Noche Eterna I

La luz del astro nocturno, a pesar de sus esfuerzos, apenas lograba pasar entre la espesa enramada del Bosque del Este. No por nada es conocido como el Bosque de la Noche Eterna, pues sin importar quien intente inmiscuirse, el resultado es siempre el mismo: Un débil brillo sobre las pálidas máscaras de los devotos, aquellos que han transformado la oscuridad del lugar en su hogar.

Aquel que se hace llamar Errante no era la excepción. Su máscara brillaba, absorbiendo cada rayo que la Dama Luna intentaba infiltrar en tan misteriosa locación. El Errante sólo estaba allí, de pie, pensativo, desafiante. Una forma de enviar un mensaje a la diosa. Todos aquellos que tanto protegía caerían rendidos ante los designios del verdadero dios de este mundo… o al menos eso pasaba por su mente al ver los entrometidos rayos de luz de luna, en aquel lugar donde él y todos los enmascarados habían encontrado refugio.

—Mi señor —dijo una voz femenina, sacando al Errante de su trance con su tono áspero, incluso gutural.

—¿Qué deseas? No recuerdo haberte llamado —respondió el Errante, con total frialdad y sin sobresalto aparente. Ya estaba acostumbrado a las súbitas apariciones de uno de sus devotos de mayor confianza. Una mujer de largo cabello gris que había abrazado el don de la Locura sin reparo alguno, hecho que se reflejaba en sus largas y delgadas extremidades, adornadas con enormes garras en vez de manos. La evidente delgadez de su cuerpo se marcaba aún más con los harapos que portaba, pero bien sabía el Errante que la mujer estaba lejos de esa aparentada debilidad.

La luz de la luna parecía retroceder ante la llegada de la devota, ya fuera por como ella fortalecía los intentos del bosque por alejar a los dioses entrometidos, o simplemente porque los dioses no deseaban estar en tal presencia, la de aquella cuyos actos sólo pueden considerarse una ofensa a los moradores de firmamento, además de la gran cantidad de vidas que se había encargado de adornar con máscaras pálidas y aceros ennegrecidos.

—Todo el mundo de Reinos y colores se ha enterado del ataque al castillo de las Lechuzas —buscaba explicarse la mujer mientras caminaba entre las ramas de los árboles, como una araña tejiendo su red, desplazándose sobre sus cuatro extremidades, hincada, acechando—. Hay quienes creen que hemos sido repelidos, que la Noche sin Luna fue superada, pero sólo esconden su temor entre los halagos a aquellos que llaman los nuevos héroes, sus supuestos salvadores...

—Sólo esconden su temor, sí, mejor ve al punto —exigió el Errante, pues él, mejor que nadie, sabía cómo la labia de esa mujer era capaz de jugar con la mente de sus presas. Y ahora más que nunca, él necesitaba de total claridad ante sus próximas decisiones—. ¿Qué ponzoña vienes a verter?

—Muy bien —respondió la mujer, algo molesta, aunque ya estaba acostumbrada a ese trato—. Es simple, el Fanático, aquel que se alzó con la Luna de Sangre, ha fallado. El castillo debía caer, reducido a escombros y cadáveres. Es lo que dijo el Presagio Sombrío, pero ahora están allí, vanagloriándose en su tímida victoria.

—He presenciado y dirigido ese ataque, he enfrentado a los supuestos salvadores y los he derrotado —dijo el Errante, levantado una mano a la altura de su cabeza, cerrando en un puño sus deformes garras—. He visto en persona su debilidad, y también presenciado la gran habilidad del Fanático... ¿Acaso insinúas que debo desconfiar de él?

La tensión podía sentirse en la mirada del Errante. Aún cubiertos por la máscara, sus ojos rojos tomaban un brillo profundo, que sólo podía existir alimentado por una ira interminable. Una rabia que la mujer buscaba esquivar, desplazándose de rama en rama, nunca hablando desde el mismo lugar.

El silencio era adornado por los crujidos de cada pisada de la mujer, junto al sonido de las hojas que movía a su paso.

—¡Responde mi pregunta! —exclamó el Errante, agarrando con un certero movimiento a la mujer por su delgado cuello, cubierto de gruesas venas negras. La furiosa orden detuvo la cautivante danza que la mujer comenzaba a generar.

—Era su deber llevar a los Leones al castillo —prosiguió ella, explicando su punto de vista sin hacer esfuerzo alguno por liberarse—, y ha fallado. Los Reinos de los hombres son débiles, pero el error del Fanático les ha traído esperanza, además los esbirros del rencor han demostrado ser débiles, y eso nos priva el regocijo del absoluto terror.

El Errante soltó a la mujer, arrojándola a menos de un metro de distancia. Sin problema, aterrizó sobre sus extremidades, encaramándose nuevamente a un árbol con velocidad, prosiguiendo con su mesmeriano paso.

—La profecía demandaba dos de cada Reino —continuó hablando ella, buscando aclarar su garganta—. El Fanático aún es joven, y podría ser considerado un León. Así mismo podría hacerlo Ambición, pues un Ciervo también faltaba allí, pero aún podemos cumplir la visión del Presagio Sombrío.

—Pero aún se requiere de un León más, y bien sabes que no puede ser cualquiera. Debe ser uno que siga los pasos de sus patéticas leyendas, uno que esté destinado a la grandeza.

—Así es... O que lo haya estado —respondió la mujer, sin poder ocultar una ligera risa en su tono—. Tenemos al indicado. Es un extraño ser, pero claramente su destino era brillante, podemos aprovechar eso.

—No me da confianza alguna —replicó con celeridad el Errante—. Sé a quién te refieres y no es posible usarlo, la Venganza no será capaz de llegar hasta él después de tanto tiempo. Más aún, su excentricidad lo hará errático, y ya tenemos suficiente con que el Fanático deba luchar por superar sus escasos recuerdos.

—La Venganza no podrá —dijo la mujer, frotándose las manos convertidas en garras—, pero yo sí. Lo alzaré y lo pondré a mi diestra, siempre estará bajo mi vigilancia y orden. Así, donde la Venganza y el Fanático han fallado, yo te traeré victoria.

—¿Y qué harás con el Fanático? Tenerlo a él allí despertará muchos más recuerdos.

—Exactamente. Ello los transformará en el par de Leones que necesitamos —exclamó la mujer, para luego, de un salto, colgarse cabeza abajo frente al Errante, sacando una máscara de entre sus sucias y andrajosas prendas—. Ya tengo su oscura devoción y el nombre perfecto.

—No me extrañaría, pues esto claramente no es una consulta. Es algo que ya estabas decidida a hacer.

—Así es —asintió ella—, y con esto, los Reinos de los hombres caerán ante el Presagio de la Noche sin Luna, y temblarán ante la sola presencia del Fanático y de su leal amigo... Vicio.

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