Orígenes III

—Ya es de noche, Érika —le dijo Burke Erbey, un paladín recién iniciado y casi un niño, a su pequeña hermana, mientras miraba el cielo desde la ventana—, debes dormir.

—Aún es temprano —respondió la niña, con una educación sobresaliente para su edad, sentada elegantemente en su cama.

—Es el tiempo del año en que los días duran menos, y las noches más —dijo el joven, cerrando las cortinas del cuarto de su hermanita.

— ¿El sol se oculta más temprano?

—El sol nunca se oculta —respondió Burke con una sonrisa—. A veces no lo vemos, pero siempre está ahí, brillando alto —la pequeña lo miró con curiosidad, y él supo que no se dormiría. No por sí sola—. ¿Te han contado la historia de los dos hermanos que combatieron la Locura en las montañas del sur?

—No —los ojos de Érika se iluminaron.

—Sucedió hace mucho tiempo, cuando sólo existía nuestro Reino, el más glorioso que ha visto Creación. Locura aún era una amenaza, se extendía por las tierras del Sol y más allá, donde hoy existen los otros Reinos. Los Infectados por Locura se transformaban, eran más fuertes, resistentes, rápidos, peligrosos. En algunos, la Locura era más poderosa que en otros, y en los peores casos, los ojos del Infectado por Locura brillaban rojos como la sangre. Algunos casi eran monstruos, y otros lo eran del todo —“Es una niña valiente” pensó Burke al tomarse una pausa en la narración, viendo que su hermanita apenas se inmutaba, “Otros a su edad estarían escondidos bajo las sábanas”—. Los paladines y sacerdotes del Reino del Sol no iban a dejar que los Infectados por Locura siguieran fortaleciéndose, debían eliminar la amenaza lo antes posible, o el caos se apoderaría del Reino. La misión fue de dos hermanos, un joven paladín el menor, y un gran sacerdote el mayor. Viajaron a las montañas del sur, tierras que hoy pertenecen a las Lechuzas, preparados para las feroces batallas que deberían librar. Feroces y muchas. Los Infectados por Locura eran más de los que habían esperado, pero eso no los desanimó. Como el Justo Sol, no dejaron de brillar. Por tres días, no dejaron de luchar. La oscuridad de la noche era más oscura que nunca al pelear contra los Infectados, pero la espada del paladín podía cortar las mismas sombras, como un rayo de luz solar convertido en acero. Muchos de los Infectados por Locura tenían ojos rojos, y eran como un segundo ejército de estrellas durante la noche, mezclándose las rojas y las blancas. Los gritos de guerra en nombre del Reino y del Justo Dios Sol apenas se escuchaban entre los rugidos bestiales y las palabras sin sentido de los Infectados, que se lanzaban al combate como animales enfurecidos. Tenían una fuerza increíble, se movían rápido, y resistían muchísimas heridas antes de caer, pero los hechizos de fuego y luz del sacerdote eran poderosos y, trabajando juntos, los dos hermanos lograban destruir a sus enemigos. Como pasa en toda gran batalla, al final estaban en pie sólo los mejores. Cuando terminaba el tercer día, bajo un cielo oscuro, quedaban los últimos Infectados por Locura. Con su fuerza inhumana, peleaban con trozos de madera tan pesados como un caballo y tan duros como la roca. La sombra los cubría tanto que el paladín y su hermano sacerdote apenas podían ver, mientras sus enemigos de ojos rojos se acercaban, blandiendo sus temibles maderos como si fueran mazas… —de pronto la niña Érika lo interrumpió.

—Pero hermano, dijiste que la espada del joven paladín podía cortar las mismas sombras.

—Pones mucha atención —le respondió Burke, sonriendo—, y eso fue lo que pasó. Cuando los fuertes y veloces pasos del enemigo se escuchaban casi encima de ellos, el sacerdote comenzó a preparar uno de sus hechizos más poderosos, y el joven paladín lanzó un terrible corte a las sombras, revelando a sus enemigos con ojos como esferas de sangre—el muchacho se puso de pie—. Pudiéndolos ver, el sacerdote los envolvió en una enorme bola de fuego. Muchos fueron fulminados, y antes de que los últimos sobrevivientes pudieran contraatacar, el paladín se lanzó contra ellos —Burke llevó su mano derecha a su cadera y desenvainó una hoja imaginaria—, blandiendo su brillante espada y acabándolos con gran habilidad, luchando como sólo un paladín del Sol es capaz —terminó, mientras repetía algunos de los movimientos de esgrima que le habían enseñado, emocionado.

Érika rió feliz ante el espectáculo, aunque ya estaba cansada después de seguir atentamente la historia de su hermano. “Dio resultado” pensó el paladín recién iniciado al ver a su hermanita dormirse al fin.

Al día siguiente, Érika sonrió con la elegancia de una gran dama cuando su hermano entró a su habitación, mientras afuera la luz era cada vez menos.

—Ya es hora de que duermas —le dijo, cerrando las cortinas del cuarto.

—Aún no es de noche —respondió la niña, con la misma educación que la noche pasada.

—El cielo ya se oscureció —Burke notó enseguida lo que quería su hermana—, aunque no tanto como durante la campaña de una paladina en las tierras congeladas del norte. ¿No te han contado esa historia?

—No —dijo Érika, tan emocionada como antes.

—Pues pasaba que, a pesar de la campaña de los hermanos en las montañas del sur, los Infectados por Locura aún eran muchos. Algunos comenzaron a escapar, y a reunirse. Iban cada vez más al norte, y Locura se expandía por donde pasaban. Una paladina lideró un gran contingente de guerreros en la búsqueda, y se adentró con valentía en las tierras más frías de Creación. El viaje fue terrible, y aunque los enemigos fugitivos dejaban notorios rastros, a la paladina y sus guerreros les tomaba gran trabajo hallarlos en medio de tanta nieve, hielo y viento. El mundo que los rodeaba era blanco, oscuro y frío… Pero el Justo Sol nunca se oculta. La paladina, como todo paladín del Sol, era una insuperable comandante, tan buena al luchar con la espada como al levantar la moral de sus hombres. Marcharon por semanas bajo mantos fríos como la muerte, hasta que dieron con los Infectados por Locura. Al principio encontraban pocos, y no era difícil vencerlos… Había algo extraño… Cuando siguieron avanzando, entendieron que hasta ahora sólo habían encontrado a los rezagados, los débiles y los cansados. En pocos días dieron con la verdadera amenaza: Gigantes.

— ¿Gigantes? —Érika se impresionó, pero mantuvo su compostura como una verdadera dama.

—Sí, gigantes, antepasados de los titanes del Reino del Lobo Blanco de hoy en día. Y también salvajes, además de hombres de otras regiones. Todos Tocados por Locura. La batalla duró un día completo. Los guerreros del Sol eran fuertes, pero los salvajes eran seres brutales, y la Locura los había vuelto bestias primitivas. Aún hoy en día los titanes y salvajes del norte son grandes y fuertes, es lo único que se puede respetar de ellos, pues también son barbáricos y animalescos. En ese entonces eran todavía más grandes, fuertes y bestiales. El tamaño de los salvajes era impresionante, y peleaban con enormes armas de madera y piedra, mientras los gigantes, todavía mayores en tamaño, peleaban con árboles enteros, arrancados de la tierra, y lanzaban rocas del tamaño de vacas por sobre sus cabezas. La armadura de la paladina y sus guerreros tuvo que resistir mucho, y sus espadas debieron chocar con incontables mazas y hachas. Cuando el sol estaba por salir entre las frías nubes, sólo quedaban algunos gigantes, y entre ellos estaba el más grande de todos. Un hombre bestial de cinco metros de alto y de ancho, más musculoso que un toro y más peludo que un oso, armado con una maza tan grande como él, hecha con una gigantesca roca atada a un árbol enorme —los ojos de Érika se abrían cada vez más en impresión, y había subido con suavidad sus sábanas para cubrirse un poco más, “Sin duda es una niña valiente” pensó Burke antes de continuar—. Cuando los demás gigantes cayeron, con un golpe de su maza el monstruo de ojos rojos hizo temblar la tierra entera…

— ¿También tenía los ojos rojos?

—Oh sí, más rojos que cualquier otro, como grandes esferas de sangre brillando en la cara del titán. Los guerreros le lanzaban tajos y estocadas, haciéndolo sangrar por mil heridas mientras esquivaban sus brutales golpes, pero el gigante no dejaba de pelear. Vencerlo parecía imposible. Después de unas horas de lucha, cuando el sol ya había salido y brillaba a través de las nubes, el monstruo comenzó a lanzar espumarajos, sus palabras dejaron de tener sentido y sus ojos brillaron más que nunca. La paladina conocía bien la Locura, y desde el principio había esperado que ese momento llegara. Los guerreros del Sol esquivaron un último golpe que sacudió el suelo con la fuerza de un terremoto, y finalmente el titán cayó, con sus ojos al fin apagados.

—Fue la Locura lo que acabó con él —entendió con rapidez la pequeña.

—Sí. Locura es un arma de doble filo, y el lado más afilado es el que mira al portador. La paladina lo sabía, pues el Sol siempre sabe. Conocía bien al enemigo, como aún hacemos. Por eso el Reino del Sol siempre triunfa, está preparado para lo que sea, siempre listo, siempre brillante en lo alto.

El día siguiente, la noche llegó más temprano que nunca. El cielo se oscurecía con rapidez cuando Burke entró al cuarto de Érika. Ella sonrió con educación al ver a su hermano.

— ¿Ya es hora de dormir? —preguntó.

—Sí, ya es de noche —respondió el joven.

—Aún es de día —lo contradijo ella con elegancia.

— ¿Has escuchado sobre los Bosques del Este? Allí no se distingue el día de la noche —comenzó Burke, y Érika se sumió en la historia de inmediato—. Son lugares misteriosos y oscuros, habitados por quién sabe qué criaturas extrañas. Seguramente ahí se esconden cosas peores que los gigantes y salvajes del norte, y hay más secretos de los que guardan los castillos biblioteca de las Lechuzas. Los viajeros más audaces no se atreven a entrar, pues quienes lo han hecho nunca han salido. Los ancianos dicen que quienes se pierden ahí no vuelven a ver la luz del día, sea porque el mismo bosque los devora… O porque los árboles esconden cosas que lo hacen. Algunas leyendas hablan de arañas gigantes, pájaros con manos de hombre, fieras hechas de roca… Las peores hablan de criaturas espantosas, con aliento capaz de derretir las hachas de los Lobos Blancos, y dientes más afilados que la Espada del Amanecer. Y fue allí que escapó la Última Presencia de los Infectados por Locura. Después de campañas en que el Sol brilló imparable por sobre sus enemigos, con héroes como los dos hermanos en las montañas del sur y la paladina en el norte congelado, los Infectados eran menos que nunca… Pero también más fuertes que nunca. Todos tenían ojos rojos sanguíneos, tanto que quienes los habían visto avanzar hacia el este, destruyendo todo a su paso, decían que era como ver un río de lava. El Reino del Sol respondió con rapidez, enviando un gran contingente de sacerdotes hacia los bosques, con un prodigioso joven al mando. Era alto e imponente, ataviado con una capa dorada como el sol y una armadura de malla de gran artesanía. La cofia que cubría su cabeza resplandecía entre sus hombres, el símbolo del Reino brillaba en su pecho, y el mandoble que portaba era una inspiración para todos los que lo veían, una inspiración de afilado acero. Guió orgulloso a sus tropas hasta el este, dando esperanzas a todos a su alrededor, especialmente a quienes lo habían perdido todo a causa de los Tocados por Locura. Después de algunos días de marcha, él y sus sacerdotes se encontraron frente a los oscuros bosques… Y, entre los altos troncos oscuros y las densas copas de los árboles, vieron encenderse los ojos de sangre —Burke se puso de pie, tomándose una pausa y fijándose en cómo los ojos de Érika se abrían en impresión—. El líder sacerdote desenvainó su mandoble y, con un gesto de su mano, todas sus tropas prepararon hechizos… Pero se quedaron quietos y en silencio… Las estrellas rojas en los árboles eran cada vez más, y más, y más… Por unos instantes reinó la calma… Hasta que los Infectados por Locura saltaron desde la oscuridad a una velocidad inhumana. No eran bestias rabiosas como los que habían combatido los hermanos en las montañas del sur, ni eran salvajes primitivos como los que combatió la paladina en el norte. No, estos eran verdaderos guerreros. Peleaban con fuerza monstruosa, resistían tantas heridas como un gigante y eran más veloces que cualquier humano normal… Y también sabían luchar, usaban sus armas como hombres y no como animales. Sus gritos de guerra sonaban con la fuerza de truenos, dejando oír apenas los conjuros de los sacerdotes y sus propios gritos. En esos bosques no se distingue el día de la noche, y en ese momento, aunque estaban en los límites del mundo conocido y el misterio que esconden esos árboles, la oscuridad era mayor que nunca. Parecía que el Sol, realmente, se había ocultado…

—El sol nunca se oculta —lo interrumpió Érika, con la elegancia de toda una dama, pero también con la fuerza de un líder en su voz. Burke sonrió, orgulloso. “A su edad ya es una verdadera dama del Sol” pensó.

—Exacto. Y como el Sol, los sacerdotes no se ocultaron. No dejaron de brillar… Su líder, sin dejar de soltar mandobles como el mejor de los guerreros, conjuró una lluvia de flechas llameantes que eliminó la oscuridad y a la mitad de los enemigos. Los sacerdotes habían ganado una gran ventaja, pero también habían aumentado la furia de los Infectados. Las palabras pronto se volvían incoherencias, hasta no ser más que gruñidos horrendos. El brillo rojo aumentaba sin parar, casi alcanzando el del Sol. La batalla era encarnizada. A pesar de que los sacerdotes habían obtenido la ventaja numérica, los Tocados por Locura eran demasiado poderosos, siendo formidables enemigos aún cuando muchos de ellos caían con espasmos y espumarajos, destruidos por su propia Locura. Entonces, el líder de los sacerdotes dio un último tajo y comenzó a pronunciar el conjuro. Levantó sus manos hacia el cielo de color incierto, y las nubes llegaron. Sus ojos brillaron como el fuego, una luz anaranjada cubrió sus dedos, hasta sus codos… Y la Tormenta comenzó. Los últimos Infectados por Locura fueron fulminados bajo una lluvia castigadora, una lluvia hecha solamente del poder del Justo Sol. La Última Presencia de Infectados por Locura había sido exterminada, el Sol había vencido.

La expresión de Érika al dormir sin duda mostraba orgullo. Igual la de Burke cuando dejó la habitación.

A la noche siguiente, cuando el joven fue al cuarto de su hermana a decirle que era hora de dormir, ella lo recibió con una pregunta.

—Hermano, ¿Vive todavía alguno de los héroes que combatieron la Locura?

—Pues sí, de hecho sí. Uno de ellos, el joven sacerdote que luchó en los límites de los Bosques del Este… Sólo que ahora ya no es tan joven, hasta tiene una gran barba blanca… Pero aún porta el mismo mandoble, y viste de igual manera, y se para igual de alto que cuando sucedió la historia. Se llama Bergen.

— ¿Es el que llaman El Sabio?

—Él mismo.

—Oh —Burke comenzó a reírse al ver lo impactada que estaba Érika, pero ella no tardó en soltar una nueva pregunta—… Hermano…

— ¿Sí?

—Cuéntame una historia.-

por: Daniel L. Ruiz

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