Origenes V

La noticia se expandió rápidamente por todo el Reino del Ciervo: Habían perdido ante el Lobo Blanco cuando una de sus avanzadas en el norte, liderada por Alissa Bergeron, se enfrentó al titán Hakon Finn.

—Cinco titanes y cincuenta berserks montando lobos blancos —decía Aubin Bergeron, un diplomático destacado y con gran futuro en la compleja corte del Reino del Ciervo—. No podemos dejar esto así.

— ¿Qué pensamientos tienes al respecto? —le preguntó Emna Laurent, su buena amiga y compañera en el arte de la diplomacia.

—Una artimaña antigua, pero sumamente práctica.

La corte del Ciervo se llenó de actividad con una rapidez increíble, tal era la influencia de Aubin. Los incontables candelabros de plata y oro de la sala fueron encendidos, iluminando los inmaculados pilares de mármol y lapislázuli, los suelos pulidos hasta parecer espejos, y los cientos de estandartes azules con diferentes imágenes del Ciervo. Diplomáticos jóvenes y viejos se presentaron ante Aubin y Emna, cada uno con una escolta de al menos dos espadachines. También estaban presentes los líderes militares, con los estoques y puñales a la cintura. Sus guardas y pomos eran de oro y plata, e iban en fundas cubiertas de gemas y piedras preciosas. Todos vestían azul, fuera en capas, mantos, vestidos, chaquetas, abrigos o armaduras.

—Mis señores —no hicieron falta más palabras de Aubin para que todos los presentes le prestaran atención—, hemos sido atacados. Un simple grupo de exploración fue emboscado y abatido por el incivilizado ser llamado Hakon Finn. Somos el Reino del Ciervo, el más majestuoso Reino que haya existido, y como tal no podemos permitir semejante afrenta —su voz tenía la calma de un árbol, la elegancia de un venado y la fuerza de un derrumbe—. Ese monstruo primitivo, y todo su Reino, si así se les puede llamar a esos brutos, pagarán. Se han confiado como las bestias estúpidas que son, han saltado sobre el ciervo, pero han acertado sólo a las astas. Pagarán, sé perfectamente qué hacer y cómo hacerlo —su voz hacía eco en las decoradas paredes—-. Serán necesarios cuatro grupos de diplomáticos que me representen. Cada uno llevará el sello de mi familia… Nadie le dice que no a un Bergeron.

Así se hizo, y en poco tiempo un grupo de diplomáticos, ataviados en elegantes tonos de azul y llevando el sello de la familia Bergeron, se hizo presente en la corte de la Lechuza, vecina del Ciervo por el sur.

Dos escuderos guardaban las puertas, aunque los enviados notaron rápidamente que la verdadera defensa eran las hechiceras que paseaban por dentro del gran edificio, dejándose ver esporádicamente, como sombras en las ventanas. Los dos guardias abrieron las pesadas puertas con velocidad al ver el sello de Bergeron. Dentro, el edificio parecía aún más grande que por fuera. Era oscuro, aunque incontables antorchas brillaban en las murallas, envueltas en llamas púrpuras. Los pilares, unos negros y otros morados, se confundían entre sí, haciendo que la sala pareciese infinita. Personas, que más parecían sombras, aparecían y desaparecían entre los muros y pilares. Una larga y torcida testera, que brillaba con luz oscura, dominaba el lugar. Cuando los representantes del Ciervo la alcanzaron, en los asientos aparecieron hechiceros, escuderos, tácticos y diplomáticos. Casi todos eran mujeres, con cabello blanco o negro y deslumbrantes vestidos morados. Los hombres que había mostraban largas y finas cabelleras, barbas bien recortadas y atuendos de suma elegancia. También se veían personas encapuchadas y envueltas en amplias capas, de quienes solamente se distinguía una sombra sobre el rostro.

No se escuchaba sonido alguno. Fue uno de los Ciervos quien rompió el silencio, narrando en detalle la traicionera emboscada de los habitantes del norte.

—Después de que los incivilizados Lobos Blancos atacaron a nuestros exploradores, descubrimos que siguieron avanzando hacia el sur. Sabemos que cerca de ahí se encuentra una importante ciudad biblioteca de su Reino. Todo indica que los Lobos Blancos, guiados por su odio ciego y sus mentes primitivas, buscan abrirse paso por nuestras tierras para alcanzar las suyas —concluyó, con educación, mas no sin fuerza.

—Muy cierto es que el Lobo Blanco odia a la Lechuza —dijo una mujer de cabello blanco, pero rostro jovial, ataviada en elegantes ropas moradas.

—El pasado nos muestra duras relaciones entre ambos reinos, nuestra distancia no es sólo asunto geográfico, sino cultural —agregó un hombre anciano, de buena postura y cabellos negros, con el blasón de la lechuza resaltando en su pecho.

—Cultura que nosotros tenemos y ellos no, claro está; sin duda quieren prenderle fuego a nuestros conocimientos, pues son incapaces de entender algo que no sea brutalidad —dijo aireada una pálida mujer de cabello negro, con plumas moradas adornando sus ropas.

—No tomemos conclusiones apresuradas —le respondió quedamente la mujer de cabello blanco—, aún no han intentado atacarnos.

—Pasará pronto, tenemos la certeza —dijo uno de los enviados del Ciervo.

—Les brindaremos nuestro apoyo si los Lobos Blancos intentan algo —siguió ella—, la Lechuza sabe cuándo hay una amenaza, sabe cuándo volar… Y cuándo mostrar sus garras.

Otro grupo de diplomáticos, menos elegante que el anterior y acompañado por una escolta de espadachines, cruzó los límites este del Reino del Ciervo, llegando a las tierras del León. Dos soldados con armaduras rojas cruzaron lanzas ante las puertas de la corte, y enseguida las retiraron al ver el sello de Bergeron.

La sala de la corte no era tan grande como la del Ciervo, y no estaba ni la mitad de adornada o limpia. Tanto estandartes con el león gules, como tapices mostrando escenas de grandes batallas, cubrían las murallas de roca. El suelo estaba cubierto por una enorme y gruesa alfombra roja, con las huellas de las botas no del todo quitadas. En cada pilar se apoyaba un soldado, con la armadura ceñida y la lanza y el escudo bien sujetos. La testera al final de la sala era larga, y un enorme tapiz, mostrando un fiero león rojo, colgaba sobre ella. Todos los que estaban sentados a la mesa, hombres y mujeres, soldados, estrategas y sacerdotes, llevaban armadura, fuera completa o ligera. Algunos hasta tenían la espada y el cuchillo enfundados al cinturón, y unos pocos empuñaban desafiantes sus lanzas. Uno, incluso, tenía su escudo colgado a la espalda.

Recibieron a los enviados del Ciervo con ceños fruncidos y duras palabras, pero eso no redujo la calma y elegancia de los visitantes, quienes no tardaron en comenzar a narrar el ataque a traición, la cobardía y la deshonra de los bárbaros nórdicos.

—Después de que los salvajes Lobos Blancos atacaron a nuestros exploradores, descubrimos que siguieron avanzando hacia el este. Vigías fronterizos de nuestro Reino los han visto dirigirse en la misma dirección. Todo indica que buscan invadir su reino para llegar a los Bosques del Este. Si las teorías son ciertas, y el Dios Loco se esconde allí… Es bien sabido que los Lobos Blancos aprecian el poder físico por sobre todas las cosas, tenemos razones para creer que van a los Bosques del Este para obtener la fuerza de la Locura y asolar al Imperio.

—No serán capaces de cruzar nuestro Reino, nuestras defensas son insuperables y nuestro ejército el más numeroso de toda Creación —dijo orgulloso un joven discípulo. Tenía una brillante armadura escarlata puesta, una espada y una daga enfundadas en la cintura, e ira en la voz.

—No por eso debemos ignorar una amenaza. Estamos hablando de bárbaros sin honor, buscarán la manera de llegar a los Bosques del Este sin tener que enfrentarnos —respondió un anciano con abundante barba y gruesa cabellera, muy parecido al león de los estandartes en la sala. Su voz no tenía la ira de un soldado, pero la fuerza de un comandante.

—Y si llegan a los Bosques, y obtienen lo que buscan, nuestras defensas, insuperables como son, temblarán ante la Locura —dijo un hombre de cabello entrecano, ataviado con una larga túnica roja y armadura ligera, apoyado en un largo bastón de madera con coberturas metálicas en ambos extremos. El enojo se vio en los rostros de los demás Leones de la corte, pero ninguno lo contradijo.

— ¿Puede el Ciervo contar con el León en su pelea con el Lobo Blanco? —dijo, al cabo de unos momentos de silencio, el más alto y corpulento de los diplomáticos, ataviado en azul y con ornamentados estoque y puñal a la cintura. Las gemas de sus armas brillaban más que el metal de las armaduras de los Leones.

—Puede —respondió cortantemente el anciano con voz de comandante—. Si esos brutos intentan cruzar nuestras tierras, verán que el rugido del León es más fuerte que el aullido de cualquier Lobo, al igual que sus colmillos.

El tercer grupo de diplomáticos, elegante además de acompañado por una escolta de espadachines, se dejó ver en la corte del Sol, al oeste del Reino del Ciervo. Iban con toda majestuosidad, ondeando grandes estandartes azules, exhibiendo sus mejores atuendos y sus estoques más ornamentados.

Los paladines apostados a las puertas de la corte, cubiertos en brillantes armaduras doradas, no se impresionaron. Tampoco se impresionaron al ver el sello de la familia Bergeron. Solamente abrieron las pesadas puertas del gran salón, con presteza y en silencio.

De alguna manera, la luz al interior era más que la del exterior. Una gigantesca cúpula de vidrio dorado hacía las veces de techo, y las murallas estaban casi del todo formadas por ventanas, cada una de las cuales mostraba el símbolo del Reino del Sol en la forma de una figura metálica, labrada de tal forma que reflejaba la luz y hacía ver cada ventana como un verdadero sol. Los pilares parecían ser blancos, aunque la iluminación los bañaba de dorado. Algunos paladines, todos ataviados en armadura pesada y con la mano derecha descansando en el pomo de la espada, se paseaban por la sala. La larga mesa al final de la estancia, barnizada en dorado, tenía la forma de un medio círculo, y cada silla, del mismo color, estaba tallada como un rayo de sol. Sentados estaban paladines, sacerdotes y diplomáticos, algunos envueltos en metal, otros en tela basta y otros en sedas. Bellas damas rubias llevaban vestidos del color del oro y el bronce, corpulentos hombres de cabello oscuro iban cubiertos de armadura dorada, con ornamentadas vainas a la cintura, de las que asomaban pomos y guardas de oro, y ancianos curtidos exhibían orgullosos el símbolo de su Reino en el pecho, haciendo llamativas sus simples y largas túnicas y gruesas capas.

Una de las damas dio la bienvenida a los visitantes, que apenas se inmutaron ante la majestuosidad del salón. Pronto comenzó la historia de cómo un ejército de Lobos Blancos atacó brutal y cobardemente a una partida de exploración de Ciervos.

—Después de que los impíos Lobos Blancos atacaron a nuestros exploradores, descubrimos que siguieron avanzando hacia el este. Vigías fronterizos de nuestro Reino los han visto dirigirse en la misma dirección. Todo indica que buscan cruzar o rodear el Reino del León para llegar a los Bosques del Este. Si las teorías son ciertas, y el Dios Loco se esconde allí… Estamos seguros de que los Lobos Blancos buscan traer de vuelta la Locura al Imperio, son salvajes que ponen la fuerza por sobre todo lo demás, no tienen interés en el bienestar de Creación.

—Habremos de tomar medidas —dijo un alto paladín de corto cabello negro, vestido en un gambesón dorado, con la espada larga y la daga enfundadas en el cinturón—. Si buscan traer de vuelta la Locura al Imperio, deben ser detenidos.

—Paciencia —le dijo un paladín anciano al joven. Llevaba también la espada y la daga a la cintura, pero vestía una simple túnica amarilla—. Los Lobos Blancos aún no han hecho más que acercarse al bosque. Son simples brutos, tal vez buscan animales que cazar.

—Atacaron al Ciervo, están cazando algo más que animales —dijo un sacerdote de larga barba, con una túnica cubriendo sus piernas, y una brillante coraza, su torso. El símbolo del Sol brillaba en su peto y cada una de sus hombreras—. No podemos ignorar las posibilidades. No podemos permitir que la Locura siquiera se acerque al Imperio.

—Si los Lobos vuelven a atacar, dennos aviso —dijo otro sacerdote, alto y erguido, con una cofia dorada cubriendo su cabeza—. Si es necesario interponernos entre ellos y el Dios Loco, lo haremos —no hicieron falta más palabras de los diplomáticos—. El Sol nunca se oculta.

El último grupo fue encabezado por el mismísimo Aubin. A su lado iba Emna, e iba seguido por un diplomático de cada gran familia del Reino del Ciervo y una gran escolta de espadachines, cada uno con un arco largo de la mejor artesanía además de los ornamentados estoque y puñal. Los estandartes azules flamearon alto entre los fértiles campos de la Ciudad Imperial cuando llegaron.

El salón de la Corte del Imperio era seguramente el más grande de los cinco Reinos. Completamente dorado, y con murallas recorridas de principio a fin por ventanas con diversos y coloridos dibujos en vidrio, era una visión sobrecogedora. Dos imponentes guardias cubiertos con placas doradas, cada uno con daga y espada al cinturón, escudo a la espalda y alabarda en las manos, cuidaban la puerta. Ante la visión de Aubin, abrieron las enormes puertas, de madera barnizada y remachada en oro.

El interior brillaba como una gran cantidad de oro salpicada de piedras preciosas. Cada pilar, además de la enorme y larga testera y las sillas, era dorado y estaba pulido como espejo. La luz que entraba por las ventanas tomaba los colores de los dibujos en vidrio, cada uno una imagen de un emperador pasado. Los había con armadura o túnica, con espada o bastón, aguerridos y calmos. Similares eran los presentes, fuertes paladines, sacerdotes de aspecto sabio y elegantes diplomáticos de rostro alegre.

—Una partida de exploración de nuestro Reino se encontraba acampada en un yermo del norte —Aubin Bergeron no tardó en hacerse escuchar—. Fueron emboscados por un ejército, con Hakon Finn y otros cuatro titanes a la cabeza, cada uno seguido por diez berserks montando lobos blancos —los representantes del Imperio escuchaban atentamente al noble Ciervo—. Fue una bendición que algunos sobrevivieran para contarnos lo sucedido. Está claro que el Reino del Lobo Blanco no tiene interés alguno en mantener la paz —ni siquiera tenía que levantar la voz para hacerse escuchar en toda la estancia—. Son una amenaza.

—Sabemos que buscan cruzar nuestras tierras para llegar al Reino de la Lechuza y al del León. Creemos que quieren quemar las bibliotecas y alcanzar los Bosques del Este, para traer la Locura de vuelta a Creación. Y por supuesto, antes quieren eliminar nuestro Reino. Son bestias, no son diferentes al animal que llevan en sus escudos, nos ven a todos los demás, a los civilizados, como presas —agregó Emna.

Mientras Aubin y sus acompañantes daban su discurso ante la Corte del Imperio, un pequeño ejército Ciervo, comandado por Alissa Bergeron y Gatien Benoit, se acercaba sigilosamente a una aldea del Lobo Blanco. Era una aldea cercana a las fronteras del Ciervo, con menos nieves y lluvias que las más alejadas, aunque la vegetación era casi igual de poco abundante. La habitaban principalmente salvajes, varios de los cuales eran herreros y maestros de armas, pues allí estaba una de las minas de hierro del Lobo Blanco, hierro con que los salvajes producían el resistente y fino acero para sus temibles armas.

El ataque fue veloz. Las flechas salieron de la nada y acabaron rápidamente con los guardias, facilitando la entrada de los Ciervos a la aldea. Gatien comandó con tal habilidad a sus espadachines que, en cuestión de segundos, habían tomado cada punto de valor estratégico, cerrándole el paso a cualquier rival, venciendo a los pocos salvajes que había. Mientras, a las afueras de la aldea, Alissa disponía a los arqueros en terreno alto, a diferentes distancias uno de otro. Las flechas llovieron, muchas en llamas, pegando fuego a los techos de paja y las casas de madera.

—Esta afrenta es demasiado grande —continuó Aubin—. El Reino del Ciervo merece una compensación de parte del Lobo Blanco. Algo que nos devuelva lo que nos quitaron.

Herdis Gardar, una nodriza del Lobo Blanco, en medio del caos, reunió a todos los niños a su cuidado y a todos los ancianos que pudo. No le resultó fácil, pues los más viejos se aferraban a sus melladas hachas y los más pequeños recogían palos y piedras. Todos querían pelear. Herdis sabía que no tenía sentido, y no pensaba dejarlos morir. Los guió fuera de la aldea, cruzando con velocidad los lugares que los Ciervos no habían ocupado. Mientras se alejaban, vio a Hegel Steinn, un berserk, salir de una cabaña en llamas, haciendo volar la puerta de madera con una patada. Ya casi estaban todos fuera de la aldea cuando un espadachín señaló a Herdis. Los Ciervos corrieron hacia ella velozmente… Y fueron interceptados por Hegel. En menos de un parpadeo, el berserk tenía su hacha empuñada y se lanzaba contra los invasores. El primer golpe de su arma quebró un estoque, el segundo cortó un rostro en dos. Cuando había matado al cuarto espadachín, clavando su cabeza contra el muro de una casa cercana, se dio cuenta de que un estoque se había clavado en su estómago y dos flechas en su espalda. También se dio cuenta de que Alissa se había reunido con Gatien, y ambos se dirigían con celeridad a Herdis, ya alejada de la aldea, pero aún visible por el grupo que la seguía.

—Tenemos la ayuda de los demás Reinos. El Sol, el León y la Lechuza le han brindado su apoyo al Ciervo en estos momentos angustiosos —dijo Emna.

—Exigimos una de las aldeas del Reino del Lobo Blanco. Hay una, no muy grande, justo en los límites de nuestro Reino y el de ellos. La reclamamos como pago por el terrible daño que nos han hecho los nórdicos —terminó Aubin.

Los dos Ciervos empuñaban sus estoques, y los levantaron al escuchar el furioso grito de guerra de Hegel. Una dura batalla comenzó cuando el berserk, estallando en furia de guerra, se lanzó contra los dos espadachines. La furia duplicaba su fuerza, y uno solo de sus golpes podría haber partido un casco, pero también lo hacía predecible. Sus golpes eran poderosos pero erráticos; sus pasos, fuertes pero torpes. Alissa y Gatien, peleando en conjunto, con movimientos perfectamente coordinados, hirieron varias veces al berserk, haciéndolo retroceder en dirección a un risco. Hegel lanzó un último grito y un último golpe antes de caer, derrotado por los espadachines, al río que había al fondo del precipicio. La torrentosa corriente, de los inicios de la estación del sol, lo arrastró lejos de la aldea. El Ciervo había vencido al Lobo.

—Pues es cierto que tienen el apoyo del Sol, el León y la Lechuza, y que el Lobo Blanco los ha insultado —respondió con calma, después de unos instantes de silencio, el anciano sacerdote sentado al centro de la testera. Antes de continuar, miró a todos sus compañeros, quienes sólo asintieron—. La Corte del Imperio declara que una de las aldeas fronterizas del Lobo Blanco pasa ahora a ser considerada tierra del Ciervo.

En medio de pedazos ennegrecidos de madera, armas perdidas y maltratadas, escombros y hasta un par de cadáveres, Hegel despertó, aturdido y casi ahogado. Se dirigió de vuelta a la aldea. Conocía esos lugares a la perfección, estaba a poco más de medio día de camino. “Habrá que reconstruir todo”, pensaba, “todo, desde nada”.

Su sorpresa fue enorme al ver que la aldea ya estaba siendo reconstruida. Habían sacado la gran fogata que estaba al centro. Los animales que los salvajes habían cazado y despellejado ya no estaban, y en su lugar plantaban semillas. Levantaban murallas de piedra y casas de un material uniforme, con techos de algo parecido a escamas, nada parecidas a las de madera y paja. Todo estaba siendo pintado en diferentes tonos de azul y celeste, y ya no ondeaban los estandartes de piel blanca con la imagen del Lobo Blanco, sino unos de finos materiales con complejos bordados del Ciervo. Habían convertido la aldea en suya. Hegel no pudo hacer más que dirigirles una última mirada llena de odio antes de retirarse a la aldea del Lobo Blanco más cercana, maldiciendo entre dientes al Ciervo durante todo el camino.

Aubin y Emna, junto a todos sus acompañantes, dejaron el gran salón de la Corte del Imperio. Ambos mostraban una sonrisa.

—Debemos agradecer a las grandes cortes —comentaba Aubin mientras subían a su espléndido carruaje—. El apoyo que nos entregaron fue tan importante como el ataque de Gatien y Alissa. Hoy el Reino del Ciervo ha obtenido un valioso recurso, y mejor aún es que esos incivilizados del Lobo Blanco ni siquiera se han enterado de su pérdida, mientras que ahora mismo nuestros mineros deben estar extrayendo su preciado hierro —ambos rieron.

—Todo resultó bien para nuestro Reino —comentó alegremente Emna.

—Pues así lo tenía pensado, era lógico que así resultara. El plan funcionó a la perfección.

—Esos bárbaros recordarán lo que significa insultar al Ciervo.

—Creen que somos presas, no pueden ver más allá de sus narices, estos brutos. El Ciervo no es una presa porque deba serlo… Es simplemente lo que quiere que todos crean.

por: Daniel L. Ruiz

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