Orden y Desenfreno

Los suelos y estatuas de mármol brillaban en los jardines azules del Reino del Ciervo, las mesas de madera pulida rebozaban con ostentosos platos que superarían los sueños de la persona más hambrienta, los jarrones de plata perfumaban el aire con los aromas de los vinos más caros existentes en Creación. Y aun así, todo, tanta elegante belleza, tan elaborado despliegue, era opacado por el deslumbrante vestido, el hermoso peinado y los perfectos movimientos de Charlotte Bergeron, encargada de la festividad.

Se trataba del Festín de la Abundancia, un evento que los Ciervos realizan durante cada cambio de estación. No porque los alegrara el inicio del invierno, sino para demostrar su poderío. Con semejante celebración, recordaban que su Reino era el único capaz de llevar a cabo tal cosa, que sus vinos y comidas eran las mejores existentes, y su cultura, la más avanzada y admirable de todas.

También recordaban, y con orgullo, que su ego era el más grande de toda Creación.

—Lustren más alrededor de las primeras mesas —dijo de pronto Charlotte, sin referirse a nadie en específico. Tampoco levantaba la voz, ni miraba a nadie directamente. Sabía que todos la escuchaban, que todos le estaban poniendo atención, y que le harían caso inmediatamente.

Y así era. Apenas terminó de hablar y siguió caminando por los jardines azules, tres de sus ayudantes llegaron a acatar las órdenes. Aunque poseía una oportunidad que muchos en el Reino del Ciervo, sino todos, darían lo que fuera por tener, su ánimo era bastante sombrío.

En las últimas horas había regañado a siete de sus asistentes. Para eso sí levantaba la voz, con su sonrisa y gracia inmutables, convirtiendo pocas palabras en una enorme humillación. Sumando a eso lo cortante de sus órdenes y la fragilidad de su paciencia, quedaba claro que no estaba de buen humor.

—¿La dama Bergeron siempre es así? —preguntó por lo bajo el más joven de los ayudantes.

—Eso he podido ver —le respondió otro hombre, no mucho mayor, con un delgado y bien cuidado bigote.

—No lo es —intercedió, con un tono que parecía ofendido, una mujer de cabello rojizo.

—En todo el tiempo que hemos estado trabajando aquí, no ha sido diferente —siguió el de bigote.

—Es diferente cuando no está a cargo del Festín de la Abundancia —le respondió la mujer.

—¿La conoces desde antes? —preguntó el más joven.

—Sí. Le he servido por un tiempo, y no siempre es así. Creo que este festejo la pone de mal humor.

—Pero claro, es uno de los eventos más importantes de nuestro Reino —habló de pronto uno de los ayudantes con más edad, muy seguro de sus palabras—, es un gran honor estar a cargo, una gran oportunidad de llamar la atención de los más importantes miembros de la Corte de Plata. Una gran responsabilidad, sin duda, todo debe ser mejor que perfecto.

—No es eso lo que la molesta —dijo una dama de cabello castaño, con absoluta calma y en voz baja, no mucho mayor que los más jóvenes asistentes—, ella sabe que puede lograr algo mejor que perfecto.

—¿Y qué es entonces? —inquirió la mujer pelirroja.

—Algo que pasó hace tiempo. Unos cinco años, si recuerdo bien.

—Pulan más la estatua central —se escuchó decir a Charlotte. La mujer castaña se dirigió a cumplir la orden con celeridad, y los otros cuatro ayudantes la siguieron. Querían conocer la historia.

—¿Qué pasó hace cinco años? —preguntó el más joven, apenas llegaron al enorme ciervo de plata, con largas astas de mármol, que se paraba orgulloso al centro del jardín.

—Pues… —la dama se tardó un poco en hablar, y lo hizo sumamente despacio—. A un Festín de la Abundancia, en que lady Charlotte estaba entre los invitados, entraron algunos salvajes del Reino del Lobo Blanco.

—¿Cómo pudieron…? —comenzó a preguntar la joven pelirroja.

—La plata ya brilla tanto como puede. Hagan lo mismo con el mármol. Rápido —pero la voz de la noble Bergeron la interrumpió.

—¿Cómo pudieron entrar? —siguió la dama que contaba la historia—. Pues, sortearon las defensas. Una de las pocas cosas que esos animales pueden hacer bien, supongo. Saltaron muros, golpearon guardias y derribaron puertas. Sus gritos llegaron al jardín antes que ellos —poco a poco, la voz de la mujer comenzaba a sonar enojada.

—¿Estuviste allí? —quiso saber el mayor de los ayudantes.

—Sí. Era una de las acompañantes de Charlotte. Estábamos ahí para atenderla en lo que necesitara, pero eso no importó. Los muchos guardaespaldas que había, con los más caros estoques, tampoco. Lamentamos mucho que los nobles y diplomáticos llevaran espadachines para lucirse entre sí, no realmente para defenderlos. Nadie pensó que esos brutos fueran capaces de infiltrarse.

—Los mensajeros han llegado —se dejó escuchar la noble, para luego seguir recorriendo los jardines en perfecto silencio.

Los cinco ayudantes se apresuraron hacia la puerta de plata. Al otro lado de los barrotes, doblados en la forma de incontables astas, había un majestuoso carruaje, perfectamente pintado de azul oscuro.

Los mensajeros descargaron un valioso cargamento del vehículo. Utensilios resplandecientes, barriles de madera perfectamente tallada, platos y vasos de cristal transparente como el agua más pura. Los asistentes ni siquiera querían imaginar lo que pasaría si una sola cosa llegaba a caerse.

—¿Y qué fue lo que pasó entonces? —preguntó por lo bajo el más joven.

—¿Cómo? —dijo la narradora, concentrada en llevar tantos objetos de cristal.

—¿Qué pasó con los salvajes? No puede haber sido que sólo su llegada hiciera que Charlotte…

—Apresúrense —escucharon decir a la noble, de forma aún más severa que antes.

—Eso —concluyó el más joven.

—Bueno… Los Lobos hicieron lo único que saben hacer realmente. Golpearon a guardaespaldas y nobles por igual. Ni siquiera desenvainaban sus armas, sólo lanzaban puñetazos. Gritaban y se reían, derribando a todos los que alcanzaban, pateaban a hombres ya en el suelo, y perseguían a las damas sólo para verlas tropezarse con sus vestidos…

—Locura se los lleve a todos —comentó el ayudante de bigote, sin preocuparse por ocultar su enojo—, si alguien hubiera estado ahí… El señor Clermont, o Damien Benoit, o Daphne Renard, si hubieran estado ahí, esos brutos no habrían sido capaces de hacer nada.

—Sin duda —siguió la mujer pelirroja—, espero que lord Johann vaya por esos animales, después de haber vencido a los Leones.

—¿Le hicieron algo a lady Charlotte? —preguntó el más joven, algo asustado de lo que podrían responderle.

—Pues… no exactamente los Lobos. Verán… después de que ya habían hecho correr o dejado inconscientes a casi todos en el festín, esos animales comenzaron a devorar y tragarse todo lo que pudieron. Creo que incluso hicieron una competencia de quién podía comer y beber más… Era difícil entender lo que decían, cuando ya apenas pueden hablar como hombres, en vez de eso es como si gruñeran, y más aún cuando sólo gritan borrachos.

—Ordenen rápido esas cosas —se escuchó la voz de la dama Bergeron, sonando cada vez menos paciente, pero sin perder en lo más mínimo su elegancia.

—Resaltó un berserk enorme en esa tonta competencia —continuó la mujer castaña, poniendo finalmente la última copa en su lugar—, uno que gritó su nombre algunas veces, mientras comía más salvajemente que un verdadero lobo. Se llamaba Valdis, Valdis Finn, recuerdo. La mitad de sus acompañantes ya estaban desmayados, varios sobre su propio vómito, esas asquerosas bestias… Pero alguien resistió más que ese berserk. El bruto, Locura se lo lleve, se derrumbó sobre la mesa, tirando vino y comida a su alrededor, vomitando más de lo que pensé que era posible. Otro animal lo superó.

—Dejen de perder tiempo, deben traer las otras estatuas —les recordó Charlotte desde el otro lado del jardín, y eso hicieron, sin separarse, los cinco ayudantes.

—Era el más pequeño entre los salvajes, y aunque sus rasgos lo delataban como un extranjero, era también uno de los más desprolijos, andrajosos y malolientes. Sosteniendo una copa en lo alto, como si fuera algo de lo que enorgullecerse, mientras el berserk seguía vomitando sobre la mesa, gritó “soy Adler Baldwin, he vencido a todos los Lobos y Ciervos esta noche, alaben a su nuevo emperador”. Lo único de lo que debería haberse enorgullecido fue que pudo hablar con algo de claridad, a pesar de lo inhumanamente ebrio que estaba.

—¿Adler Baldwin? ¿Ese León? —preguntó el más joven ayudante, con claro repudio en la voz.

—Sí, ese León —respondió la narradora.

—¿Qué hacía entre los salvajes? —quiso saber el mayor del grupo.

—Seguro encajaba mejor entre ellos, brutos y primitivos, que en su propio reino de soldados incivilizados —comentó el hombre de bigote, bastante molesto.

La dama pelirroja sólo hizo una mueca de asco al respecto.

—No sé por qué estaba con ellos, pero recuerdo que, con la copa alzada, mientras gritaba, se levantó de la mesa, se vació un jarrón de vino encima, seguramente el único jarrón lleno que quedaba, y preguntó dónde estaba la Ciervo más bella. Se tambaleó, mirando en todas direcciones, con la expresión de un animal borracho y pasmado, hasta que vio a Charlotte. La alcanzó, tropezándose con sus propias piernas y casi cayéndole encima, y forzó su podrida boca contra la de ella en algo que intentaba ser un beso… para luego vomitar sobre los finos zapatos de lady Charlotte, y derrumbarse de cara contra el suelo.

Los cinco ayudantes no hablaron por unos minutos, mientras terminaban de acarrear las estatuas a sus respectivos lugares.

—No puedo imaginar algo más desagradable —dijo de pronto la joven pelirroja, mirando sus elegantes sandalias.

—Lady Charlotte nunca volvió a usar sandalias —comentó agotada la narradora.

—Pulan un poco más las estatuas —escucharon decir a la noble Bergeron.

Así hicieron, con rapidez y presteza, y al fin estuvo terminado. Al amanecer del día siguiente, comenzó el Festín de la Abundancia.

Todo estaba mejor que perfecto. Las flores azules se mecían con el suave viento de invierno, los trajes de gala eran un espectáculo, cada uno más elegante que el anterior. Las joyas y los peinados de las damas creaban una escena digna de mil obras de arte, e igual hacían los atuendos y estoques, adornados de piedras preciosas, que llevaban los señores del Ciervo. Las estatuas resplandecían, con cuerpos de plata y mármol que reflejaban el sol, ojos de lapislázuli que brillaban en todos los ángulos imaginables, y astas y estoques pulidos como espejo. El banquete, con incontables platos y jarrones de los mejores vinos de Creación, no dejaba duda alguna de la grandeza del Reino del Ciervo.

—¿Qué pasó con los salvajes y el León? —quiso saber el mayor de los asistentes, reunido con los otros cuatro en una esquina, todos claramente más arreglados y mejor vestidos que la noche anterior.

—Yo ya no estaba ahí cuando los sacaron de los jardines —respondió la dama castaña, envuelta en sedas azules y mostrando un hermoso peinado—. Creo que los guardias esperaron a estar seguros de que los invasores estaban inconscientes, ya fuera durmiendo o desmayados, para echarlos de nuestras tierras. Escuché que los lanzaron a todos al río.

—Espero haya muerto la mayoría, al menos —espetó el hombre del bigote, apretando el mango de un ornamentado puñal de plata enfundado en su cintura.

—No lo creo —respondió la dama de cabello marrón, claramente decepcionada—, pero me gustaría saber dónde fueron a parar. Tal vez acabaron en lo profundo del Bosque de la Noche Eterna… Se lo merecen.

Antes de que pasaran un minuto en silencio, otro ayudante se les acercó.

—Siguen llegando invitados, no se queden ahí, traigan más platos y vasos —les dijo, para luego alejarse hacia otra tarea. Charlotte ya ni siquiera les dirigía la mirada, saludando a los presentes más importantes, siendo alabada por tan perfecta celebración, por su peinado y vestido aún más bellos que los que mostraba la pasada noche, y por su indudable finura y distinción.

—Vamos —dijo la mujer castaña—, mientras traemos las cosas, les contaré algo que pasó con los Lobos Blancos en un festín hace cuatro años.

por: Daniel L. Ruiz

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