Orígenes I

—Levanta la espada —al principio el tono era frío—… ¡¡Levántala!! —luego la voz de su primo estallaba.

Desde el principio era así, y aunque Vidgis había mejorado, Hakon seguía igual: Duro como las montañas, brutal como las tormentas, fiero como los Lobos Blancos. Durante el primer entrenamiento, la chica había cometido el error de mencionar lo pesada que era su espada. La voz de su primo podía espantar hombres, y hasta osos. No volvió a cometer ese error.

—Hrm —los gruñidos eran el único gesto de aprobación que le daba Hakon.

Cuando Vidgis llegó a entrenar con él, su primo le dio una espada enorme, más ancha que ella y casi igual de alta. Él usaba un hacha en cada mano, al menos. La sangre Finn y el tamaño de titán de Hakon habían resultado en una habilidad increíble con las armas.

—Más rápido —de nuevo el tono frío—, más fuerte —aunque cada vez menos—, así no… ¡¡Así!! —hasta que estalló, igual que la nieve bajo Vidgis cuando su primo la hizo caer.

Habían pasado meses. La joven Vidgis estaba segura de que había mejorado, estaba segura de que ahora era una verdadera Finn, pero también estaba segura de que Hakon jamás se lo diría. Su primo había nacido Finn, en una tradición de berserks y salvajes maestros de armas, pero también había nacido más grande de lo normal. Con el tiempo se volvió un gigante entre los hombres, de manera que dejó su hogar y se fue con los titanes, a aprender el arte de inspirar terror en los enemigos. Allí entrenó en las condiciones más duras de todo el nevado norte de Creación. Los titanes pasaban largos ratos bajo el agua helada, luchaban mano a mano con bestias temibles, y forjaban armas tan grandes que se necesitarían dos hombres para levantar una, o cuatro hombres si fueran de otros lugares, de otros Reinos. Eran el más claro ejemplo del poder de los guerreros del norte, grandes y fuertes como las bestias con que luchaban. Algunos incluso afilaban sus dientes, usaban sangre como pintura de guerra y se ataban pedazos de hueso en las largas cabelleras y barbas. Eran verdaderos monstruos.

Vidgis sabía lo que le esperaba cuando dejó su hogar, para ir a entrenar con su primo, tal como había hecho él al irse con los titanes. Podría haber permanecido con los demás miembros de la familia Finn, y entrenarse como maestra de armas o como berserk. Pero Hakon era ya famoso por sus proezas en la batalla, era un maestro con las hachas además de un titán, una combinación impresionante. Por eso fue con él.

Vivían en un paraje desolado, rodeado por las cordilleras, con apenas algo similar a un hogar: El interior de una cueva, al pie de una montaña blanca, enorme e imponente ante un cielo siempre gris. Los hombres del Reino del Lobo Blanco no se aventuraban con frecuencia a ese lugar, pues no había nada que sacar de allí. En ese suelo no crecía nada, no había bestias que vivieran allí, ni ríos o lagos cercanos.

—Aquí nadie molestará —sólo eso dijo Hakon sobre el lugar cuando llegó Vidgis. Él llevaba bastante tiempo viviendo allí, sin más compañía que sus muchas armas. La chica no entendía por qué, hasta que recordó lo que se contaba de Hakon en su antiguo hogar. “No es como nosotros, por eso se fue con los demás titanes” decían los Finn, los salvajes y los berserks. Seguro los titanes pensaban lo mismo, “-Nunca será como nosotros, es un Finn, nació de salvajes y berserks”. Su primo jamás lo admitiría, pero Vidgis estaba cada vez más segura de que esa era la razón de Hakon para vivir en ese lugar.

—…Viene una tormenta —dijo el enorme guerrero mientras su prima se levantaba del suelo—, no más por hoy.

Con esas palabras, entró a la caverna, aún llevando un hacha en cada mano y otras varias armas enfundadas. Vidgis se sacudió la nieve de encima y, arrastrando su enorme espada, fue tras Hakon.

El interior de la cueva no era muy diferente a los demás hogares del reino: Pieles de bestia en vez de camas, armas repartidas por todo el lugar, una que otra piedra de amolar, un par de barriles de cerveza e hidromiel, huesos apilados en un rincón, carne sujeta por estacas, y una fogata al centro, sobre la cual el techo mostraba una gran mancha negra.

—Duerme con ella —cada vez que terminaban los entrenamientos, cuando entraban a la caverna, Hakon le recordaba que se llevara la espada a la cama. Todos los Finn lo hacían, y a pesar de ser ya un titán, su primo mantenía la costumbre. Se decía que un guerrero debía tener lazos con su arma, conocerla bien, pues ambos son necesarios el uno para el otro. Las pieles en que dormía Hakon siempre estaban llenas de acero.

Al entrar habían encendido la fogata. Tal como dijo su primo, con la noche llegó la tormenta. Las nubes eran oscuras y no dejaban ver luna ni estrellas, y la nieve caía despiadada. Aún crujía la madera cuando Hakon levantó la vista y la fijó en el exterior de la cueva.

—Quédate aquí —le dijo de pronto a Vidgis, aún concentrado en lo que veía más allá del umbral de la caverna. Se enfundó dos hachas de batalla a la cintura y otra enorme, de doble filo, a la espalda, además de llevar su largo cuchillo, como siempre, y caminó hacia afuera…

—Lady Alissa —un arquero, que se había adelantado como explorador, se reunía jadeante con el resto de las fuerzas—, lady Alissa, he visto a Hakon Finn en el yermo, a no más de cincuenta metros, al otro lado de la colina.

— ¿Te ha visto? —no sería la primera vez que un explorador inepto se deja detectar por el enemigo.

—No… No creo… La nieve que cae dificulta ver… Además las nubes esconden la luna y las estrellas, está completamente oscuro.

—Y sabemos que estos salvajes no tienen tan buena vista como nuestros arqueros—respondió Alissa, después de sopesar por unos instantes la situación—. ¿Estaba solo?

—Sí, solo. Llevaba armas, pero no empuñaba ninguna.

—Bien. Arqueros, preparen flechas. Avanzaremos.

Alissa Bergeron comandaba una incursión, bajo su cargo tenía a veinte arqueros y diez espadachines. Si el gigante Finn estaba solo, por armado que fuera, lo haría caer. No sería difícil, tenía una gran superioridad numérica. Ya habían revisado el yermo, ningún otro bárbaro lobo estaba ahí. Comandaría una emboscada gloriosa y volvería con la cabeza de uno de los mayores problemas del Reino del Ciervo.

No le hizo falta planear mucho. Había mandado a los arqueros por delante, así se aseguraría de que Finn no estuviera en condiciones de pelear. Si tenía suerte, el bárbaro moriría tras unas cuantas andanadas. Pero Alissa no se fiaba. Era un titán con el que se enfrentaban. Una vez estuviera sangrando por cientos de heridas de flecha, tiñendo la nieve de rojo y cayendo de rodillas, avanzaría ella, a la cabeza de sus espadachines. Seguro el monstruo daría pelea, pero para eso se habían entrenado con el estoque. Si era necesario, ella misma pondría su acero en el cuello de Finn.

Se detuvieron. Tal como había dicho el explorador, ahí estaba el bruto, con sus casi dos metros y medio de altura y sus greñas oscuras, dos hachas en su cintura y una tercera, enorme, en su espalda.

—Tensen —dijo la comandante mientras una sonrisa asomaba en sus labios—, apunten —sus arqueros no tardaban en obedecer—, disparen.

La primera andanada no tardó en caer, mezclándose las flechas con la nieve.

— ¡Arg! —Vidgis escuchó el furioso gruñido desde el interior de la caverna. Clavó la vista más allá del umbral y vio a su primo siendo el blanco de incontables flechas.

—Otra vez —Alissa también escuchó el gruñido de dolor. Unas lluvias más y avanzarían los espadachines.

Hakon seguía de pie, con una saeta atravesada en la pierna derecha, otras dos en el hombro izquierdo, cinco en el pecho, cuatro en el estómago y una en el pie derecho, clavándolo al suelo. Levantó la cabeza, rugiendo de ira, para ver cómo una segunda lluvia se acercaba velozmente. Movió la cabeza justo en el momento en que un proyectil se dirigía a su ojo, pero en vez de acertar terminó atascándose en el cabello de Hakon, rasguñando apenas su cráneo. Tres flechas se clavaron en su antebrazo derecho, y otras cuatro en el izquierdo. Seis más fueron a dar a su estómago y cintura, cuatro le dieron de lleno en la pierna izquierda, dos le atravesaron la derecha, y varias pasaron de largo, dejándole amplios cortes. Aún así, llevó la mano derecha a su espalda, para desenvainar su hacha más grande.

“Qué oportunidad” pensó emocionado el arquero explorador. Acababa de tensar su arco cuando Finn levantó su mano derecha. Sin pensarlo una segunda vez, soltó la flecha.

Vidgis escuchó a su primo rugir más fuerte que nunca antes. Hasta entonces pensaba que eso era imposible. “Quédate aquí”, le había dicho… Pero aún así se asomó de la caverna, con su espada enfundada. Hakon maldecía mientras miraba una flecha atravesada en su mano… Y una nueva andanada caía sobre él.

—Suficiente —dijo Alissa, sonriente al ver a Finn cayendo sobre una rodilla, con la nieve cada vez más roja bajo de sí—. Espadachines, síganme. Es hora de acabar con esto.

Vidgis tenía la mano en la empuñadura de su espada, pero no lograba llevarse a desenfundarla. A pesar de lo que se decía de Hakon, todos sabían que era un guerrero imparable, sin igual en el manejo de armas. Pero allí estaba, sobre una rodilla, sangrando por varias heridas de flecha.

Los espadachines se acercaban, blandiendo sus largos y delgados estoques.

Entonces la joven Vidgis Finn desenfundó su espada.

— ¡¿Qué?! —fue lo único que llegó a decir Alissa al ver cómo alguien, blandiendo una enorme hoja curva, saltaba entre ella y Finn. Esquivó el primer tajo de su atacante, pero este era más hábil de lo que los Ciervos esperaban y enseguida desvió su arma, decapitando con un solo golpe a uno de los espadachines. Otros tres se le acercaron, y Alissa retrocedió… Y la vio: era una mujer quien blandía esa enorme espada, una mujer joven, no parecía mayor de veinte años.

— ¿Una niña? —dijo casi para sí Alissa, mientras la niña atravesaba de lado a lado a otro de sus espadachines— ¡Arqueros! —la niña acababa de cortarle la pierna a un tercer soldado. “¿Cómo pueden ser tan inútiles?”— ¡Arqueros! —la niña ya había matado a la mitad de los espadachines, pero por alguna razón los arqueros no hacían nada.

“Al menos me llevaré la cabeza de Finn, que los arqueros se ocupen de esa niña, si deciden disparar” pensó la comandante mientras se acercaba al bárbaro arrodillado… que acababa de levantarse. Tenía en la mano izquierda dos flechas: la que le había clavado un pie al suelo y la que le había atravesado la otra mano. Miró hacia abajo a Alissa, ella lo miró hacia arriba. Con un rugido, el titán partió ambas flechas y desenvainó su enorme hacha. La hoja cubierta de runas brilló plateada bajo la nieve que no dejaba de caer.

—¡¡AAAARGH!! —el grito de guerra hizo temblar a los soldados del Ciervo que seguían luchando, y Hakon se unió a su prima en la batalla. Sujetó a uno de los espadachines por la cabeza y lo lanzó varios metros en el aire, mientras Vidgis rajaba a otro desde el hombro hasta la cintura. Los que quedaban, aterrados, intentaron escapar, pero sólo uno lo consiguió. Saltó entre los arqueros, y tras él iban los dos Finn. Algunos lograron soltar sus flechas, desesperados, pero los salvajes no las recibieron. La mitad de los arqueros corrieron en diferentes direcciones, horrorizados, mientras los otros soltaban los arcos y las flechas para desenvainar espadas y cuchillos. Sólo uno llegó a tomar su acero, y su estoque se partió ante la fuerza del hacha del norte.

Contaron los cadáveres de diez arqueros y nueve espadachines. De Alissa sólo quedaban huellas en la nieve.

—Recoge las armas, las armaduras y lo que quieras quedarte —Vidgis no había escuchado antes el tono con que ahora hablaba su primo—. Esta noche conocerás a los titanes.

Y así fue. Cargaron todas las armas y armaduras de los muertos en dos sacos, y Hakon recogió las cabezas de todos los que habían caído por la espada de Vidgis y las echó en otro. Fueron trece. Caminaron durante unas pocas horas por la nieve, mientras la tormenta comenzaba a calmarse, hasta que llegaron a una gran aldea. La rodeaba una empalizada, y en cada una de las estacas había un cráneo. Bastantes eran de diferentes bestias, y otros muchos eran de personas. Cuando Hakon apareció en el arco de madera que hacía las veces de umbral, un vigía enorme hizo sonar un cuerno de caza. Varios guerreros comenzaron a salir de las cabañas y carpas. La mayor parte eran titanes, del tamaño de Hakon, algunos con aspecto aún más fiero, pero también había hombres normales del Reino. Aunque eran más grandes que cualquier otro hombre, parecían casi pequeños al lado de los gigantes. Uno de ellos encendió la fogata del centro de la aldea, rodeada por troncos cortados a manera de asientos. Otro llamó al curandero para que tratara las heridas de los visitantes.

Una vez sentados alrededor del fuego, Hakon, ya bastante recuperado, vació el acero de los sacos. Los demás miraron taciturnos, hasta que el guerrero vació también el saco con las trece cabezas.

— ¿Cuál es la historia? —le preguntó un enorme guerrero de rostro adusto, con cabello castaño rojizo y barba corta, que llevaba una gran piel sobre los hombros y una enorme hacha de doble filo.

—Acabábamos de terminar el entrenamiento del día cuando llegó un grupo de ciervos al yermo. Salí solo. Primero me llovieron flechas, y uno de esos cobardes me ensartó la mano. Luego se acercaron con esas espadas que parecen agujas. Entonces Vidgis me salvó. Blandió la espada como una verdadera Finn, y los contuvo hasta que volví a ponerme de pie. Matamos diecinueve, y estas trece cabezas son los muertos de Vidgis, mi prima y mi orgullo.

Días después, Alissa Bergeron daba explicaciones ante la Corte del Reino del Ciervo por la muerte de sus escoltas, junto a los once soldados supervivientes.

—Estábamos acampados en un yermo, mis exploradores habían reportado que no había enemigos cerca. Hakon Finn apareció entonces, de la nada, blandiendo un hacha nórdica en cada mano, acompañado por otros cuatro titanes y cincuenta berserks que montaban lobos blancos. Lo herimos de gravedad, y matamos a varios de los suyos, pero habían acabado con más de un tercio de mis soldados, y otros tantos corrían espantados. Sólo me quedaba escapar —por unos instantes reinó el silencio.

—Bueno, lady Alissa —el alto juez se puso de pie tras el estrado—, Esta afrenta por parte de esas bestias incivilizadas no puede ser pasada por alto. Esto es más que guerra.-

por: Daniel L. Ruiz

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