Noche sin Luna -Epílogo-

—Lady Érika ha partido a esperar a sus refuerzos. Agrupó a los soldados del Sol que sobrevivieron, y se retiró —le decía Nadia Fantine a la dama Edriell.

—¿Y Callan? —preguntó la vidente, con su tan característico desdén.

—Se fue con ella, en completo silencio —respondió Nadia, aunque entendía que no era realmente necesario.

—¿Saben cuánto tiempo tomará reconstruir? —preguntó Jean Dupont, acercándose a las hechiceras. Dos días habían pasado desde que atacaron las hordas de Locura. Dos días desde que defendieron el Castillo de la Luna Oculta. Tanto los Sol como los Lobos Blancos y algunas Lechuzas se habían retirado. Sólo al joven arquero le faltaba despedirse.

—No mucho —le respondió Nadia—. El Consejo de las Hermanas de la Luna ha decidido enviar a una magistrada del Reino, Presagio. El Presagio verdadero, no esa mofa que tienen los devotos de Locura. Pondrá orden en la reconstrucción, y el castillo estará bien resguardado.

—Volverás al Reino del Ciervo —le dijo Edriell al joven Dupont.

—Sí. Debo volver con mi maestro, y con los demás. Deben recibir las noticias de lo sucedido.

—Hemos dispuesto una pequeña escolta para tu viaje —agregó Nadia—. Los Lobos no aceptaron tal cosa, y las fuerzas del Sol no la necesitaban.

—Lo agradezco mucho. Extrañaré algunas cosas de este Reino…

—¿Fy? —preguntó la dama Fantine, con la típica precisión de una vidente.

—Sí. Sus enseñanzas fueron muchas, y muy gratas, como era su compañía… cálida, incluso.

—Hay razones por las que es tan reconocida maestra en nuestro Reino —siguió ella.

—No hay duda. Sin su entrenamiento, tal vez no habría podido…

—Pudiste. Pudimos. Es lo que importa —concluyó Nadia, mirando las ruinas a su alrededor. El Castillo de la Luna Oculta se había salvado de la destrucción absoluta, pero no sin un precio. Los muros, otrora resplandecientes con luces violeta, estaban rotos, cubiertos de sangre y ceniza. Los fuegos fatuos, que antes revoloteaban por el castillo como luciérnagas moradas, fueron remplazados por las últimas chispas de las llamas del Sol. Escuderos y hechiceras recogían aún cadáveres, para llevarlos a un cementerio oculto entre las cumbres de las montañas.

—Se contarán historias sobre la defensa de este castillo —le respondió Jean—, sobre las alianzas que logró poner en movimiento la Lechuza… Sobre el día en que enfrentamos a Locura y sobrevivimos.

—Creación reconocerá nuestros actos —dijo la dama Edriell—. Partirás ahora. Tu maestro y amigos te esperan. Adiós —terminó, alejándose calmadamente.

—Tal vez nos veamos de nuevo —se despidió Nadia del joven Dupont.

—Tal vez —dijo él, con melancolía en la voz.

—La extrañarás —siguió la diplomática, esta vez sin disimular que conocía la respuesta.

—Sí. Lo haré —concluyó él antes de despedirse, sabiendo que hablaban de Fy—. Adiós.

—Hasta que los destinos vuelvan a cruzarse —respondió Nadia, alejándose, centrando su atención en las ruinas del castillo.

El joven Ciervo cruzó una última vez el umbral del Castillo de la Luna Oculta, donde lo esperaba su reducida escolta. Tenía un camino propio, en su Reino, alejado del camino de las Lechuzas, y del camino de Fy Ellyllon. “Sólo un mes entrenando con ella, desde que me sacaron de las mazmorras, hasta que nos enfrentamos a las hordas de Locura…” pensaba Jean. “Su compañía era cálida, de una forma diferente. Acogedora, realmente acogedora. Mucho más que la de los diplomáticos y su frialdad” se dijo. “Como un hogar verdadero”.

Ya casi una semana después del asedio de los devotos, un grupo de arqueras se presentó en la fortaleza. Presagio las había llamado, liderando la reconstrucción y defensa del castillo. A la cabeza del contingente iba Fy, quien no tardó en reunirse con la magistrada. Era una hechicera inconfundible, sus ojos brillaban morados bajo su capucha, casi tanto como brillaban los tatuajes en sus brazos.

—La misión fue entregada —dijo la hechicera a sus soldados, después de intercambiar algunas palabras con Presagio—, debemos vigilar desde los muros y torres, y apoyar a las rondas de guardias que recorren el castillo —las arqueras acataron enseguida. Las órdenes de la enviada de las Hermanas de la Luna debían ser cumplidas de inmediato.

Dirigiéndose a su puesto, cuando sus arqueras ya estaban donde debían estar, la dama Ellyllon pasó junto al umbral de la fortaleza. Pocos días antes, Jean Dupont, a quien había entrenado recientemente, cruzaba ese mismo umbral, despidiéndose del Reino.

Aún se sentía algo de su presencia allí. “Espero que llegue bien a su hogar” pensó Fy. “Hacía mucho tiempo que no encontraba tal calma junto a un Ciervo, ni tal calidez... Y ese sentimiento de unidad, de tener un destino en común… un posible futuro, o tal vez un pasado”. Quitando un cabello de su rostro y sujetando firmemente su arco, Fy Ellyllon se alejó del portal del castillo, ese portal que tantos habían cruzado durante los últimos días. “Nunca pude definir esa sensación, si realmente hay algo que nos une... Ni siquiera las videntes pudieron descubrirlo” se dijo, mientras la luz se escapaba del cielo. “Tal vez sea sólo una ilusión”.

—Los Lobos fueron los primeros en irse —le comentó un guardia del castillo a una de las arqueras—, luego Callan y Érika, después de enviar un mensaje a su Reino pidiendo refuerzos.

—Y ahora el joven Jean —siguió la mujer.

—Llevarán las noticias a sus Reinos. Hablaran de la hazaña de la Lechuza.

—De cómo los movimientos de las hechiceras salvaron a Creación.

—Y de cómo esa alianza, lograda por nuestro Reino, rechazó un ataque de Locura.

La noche llegó pronto sobre el Castillo de la Luna Oculta.

Tres semanas después de la batalla, los Lobos llegaron al Umbral del Acero Gélido, el punto de entrada al Norte Profundo. Allí, en la aldea junto al monumento metálico, comenzaban las tierras congeladas, el frío que sólo los Lobos pueden resistir, más aún durante el invierno.

—Han el Rojo nos espera no mucho más adelante —dijo Sigrir Steinn a sus tres acompañantes, mientras cruzaban el umbral—. Debemos llegar lo antes posible, debe saber lo que ha pasado.

—Que se pudra Han el Rojo —le respondió Vidgis Finn—. Tengo cosas más importantes que hacer.

—Fuimos enviados al Reino de la Lechuza por él, y se ha acercado desde su hogar en lo más profundo del norte, no podemos hacerlo esperar —le respondió la hechicera, impaciente.

—Pues vayan con él, yo me separo aquí —dijo decidida la salvaje, mirando fijamente a los ojos ciegos de Sigrir.

—Han no tendrá paciencia para esto —intervino Einarr Finn, protector de Sigrir—, pero tendrá menos paciencia si seguimos perdiendo el tiempo.

—Sigan sin mí —siguió Vidgis, inamovible, mientras una luz blanca brotaba de los ojos de la hechicera.

—Sigamos —concluyó Hakon Finn, dedicándole una mirada de calma, algo tan poco común en él, a su joven prima, para luego retomar el camino. Sigrir y Einarr también miraron a la salvaje unos segundos, antes de seguir al titán.

“Se pudren todos y Han el Rojo también” pensaba Vidgis, apresurando el paso por la aldea. “Ya perdí bastante tiempo”.

Aunque se había ido de aquel lugar hacía años, aún lo recordaba a la perfección. Tardó poco en llegar a la cabaña, tan cubierta de nieve como cualquier invierno pasado. Había algo más ahí, una figura enorme y oscura que reconoció enseguida.

—Veo que papá está en casa —dijo sonriente, mirando fijamente al lobo blanco, casi del tamaño de un oso.

—¿Vidgis? —una voz conocida se escuchó desde cerca de la bestia. Al escucharla, todas las batallas y todo el viaje del último tiempo se perdieron de su memoria.

—¿Mamá? —la sonrisa de la joven Loba creció de inmediato. Mildri Finn estaba frente a ella, tan alta e imponente como siempre, con su ancho espadón envainado tras un hombro. Antes de notarlo, ambas habían corrido a abrazarse.

—Ha pasado tanto tiempo —dijo Mildri, mirando a los ojos de su hija—. Fuimos tan felices al enterarnos de que estabas viva.

—Te extrañé tanto —siguió la joven Finn.

—¿Realmente eres tú? —otra voz sonó desde la cabaña.

—¡Estás aquí! —exclamó Vidgis.

—¡Eres tú! —respondió la voz de su hermana Vari.

No dijeron más. Las risas de ambas se mezclaron mientras se abrazaban. Sus frentes se tocaron, y no dejaron de reír mientras se miraban a los ojos.

—Se ríen igual que cuando eran unas pequeñas crías —habló una voz más profunda. Una voz acostumbrada a los gritos de guerra, que ahora, como nunca, sonaba tranquila. Los ojos de la mayor de las hermanas se abrieron en sorpresa al verlo ahí, a pesar de que ya había reconocido a su inconfundible montura.

—Papá —dijo casi en un susurro, mientras Harald el Necio caminaba hacia ella y su hermana.

—Vine apenas me enteré de que estabas viva —dijo el Lobo, cubriendo con sus brazos a sus dos hijas—, todo lo demás importa un escupitajo, tenía que estar aquí cuando regresaras. Que estés viva nos ha traído la alegría más grande, y todo lo que se cuenta nos has traído el orgullo más grande. Ya se narran historias sobre una hija de Finn. Mi hija. Te has vuelto aún más fuerte y hábil de lo que ya eras. Una verdadera líder de manada.

—Hay tantas cosas que quiero contarles —respondió Vidgis, apenas conteniendo su alegría.

—Nosotros dos podemos esperar —decidió Mildri—. Vayan, han pasado años desde la última vez que caminaron juntas por estas tierras —les dijo a sus hijas.

—Estaremos aquí cuando regresen —agregó Harald, soltando su abrazo.

—No hay alegría más grande que tenerte con nosotros de nuevo —siguió Mildri, volviendo a abrazar a su hija mayor—, ni orgullo más grande que lo que se cuenta sobre ti.

Como hacía años, las hermanas Finn caminaron por la nevada aldea y las pálidas arboledas que la rodeaban. El lobo de Vari las siguió en silencio, lentamente, y tan enorme como era, parecía pequeño junto a la temible montura de Harald.

—Hace años en nuestra aldea, se contaron historias sobre ti, llenas de admiración —dijo la menor de las hermanas—, luego en todo el Reino. Quién habría sabido que se contarían luego en toda Creación.

—¿Realmente te sorprende?

—No, no realmente —respondió Vari, mientras ambas se reían—. Se cuentan historias sobre todos los que defendieron el Castillo de la Luna Oculta. Sobre todo de las Lechuzas.

—Era de esperarse, fueron sus actos los que salvaron a Creación. Sin su hechicería y sus planes, aunque hayan sido desde las sombras y los secretos, nuestro mundo podría haber terminado.

—Lograron una hazaña admirable. Reunieron a los mejores, no podías faltar tú allí —las hermanas se miraron sonrientes, orgullosas, tal como habían hecho hace años, al volver de su primer saqueo—. ¿Cómo te encontraron?

—Mientras trataba de volver, un mercenario contratado por las hechiceras me halló. Me contó de la batalla de los Leones y los Ciervos, y que el Sol había sitiado la Ciudad Imperial. Llegué con él al Reino de la Lechuza… ¿sabías que los Ciervos intentan hacer licor de nieve en una de sus tabernas?

—¿Qué? ¿Ellos? ¿Haciendo licor de nieve?

—Intentando hacerlo… y fallando.

—No me sorprende, sabiendo como defienden sus aldeas —ambas guardaron silencio por unos instantes, antes de volver a reírse casi al unísono.

—Cuéntame qué ha pasado aquí mientras tanto, me debo haber perdido de mucho —volvió a hablar Vidgis.

—Una titán, Hanna Vestein, cruzó el Umbral del Acero Gélido hace poco, camino al sur. Fue llamada por el Concilio Imperial.

—¿Fue hacia la Ciudad Imperial? Bueno, no creo que tenga problemas en atravesar el asedio.

—Yo tampoco lo creo. También lideré por primera vez un saqueo, en las tierras del Sol. Fue un éxito. Los aprendices volvieron tan cargados de provisiones como de orgullo.

—Como nosotras hace tiempo.

—Sí. No se cansaban de esas historias, como cuando venciste a todos los guardias del Sol tú sola, o cuando fuimos con Hegel Steinn a una aldea del León.

—Buenos recuerdos. Sabía que cuando fuera tu momento de liderar un saqueo de solsticio, lo harías perfectamente. Me enorgulleces —de nuevo sonrieron, mirándose a los ojos.

Era el día que Vidgis había esperado desde hace tanto. Ya nada más importaba. Estaban juntas de nuevo.

—Hay algo que debo entregarte —dijo Vari de pronto, tomando la correa que cruzaba su espalda—. La tomé cuando llegaron las noticias del Bosque de la Noche Eterna...

—¿Es mi…? —comenzó a preguntar Vidgis, incrédula—. Mi espada —dijo, empuñando la temible hoja.

—Nadie la desenfundó desde que te fuiste con Hakon, hasta que decidí blandirla cuando creímos que habías muerto.

—¿Lideraste el saqueo blandiendo mi espada?

—Sí… bueno, casi. No fue necesario desenfundarla —la incredulidad en el rostro de Vidgis se convirtió en admiración.

—Pronto, en toda Creación, se contarán historias sobre ti —ahora Vari apenas podía creerlo.

—Sobre las dos, juntas —respondió emocionada.

—Sí, sobre las dos.

—Volveremos a saquear, ¿cierto?

—Pero claro. Esos Ciervos engreídos perderán hasta la última de sus raciones cuando llegue el próximo invierno.

La nieve caía con fuerza, el cielo se oscurecía velozmente, el frío era insoportable. Nada de eso le importaba a un Lobo Blanco. Las hermanas se quedaron ahí, bajo la nieve, mirando las nubes tormentosas, rodeando cada una los hombros de la otra con un brazo.

“Comenzó el invierno, sobreviví a las hordas de Locura por segunda vez, las Lechuzas salvaron a Creación” pensaba Vidgis. “Nada importa ahora. Estoy en casa”.

Por Daniel L.Ruiz, dedicado a la manada.

Visítanos e infórmate en nuestras redes sociales

Top
Relatos de Creación