Luna de Sangre

—Despierta, no me dejes, no puedes abandonarme ahora —era lo único que el guerrero escuchaba, una voz dulce e infantil en medio de la total oscuridad. Estaba perdido, no lograba notar si hacía frío o calor, no era capaz de sentir su cuerpo, tampoco lo veía, todo era una absoluta oscuridad.

—Dijiste que lucharíamos, que seríamos grandes leyendas, y mira como hemos terminado —continuaba la voz. El guerrero buscaba la procedencia de aquellas palabras, recorría mentalmente los posibles entornos, pero no podía mentalizarlo. No sabía dónde estaba, cómo llegó allí, ni tampoco quién era, la confusión era total en su mente—. Me has traicionado, me has abandonado…

El guerrero buscaba mover su cuerpo, levantarse una vez más, como en tantas ocasiones del pasado. No sólo como en los entrenamientos sin fin, también como en todas esas ocasiones en que se esforzaba por ir más allá de sus propias fuerzas, por doblegar sus limitaciones, por dejar atrás su origen y cambiar el destino que Firmamento tenía para él.

Fueron muchas batallas en que debió hacer lo posible por mantenerse en pie, firme hasta su último esfuerzo, jamás abrazando la siguiente vida, pero no sólo por sí mismo, sino también por aquellos que le acompañaban en cada ocasión. Algo lograba recordarle ese sentimiento, todos aquellos a los que protegió, aquellos a quienes llamó hermanos, no por un lazo de sangre sino por uno forjado en batalla. Pero ahora sólo eran figuras sin rostro. Él sentía que estaban allí, observándolo en su derrota, mas su cuerpo no le respondía, no esta vez, no habría un nuevo esfuerzo. Este sí parecía el fin, y lo único que percibía era desolación, aquella voz acusadora y oscuridad total.

—Recuerda todo lo que hicimos —decía una nueva voz, parecía la misma de antes, pero más adulta y varonil—. Juramos que seríamos reyes, y ahora mírate, rendido y desolado.

El guerrero no entendía por qué la tristeza se apoderaba de él. Su mente no era capaz de encontrar el rostro de esa voz, no la reconocía, aunque le resultaba algo familiar. La impotencia de no poder actuar encendía la ira en su interior, lo quemaba por dentro, le ayudaba a sentir.

Poco a poco tomaba percepción de sí mismo, sentía cómo esa rabia se esparcía por su cuerpo, viajaba por sus venas, calentaba su sangre y se encargaba de mostrarle cada parte de su ser. Lo hacía consciente de que debía luchar una vez más, aún sin saber con quién ni contra quién, pero si se había levantado en tantas ocasiones antes, ahora volvería a hacerlo, una y otra vez. Tenía la certeza de que nada lo detendría.

— ¡Ahora levántate! —gritó la voz varonil, ya comenzando a atormentarlo—. No me digas que volverás atrás, que serás ese niño perdedor que vivía en la basura y mendigaba comida, me decepcionas —el tono se volvía más fuerte y retumbante con cada palabra—. Pensé que eso había quedado atrás, que cuando juramos ante nuestras espadas todo eso sería un borroso pasado, pero ahora mírate, inerte y rendido.

El guerrero sentía como cada palabra golpeaba su cuerpo y despertaba sus músculos. Ya podía mover los dedos, y sólo deseaba usarlos para callar esa voz torturadora, para darle fin, pues cada palabra era como un mazo. Sentía el dolor mientras lentamente tomaba conciencia de sus pies, de los músculos de sus piernas y las articulaciones de sus brazos.

—No eres más que un inútil —continuaba con su ataque aquella voz—. ¿Cuántas veces te tuve que salvar, cuántas veces te ayudé? …Y pensar que incluso te consideraba mi hermano, pero no eres más que el mismo huérfano que conocí hace ya tantos años. Yo en cambio soy diferente, claramente soy el mejor, te he derrotado, te he superado una vez más. Jamás he sido vencido, siempre victorioso, en cambio mírate tú, tendido y descansado, esperando el fin.

La impotencia se apoderaba de él. Deseaba hacerlo callar. Aún no sabía quién era, pues ni siquiera lograba recordar quién era él mismo. Pero sí estaba seguro de que era un luchador, de que su vida había sido un sinfín de pruebas y desafíos, y que nunca había dado pie atrás en ninguno. Era un luchador, aún lo era, y deseaba demostrarlo una vez más.

Poco a poco tomaba más conciencia de su cuerpo, sentía el vaivén de sus pulmones y el débil latir de su corazón, percibía como el frío aire entraba por su garganta y salía transformado en una bocanada caliente.

—Espero estés cómodo —prosiguió la voz con su tono furioso—. Como siempre dejarás que yo me haga cargo de todo, todos tus logros… No me hagas reír, todos fueron gracias a que yo estaba allí, soy el mejor y tú no eres más que mi sombra.

—Ca… Call… —mientras intentaba moverse, el guerrero comenzaba a balbucear.

— ¿Qué dices? —preguntó la voz como respuesta—. Mejor quédate muerto y déjame a mí hacer lo importante, nunca te necesité, siempre fuiste un lastre, una molestia, un simple impedimento, te mantuve a mi lado porque me parecías simpático… como una mascota.

—Call… Calla… —continuaba su murmullo, utilizando impotente todas sus fuerzas, sin conseguir más que un simple balbuceo— Cállat… ¡¡CÁLLATE ADLER!!

El grito fue un estruendo, todo su cuerpo se sacudió, y se levantó a velocidad sobrehumana. Sí, el fuego que lo quemaba por dentro estaba allí, le quemaba desde la punta de los pies que ahora apoyaba firmes en la maleza. Podía ver su entorno, un bosque de escasa luz y oscuro follaje. Miraba desorientado, sin ver a nadie al frente o a sus lados. Aún no sabía quién era, o como había llegado allí, pero ahora estaba seguro de que podía luchar, fuera lo que fuese, sabía que debía luchar.

—Veo que has despertado, bienvenido —escuchó que decía una voz a su espalda. Una voz dulce y femenina, proveniente de una presencia oscura y sigilosa.

Al escucharla, el guerrero se dio vuelta con total rapidez, pero únicamente pudo ver a la mujer antes de desfallecer sobre una de sus rodillas. Hincado, sentía cómo sus fuerzas le abandonaban, sólo quedaba su voluntad, su entereza, ayudándolo a no desvanecerse por completo. No se lo permitiría, no podía bajar la guardia, aún cuando mantenerse de pie era toda una proeza.

—Pocos han regresado con tanta energía, él sabía que eres especial —dijo la mujer, animada y sorprendida. Su cabello rubio estaba tomado en una gran trenza, algo deslavado, así como las ropas poco ostentosas que cubrían su delgado cuerpo, similares a las de un campesino, mientras su rostro se mantenía oculto entre una oscura capucha sobre su cabeza y la máscara blanca en su faz.

La mujer dejaba entrever las garras que poseía por manos, finas, delgadas y deformes. Algunas cavidades brillaban con la escasa luz de luna que pasaba entre los tupidos árboles del bosque. Sus dedos terminaban en puntas filosas que los alargaban, más ahora que ella extendía su brazo izquierdo en una oferta de ayuda para que el guerrero se mantuviese en pie.

—Déjame ayudarte. Si esta vez te vas, será para siempre —le explicó con calma la mujer—, y él no estará feliz.

— ¿Él? ¡¿Quién?! —gritó el guerrero, intentando no desfallecer. Cada palabra salía de su garganta con menor fuerza, volviéndose su aliento cada vez más frío— ¿Quién es él? …¿Quién soy yo?

—Tranquilo, te explicaré todo —dijo la mujer, esta vez sujetando al guerrero, no podía permitirse perderlo. Si ambas rodillas tocaban el suelo, ella sabía que sería el final. Muy pocos han regresado de una segunda muerte—. Él es uno de los seguidores del verdadero dios, de aquel dios benévolo que te da esta segunda oportunidad.

— ¿Adler? —preguntó el guerrero, con su voz debilitándose.

—Adler, es alguien de tu vida anterior, pero no es más que un mortal, alguien que debes dejar atrás. Quizás fue importante, pero ahora debes abrazar a tu nuevo yo, libre de las limitaciones de tu pasado, volverte un canal de la ira del verdadero dios.

— ¿Que ha pasado? No sé quién soy… —continuaba cuestionando el guerrero, tanto a la mujer como a sí mismo.

—No te preocupes, algún día lo sabrás… Algo me dice que él tiene razón, no serás una simple sombra más. Has despertado con la Luna de Sangre, serás alguien de gran poder, alguien importante en el regreso del verdadero dios, el Dios Creador.

—El Dios Cread… El Dios Loc… —alcanzó a exclamar el guerrero antes de ser callado por el carnoso y deforme dedo de la mujer, mas él mismo no era capaz de terminar sus ideas. Algunas imágenes de un pasado desconocido bombardearon su mente, pero no logró familiarizarse con ninguna de ellas, cada una tan fugaz como la anterior. Aún así, sabía que el Dios Loco era el enemigo, el rival de todo quien respire, pero sus escasas fuerzas no le permitían seguir luchando, ni siquiera negarse a la aparente benevolencia reflejada en la ayuda de la mujer.

—Silencio, no querrás ofenderlo, sólo los herejes ensucian su nombre de esa forma.

La mujer sacó su garra de los labios del guerrero, la llevó a su propio rostro, y se quitó la máscara, para luego suavemente colocarla sobre el rostro del guerrero. Los gestos de este denotaban su rechazo, pero ya no había forma ni fuerza para negarse.

—No me dejes, no puedes abandonarme ahora —dijo la mujer repetidas veces mientras sentía sobre su mano, y a través de la máscara, cómo se agitaba la respiración del guerrero, cada vez más fuerte, cada vez más rápida.

El hombre sentía esa frase repercutiendo en sus oídos, se repetía infinitamente, entrando en su cabeza, cada vez más profundo, transformándose en un mensaje sin procedente.

—No te rindas, no me dejes —resonaba un nuevo mensaje en la mente del guerrero, un suave susurro que poco a poco dejó sin espacio a cualquier otro pensamiento, a cualquier otro sentimiento.

— ¡Ahora levántate! —le gritó repentinamente la mujer con gran fuerza, mientras lo miraba a los ojos—. Ya no puedes volver atrás, es momento de salir de entre toda esa basura que llaman reinos y transformarte en un nuevo ser.

La mujer soltó al guerrero, quien se levantó erguido sobre sus pies y, llevando ambas manos a la máscara en su rostro, lanzó un grito que repercutió hasta en lo profundo del bosque, un rugido primal brotado de su interior. Fue un reflejo de esa ira que lo había levantado momentos atrás, demostrando nuevamente cómo se apoderaba de todo su cuerpo con una enorme intensidad, nacida de la máscara, y cómo recorría cada fibra de su ser como un fuego imparable.

—Así es, libérate de todo —gritó la mujer, casi a la par del guerrero, ante tal escena—. Ya no necesitarás de un pasado, sólo de un futuro, una nueva historia donde todos conocerán tu poder.

Cuando volvió el silencio, el hombre se quedó inmóvil, mirando a la mujer, con un fuerte y constante jadeo evidenciado por el vapor que salía de la máscara, dejando ver nada más que el nuevo e intenso escarlata de sus ojos, un brillo color sangre que destacaba en la oscuridad del bosque a su alrededor.

—Creo que estás listo —dijo la mujer con satisfacción en la voz—. Con el tiempo recordarás lo que necesites, por ahora sólo te hace falta un nombre… y sé perfectamente cuál será.

Miró detenidamente al guerrero, como quien contempla una obra de arte, dispuesta a vanagloriarse por lo que acababa de lograr.

—Tú serás conocido como Fanático, sí, Fanático es perfecto para ti —sentenció la mujer con decisión e incluso orgullo—, y desde hoy serás parte de mi venganza.

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