Noche sin Luna – La Reunión

A Érika Erbey le dolían la espalda y las piernas, y temía que su acompañante, Callan Hallselt, perdería el control en cualquier momento.

Habían cabalgado por días a través de las montañas del Reino de la Lechuza, siguiendo a Myria Ellyllon hacia el Castillo de la Luna Oculta. Y durante esos días, apenas habían intercambiado tres oraciones.

—Tienen un agradable clima nocturno en esta parte de Creación —comentó Érika, manteniendo a la perfección su elegancia a pesar de lo incómoda que estaba.

—Bastante —le respondió cortantemente Myria.

—Hrm —gruñó Callan, evitando por completo cualquier conversación que hubiera podido surgir. La desconfianza e inquietud del sacerdote eran evidentes, sus gruñidos sonaban como hogueras, y de las llamas de sus ojos brotaba espeso humo.

“Espero se calme ahora que hemos llegado” pensó la joven Erbey, viendo por fin el Castillo de la Luna Oculta, bajo el brillo de las estrellas.

Era realmente una visión sobrecogedora. Las torres se elevaban por sobre las cumbres montañosas que rodeaban la fortaleza, y las cúpulas elípticas, características de los edificios del Reino, reflejaban la poca luz en brillos violeta. A pesar de ser un castillo principalmente de diplomáticos, era probablemente el mejor protegido en todas las tierras de la Lechuza. Las lanzas de los escuderos se veían entre las almenas, y figuras encapuchadas se vislumbraban a veces en las ventanas. También, poniendo atención, podía distinguirse algún brillo en una u otra tronera.

“¿Por qué será que protegen tanto un castillo poblado por diplomáticos?” se preguntaba Érika, ya casi a las puertas de la enorme construcción. “¿Será por los secretos que guarda, o por la cercanía con los Bosques del Este?”.

Un enorme puente levadizo de madera púrpura, reforzado con metal negro, se abrió ante un gesto casi imperceptible de Myria. Los viajeros siguieron a la hechicera a través del umbral. Estaban cansados, y sus caballos lo estaban aún más.

Avanzaron hasta el patio central del castillo, donde antorchas de llamas violetas iluminaban la oscuridad de la noche. La joven Erbey se apresuró a bajarse de su montura, sin perder en ningún momento su gracia.

—Lady Érika —una mujer de innegable elegancia, con largo cabello blanco y elegantes ropas moradas, exhibiendo plumas alrededor de sus hombros y una distintiva tiara de amatista, apareció junto a la noble.

—Dama Nadia —respondió la joven Erbey, haciendo una reverencia. Nadia Fantine era una famosa diplomática del Reino de la Lechuza, fue imposible no reconocerla.

—Bienvenida. Espero hayan tenido un buen viaje —continuó la hechicera. A pesar de lo amable de sus palabras, no había emoción alguna en su voz ni en su rostro.

—Lo ha sido, espero hayamos… —algo capturó la atención de Érika, deteniéndola en mitad de sus palabras—. ¿Ese es…?

Un hombre delgado, de cabello marrón y no muy corto, con un arco cruzado sobre un hombro y un carcaj en la cintura, se dejaba ver en lo alto de una muralla, entre varios centinelas. Y junto a ese hombre, estaba Edriell. Era imposible no reconocer su cabellera roja y su elegante vestido morado.

—Jean Dupont, sí, es él —dijo Nadia con tranquilidad, para luego dirigir sus ojos a un rincón del patio.

La joven noble siguió la mirada de la hechicera, y vio las caballerizas, donde algunos de los animales de sus compañeros eran llevados, pero algo más atrajo su atención. Algo más grande que los caballos. Un hombre que, sentado como estaba, aún era más alto que las personas que lo rodeaban. Tenía dos hachas colgadas de la cintura, y las empuñaduras de otras cuantas armas asomaban desde su espalda. Junto a él, otro hombre, y dos mujeres. Sus austeras ropas los delataban como Lobos Blancos.

—¿Es ese Hakon Finn? —preguntó Érika.

—Sí —respondió Nadia.

El hombre que lo acompañaba, alto y fornido, parecía pequeño a su lado. También llevaba dos hachas, y algunos cuchillos asomaban entre las pocas pieles que lo cubrían. Una de las mujeres se apoyaba sobre un báculo cubierto en ornamentos salvajes, y su rostro estaba cubierto en pinturas tribales, mas sus ojos completamente blancos eran lo más llamativo en ella.

La otra mujer era más fácil de reconocer, aunque no portaba su famosa arma.

—Ella es… No puede ser —la joven diplomática no creía lo que estaba viendo.

—Tiene muchas preguntas, lady Érika. Permítame responderle en seguida, para que podamos así aprovechar nuestro tiempo. Sí, esa es Vidgis Finn junto a Hakon. Los acompañan Sigrir Steinn, una hechicera salvaje, y su protector, Einarr Finn. Si mira unos metros a la derecha, junto a aquella torre, verá algunos de nuestros soldados, y algunos de sus comandantes —la dama Erbey pudo verlos, una mujer en armadura ligera y armada con una lanza, un hombre de ropas amplias con larga barba negra, y una dama tan elegante como Nadia, con plumas en sus hombros y tiara—. Le presento a Nini Gwyllion y a Merlo y Fay Bendith.

Junto a semejante grupo, tal como dijo Nadia, estaban los soldados, y no eran sólo algunos. Había un gran contingente de hechiceras luna, acompañadas por varias eclipse e incontables escuderos. Todos formados, ordenándose, revisando sus armas. A la joven diplomática le habría llamado la atención ver tantas tropas activas a tales horas de la noche, si no fuera porque estaba del todo enfocada en semejantes personajes reunidos allí.

—Pero… Jean y Vidgis murieron en la expedición al Bosque de la Noche Eterna…

—No realmente. Ambos están vivos. Al encontrarlo, pensamos que el joven Jean estaba manchado por Locura, pero tampoco resultó ser así.

—¿Jean? ¿Manchado por Locura?

—Es algo solamente un poco menos lamentable lo que realmente pasó… La presencia del Errante lo dejó olvidado de sí mismo, y trastornado casi por completo…

—¿Errante?

—Algo que sólo podemos definir como una manifestación del poder de Locura. Es un devoto de cuyo pasado somos incapaces de obtener información, son ellos los enemigos que realmente hay que temer. El joven Dupont, a pesar de ser un hechicero, no posee el tipo de entrenamiento necesario para poder sobreponerse a tal fuerza. Vidgis, en cambio, a pesar de ser una salvaje, lo pudo resistir, por su sangre combatiente.

—Ya veo —dijo casi en un susurro Érika, saliendo lentamente de su estupor.

—Aún tiene preguntas —habló Nadia —. No se las guarde, debemos continuar con lo que nos reúne aquí, y para eso debe tener claridad.

—¿Qué hace aquí Hakon Finn? Los Leones aún lo buscan para su no resuelta venganza, sin saber que está al otro extremo de Creación. ¿Su presencia tiene algo que ver con la alianza del Lobo Blanco y la Lechuza? —aún impactada como estaba, Érika podía descifrar bastante de lo que estaba pasando. Era algo necesario dentro de la corte.

—Podríamos decir que sí, tiene que ver, y también un favor… —Nadia se interrumpió de pronto, Myria se acercaba de vuelta desde las caballerizas.

“Hakon Finn debe haber cimentado esa alianza del Lobo Blanco y la Lechuza… ¿Qué favor habría sido tan grande para alejar a los nórdicos de su guerra contra los Leones?” pensó Érika. Las respuestas de la hechicera habían creado más preguntas.

Algo brilló como una pira. Eran los ojos de Callan, echando humaredas y chispas. Demostraban indudablemente su impaciencia mientras se acercaba a Érika.

—Hrmmm —gruñó el sacerdote, de pie tras la joven Erbey, mirando fijamente a las dos Lechuzas.

—No fue posible traer a los Leones, ¿cierto? —le preguntó Myria a Nadia.

—No lo fue, lamentablemente —respondió la dama Fantine—. Espero aún tengamos…

—¿Podrían decirnos qué es lo que está pasando? ¿Por qué nos han convocado aquí? Claramente hay algo sucediendo, algo importante —interrumpió Érika, conservando la elegancia de su tono aunque el misterio ya la estaba cansando.

—Hasta ahora habíamos ocultado la información de los presentes… Una misión más grande nos reúne aquí. Algo que no podía ser revelado aún. La única que conoce las claves es la dama Edriell… Pero tememos que la noche definitiva ha llegado, y no hemos podido cumplir lo que la visión requiere para la victoria… —respondió Nadia.

—¿Y qué sucede con los Leones? ¿Acaso Hanjo Kelm y Adler Baldwin siguen vivos también? —inquirió Érika, manteniendo perfectamente su compostura, a pesar de que Callan estaba tras ella, con la poca paciencia que le quedaba desapareciendo entre humaredas.

—Su destino ha sido lamentable. Posiblemente… posiblemente resulten ser la condena de todos —siguió la diplomática Lechuza.

—¡¡Suficiente!! —gruñó el sacerdote— ¡Basta con sus secretos e intrigas! ¡Esto no es ninguna tonta corte! Esto es un ejército, y nos han reunido a luchar —le dijo a la joven Erbey, señalando a Nadia con su puño enguantado—. ¡¡Exijo saber el motivo de todo esto!! —concluyó, mientras su mano se convertía por completo, piel, carne y hueso, en llamas doradas.

Las antorchas de llamas púrpura, y algunas pequeñas luces como fuegos fatuos que revoloteaban cerca de los varios hechiceros del castillo, brillaron con más intensidad, pero no tanto como el fuego de Callan. La noche se iluminó bastante.

—Es la visión de la Noche Sin Luna —le dijo Nadia, con tono adusto y mirada sombría, dejando de lado su elegancia de corte—. Se previó que esta sería la noche que marcaría el regreso de los seguidores del Dios Loco. Si el Castillo de la Luna Oculta cae, toda Creación lo seguirá en poco tiempo. Resistir será difícil, pero lo lograremos, esta fortaleza lo ha hecho antes… y lo volverá a hacer. La visión no es irrompible… aún podemos…

—Ustedes Lechuzas y sus aires de grandeza, sólo se dan a ustedes y a su castillo más importancia de la que merecen. Los devotos no fueron y no son rivales para el poder del Justo Sol —la mano de Callan crepitaba y soltaba chispas, mientras las formas de sus dedos proyectaban sombras erráticas a su alrededor.

—Esa es la visión de la dama Edriell —siguió la hechicera Luna, tan sombría como antes, incluso acongojada—. Debíamos reunir al futuro de cada uno de los cinco grandes Reinos, pero traer a los Leones indicados nos resultó imposible, pues sus eternas batallas los alejan de estos fines.

—¿Los Leones indica…? —comenzó a preguntar Érika, pero un cambio en la luz la detuvo. Se volteó hacia el cielo, y el miedo la alcanzó de golpe.

La luna estaba completamente negra.

Incluso Callan se vio sorprendido. Se escucharon las voces de los soldados, los hechiceros y los centinelas, y también de los Lobos Blancos. Los caballos comenzaron a resoplar asustados, y las luces, incluso las llamas del sacerdote, brillaron con menos intensidad.

—Esto no puede ser —exclamó la joven Erbey—, los astrólogos no han vaticinado una noche sin luna para estas fechas.

—Ninguna astrología podía predecir esto —le dijo Nadia, tan seria como antes, sin mostrar sorpresa alguna.

La luz volvió con un estallido color de oro cuando Callan tomó su forma ígnea. Su capa y armadura, su piel y sus huesos, todo eran llamas. Sus ojos brillaron como piras y el símbolo del Sol apareció en su frente como metal al rojo.

Todos los presentes se miraron, iluminados nuevamente… y notaron las sombras a sus espaldas. Sombras llevando máscaras blancas y portando guadañas, cuyas hojas metálicas reflejaron la luz dorada del fuego en brillos negros.

Y estaban por todas partes.

—Esta es la noche que tanto temíamos —escuchó Érika—, y los Leones no han llegado —era Nadia, poseída por el miedo—. Todo está perdido.

por: Daniel L. Ruiz

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