—Muy buenas tardes, honorables miembros de esta magna corte —Dimitri Dupont ingresó al mismo salón donde años atrás había sido llamado al Imperio. Sus vestimentas, ahora dorada, reflejan su actual cargo en el Concilio.

Su caminata, lenta, pero fuerte, le conducía al centro del salón. Su paso hizo silenciar la música de la pequeña orquesta que acompañaba la festividad, así como los diplomáticos, otrora compañeros de la cámara, cesaban sus palabras.

—¡Adelante, hermano, adelante! ¿Gusta una copa de buen vino? —Al parecer, para quienes estaban ahí, no había diferencias entre los colores de la vestimenta. Dorado, celeste ¿Qué más da? Dimitri era uno más de ellos, el elegido para dar el primer paso al Imperio que tanto anhelan los reinos— ¿A qué se debe su honorable visita?

—Me alaga vuestro recibimiento, joven Guillian, pero lamentablemente no vengo con los ánimos para festejar nada —Las palabras de Dimitri eran más duras que cuando era parte del Asta Mayor—. ¿Creen que tomar un rehén es una virtud que logre retornar la paz a Creación? ¡Se comportan como bárbaros!

Todos simplemente estaban absortos, el rostro del noble, ahora Imperial, demostraba mejor que su tono de voz lo desagradable que le parecía todo.

—La paz del Imperio —Dijo Dimitri con una serenidad que embargaba a los oyentes— no permite prisioneros de guerra ¡Libérenlo! Esa extorción no aporta a lo que queremos lograr. El León ha sido más que derrotado, ha pagado con carne y sangre su osadía, devuélvanlo, denle la gloria que un general de cualquier reino merece aun en la derrota.

—Pero señor —Inició Clermont—, la guerra es una forma de decir las palabras, y este es un mensaje que queremos enviar.

—¿Qué mensaje, buen Clermont? ¿Qué no somos mejores que esos bárbaros del norte? ¿Qué carecemos de las virtudes con las que el Justo Sol revistió al Elegido? ¿Qué se nos acabaron las palabras? Libérenlo, es una petición.

—¿Lo pide como un Ciervo, o como el Imperio? —Una joven de cabellos castaños se dirigía al frente de Dimitri, vestía como una de los miembros de las filas de arqueros.

—Perdóneme, mi dama, pero no me exprese con claridad. Lo exijo como Imperio —Respondió, mirando a los ojos de Armelle Laurent.

—Lo sabemos —Armelle mira con la misma pasión con la que lanza sus flechas—, nuestros informantes trajeron información confidencial que ahora corroboro es cierta.

—¿Qué insinúas, muchacha insolente? —Nadie nunca había visto a Dimitri perder así la compostura.

—Recibirás el Bautizo Bonham, ¿No es así?

El rostro de Dimitri se deformó, extrañado, enojado.

—Eres un Dupont, ¡Dupont! ¿Ahora que vistes como ellos crees que dejaste todo tu pasado en estas cortes? Lo lamento, maestro Dimitri, pero no dejaré que nos venga a dar órdenes un traidor con delirios de grandeza.

—Señorita Laurent, veo que transformó su lengua en una punta afilada, tanto como las municiones que arroja con su arco, pero le tendré compasión, como así lo pide el Justo Sol. El Imperio es el camino para traer orden y paz a Creación, eso es lo que he buscado toda mi vida. Este es el camino correcto para lograr nuestros objetivos.

—¿Nuestros? —Comenzó Anaís— El Imperio, tal como Locura, corrompe el corazón y alma al parecer.

—No dejaremos que nos traten como súbditos —Esta vez Aubin tomaba la palabra—. Usted ya escogió un bando, señor Dimitri, y en esta corte no es bienvenido.

—Una vez más, liberen al prisionero, el Reino del Sol tiene en estado de sitio la Ciudad Imperial y mira con interés las tierras de la Ciudad Mercante. ¿Quién los protegerá? ¿Quieren perder todo lo que hemos conseguido hasta ahora? ¿los tratados, acuerdos y ventajas valen más que su orgullo? —Dimitri estaba simplemente hastiado con todo.

—La guerra, mi señor, es un noble arte —Dijo con determinación Armelle—. Cada objeto, cada arma, es creada por uno de la gente de mi gremio, desde el arco más glorioso, hasta el puñal más pequeño. Cada movimiento empleado en la danza de la batalla es sublime, cada melodía que se provoca al cortar el viento con una flecha es majestuoso, pero claro, usted no sabe nada de eso, jamás ha si quiera pisado el campo de batalla.

El noble hechicero escuchaba atento las palabras de la joven, certeras, violentas.

—Cada día, al salir el primer resplandor del dios Sol, salgo de caza al norte del territorio, eso desde que era una pequeña cervatilla —Continuó Armellle—. Lanzo con cuidado las flechas que yo misma pulí, que yo misma cree. Eso me hace ser una con esta tierra, conozco el bosque del valle como nadie, puedo recitar cada especie de animal que allí habita, puedo nombrar a cada artesano, poblador o vecino, puedo mencionarle el nombre de cada castillo, este reino lo hemos construido nosotros, y lo hemos defendido nosotros. Estamos para hacer que las bonitas palabras que recitan en las cortes tengan un peso real. Soy una luchadora, señor Dimitri, y una que no permitirá que usted ni nadie le diga al Reino del Ciervo, herederos por derecho de sangre al trono del Imperio, que hacer.

—Es su última oportunidad, ¡lamentarán horriblemente este acto de subversión! ¡reconsideren su insensato actuar y den acogida a mi demanda!

Armelle mordió su labio, pensativa, su corazón latía acelerado, la imagen de Dimitri, sea Imperial o Ciervo, siempre se mostraba imponente. Anaís Laurent y Aubin Bergeron se pusieron detrás de la joven artesana, es más, con una sonrisa llena de confianza, Anaís puso su mano en el hombro de Armelle. La corte mantenía el silencio. La arquera tragó saliva.

—El Imperio nos corresponde —Respondió con el puño derecho sobre su pecho—, esta victoria nos corresponde, ese prisionero nos corresponde. Lárguese, esta ya no es su corte, «señor Bonham».

—¿Y qué harán cuando el Sol los ataque? ¿O cuando el Lobo tome venganza de las acciones pasadas? ¿O un levantamiento León desde el dolor de la derrota?  ¿O si las lechuzas tienen un plan secreto para atacarles? ¿Qué harán sin nuestra protección?

—El León nada hará derrotado como está ahora; menos las lechuzas, que no bajan de las montañas por mantenerse seguras, sabemos que si respondieron a enfrentarse a Locura, fue solo porque uno de sus castillos se vio afectado; y por el Lobo Blanco… por ellos no hay que preocuparse —Una sonrisa se escapó efímeramente de los labios de la joven, apartando un mechón de cabello de su rostro—. Así que haremos lo que ya hicimos hasta ahora sin ustedes, ¡Ganar! Vencer a cada enemigo, demostraremos que con nuestras astas no se juega, ¡Viva el Reino del Ciervo!, ¡Gloria y honra a los reyes!

Dimitri dio la media vuelta, caminó con la misma fiereza que cuando llegó, mientras en la corte la música volvía a sonar y las copas se volvían a llenar.

—Ustedes saben que si me retiro de este salón no hay vuelta atrás, no habrá apoyo ni misericordia con el Reino del Ciervo. Se arrepentirán de haber perdido la protección imperial —Dijo Dimitri antes de salir.

—Usen esa protección para sacar de sus tierras al Sol entonces, ¿O pretenden que sigamos enviándole gente para solucionarles sus problemas? —Respondió provocativa Armelle— ¡Viva el Imperio del Ciervo!

por: BeColate

Visítanos e infórmate en nuestras redes sociales

Top
Relatos de Creación