Orígenes II

Los colores estallaban en el cielo ese día. La mayoría de las veces no eran más que nubes, coloridas como un arcoíris, pero nubes solamente. Ese día los colores estallaban.

“A veces los mirábamos desde el otro lado de la frontera” recordó Myria Ellyllon, no sin cierta nostalgia. Desde el camino que recorría con su maestra se veían mucho mejor.

Estaban dejando atrás uno de los castillos del Reino de la Lechuza. La mayor parte de las fortalezas donde las hechiceras almacenaban el conocimiento estaban construidas lejos de las fronteras, para mantener protegido cada dato que descubrían. El que abandonaban ahora no era diferente, excepto por su cercanía a los límites con el Reino del Sol, algo tan peligroso como conveniente.

“El castillo del difunto emperador no está tan lejos” pensaba la joven aprendiz, “jugábamos en las tierras cercanas”. No podía dejar de recordar esos tiempos pasados, cuando escapaba de la fortaleza de la Lechuza para encontrarse con su mejor amiga de aquel entonces, una pequeña de cabello rubio llamada Lynda Hallselt.

—Ya falta poco —la voz de su maestra la despertó de sus memorias. Seelie Gwyllion la guiaba tanto en el camino hacia las montañas como en el manejo de ambas artes místicas, de la Luna y del Sol. Era una Hermana de la Luna, y se disponía a entrenar a Myria para que fuera también parte del selecto grupo.

La historia de las Hermanas comenzaba con las primeras hechiceras, cuando estas prohibieron uno de los conocimientos místicos que sobrepasaba los que les había entregado la Diosa Luna. Era una hechicería poderosa, única en Creación, y como tal debía ser guardada. Pero toda Lechuza tiene una insaciable hambre de sabiduría, de manera que las Hermanas de la Luna mantuvieron ese conocimiento ancestral, lo cuidaron como su mayor tesoro, y lograron preservarlo por generaciones.

—Este lugar servirá —dijo de pronto Seelie. Tenía la misión de convertir a Myria en una hechicera tan poderosa como sus antepasadas, pues la familia Ellyllon se remontaba hasta las primeras usuarias de hechicería. Era una tradición que no estaban dispuestas a ignorar.

El tiempo pasaba, y poco a poco Myria se acercaba en poder a su maestra, entrenándose en ambas artes místicas. Los días en que practicaba los hechizos de la Luna eran tranquilos, fáciles, llenos de movimientos circulares, suaves y elegantes. Esos días Seelie respondía al entrenamiento con sonrisas y orgullo. Luego venía la práctica de los hechizos del Sol, que necesitaban movimientos rápidos y duros, cargados de energía y fuego. Esos días Seelie respondía con gestos de desaprobación, exigiéndole a Myria que volviera a hacerlo todo, una vez, y otra, y otra, y otra.

—Como el fuego —le recordaba su maestra—, el arte del sol es como el fuego, como la luz, como el mismísimo astro y sus rayos.

“Él era como el sol” recordó Myria en medio de un difícil movimiento, fallando completamente el hechizo que intentaba lanzar. ¿Por qué había llegado ese recuerdo tan repentino? “Él siempre estaba ahí, aunque no lo viéramos”. Su memoria se revolvía sobre lo mismo. “Su luz llegaba a todas partes, él era como el sol” fue lo último que pudo pensar antes de que Seelie la hiciera volver al presente.

—Que sea todo por este día, Myria —dijo. Había decepción en su voz.

Volvieron a su campamento mientras caía la noche, horas de meditación para las Lechuzas, horas cuando los animales que adornan sus estandartes salen a cazar.

Para Myria fueron horas de sueños intranquilos, cargados con el aroma del pasado. Una niña con cabello dorado, como los rayos del sol, que se convertiría en sacerdotisa, y una niña con cabello gris profundo, como la luna y las estrellas, que se convertiría en hechicera. Y una sombra resplandeciente. Dos pequeñas que jugaban a traer gloria a sus reinos, mientras el Justo Emperador del Sol aún vivía y la paz era una realidad. Y alguien más, que parecía jugar a ser el fuego y la luz. Y eso era.

Despertó con sus pensamientos empapados de luz y calor, como si sus recuerdos fueran llamas dentro de su cabeza.

Pasaron varios días en que Seelie solamente la hizo practicar hechizos de la Luna. Repetían juntas los calmos movimientos, con precisa lentitud, trazando círculos perfectos que recordaban a la luna brillando en el cielo nocturno.

—Tal vez repetir lo que ya sabes te ayude a dominar lo nuevo —le explicó su maestra en medio de su danza. Giraban una en torno a la otra, dibujando siluetas lunares con sus brazos, lanzando un hechizo tras otro, con la fluidez del vuelo de una lechuza.

Algunas noches después, mientras Myria caía en el sueño, los colores estallaron de nuevo en las alturas, por sobre las montañas y los castillos. La joven aprendiz se levantó, y permaneció la noche viendo el espectáculo. La hechicería en ese lugar era tanta que el cielo cambiaba de colores, con nubes como arcoíris y explosiones como manchas de pintura en un lienzo infinito. “A veces los mirábamos desde el otro lado de la frontera” dijo para sí.

No supo cuándo llegó el sueño, pero llegó. Estaba de pronto en el castillo, saliendo por una poterna, cruzando los jardines, trepando un muro, y atravesando ese muro por un estrecho agujero. Corría por un campo cultivado, hasta que se acababan los brotes bajo sus pies, y seguía corriendo. De pronto lo veía, no tan lejos: El gran castillo del Emperador del Sol. Su gobierno era espectacular, lo que se reflejaba en toda la ciudad, una ciudad de grandeza. Ahí se encontraba con Lynda. Esa vez se contaban las historias que conocían: Romances y tragedias entre los hombres y mujeres del Ciervo, fábulas aterradoras de los guerreros del Lobo Blanco, crónicas increíbles sobre las victorias de los soldados del León, cuentos llenos de misterio y misticismo sobre el Reino de la Lechuza, y brillantes historias de la gloria y la luz del Reino del Sol. Cuando Lynda terminaba de narrar una de estas últimas, el sol ya se ocultaba, pero la luz aumentaba, y Myria veía surgir de la nada una figura… Un hombre, envuelto en llamas que lo ocultaban por completo. Era una sombra que refulgía, cada vez más brillante, y más, y más, y más…

Despertó con los ojos adoloridos y débiles, como si se hubiera quedado mirando directamente al sol. Frente a ella estaba su maestra, sentada en la tierra, con las piernas cruzadas, mirándola fijo. Entonces Myria notó que se había dormido en el suelo, fuera de la tienda.

—Ya es hora de empezar —le dijo Seelie, poniéndose de pie.

—Soñé con sombras brillantes —respondió la joven aprendiz, sin saber bien por qué, levantándose del suelo y frotándose el rostro. Su maestra la miró extrañada, como si lo que acababa de decirle fuera sumamente importante, o hasta peligroso, pero enseguida volvió a la normalidad.

—Hoy vamos con los hechizos del Sol —dijo cuándo Myria se posicionó frente a ella, lista para comenzar el entrenamiento.

La joven de cabello plateado no podía dejar de pensar en aquella sombra brillante, esa sombra de luz. ¿Quién era ese hombre ensombrecido por las llamas?

Quien haya sido, pensar en él la ayudó a lanzar hechizos del Sol. Tanta era la energía luminosa de ese hombre, fuera quien fuera, que Myria pudo realizar, mejor que antes, los fuertes y veloces movimientos de ese brillante arte místico.

Por primera vez durante un entrenamiento del Sol, Seelie no la estaba corrigiendo y regañando a cada segundo. Las horas pasaron con la misma rapidez que los movimientos de ambas hechiceras, enzarzadas en una danza violenta, como dos llamas debatiéndose la luz que emanaban. Casi cansada y casi orgullosa, Seelie dio por terminado el día de práctica.

—Mañana continuaremos esto, a ver si eres capaz de seguir mejorando

El sueño alcanzó a Myria con facilidad, estaba cansada por el entrenamiento, feliz por su mejoría y curiosa por ese hombre de sombras refulgentes.

Nuevamente estaba al otro lado de la frontera, en la bella ciudad erigida alrededor del castillo del emperador. Con ella estaba su mejor amiga, de cabello que brillaba como oro bajo el sol. Hablaban por largo rato; jugaban con sus futuros, siendo Lynda una sacerdotisa y Myria una hechicera, ambas dando gloria a sus reinos; prometían que eran las mejores amigas, y que eso jamás acabaría, y reían juntas, mirando a lo lejos cómo los colores estallaban en el cielo… Hasta que ese mismo cielo se oscureció, y tras ellas algo brillaba. Myria volteó, de nuevo estaba ahí ese hombre ensombrecido por fuego. Y esta vez estaba más cerca que nunca, y la futura hechicera pudo distinguir la forma de su rostro. Dos ojos de luz aparecieron ahí de pronto, y también apareció una marca en su frente: Era el símbolo del Reino del Sol, y parecía hecho de metal al rojo, excepto que su brillo era dorado.

—Callan —dijo de pronto Lynda, y la luz que emanaba del hombre no dejaba de brillar, cada vez más intensamente.

Myria despertó asustada. Desde que murió el emperador y comenzó la guerra, Callan Hallselt había sido un adversario temible para todos los que lo habían enfrentado, incluidas las huestes de la Lechuza. “Es el hermano de Lynda” pensó, “es el hermano de Lynda, y es un enemigo… Un enemigo espantoso”. Su maestra le había hablado en más de unas pocas ocasiones sobre lo temible que era Callan Hallselt.

—Él vive en el fuego —le dijo en un momento. Eran las palabras sobre el sacerdote que más claramente recordaba Myria.

Salió de la tienda y ahí vio a Seelie, con el cabello blanco ondeando al viento. Una lechuza violeta, brillante y etérea salía despedida de su brazo derecho.

—Noticias de la guerra —dijo, con la vista fija en la dirección que tomó la lechuza—, sé que aún no te sientes preparada, pero el tiempo se nos agota, la profecía de las videntes comienza a cumplirse, los sacerdotes del Sol marchan cercanos a nuestras fronteras. Callan Hallselt ya no es el único problema, se ha unido a él su hermana, Lynda. También es sacerdotisa, y promete mucho. Ya le han asignado su escolta y comienza a actuar, sin duda buscando alcanzar el brillo de su hermano. Es momento de que me llenes de orgullo y comiences el camino hacia tu destino como una Hermana de la Luna. Esos engreídos del Sol serán tu primer paso.

En algún momento Seelie dejó el lugar, Myria no supo cuándo, ni cómo, ni a dónde fue. La oscuridad cayó sobre ella, y siguió ahí, sola. “Lynda… Nuestra promesa… Mi destino…” dijo, pensativa.

por: Daniel L. Ruiz

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