Mensajes en el Alba

Un duro y áspero viento corría aquella tarde. Los tiempos de eterna vigía llegaban, y sin dar previo aviso la noche caía suave pero rápidamente sobre la colina. Dos guardias del Ciervo se prestaban a refugiarse en su torre, desde la cual observaban gran parte del Reino. Un Reino acongojado por todas las calamidades que aterraban a Creación.

—¡A lo lejos alguien se acerca! —exclamó uno de ellos, mientras se ponía rápidamente de pie, asustando a su compañero.

—Pero si es un simple aldeano —afirmó el otro, con tono despreocupado—. Lo he observado desde un rato. No lo conozco, de hecho nunca lo había visto. De seguro es un viajero o mercante aprovechando de negociar armas y quién sabe qué otra cosa —complementó, mientras se volvía a sentar, a disfrutar de un buen licor para soportar el imponente frío que se sentía a esas horas.

—Y si es un mercante, ¿cómo es que no trae nada más que sus ropas y el bastón que lo ayuda a subir por el sendero hasta acá? —concluyó el primer vigía, ya alterado y tomando un catalejo. Ambos se pusieron de pie para poder observarlo mejor, advirtiendo que el resto de los aldeanos no se le acercaban. Es más, se alejaban de él—. ¿Quién será? —siguió el guardia, tomando ya una posición defensiva, cambiando el catalejo por su arco y tensándolo con una flecha, listo para soltarla—…  Pero, ¿quién rayos será? Viene directo para acá —repitió mientras bajaba de la torre. El misterioso personaje estaba a sólo metros de la puerta.

Se escucharon dos fuertes golpes. Alguien llamaba. Los vigías se encontraban solos, y faltaban horas para el relevo de la siguiente guardia. Debían resolver esto ellos. El primero terminaba de bajar de la torre mientras el otro aguardaba, atento a cualquier movimiento de esta visita misteriosa.

—¿Quién es? —preguntó el vigía al llegar a la puerta.

—Sólo soy un simple mensajero, solicitando audiencia para hablar en la Corte —respondió el visitante, dejando su bastón apoyado contra el umbral y sacando la capucha que cubría su cabeza. Por medio de una ventanilla, el guardia pudo verlo mejor. Era un hombre de edad media, no estaba sucio, y si bien su ropa era sencilla, no estaba en mal estado. El Ciervo advirtió que no venía armado, no traía consigo más que su bastón y su ropa—. Abran por favor, tengo noticias que deben ser escuchadas lo antes posible—y también, aparentemente, una importante noticia.

Se quitaron las cerraduras y el portón comenzó lentamente a abrirse. El segundo guardia tensó también su arco, apuntando fijamente una flecha al visitante, sin saber si era amigo o enemigo, si los atacaría o si realmente llevaba tan importante mensaje.

—Tranquilos, amigos míos, sólo soy un mensajero. Entiendo sus resguardos, pero ni siquiera estoy armado —dijo, abriendo los brazos para que comprobaran sus dichos.

—Entonces, ¿qué información nos traes? —le respondió el guardia, ya más tranquilo.

—¡Oh no, buen hombre! Mis palabras sólo pueden ser escuchadas en la sesión de Corte que se lleva a cabo ahora mismo.

El vigía advirtió, en sus antebrazos, cicatrices que sólo un guerrero de mil batallas tendría

—¿Y esas marcas en tus brazos? No eres un simple mensajero —inquirió.

—Eso no lo discutiré. Pero como dije antes, traigo noticias de suma importancia para ustedes y este Reino.

Sin opciones, el guardia se dirigió hacia la sala donde se encontraban nobles y diplomáticos, no sin antes advertirle a su compañero que vigilara bien al visitante. No era de fiar. Mientras uno de los dos Ciervos se perdía entre la niebla de la noche, el mensajero miró fijamente a su intrigado vigilante, quien lo observó de vuelta detenidamente, advirtiendo la llamativa fíbula en su pecho, sin poder distinguir bien su forma o color.

—¿Quién eres realmente? —preguntó el guardia, resguardado tras uno de los pilares de madera que sostenía la torre.

—¿Acaso no lo sabes? Mírame bien, joven guerrero. ¿Nunca escuchaste hablar de mí? —el guardia quedó sin aliento al oír el tono imponente de su voz, y ver su sonrisa desafiante y el particular brillo de sus ojos.

En ese mismo momento volvió el otro guardia, con una respuesta de la Corte. Una vez la hubo susurrado al oído de su compañero, consiguió que este bajase su arco y flecha.

Desde el interior del edificio apareció Dimitri Dupont, honorable político del Reino del Ciervo. Su mirada serena, pero preocupada, se posó sobre el heraldo que, con un ademán, lo saludaba.

—Señor mío —empezó Dimitri, algo temeroso—, ¿a quién tengo el honor de dirigirme?

Los ojos del hechicero inspeccionaron al hombre que tenía enfrente, reconociendo en el broche de su camisa una peculiar forma. Sorprendido, Dimitri rápidamente gesticuló hacia los dos guardias de la torre principal, indicándoles que abrieran las puertas.

—Mi nombre no es importante, señor. Mi misión es simplemente entregar un mensaje —la sonrisa del heraldo no tranquilizaba a Dimitri, y menos el emblema del Sol en aquella fíbula dorada.

La Corte del Ciervo era un lugar tan peligroso como cualquier campo de batalla. Dentro del salón principal se desarrollaba un evento que reunía a las más admirables autoridades del Reino, conocido como la Reunión del Asta Mayor.

En ese instante, presentaba sus argumentos la joven Anaís Laurent, apoyando con su dulce voz una idea anteriormente expresada por Aubin Bergeron: Retomar el control sobre la Ciudad Mercante, recientemente usurpada por el Reino del Sol.

—Ese espacio nos corresponde gracias al Tratado del Oro, firmado con el Último Emperador, debemos hacer respetar nuestro derecho de us… —la dama vio interrumpida su exposición con el ingreso de Dimitri a la cámara, acompañado del mensajero, quien parecía maravillado con las imponentes obras que adornaban el salón.

Todos los diplomáticos y nobles empezaron rápidamente a murmurar, sacando conclusiones más que apresuradas.

—Honorables miembros del Asta Mayor, soy un heraldo del Concilio del Imperio —reveló el mensajero ante todos los presentes, cuyos murmullos crecieron en intranquilidad.

—¡Ustedes, señores del Sol, no son el Imperio! —dijo Anaís, molesta por la interrupción de aquel hombre con la insignia solar—. Devuelvan el territorio sitiado.

Dimitri, con un simple gesto a los patriarcas de las casas, hizo que estos calmasen a su gente, incluida la joven y alterada diplomática, dejando así que el visitante continuase con su mensaje.

—Fui enviado hasta aquí para solicitar su ayuda.

—¿Ayuda? Detenga ese discurso, esta sesión de nuestra Corte es de carácter resolutivo y usted, plebeyo del Sol, no tiene autori… —interrumpió la joven diplomática nuevamente, obteniendo nada más que una mirada de reproche de Dimitri, una mirada que bastó para calmar sus ánimos y hacerla tomar asiento, no sin hacer evidente su molestia.

Una vez ya todo el salón guardaba silencio, el hechicero y todos los presentes fijaron su absoluta atención en el mensajero.

—Entiendo su confusión, bella joven —retomó el visitante, con su mirada en la noble Laurent, antes de continuar dirigiéndose a todos los presentes—. Vengo en representación del Honorable Concilio de los Sabios Ancianos, con la misión de solicitar prueba de vuestra lealtad, ahora que los Reinos están exhortos en sus propios intereses. Si aceptáis, el Imperio protegerá sus tierras —los señores de la Corte nuevamente perdieron la compostura, algunos felices, viendo la oportunidad de acercarse al Imperio, otros creyendo que era perder su autonomía, negándose a aceptar. Dimitri, que se encontraba atrás del mensajero, sólo levantó su rostro, y con un leve gesto de su mano derecha apaciguó nuevamente a los diplomáticos—. Además, se permitirá que un miembro de la Primera Cámara del Asta Mayor se haga parte del Concilio.

—Aceptamos.

Las miradas de todos en el salón se centraron en Dimitri, aquel que fuese reconocido por su cautela, parte de los más altos consejeros del Reino y siempre protector de las formas y tradiciones del Ciervo. La velocidad de su respuesta sorprendió a todos, dejando a los presentes tanto atónitos como molestos, pues ignorar a la Corte era una afrenta a todo aquello que el Reino defendía desde sus fundamentos.

—Su ilustrísima —esbozó nuevamente Anaís, aludiendo a Dimitri—, creo que su palabra vale lo mismo que la nuestra. Sin el afán de insultarlo, solicito que, al menos, esta decisión se lleve a cabo bajo nuestro sistema de elecciones.

La sola mirada de Dimitri a Aubin Bergeron, uno de los líderes familiares, bastó para que este se acercase a la joven y, mediante un corto susurro a su oído, lograra que la dama ignorase su enojo. La última intervención de la noble fue un leve gesto de aceptación, mas su energética mirada seguía demostrando desapruebo por lo acontecido.

Ante tal escena, los murmullos decrecieron. La tensión de las miradas se trasladó de la joven Laurent a la experimentada Adeline Bergeron, cuya actitud indiferente se traducía tanto en apoyo como desinterés a lo acontecido.

El salón se mantuvo en silencio. Los desconcertados diplomáticos y nobles no emitían comentario alguno. Ante el apoyo otorgado por Aubin y Adeline, ninguno era capaz de osar oponerse.

—Muy bien, mi señor. Pues entonces, reciba esto —dijo el mensajero sonriendo, mientras entregaba un papiro sellado en lacre con el sello del Imperio—. Usted, desde ahora, mi buen señor Dimitri Dupont, será considerado uno de los más altos consejeros del Honorable Concilio de los Sabios Ancianos, aquellos que se encargan de mantener a los Reinos unidos bajo la bondad del Imperio, y además recibirá el honor único de ser el protector del Emblema Imperial.

Las exclamaciones de sorpresa pronto se trasformaron en las despedidas al visitante, quien, custodiado por un par de guardias, se retiró del salón, habiendo concluido su tarea.

Los pasos del mensajero retumbaron por los pasillos, como un lejano eco a los de Dimitri mientras se acercaba al centro del salón. Eran pasos lentos, profundos, y cargados de seguridad. El noble sabía lo mucho que tendría que explicar por lo recién acontecido, pero estaba seguro de que sus actos serían sinónimo de grandes réditos para el futuro del Reino. Rechazar al Imperio nunca ha sido una decisión sabia, y ahora debería defender tal postura ante sus pares del Asta Mayor.

por: BeComunista

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