Pasado III

El fuego de la pequeña fogata se reflejaba en el rostro de las dos mujeres, así como en sus doradas armaduras, sólo necesitaban un poco de luz, ambas disfrutaban la compañía del fuego, aún cuando la fría nieve que las rodeaba lo hacía un esfuerzo fútil.

– ¿Que agobia la mente de la gran campeona del Justo Sol? – preguntó con un tono muy dulce Adele a su hermana, quien hace no más de una semana había ganado tal título.

– Nada, nada importante – respondió Diane despejando su rostro de su largo cabello azabache.

– No puedes mentirme, lo sabes – Adele no quitaba la mirada de su hermana, aún cuando la de ella se perdía entre el fuego – serás una gran campeona, pues sin necesidad de tal título ya todos te admiran y respetan, no hay paladín, ni guerrero que no haya escuchado tus hazañas. –

La piel de las gemelas era blanca como porcelana, el fuego era débil y sólo conseguía destacar los finos rasgos de ambos rostros casi por igual, como si fuesen un reflejo de quien tienen enfrente.

– El Emperador en persona me entregó la espada del amanecer – dijo Diane, sin mostrar expresión alguna en su rostro, perdida en sus pensamientos – Es un gran honor, pero también una gran responsabilidad. –

– Jajaja, ¿Responsabilidad? – una ligera carcajada de Adele buscaba romper el sombrío ambiente que no sólo las rodeaba a ellas y todo su campamento, también la penumbra que se evidenciaba en la mente de su hermana – Yo debo velar por la vida de cientos de personas, soldados que han jurado defender al imperio y que desean ver a sus familiares de nuevo, tú sólo debes preocuparte de no perder una espada… –

– Sabes que no es así – le replicó la campeona, frunciendo su ceño y con voz enérgica – ellos están dispuestos a dar su vida por ti, por el imperio, todos lo estamos, desde que portamos esta armadura dejamos de temer a la muerte y no dejarem… –

– Ves, eso es lo que el maestro Thomas siempre dijo – le interrumpió su hermana – Tienes el potencial de transformarte en una gran líder, guiar las fuerzas del Sol, pero no eres capaz de llevar tu pensamiento más allá de ti misma, te ciegas en la batalla como si fueses una salvaje. –

– No es así – le respondió enojada Diane -No es…

– Lo ves – le volvió a interrumpir Adele – Ahora estás molesta, ¿Que harás? ¿Iras a golpear un árbol?… Eso fue lo que hiciste cuando nuestro pequeño cachorro murió… Lo único que hiciste fue llorar y golpear el manzano hasta casi derribarlo… Ve allá, tienes muchos árboles.- terminó diciendo mientras un gesto de su mano indicaba hacia el bosque al otro lado de la frontera, en las tierras del Lobo Blanco.

Diane se levantó, la ira podía verse en su rostro mientras tomaba su enfundada espada con ambas manos.

– No es sólo una espada, lo sabes bien, es Amanecer, el arma que viene desde nuestros ancestros, forjada con las llamas del propio Justo Sol y que ha acompañado a los más grandes héroes de la historia, a aquellos que lucharon sin temor ante un dios que sólo traía destrucción y desamparo con cada acto, con cada palabra. –

Adele la miró un momento, mientras dejaba otro leño en el fuego.

– Así es, tienes razón – asintió la general – si ya sabes lo que es ser un héroe, ahora compórtate como tal. –

Adele se levantó al ver desde lejos como uno de los vigías que había designado se les acercaba a gran velocidad.

– Eres la portadora de amanecer, ve a que los bardos escriban grandes poemas sobre tus hazañas, no sobre tus temores. –

Al llegar al lado de las gemelas, el guerrero hizo un ademán de respeto al darse cuenta que interrumpió una discusión. –

– Mis damas, disculpen la intromisión, se divisan grandes fuegos en la aldea del norte, al parecer es un ataque de saqueadores. –

– Muy bien hermana mía – le dijo la general a su gemela mientras le colocaba amablemente una mano sobre su hombro – es momento de comenzar a construir nuevas leyendas… – y se sonrieron mutuamente al fin.

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