Pluma y Espada

—El León no entiende la política, sólo los golpes y las armas. Debemos contraatacar —a pesar de la furia que demostraban sus palabras, la voz y compostura de Anaís Laurent conservaban perfecta elegancia—. Han invadido nuestras tierras, nadie puede cometer tal crimen y salir impune. Nadie entra a nuestro Reino sin un tratado y sale campante.

—No debemos actuar como lo ha hecho su ejército —le respondió Emna Laurent, con absoluta tranquilidad—, recordemos que todavía existen personas de calma tras el espíritu bélico del León. Los he conocido bien, tanto en mis viajes como consejera del maestro Gauvin, como en mi tutelaje, en aquellos tiempos cuando el señor Dimitri aún estaba en la Corte del Ciervo. No es necesario entrar en desesperación, sólo debemos dejar que la política los haga diferentes, dejar que piensen en sus familias.

—En eso debieron pensar antes de invadir nuestras tierras —dijo Darcell Laurent, con una voz bastante más fuerte de lo que se habría esperado por su frágil cuerpo—. Incluso, antes de declararle guerra al Sol. Nuestro actuar debería estar claro, los ánimos entre nuestro Reino y el del Sol están muy tensos. A los sucesos en el castillo Erbey, podemos sumar la amenaza de asedio sobre la Ciudad Mercante que nuestros informantes nos han anunciado. Podemos usar nuestra respuesta al León como un mensaje de paz para el Reino del Sol. Tener un enemigo en común es una buena oportunidad para establecer nuevos tratados.

—Sea o no para buscar tratados, semejante ofensa debe ser respondida —intervino Fiora Bergeron, con más orgullo en su voz que cualquier otro noble o diplomático—. Nuestro Reino nunca debe dejarse doblegar ante ninguna circunstancia. Cometieron un acto de hostilidad, y ya que nuestro Reino no es uno con tendencias armamentistas, derrotarlos traerá gloria a los ejércitos celestes y será una señal a toda Creación. Una señal de que el Ciervo se para orgulloso ante cualquier amenaza.

La Corte del Ciervo estaba envuelta en una potente discusión. Un ejército invasor del León seguía detenido en sus tierras. El ejército Ciervo había logrado frenar su avance, pero no había sido capaz de derrotarlos o forzarlos a retirarse. La batalla estaba estancada.

—Todos hablan con verdad, pero hay algo que no han considerado —cuando Charlotte Bergeron, moderadora de la Corte, habló, las discusiones se tornaron en silencio—. Ariana Renard fue enviada en una misión diplomática, y conocemos bien su habilidad en tal área. Más aún, la pelea de los Leones no era con nuestro Reino, no hasta ese encuentro. Algo debe haber salido mal. Con mi experiencia en tratados similares, sé bien que es extraño un combate tan fulminante y a semejante escala, cuando sólo uno de los dos bandos desea guerra. Además, todos aquí conocemos bien el protocolo en estos casos. Jamás enfrentar un ejército, menos uno tan numeroso como el del León y teniendo un contingente que no está preparado.

Los nobles y diplomáticos presentes en la asamblea asintieron. Conocían perfectamente el protocolo. Charlotte ya no era la única que sentía que algo estaba mal.

—Esta discusión ya ha sido suficientemente extensa —todos los presentes guardaron silencio, y la Corte se quedó completamente quieta—. Es necesaria una decisión. Ahora —como cada vez que hablaba Adeline Bergeron.

—No debemos apresurar una decisión así, sería contraproducente —respondió Charlotte. Sus palabras no mostraban un solo atisbo de su preocupación.

—Ya se le ha dado el debido tiempo —fue la única respuesta de Adeline.

Charlotte supo bien que ya no podría extender más el asunto. Miró a Darcell, y aunque su expresión no mostraba más que seriedad, el anciano diplomático supo perfectamente lo que pasaba por la mente de la mujer. “Lo siento” pensó la noble Bergeron.

—Ya tenemos una decisión —dijo finalmente Charlotte.

Tres semanas habían pasado desde la asamblea en la Corte del Ciervo cuando, en el campamento del León, se vivió una escena similar. Una vez más, en una tienda de campaña, Ellery Bendig y Dagna Baldwin discutían.

—Todavía no entiendo cómo pudo descontrolarse así la batalla, y menos entiendo por qué aún no nos lo explica —decía irritada la joven sacerdotisa—. Nuestra batalla es con el Sol, terminar así con los Ciervos no fue para nada prudente.

—Y yo no entiendo por qué sigues cuestionándome cuando deberías estar ayudando con los planes de batalla —respondió la anciana discípula, con el mismo tono con que daba órdenes durante el combate. A Louis Kelm, consejero y guardián de Ellery, presente también en la reunión, le pareció oír un susurro junto a las palabras de la abuela.

—Tenemos desventaja de terreno, de número y de provisiones. El único plan de batalla posible ahora es sostener nuestra posición, y esperar a que marchen contra nuestras fortificaciones en vez de seguir esperándonos con sus arcos —dijo Ellery. El guerrero Kelm asintió en silencio.

—¿Cómo llegamos a tener la desventaja del terreno? Hemos fortificado las elevaciones —siguió Dagna. Una espada curvada se movió levemente en su cintura. Louis notó cierto brillo asomando desde la funda. Parecía un objeto extraño, incluso considerando lo variado del armamento León.

—Los escuderos y las fortificaciones no han podido aguantar tantas semanas, no con los arqueros siempre vigilándonos —respondió la joven Bendig.

—Que refuercen las que nos quedan entonces —declaró la anciana guerrera—. Con eso basta, retírense.

Mientras Ellery y Louis salían de la tienda de campaña, el guerrero sintió nuevamente ese susurro. Parecía que algo lo llamaba, lo invitaba incluso… decidió ignorarlo.

—Tenemos apenas algo más de la mitad de las tropas con que comenzamos esta pelea, ¿cierto? —le preguntó Ellery a su leal amigo.

—Así es —respondió él—. Y la primera línea de fortificaciones debió ser abandonada por tantos daños. La segunda está a pocas flechas de lo mismo —la noche anterior, ambos se habían dedicado a cuantificar daños y bajas. Los resultados no eran para nada prometedores.

—Estamos en tierras extranjeras, debemos seguir avanzando, un tratado ya es imposible, y seguramente no recibamos refuerzos —dijo molesta Ellery—. No puedo creer que estemos reducidos a esto con Dagna al mando. Una maestra de tácticas tan experimentada, ¿cómo puede haber perdido tanto contra semejante contingente de Ciervos?

—Alegrémonos de que las tropas no se están preguntando lo mismo. ¿Ya es seguro que no recibiremos refuerzos?

—No, pero lo parece. El Reino ya se ha enterado de todo lo sucedido. No mandarán tropas a morir así sin más. Aún tenemos muchas cosas que explicar. Marchamos a una guerra y terminamos en otra, y para el León, nada es más serio que la guerra.

Era una noche oscura. Entraron a otra tienda de campaña, mientras en el campamento León sólo se movían los guardias.

“Un promedio de casi diez bajas por día” pensaba el guerrero, recordando los datos que habían reunido la noche anterior. “Fortificaciones cayendo en pedazos. Arqueros que nos disparan incluso durante la noche, obligándonos a ceder terreno. Un ejército con más del doble de soldados que el nuestro, avanzando sin que podamos verlos completamente”. El panorama de la batalla era más oscuro que el cielo nocturno. “Tiene que haber algo que podamos hacer. Tiene que…” una repentina luz interrumpió sus pensamientos.

Louis salió rápidamente de la tienda, junto a Ellery. Ambos reconocieron qué clase de luz era. Al guerrero no le tomó más de un segundo ver el origen de tal brillo… Las carretas con provisiones, tanto para tropas como para caballos, estaban en llamas. En seguida notó también que las monturas habían sido soltadas, y ahora corrían asustadas en cualquier dirección. No necesitó más que mirar por un instante a los ojos de Ellery para saber qué hacer.

Su silbato se escuchó por sobre los gritos de los soldados. Aunque algunos escuderos y varios fanáticos y discípulos acataron, comenzando a apagar el fuego y calmar a los caballos, no fue suficiente. La oscuridad de la noche y las llamas al viento entorpecían demasiado la visión.

Muchos escuderos corrían despavoridos, presas del miedo, intentando escapar. Algunos lograron alejarse pocos metros del campamento… pero no pasaron de allí. Fueron alcanzados por certeras flechas, salidas de la oscuridad.

Es sabido que los arqueros del Ciervo no se ven limitados por la falta de luz. Entrenan disparando con ojos vendados, desarrollando una suerte de sexto sentido. Incluso a la distancia que estaban, no necesitaban más de una flecha para cada soldado que se alejaba del campamento León. Entre el fuego y las saetas, no había escapatoria.

Guerreros y fanáticos hacían lo posible por restablecer el orden de su campamento. Algunos intentaban calmar a los escuderos y reagruparlos, otros corrían tras los caballos sueltos, y otros apagaban el fuego. Todo parecía en vano. Las llamas se extendían de una tienda de campaña a la siguiente, y no todos los fanáticos corrían tan rápido como las monturas, menos bajo la oscuridad de la noche y entre tantos soldados aterrados.

Al cabo de unos segundos dando silbatazos, Louis notó algo de orden. El brillo de las llamas pareció un poco menos, los gritos de temor parecieron disminuir. “Tal vez no todo está perdido” pensó… pero de reojo, vio algo reflejar la luz del fuego. Algo metálico.

Por un flanco del campamento, se acercaba un escuadrón de espadachines. Iban cubiertos con malla y algunas placas, y avanzaban con los estoques y puñales listos.

Ellery también lo notó. Algunos soldados, en medio del caos, lograron verlos. “Deben venir por más de un flanco” pensó Louis. Pero no llegó a dar el silbatazo. Ni Ellery ni los demás soldados llegaron a gritar una orden o una advertencia. Los espadachines ya habían caído sobre el campamento, llevando con ellos una lluvia de acero afilado.

En pocos instantes, las bajas del León aumentaron. Los soldados estaban asustados, distraídos por las llamas y el desorden. Muchos ni siquiera notaron a los espadachines hasta que ya fue demasiado tarde.

El guerrero Kelm se reunió con Ellery. Juntos, hicieron lo posible por resistir, y para que más soldados pudieran proteger el campamento.

Al cabo de unos instantes, varios Leones lograron defenderse. Sabían que era la mejor opción, al ver que los que escapaban caían alcanzados por flechas. Los discípulos, guerreros y fanáticos podían entender bien lo que pasaba, saber que debían reagruparse y luchar, pero muchos escuderos no tenían su mismo entrenamiento. Muchos escuderos no habían estado antes en una batalla como esta.

Los soldados que se reunieron con Ellery y Louis lograron formarse. Los escudos se levantaron y las lanzas y espadas chocaron contra los estoques. No era la suerte de todo el campamento. En cada dirección, Leones caían muertos. Los Ciervos no habían llegado a derribar el campamento ni a conseguir otra ventaja táctica, habían llegado para no dejar sobrevivientes.

Rodeados por enemigos, Louis siguió dando silbatazos y soltando tajos, mientras Ellery gritaba órdenes y conjuraba hechizos en intervalo, hasta que los espadachines comenzaron a retirarse. Fueron visibles las últimas estocadas de guerreros que luchaban sin problemas con dos e incluso tres Leones a la vez. Tal desventaja numérica no los demoraba, mucho menos los detenía. Había uno que seguramente era su comandante. Debía serlo, su armadura brillaba más y su cara iba descubierta. Además, era el que mejor peleaba. Donde otros se tardaban en vencer con el estoque, este derribaba al oponente sin portar arma alguna. No parecía necesitar más que sus puños cubiertos con guanteletes.

—Ellery, esto es más de lo que podemos resistir —le dijo Louis, mientras los espadachines se alejaban—. Nos han arrebatado el control sobre nuestros propios soldados. Debes irte ahora. Llévate los escoltas, te daré el tiempo que necesites.

—¿Qué estás diciendo? —aunque ella lo escuchó perfectamente, no podía creer lo que le estaba diciendo.

—No dejaré que todos los Leones caigan en esta batalla. Hice un juramento hace mucho tiempo. Si tengo que hacerlo, entregaré mi vida por cumplirlo —aunque la determinación de un gran soldado resonó clara en sus palabras, Ellery sólo podía escuchar la voz de un gran amigo.

—No. Ven conmigo —le dijo la mujer, tratando de mantener el tono de un comandante—. Es una orden —pero dejando salir su temor en aquellas palabras.

—Así debe ser —Louis Kelm no dejó salir una sola emoción en lo que decía. Bastó una mirada a las tropas que los acompañaban. En seguida entendieron lo que quería.

—¡Louis! —le gritó Ellery, mientras varios soldados la alejaban—. ¡¡Louis!! —a diferencia de ellos, la discípula no lograba aceptar el sacrificio del guerrero Kelm.

Ahora estaba solo.

Y los espadachines empezaban a volver.

Pero esta vez no lo atacaron. Ni siquiera desenvainaron armas.

Y tampoco lo hizo su comandante.

—Mi buen señor, mi nombre es Thierry Benoit, hijo del prodigioso Valentine Benoit, y esta noche seré su verdugo. Por favor, alce sus rezos a su Dios de preferencia y prepárese para morir.

Louis lo miró por un instante. Luego respondió a su presentación con un rugido eufórico, mientras se lanzaba contra él con las hojas de sus espadas gemelas por delante.

Ningún tajo logró conectar. Sólo golpes de puños cubiertos en metal y cuero. Una rápida ráfaga fue suficiente para despojar al León de sus armas y dejarlo en el suelo.

Dando una mirada al campamento, el comandante Ciervo vio soldados enemigos escapando, dispersándose en la noche.

Hacia el este, sobre ligeras monturas y llevando a una inconsciente Ellery, algunos soldados habían logrado escapar. Se dirigían apresurados a la seguridad de su Reino, ya fuera del alcance de los arqueros. Era lo que Louis había ordenado.

Thierry Benoit, sabiéndose victorioso, arregló su bigote mientras terminaba de observar los alrededores.

—Las órdenes son claras —le dijo calmadamente a sus soldados—. Que toda Creación conozca el poder de los espadachines. Esos Leones no se morirán solos. Vayan a ayudarles.

Por: Daniel L. Ruiz

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