Orígenes IV

La biblioteca parecía no encajar con el resto de la fortaleza. En todos los demás lugares se veían armaduras, lanzas, imágenes de batallas y banderas con el blasón gules del Reino del León. En la habitación donde ahora entraban Bruno Bendig e Imre Baldwin, se veían libros y pergaminos, mapas, polvo y telarañas.

—Busquen crónicas de los enfrentamientos con el Ciervo, todas las que encuentren, tanto si el León formó parte como si no —habían sido las palabras de su maestra—, saben bien que observar las batallas de otros puede ayudar tanto como estudiar las propias.

Lo sabían bien. Revisaban atentamente cada libro y cada pergamino. Casi todos estaban cubiertos de polvo, algunos también con telarañas, y unos cuantos eran tan antiguos que la tinta era apenas legible y el papel se quebraba con facilidad. Había muchos registros acerca del Reino del Ciervo: de las formaciones de arqueros y las técnicas con estoque; de la facilidad de palabra tanto en la corte como en la batalla; de las técnicas de desarme que usaban, los hechizos que conocían y las características de los arcos que llevaban.

—Aquí hay un pergamino sobre estrategias para contrarrestar a los arqueros con caballería —le decía Bruno a Imre, trepado en un alto estante—. Y uno sobre técnicas de lanza contra estoque… Y otra cosa… Eh, ¿y esto qué es?

Tenía en la mano un grueso cilindro metálico, pintado y esmaltado en un choque de colores, rojo a un lado y morado al otro, y llevaba algo grabado en cada extremo: Un círculo formado por un león y una lechuza, trabados en combate. Lo abrió y sacó un rollo de pergamino, con asideros de madera pulida y barnizada.

—Deben haberse mezclado algunos registros —dijo Imre, mientras el muchacho le tendía el rollo de papel y bajaba del estante de un salto.

—Veámoslo —dijo entusiasmado Bruno. Imre asintió, igual de entusiasmada. Ni siquiera sabían por qué. La curiosidad era mucha, tal vez porque era el primer rollo de pergamino tan decorado que encontraban en la polvorienta biblioteca del castillo, porque con tanto ornamento que tenía seguramente hablaba sobre algo interesante… O quizás por el misterio que envuelve siempre al Reino de la Lechuza.

El joven estiró el rollo de papel. Al principio les costó un poco entender la adornada escritura, pero lograron leer. Y desde ahí no se detuvieron.

—…Habla de un incidente de hace quince años —señaló Imre, leyendo con más velocidad que Bruno—, algo que produjo tensión entre nuestro Reino y el de la Lechuza, hasta que comenzaron las batallas… Oh, mira lo que pone aquí: “Las grandes y poderosas huestes del León estaban lideradas por la experimentada guerrera Dagna Baldwin”.

— ¿Dagna Baldwin? —el muchacho leyó incrédulo el pasaje.

—Eso dice, Dagna Baldwin —ambos jóvenes quedaron impresionados con tal mención de su maestra.

—Sigue leyendo —apresuró Bruno a la muchacha, queriendo saber más sobre esas batallas.

—Dice aquí que los Leones superaban a las Lechuzas en número y armamento, pero que estas últimas eran impredecibles. “A pesar de lo mucho que estudiaban las tácticas para enfrentar la hechicería de las Lechuzas, la inexperiencia de los soldados contra la misma era un gran problema. Las hechiceras de la Luna debilitaban terriblemente a sus oponentes, y las del Sol eliminaban con facilidad a los que lograban mantenerse en pie”.

“La primera batalla comenzó bajo un cielo despejado, a pocos kilómetros de una fortaleza de la Lechuza. Los Leones marcharon orgullosos, con el sol sacando destellos de sus armaduras escarlata. Se detuvieron frente a un gran contingente de hechiceras, protegidas por escuderos formados en una larga muralla de escudos. La caballería del León cargó velozmente, con los discípulos más experimentados a la cabeza. De un momento a otro, el mundo se ensombreció alrededor de las huestes escarlata, y tanto los caballos como sus jinetes comenzaron a desmoronarse. Cuando estaban por impactar la muralla de los escuderos, las sombras escupieron una lluvia de fuego. Sólo quedó la retaguardia, compuesta por escuderos de a pie. Sus escudos los salvaron de una segunda lluvia de fuego, pero un viento plateado recorría el terreno como la niebla. Algo se propagó entre las huestes del León como una plaga, y muchos cayeron exhaustos, incapaces de bloquear la tercera lluvia. La victoria de las Lechuzas fue aplastante, dejando al León con terribles pérdidas. La siguiente bat…”

—Espera, espera, ¿qué era eso del viento plateado? —preguntó de pronto Bruno, interrumpiendo a Imre—. Entiendo que la debilidad que conjuran las Lechuzas fue la plaga, ¿pero qué era esa niebla? ¿Otro hechizo?

—Hm, tampoco lo entiendo, tal vez lo explique más adelante.

—Sigue leyendo, sigue.

—“La siguiente batalla fue más cerca de los territorios del León, pues las hechiceras habían avanzado después de vencer en la primera instancia. Esta vez Dagna envió por delante un gran ejército de escuderos, menos entrenados y numerosos que los que habían perdido, pero aun así fuertes y capaces, formados en muros de escudos y lanzas. Los discípulos montados formaron columnas en los flancos, dispuestos para rodear al enemigo, y la infantería de discípulos cubrió la retaguardia de los escuderos. Esta vez llevaron escudos más grandes y gruesos, mejores armaduras y lanzas más largas, además de haberse entrenado física y mentalmente para resistir mejor a los hechizos debilitantes. Dagna tenía grandes esperanzas esta vez, habiendo dispuesto a su ejército en terreno alto, pero una sombra pendía sobre su cabeza. Sus generales la habían escuchado hablar en sueños, acerca de grandes ojos plateados, hebras de oro y nubes moradas. Esta vez la batalla fue al anochecer, y cuando brillaban las primeras estrellas, apareció el ejército de las Lechuzas, rodeado por un resplandor violeta. Los Leones prepararon sus lanzas y escudos mientras las hechiceras avanzaban, con escuderos cubriendo sus flancos. Y eran cada vez menos, y menos, y menos. Los discípulos y escuderos no entendían qué pasaba, pero se mantuvieron firmes y con las lanzas en alto, hasta que fue demasiado tarde. El resplandor violeta que rodeaba al ejército enemigo se había expandido, y los Leones habían perdido toda perspectiva a causa del poderoso hechizo de confusión. Los escuderos cayeron sobre infantería y caballería, empujando con sus escudos. Eran más que en la instancia anterior, aunque los Leones nunca los vieron llegar. Habrían respondido con fuerza y habilidad superior, pero una tormenta de fuego comenzó enseguida, y bastó para acabar con casi toda la infantería. La caballería de Leones resistió, y ganó ventaja ante los escuderos de las Lechuzas. Eso duró hasta que las hechiceras avanzaron. La infantería sobreviviente, tanto jóvenes escuderos como experimentados discípulos, aprovechó la ventaja que habían ganado los jinetes y cargó ferozmente contra las hechiceras. Se vieron brutalmente frenados por guerreros fantasmales, grandes, fuertes y desarmados. Superaban en fuerza y número a la infantería restante, de manera que los aplastaron, y luego se unieron a los escuderos para acabar con la caballería. Las Lechuzas habían obtenido otra victoria, y estaban cada vez más cerca de uno de los castillos más importantes del León. Dagna, abatida por la pérdida, era vista cada vez menos, pero se escuchaba lo que decía en sueños. ‘Ojos de plata, ojos de plata y hebras de oro, nubes moradas, ojos de plata’ repetía una y otra vez. Sus generales no se atrevían a preguntarle qué pasaba, y temían lo peor. Se pensó que las Lechuzas la habían maldecido con locura y pesadillas, hasta que…”

— ¿Qué será lo que le hacían las Lechuzas a la abuela? —interrumpió de pronto el joven—. No debe haber sido algo tan terrible, ahora está bien.

—Cierto, tal vez algún sacerdote logró curarla de la maldición. O era otra cosa… Veamos.

—Sí. Sigue, sigue.

—“Hasta que convocó una asamblea de guerra, con todos los generales, líderes y estrategas que participaban a su lado. Convocó también a los soldados supervivientes de las dos batallas. ‘Esta vez yo misma marcharé junto a las tropas’ comenzó diciendo en su asamblea, encabezaré las filas de escuderos, y triunfaré donde todos sus comandantes han fallado’. La gran pregunta fue quiénes serían sus generales en la batalla. ‘Al mando de los discípulos irá un nuevo general, uno que yo misma entrené, y que acabo de reclutar justo antes de venir a la asamblea’. Con esas palabras, presentó ante todos los generales, líderes, estrategas y soldados, a una joven de quince años, con corto cabello negro y mirada decidida”.

— ¿Qué? —preguntó, incrédulo, el muchacho.

—Pone aquí que eso mismo dijeron los asistentes de la asamblea —le respondió Imre con una sonrisa.

—Déjame ver… “‘¿Qué?’ dijeron los asistentes de la asamblea. Las quejas al respecto fueron muchas, pero Dagna las ignoró. Pocos días después, las dos guerreras del León marcharon bajo un cielo nublado, la experimentada Dagna al comando del último contingente de escuderos, muchos aún niños siendo entrenados. Y la joven recién nombrada general, guiando varios grupos de discípulos curtidos, sobrevivientes de las dos batallas contra la Lechuza y de muchas más. Las hechiceras y sus escuderos avanzaban rápidamente por campos yermos de las tierras del León, acercándose al castillo que tenían como objetivo. Si tomaban esa fortaleza, tendrían una ventaja absoluta en la contienda. Dagna los interceptó en el camino, mandando una oleada tras otra de cargas de escudo y lanza. Los ataques estaban coordinados en tal ritmo que tomaron completamente por sorpresa a los escuderos de la Lechuza. Las hechiceras no tardaron en responder, pero fueron emboscadas por la retaguardia y ambos flancos antes de que lograran completar un hechizo. La joven aprendiz de Dagna había separado a los mejores guerreros en tres grupos iguales, haciendo que atacaran en menores cantidades. Gracias a eso pudieron penetrar con facilidad los flancos del contingente de hechiceras, rompiendo sus filas e interrumpiendo cada hechizo que intentaban lanzar. Los escuderos de la Lechuza fueron finalmente reducidos, y los del León siguieron avanzando. Las hechiceras eran astutas, y había algo extraño de su lado. Durante esa batalla incontables soldados, generales y hasta aldeanos del Reino del León comprendieron qué veía Dagna, todos los rumores sobre su locura desaparecieron, y las preguntas sobre sus sueños fueron respondidas. Una niebla plateada envolvió a ambos bandos. Las nubes se tornaron de un morado profundo y oscuro, y se movieron como pesadillas. Sobre el campo de batalla brillaron dos enormes ojos de plata, abiertos en furia e impacto, y junto a estos aparecieron otros pares de ojos, más pequeños y apagados. Por unos minutos, en el cielo hubo dos enormes lunas, y varias estrellas rodeándolas. Las oleadas de lanzas y escudos del León no se detuvieron, maestra y estudiante se conocían de tal forma que podían prever el movimiento de la otra, coordinando así a sus soldados con suma precisión. Obtuvieron finalmente la victoria, y junto con el ejército de la Lechuza, los ojos en el cielo dejaron de brillar”. …Entonces eso era la niebla plateada —se interrumpió de pronto Bruno.

— ¿Qué era? —le preguntó la muchacha.

—No lo sé, pero en la tercera batalla también apareció, junto a las nubes con ojos.

—Sí, pero aún no dice qué era. Sigue leyendo, sigue leyendo.

—“Al día siguiente, una lechuza evanescente, morada y con alas rojas, apareció en el castillo que las hechiceras intentaron tomar. Entregó un mensaje de rendición y desapareció, dejando humo en su lugar. No tomó mucho tiempo para que diplomáticos de ambos reinos acordaran la paz. Cuando volvió la calma, llegaron noticias: Una joven prodigio había estado liderando a las videntes de la Lechuza desde la primera batalla, una mujer rubia con ojos de plata llamada Aziza. Y la hazaña de Dagna y su joven estudiante se había vuelto un hito en Creación. Por otra parte, llegaron también rumores: Se decía entre susurros que las videntes habían espiado a Dagna; que eso había causado que hablara sobre ojos de plata tal como se vieron en el cielo durante la última batalla; que esos ojos eran los de la misma Aziza, que vigilaba desde quién sabe dónde cada batalla, dando una ventaja enorme a las tropas de su Reino; que el cambio que la estudiante de Dagna había hecho en las tácticas del León fue ignorado por las videntes, y por eso fueron derrotadas las Lechuzas”.

— ¿No pone quién era la estudiante de Dagna? —quiso saber Imre.

—A ver… Creo que aquí: “Se contaron innumerables historias sobre cómo, a través de unir las estrategias conocidas y estudiadas con las nuevas ideas de una general de quince años, los Leones ganaron una contienda que se daba por perdida. El ingenio de Dagna como estratega era ya conocido, pero el de su aprendiz fue una sorpresa para cada uno de los cinco Reinos. Desde entonces, Serilda ha sido conocida como una de las mejores estrategas, un gran orgullo de Dagna y una astuta líder de batalla…” —Bruno leía cada vez más impactado—. ¡¿Serilda?!

— ¿La Astuta? ¿Esa Serilda? —Imre tampoco se lo creía, Serilda la Astuta era una de las más importantes líderes del Reino del León en la actual guerra por el Imperio.

—Debe ser, tiene que ser… Dice esto que pasó hace quince años, y que ella tenía quince años… ¿Tiene treinta años ahora?

—Sí, recuerdo que sí… Vaya, Serilda la Astuta fue aprendiz de nuestra maestra… —el rostro de Imre se iluminó por la idea.

—Sí… Vaya, y la abuela fue joven… Hace quince años estaba comandando ejércitos, jamás la habría imaginado así, en armadura y blandiendo una lanza a lomos de un caballo de guerra…

—Yo tampoco… Vaya, si la abuela fue quien entrenó a Serilda… ¿Te imaginas a qué podremos llegar? Era sólo un poco menor que nosotros cuando marchó junto a Dagna para vencer a las Lechuzas —la muchacha se emocionaba cada vez más, y también así Bruno.

—Seremos héroes, comandaremos grandes ejércitos y traeremos gloria al León.

—Lideraremos escuderos y discípulos, cantarán sobre nuestras hazañas —la idea les gustaba cada vez más. Ni siquiera pensaban en el regaño que se llevarían por haberse dedicado a leer sobre Lechuzas cuando debían estudiar al Ciervo.

—Seremos contados entre los héroes de la guerra por el Imperio… —al terminar la frase, Bruno miró a Imre a los ojos. Los rostros de ambos se iluminaron, hasta que dijeron algo al unísono.

— ¡Traeremos victoria!-

por: Daniel L. Ruiz

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