Noche Eterna II

—¡Todo lo que tenía, ya te lo entregué! —dio un paso atrás, mientras un par de débiles golpes trataban de alcanzar el pecho del enmascarado.

La tormenta lograba penetrar las copas de los oscuros árboles del Bosque de la Noche Eterna, así, una lluvia inquieta daba vida al fangoso suelo, que enlodaba todo a su alrededor en la pelea que sostenían los dos devotos de Locura.

—¿Todo? ¡Oh! Ya veo, lo dices por el muchachito —con un movimiento veloz, sacado de pesadillas, el sujeto se liberó, tomando los brazos de quién antes lo golpeaba. Las uñas de la inquieta figura rasgaban los trapos que vestía su contrincante.

—Él es solo una marioneta, un juguete perverso, ver a ese fornido cuerpo ahí, pidiendo con todo su ser la liberación que solo esta tierra pueda entregar, un reencuentro con lo primigenio. Él tiene un potencial, Errante, ¡Y aún tú, con todo tu poder, fallaste! —unos gemidos de dolor acompañaron las palabras sufridas—. Siente la Locura, «Máscara del Bosque», y sabrás que tú no puedes ser el Elegido.

Los ojos del Errante brillaban con la intensidad de las estrellas en una noche despejada. Nuevamente, unos rápidos movimientos golpeaban a la otra figura «Soy la mismísima devoción encarnada», balbuceaba el Errante mientras continuaba sus maniobras.

Un estruendo en el cielo iluminó sobre el Bosque. Una mezcla de sangre y lodo cubría las manos del Errante.

—No fallé en el Castillo de la Luna Oculta —su voz cambiaba, como si tras esa máscara se encontrara una veintena de hombres—, esperé el momento, ¡La predicción del presagio no se había completado!

Los golpes volvían a propinarse, esta vez más violento. Puñetazos, veloces, otros con las palmas abiertas; todo era útil para lastimar a la figura que, incluso por sobre el ruidoso caer de la tormenta, se oía el sufrido cántico del dolor. Al caer, la devoto se arrastraba por el fango para apoyar su malherido cuerpo sobre el tronco de uno de los árboles. El diluvio que caía ceñía el vestido de la mujer a su talle empapado. Desde el interior de su máscara se podía escuchar el sollozar que entonaba.

—No eres el Elegido, Errante. ¡Jamás has escuchado al Bosque! Estamos acá para seguir el latido entre las hojas, del Acero Negro, escuchar el Susurro de la Noche Eterna… Por eso no serás jamás como los grandes defensores del amor que entrega seguir a Locura, porque haces oídos sordos a lo que nuestro hogar clama.

El Errante estaba simplemente de pie, observando los lentos y dolorosos pasos que daba su contendora para poder erguirse con la ayuda de los troncos. El agua de la tempestad que los cubría, así como el lodo, los musgos y los cansados músculos de la devoto, hicieron que nuevamente tropezara. «Debes oír la voz de nuestro hogar… como Arrogancia», una voz provocadora acompañó ese nombre.

Al solo escuchar ‹Arrogancia›, el Errante perdió la compostura. Un evidente malestar se reflejaba en escalofríos. Se podía apreciar el rezongar tras la pálida máscara, que pronto se convertiría en un grito seco e iracundo. «Arrogancia oye al Bosque, lo entiende. Él logró oír las voces de la Locura, el latir de nuestro hogar… Él es el Elegido de Lujuria, él seguirá la profecía». En el desaforado rugido del Errante se lograba apreciar una gran cantidad de voces distintas y coléricas. Tomando posición de combate, dio un paso al frente.

Una mano completa atravesó traje, piel y carne del estómago de la figura. El Errante perforó con sus propias garras el cuerpo de la figura, deteniéndose al darse cuenta de lo que había hecho.

—Sa-sabes que, sin este sacrificio, no serás el Elegido —con su último aliento, la devoto tomó el antebrazo del Errante que aún se encontraba al interior de su propio cuerpo—. La dama Lujuria y los naturales, hi-hijos de este Bosque y la Locura, se dirigen fuera de la Noche Eterna. Estoy se-segura que nuestro encuentro fue parte de la voluntad del Creador. Hemos luchado tanto por esto, Errante, pero la profecía requiere de un sacrificio —tomando fuerzas de flaqueza, empujó el brazo del Errante más al interior, traspasando ahora todo su cuerpo, donde la sangre, cálida, recorría su espalda mientras la lluvia se encargaba de limpiarla—. Errante, nadie puede escapar de su destino, pero sí su-superarlo. De-debes ser me-mejor que Arrogancia.

Con un veloz movimiento, el Errante retiró su brazo. Viendo el cuerpo inerte de su adversaria, cortó con sus garras la cinta que sostenía la Oscura Devoción de la joven mujer. Bajo la máscara, una sonrisa placentera se dibujaba en el hermoso rostro de la seguidora del dios Creador.

—¡Todos cumplimos con nuestros destinos! —les gritaba a los restos cubiertos de lluvia y barro— incluso tú. Al fin terminaste tu camino, Venganza.

por: BeCo

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