Noche sin Luna – El Enfrentamiento

Las baldosas y rocas violetas se manchaban de sangre. La tranquilidad que antes habitaba el Castillo de la Luna Oculta se vio destruida por el acero y las llamas.

El cielo era cubierto por humo y el aire por gritos.

Las hojas curvas de las guadañas resplandecían entre la sangre de los caídos, reflejando la luz de las llamas con brillos negros. Los ojos rojos brillaban con la misma intensidad del fuego desde las pálidas máscaras.

Incontables escuderos y hechiceras de la Lechuza caían, igual los guerreros y sacerdotes del Sol, pero no eran menos las sombras consumidas por los hechizos de fuego y luz.

Érika Erbey veía con terror semejante espectáculo. Las guadañas de acero negro chocando contra espadas, lanzas y armaduras. El fuego de los hechizos, trayendo luz a la oscuridad, casi destruyendo incluso a los aliados.

Gritos monstruosos captaron la atención de la joven. Hakon Finn acababa de entregarle a Vidgis una enorme espada, amplia y curvada, mientras blandía un hacha gigantesca en cada mano. Junto a ellos, Sigrir Steinn se abría paso entre las sombras con nada más que su bastón, y Einarr era una tempestad de hierro. La ferocidad de los Lobos era abrumadora, luchaban como verdaderas bestias, ignorando las múltiples heridas que recibían, hendiendo un camino entre las sombras enmascaradas que se esfumaban al morir.

Los sacerdotes invocaban el poder del Sol, soltando bolas de fuego y relámpagos, apuntando difícilmente en tan poco espacio y entre tantos cuerpos. Las hechiceras Lechuza se cubrían tras los muros de lanzas y escudos, perfectamente alineados a las órdenes de Nini Gwyllion. Aunque eran los que sufrían peores bajas, dando la vida por las hechiceras, los escuderos se mantenían firmes y aguerridos, empalando sombras en sus lanzas y acometiendo con sus escudos.

Una guadaña pasó peligrosamente cerca de la noble del Sol. Debía moverse, o la alcanzarían los invasores o la metralla de los hechizos. Recobrando el sentido, comenzando a correr, se dio cuenta de que tan sangrienta escena se había desarrollado en sólo unos pocos segundos.

Se refugió en una esquina, cerca de una torre, junto al alto umbral de roca de la misma, del que salían hechiceras y guardias del castillo. Miró hacia arriba al ver luces púrpuras y azules danzando sobre sí, y vio a Jean Dupont, entre varias hechiceras eclipse, disparando con su arco a las afueras del castillo. Lo mismo hacían ellas, soltando flechas y conjurando fuego. Entonces se dio cuenta de que estaba junto a la entrada de la fortaleza, y desde el muro sobre esta, disparaban hacia el otro lado. Algo más había llegado, por ese mismo camino que ella y las huestes del Sol acababan de recorrer, guiados por Myria.

Cuando ya no salían Lechuzas de la torre, Érika decidió entrar. Dando una última mirada a la batalla, vio una enorme luz al centro de todo. Callan Hallselt era una pira con forma de hombre, lanzando incontables disparos de fuego y rayos a los esbirros de sombra, convirtiendo en cenizas acero y cuerpos por igual. Sus llamas doradas crecían imparables, envolviendo a los enemigos a su alrededor, trayendo luz dorada a las sombras. Los que osaban acercársele eran consumidos de manera instantánea por la luz, borrados por completo ante la voluntad del Sol.

Una máscara blanca con ojos rojos apareció de la nada frente a ella. La guadaña levantada habría caído en un terrible golpe, si no fuera por una mano que la detuvo. Un sacerdote acababa de sujetar al devoto, arrebatándole su arma y agarrándolo por el cuello. Humo y sangre negros brotaron de los orificios de la máscara, y en segundos el sacerdote ya no sujetaba nada más que cenizas.

Érika subió las escaleras de la torre, llegando a donde se encontraban las hechiceras y Jean. Desde las almenas, vio lo que temía. Interminables legiones de sombras, y algunos devotos mezclados entre estas, inundaban el camino fuera del castillo.

Y no sólo inundaban el lugar, también escalaban las murallas de la fortaleza sin dificultad alguna. Por más sombras que se desvanecían al ser alcanzadas por las llamas y flechas, aún el ejército avanzaba implacable. Eran tantos que parecían no disminuir.

No supo cuándo llegó Myria Ellyllon a su lado, pero allí estaba. Con un rápido movimiento, sin perder la tranquilidad de su expresión, lanzó una bola de fuego, varias veces más grande que las que soltaban las demás hechiceras, hacia el otro lado del muro.

—Eso nos dará algo de tiempo —le dijo a la joven diplomática—. Lady Érika, debe refugiarse, este lugar no es seguro —mientras hablaba, el joven Dupont se acercó a las dos.

Antes de responder, la joven Erbey miró de reojo al centro de la fortaleza. Los enemigos ya eran escasos. Vio a Nadia, posando su mano sobre la frente de un devoto que cargaba contra ella, haciéndolo detenerse de golpe y, entre brillos violeta, caer inerte al suelo. Pudo ver a Merlo, reduciendo a humo y cenizas a una de las últimas sombras con un disparo resplandeciente, mientras Fay, junto a él, las hacía retorcerse y caer al suelo, desvaneciéndose lentamente, con elegantes gestos de sus manos. A pesar de eso, los dos Bendith no tardaron en caer agotados. Sus heridas eran muchas, y el cansancio se reflejaba en sus rostros.

Por su parte, Nini Gwyllion devastaba sombras con su lanza, dirigiendo a los escuderos con aguerridos gritos. Sus bajas eran enormes, y muchos seguían luchando a pesar de las heridas y el daño de sus escudos y armas. Igual hacía Nini, cubierta tanto en sangre de esbirros sombríos como en la propia.

Al otro lado del patio, Sigrir curaba como podía sus heridas y las de Einarr, mientras Hakon y Vidgis cubrían su posición. Los primos sangraban por varias y grandes heridas, pero parecían ni siquiera notarlo. Muchas sombras, y los últimos devotos que habían entrado, caían ante su brutal fuerza. Los sonidos de sus extremidades partiéndose ante el acero del titán resonaban por todo el Castillo de la Luna Oculta, y el terror era visible en sus ojos rojos cuando se apagaban tras las máscaras.

La sangre y cadáveres de guerreros, sacerdotes, hechiceras y escuderos cubrían el suelo.

Afuera de los muros, entre las incontables sombras que se acercaban, Érika notó algo que no había visto. Lejos, al final de las filas de sombras, se concentraban formas más tangibles. Más físicas.

—Allá —le respondió finalmente la joven a Myria, señalando la posición de esas figuras.

La hechicera y el arquero miraron enseguida, entendiendo a qué se refería la diplomática.

—Casi es como si fueran… —susurró la dama Ellyllon.

—Sus comandantes —agregó Jean.

—Eso es. Eso tiene que ser. Allí es donde deben centrar su ataque

—Si tan solo hacerlo fuera tan fácil como decirlo —dijo Jean. Aunque lo ocultaba perfectamente, Érika notó algo de miedo en su hablar.

—Habría que atravesar un mar de devotos —concluyó Myria.

Acercándose al borde interior del muro, la joven Erbey hizo una seña hacia el patio del castillo, captando la atención de Callan, Hakon y Vidgis. Los demás defensores, heridos como estaban, acababan con los pocos enemigos restantes sin mayores problemas. Nadia, en mejor condición, vio también la señal, pero no subió, quedándose en el patio, a atender a sus heridos.

En otro frente eran necesarios los mayores poderes posibles.

Los Lobos Blancos subieron velozmente por las mismas escaleras que Érika, mientras Callan ascendía impulsado por grandes llamaradas color de oro.

Los dos hechiceros y la joven diplomática miraban fijo ese punto, al fondo del ejército de sombras y devotos. Allí mismo dirigieron la vista el sacerdote y los primos Finn.

Después de unos instantes, los seis se miraron entre sí. Hakon y Vidgis se vieron a los ojos por un segundo, e hicieron una simple seña a los demás, moviendo la cabeza hacia el ejército atacante, haciendo crujir sus cuellos.

Todos entendieron enseguida.

De un salto, los Lobos volvieron al patio del castillo. Myria y Jean los siguieron. Érika se apresuró a bajar las escaleras de la torre y, ya de vuelta en el suelo, vio a los Finn abrir las pesadas puertas. Jean y Myria salieron, abriéndose paso a través de la horda con flechas y hechizos. Vidgis y Hakon salieron tras ellos, adelantándoseles rápidamente, abriendo enormes brechas entre los enemigos con una tormenta de acero y gritos iracundos.

La joven Erbey se asomó al otro lado del portal, donde ya no quedaban enemigos en pie. Junto a ella, llegó Nadia, sujetando firme su báculo en una mano, y entregándole otro similar.

—Podría hacerle falta, Lady Érika —le dijo—. Me aseguré de que los heridos estarán bien. Algo más urgente nos requiere.

Mirando hacia arriba, la joven noble vio la enorme llama que era Callan, bajando al centro del camino infestado por sombras y devotos, acompañado de un sinfín de bolas de fuego, dejando cráteres donde antes hubo oponentes. Cuando estuvo a pocos metros del suelo, el sacerdote extendió los brazos, y bajó con fuerza los puños. Una lluvia bifurcada de flechas de fuego dorado lo acompañó en su descenso, cayendo por ambos flancos del ejército rival, reduciendo enormemente sus números y diezmando sus posibilidades de rodear a los defensores.

Ya en el suelo, Callan vio a Nadia y Érika, avanzando hacia los Lobos y los hechiceros. La dama Fantine detenía a cualquiera que se les acercara, fuera sombra o devoto, esgrimiendo por igual su báculo y el poder de la Diosa Luna, mientras Érika se defendía difícilmente, tratando de imitar los movimientos de la hechicera. “Esto no es lo que sé hacer” se dijo la joven Erbey, pensando en cómo actuaría su hermano Burke si estuviera en su lugar… y luego recordó el por qué ella fue elegida para acompañar a Callan en su viaje.

—¡¡Soldados del Sol y de la Lechuza!! —gritó la joven hacia la fortaleza, sin pensarlo dos veces—. ¡Formen una vez más! ¡¡Protejan el castillo!!

Sus palabras resonaron entre el camino y las pesadas puertas. Era primera vez que usaba su voz de semejante forma, pero aún así, tal como en la corte, dio resultado.

Los pocos guerreros que aún se mantenían en pie, y el último contingente de escuderos Lechuza, acataron las órdenes. Escudos dorados y violetas, espadas y lanzas, formaron juntos ante las puertas abiertas del Castillo de la Luna Oculta.

En el camino montañoso, entre rocas y precipicios, los defensores habían logrado superar la enorme desventaja numérica.

Al frente, las hachas de Hakon y la espada de Vidgis destrozaban a cualquier enemigo que se acercase. Ambos estaban malheridos, y sobre el rastro de devotos mutilados, dejaban gotas de su propia sangre, pero no les importaba. Juntos eran imparables e inquebrantables, dando hachazos y mandobles, soltando temibles gritos de guerra, incluso lanzando sombras y devotos por los riscos o aplastándolos contra las rocas. El enorme guerrero avanzaba por delante de su prima, ignorando las incontables hojas que lo alcanzaban, causando terror y haciendo retroceder incluso a los inhumanos devotos con sus bestiales gritos. Con cada golpe de una de sus hachas, tres, cuatro, cinco enemigos caían en pedazos al suelo, antes de que pudieran comenzar a correr, intentando escapar del titán. Algunas de sus armas quedaban en el camino, clavadas al suelo a través de cadáveres, pero nunca se lo vio desarmado, y aún varios mangos de madera sobresalían en su espalda. Era la furia del Norte Congelado avanzando por el campo de batalla.

Tras ellos, Myria y Jean dejaban caer incontables saetas y hechizos sobre el enemigo, reduciendo por montones sus números. Las flechas azules del joven Dupont no fallaban, buscaban a sus objetivos, perforaban máscaras y partían astas de guadaña. Se incrustaban en los enemigos, uno a uno, para luego extenderse, clavándose en las siguientes filas de sombras enmascaradas. Su carcaj se había vaciado por completo incluso antes de salir del castillo, pero su manejo sobre la hechicería era tal que eso no importaba. Su arco, cubierto por resplandor plateado y azul, tomaba la forma de enormes y afiladas astas de ciervo.

Myria, junto al arquero, era una viva demostración del poder de los dioses. Cadenas de luz violeta brotaban del suelo con cada uno de sus pasos, inmovilizando oponentes que luego eran destrozados por los Lobos y las flechas de Jean, mientras de sus manos salían fuego y rayos. Cuando vio que los seguidores de Locura se separaban unos de otros, decidió no concentrar sus disparos allí, sino en las formaciones de roca. Una solitaria bola de fuego impactó un muro del montañoso camino, causando un gran derrumbe y reduciendo a escombros gran parte del ejército oponente.

Más atrás, en la retaguardia, alejándose de las puertas del castillo, Callan y las dos diplomáticas borraban a cualquier rival que quedara. Aún algunas sombras saltaban desde los lados del camino, o aparecían desde tras las rocas, sólo para verse calcinados en segundos o retorcerse en el suelo antes de desvanecerse.

Los pocos que lograban sobrevivir al avance de los siete defensores, y acercarse a las puertas del castillo, eran destrozados por las filas de escuderos Lechuza y guerreros del Sol.

La marcha fue corta. Las sombras y devotos se acababan, comenzaban a reagruparse, y la última fila de enemigos estaba a pocos metros.

Dos figuras resaltaban allí, alejadas del grueso de soldados.

—Es el Errante —dijo incrédulo Jean, tensando con fuerza su arco, mientras su enojo se anteponía al miedo. Vidgis mostró los dientes en una mueca iracunda, soltando un gruñido y apretando el mango de su espada.

—¿Quién está junto a él? —preguntó Myria. La única respuesta fue silencio. Junto al Errante, otro devoto se erguía imponente. Su máscara estaba mucho más limpia y era más elaborada que la de su acompañante, manchada y deteriorada. Sus ojos eran más rojos que los de cualquier otro devoto que los defensores hubieran visto. Y sujetas a sus antebrazos, había garras de metal que brillaban con luz negra.

Los soldados de Locura se habían reagrupado, deteniendo por completo su ofensiva. Se habían convertido en un muro de oscuridad y acero negro, en medio de los siete defensores y los dos líderes devotos.

Por unos instantes, en esa improvisada tregua, los luchadores de los Reinos pudieron recuperar un poco su aliento. Sabían que aquellos seguidores del Dios Loco los estaban mirando, e igual hacían sus soldados, pero no los atacaban. Y ellos tampoco lo hacían, habían llegado hasta ahí sin otro objetivo que seguir atacando.

Antes de que pudieran reaccionar, aún exhaustos, vieron al devoto de las garras metálicas marcharse.

Y al Errante avanzar hacia ellos. Pudieron verlo dar dos pasos, y luego estaba enfrente de los Lobos. Vidgis no vio venir el golpe que la lanzó por los aires. Tampoco Hakon lo vio venir, pero logró resistir el impacto. Enfurecido, lanzó uno, dos, tres hachazos, pero sólo hendió el aire.

Casi como si desapareciera para luego reaparecer en otro lugar, el devoto avanzó entre sus oponentes. Apareció junto a Jean, levantándolo por el cuello y arrojándolo contra Myria sin dificultad, negándole a la hechicera cualquier tiempo de reacción.

Una serie de relámpagos chocaron contra las rocas o se perdieron en la distancia, mientras las llamas de Callan crecían con furia ante la incapacidad de acertarle un solo disparo a tan veloz rival.

Enseguida el Errante estuvo ante Érika y Nadia, dejándolas entre sí mismo y el sacerdote, mirándolas fijo. Una presencia tan oscura como fuerte las envolvió, llenándolas de terror, cuando las manos del devoto alcanzaron sus cuellos y las levantaron del suelo.

—Piensan que han ganado —comenzó a decir, con una voz como veinte voces unidas—, pero somos legión —había oscuridad en sus palabras, como si fueran las de un cadáver—. Conserven sus vidas mientras aún pueden. Ahora me pertenecen a mí, y volveré por ellas cuando todos estén reunidos.

Al terminar de hablar, se esfumó por completo, lanzando a las diplomáticas contra el suelo y dejando sólo fugaces sombras en donde había estado.

Los siete defensores miraron hacia atrás. El camino estaba infestado por restos de devotos y manchas de sangre oscura. Aún caían rocas sueltas de los derrumbes, así como aún caía sangre de sus propias heridas.

El Castillo de la Luna Oculta se erguía al otro lado del campo de batalla, entre humo y fuego.

—No creo que esto haya sido todo —le dijo la joven Erbey a Nadia, esperando una explicación—, pero la Dama Luna ha vuelto.

Y así era. Sobre ellos, la luna brillaba de nuevo.

—Esto está muy lejos de terminar… ni siquiera nos hemos acercado a la victoria —respondió la Lechuza—. Al menos, al parecer, hemos cambiado en algo el futuro. Debemos consultar a la Dama Edriell, y esperar que todo sea por el bienestar de Creación.

Érika miró a los otros defensores. Callan, gruñendo furibundo entre dientes, volvía a su forma humana, conservando el fuego solamente en sus ojos. Jean cruzó su arco sobre su hombro, para tratar de limpiarse la cara con las manos, y Myria le extendió un trozo de tela, dedicándole una débil pero aliviada sonrisa. Mientras Vidgis terminaba de quitar la sangre oscura y espesa de su espada, Hakon, ya con su par de hachas envainadas, posó una mano en el hombro de su prima, y fue la primera vez que Érika vio a los Lobos felices en vez de iracundos.

—Contarán muchas historias de este día —concluyó, recordando los cuentos de su hermano.

Por Daniel L. Ruiz

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