Misterioso Obsequio

—Mi señora, lamento la osadía de dirigirle la palabra, pero esta ciudad no es propia para una dama como usted, y menos durante la noche.

—Usted es un escolta, su deber es escoltarme, no opinar sobre mis acciones. Ya tengo suficiente con los chismosos de la corte.

—Entiendo, mi señora, pero… —una mirada color cian bastó para que el entrometido escolta cerrara su boca, agachase la cabeza y calmara su paso—. …Sólo busco protegerla —se escuchó decir, casi como una brisa.

De pronto, la hechicera presionó su báculo con fuerza. Se habría dicho que un poco más de energía en su maniobra, y la madera se transformaba en astillas. Una rápida inspección en medio de aquel baldío lugar, a los pies de la colina del Asta Menor, y todo se cubrió de un fuerte color celeste.

—¡Lady Ariana, por el orgullo del gran Ciervo de Plata, tranquilícese! —exclamó otro de sus acompañantes.

Ariana Renard era una de las aristócratas más respetadas en su tierra, al centro del Reino del Ciervo. Desde pequeña había manejado la hechicería de la Luna con tal naturalidad, que ahora su presencia como concejal era solicitada en múltiples batallas, sobre todo aquellas que su Reino intentaba evitar a toda costa. Esta vez había sido enviada por el Consejo del Asta Mayor, la corte máxima del Valle Central, para negociar con el ejército del León que marchaba sin cautela junto al río, hacia el monte del Asta Menor.

—Qué bella sortija es aquella que adorna su delicada mano, oh, distinguida dama.

Un hombre, de aspecto simplemente repulsivo para una noble de su categoría y aparentemente salido de la nada, se encontraba mirándola fijamente, sosteniendo un pequeño y muy deteriorado baúl. Todo aquello que un Ciervo podría odiar de buenas a primeras estaba personificado en aquel enigmático sujeto, a pesar de su sonrisa carismática y agradable timbre de voz.

Ariana, en una rápida y casi impulsiva respuesta, hizo relucir su anillo. Era una pieza compuesta de plata pura, pues como es sabido en el Valle Central, nada conduce mejor el arte místico de la Dama Luna que el metal de la Diosa. Acto seguido, alzó su otra mano, y sus escoltas, a paso raudo, retrocedieron.

—¿Quién eres? —encaró la noble al extraño personaje.

—Mi dama, disculpe mi atrevimiento, no deseo importunarla. Quizás me conozca, tal vez no. He sido nombrado de muchas maneras, pero siempre he preferido que me llamen el Errante. No es ninguna afición superior, tan sólo mi gusto por conocer en profundidad todos los Reinos de nuestra amada Creación, viajar y disfrutar de cada uno de ellos… Sé que es extraño que alguien como yo, tan andrajoso y despeinado, se acerque a hablar con una eminencia como usted, pero si no fuese de suma importancia no sería así, créame. Si nuestro futuro no dependiese de ello, todo seguiría como antes y nunca hubiésemos intercambiado palabra alguna… o quizás, en algún momento, sí… pero bueno, lo que nos preocupa es el ahora —la nariz fruncida de Ariana no era más que el reflejo de su desagrado por compartir un pasatiempo, como lo era viajar, con aquel miserable ser. El Errante lo comprendió rápidamente, y una sonrisa, con la que casi se burlaba de la situación, se formó en su boca—. Se preguntará qué podría saber alguien como yo, pues déjeme decirle que he escuchado las voces de Firmamento. No la de los Dioses, esto es más allá en lo alto, inalcanzable incluso para el mismo Sol, y su mensaje es preocupante.

—¿Voces? ¿Es que eres clarividente? —la hechicera pasó de su gesto de asco a uno de fragante confusión. ¿Cómo un hombre capaz de tal hazaña se presentaba de forma tan ruin y grotesca?

El Errante sólo mantenía su atractiva sonrisa.

—Aún debe tener la duda. ¿Por qué yo? ¿Por qué alguien que puede hablar con tales fuerzas superiores no posee castillo ni tierras? Pues bien, algunos han deseado llamarme el Profeta, pero ya sabe usted como quedó la historia de quien llevó ese nombre. Todas sus lecciones olvidadas y su presencia exiliada de la mente de cualquiera que le haya conocido… —Ariana, desconcertada, dio media vuelta, dispuesta a marcharse, pero el sujeto la detuvo en seco—. Disculpe, mi dama, no deseo demorarle más. Sé que tendrá grandes cosas que hacer, pues Firmamento me ha dicho que es usted de quien depende el futuro de nuestro mundo. El Imperio yace en sus hombros, usted será quien pueda dictar el fin de este sin razón lleno de sangre, lágrimas y sufrimiento.

Ariana ya se encontraba perturbada. El mensaje era extraño, pero ella anhelaba llegar a ese podio de héroes, de aquellos que su Reino venera y exalta por sobre todo. Esta vez quien sonrió ante la efímera gracia de aquella afirmación, por tan solo un segundo, fue la noble, volviendo su mirada al desconocido.

—Esta labor no es sencilla. Su vida será muy complicada y los grandes Dioses lo saben, ellos saben todo, y por lo mismo me han entregado esto, un obsequio que le permitirá llevar a cabo su misión en este mundo. Una pequeña muestra de la capacidad de estos Dioses, una muestra de un poder más antiguo que el del propio Sol. Ellos me han dicho que este poder es únicamente para usted, ya que nadie más podría dar uso a este obsequio. Por favor no dude y úselo para traer un nuevo futuro a nuestro mundo.

—Vete de esta ciudad —inició Ariana, desconcertada—, Roseta no es un lugar para mercenarios, menos de baja calaña como la tuya —el desconocido volvió a sonreír.

—¿No puedes asesinar a nadie en misión de paz, verdad? Por eso tus hombres retrocedieron. Si nadie lo ve, no hay delito alguno.

Sus palabras, su tono de voz… Los ojos de la hechicera ardieron, ahora con un color violáceo. La sonrisa del haraposo hombre era seductora, pero el corazón de la noble la hacía reaccionar, apuntando su sortija nuevamente contra él.

—Pues, antes de asesinarme, ilustre dama, déjeme enseñarle algo —dijo el extraño, abriendo la caja de madera. En su interior se vislumbraba un anillo color azabache. La luz de la luna llena que acompañaba esa noche hizo relucir el artilugio. Resplandecía como una pieza digna de los reyes… y quizás de los dioses.

—¿Ha robado acaso ese anillo? —preguntó la noble Renard, mientras lo miraba con ambiciosa vehemencia—. Sabe muy bien que vender artículos robados en nuestra tierra se castiga con la amputación de los dedos, joven parásito.

La hechicera golpeó el cofre, haciendo caer el anillo y su recipiente. Era sabido que la lengua de Ariana era tan afilada como la pasión que avivaba su violeta llama.

—Ya le he dicho, señora mía —dijo el hombre mientras, con delicadeza, devolvía el anillo a su lugar—, que este obsequio es sólo para usted. Vamos, lúzcalo en su mano. Que el acero precioso de esta pieza adorne su piel —con una reverencia de lo más pomposa y una nueva sonrisa, el hombre le extiende el cofre.

“No puedo confiar en este hombre, ni siquiera muestra su rostro por completo”, pensó Ariana. “… Pero, ¿y el anillo? Oh, qué hermoso es. Sus terminaciones, su lustre, ¡oh! Sin dudas obra más hermosa de orfebrería no existe… Calma, Ariana, esto es claramente un desvío de lo que debes hacer. Portar un objeto robado es poco honroso”. “¡¡Ap…!!” casi creyó escuchar una voz. “Aunque sea un regalo, debes caminar a las afueras de la ciudad Roseta, y entrevistarte con esos poco cuidados leones para…”. “¡¡Aplas…!!” esta vez sonó más fuerte. “No, no, ¡no! Para negociar su paso, sí, negociar su camino. Bien, termina esto ya, asesina a este mercenario de cuarta y…”. “¡Quédate con el anillo!” escuchó claramente ahora. “¡¡No!! ¿Qué estoy pensando? No, dejaré este artilugio en su cofre, al lado del embustero… aunque nadie notará que no está, es que…”. “¡¡Aplasta…!!”.

Los ojos de la hechicera no paraban de admirar el anillo. Su mente estaba tan ocupada debatiendo sobre el desenlace de la sortija, que no se dio cuenta del momento en que la puso en su dedo, reemplazando la pieza grabada con motivos de su Reino.

“¿Qué estás haciendo?”, se preguntó al ver lo que había hecho. “Eso no es tuyo… ¿Por qué ríe el truhán?... Mi cabeza empieza a fastidiarme, debo moverme… Se acercan los Leones y debo reci... birlos, recibi… ¡¡Aplastarlos!!”.

Ariana sólo escuchó el susurro de aquel hombre acercándosele para sostenerla mientras se desvanecía.

—Puedes tener el poder de un Dios, si estás dispuesta a pagar el precio —dijo él, sonriendo una vez más. Recostó a la noble en el suelo y desapareció entre la penumbra.

Los escoltas volvieron a acercarse al cabo de un rato, después de esperar y no recibir señal alguna de Ariana, temerosos de que algo le pudiese haber ocurrido. Ahí, donde de pie les señaló que retrocedieran, estaba tendida en el suelo de la calle, rodeada por un alboroto.

Al recobrar la consciencia, sólo recordaba haberse desmayado tras espantar a un mercenario que trataba de venderle una sortija robada. Luego de un rato, la noble y sus escoltas retomaron su marcha a las afueras de la ciudad.

—Misión cumplida, mi señor —le decía la voz de un conocido al Errante, ya muy lejos de Roseta—. Esos infelices han tomado las espadas de acero negro sin titubear, envueltos en su luz azabache. Asimismo, la dama Renard ha cogido el anillo, perdida en su ambición.

—Qué gran nombre, Ambición… Esperemos que el anillo despierte su poder por completo —respondió él.

—Ahora, me preocupa qué pueda ocurrir si se topan las dos damas —siguió la voz—. Según entiendo, la anciana Baldwin se dirige a las tierras del Ciervo, comandando al ejército interminable y portando el acero entregado por otro de nuestros rostros, el Desquiciado.

—Ocurrirá lo que el Creador estime, Tentación, pues su poder estará presente en ambos lados del campo de batalla —le aseguró el Errante a su interlocutor—. Ahora, ¿por qué eligieron esas cinco almas? ¿Qué tienen que puedan servir a nuestra causa el joven Dieter Kendrik, la solitaria Fy Ellyllon, el fornido Raudi Durs y la veterana Dagna Baldwin?

—Cinco almas supuestamente inquebrantables, con un pasado glorioso y un presente magnánimo. Hijos del esfuerzo, emblemas de sus casas, de sus castas y sus Reinos. Mi señor, que hayan caído significa no sólo el avance de nuestra causa, sino también un retroceso de sus ciegas almas.

—Ciegas, pero no como tú, Tentación. Ellos no carecen de vista, carecen de voluntad. Bien, dos de cada Reino, sólo dos de cada Reino, y marcharemos al sur, como indica el Presagio —concluyó el Errante, completamente solo.

por: BeCo___________________Munista

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