Un Poco de Historia II

Dentro de la Ciudad Imperial Burke caminaba con la mirada perdida, taciturno. Su vigilante semblante pesquisaba cada movimiento al interior, se podría decir que casi esperando que algo ocurriera, hasta que, como una corazonada, pasó. Un joven con un par de tragos de más se acercó a una muchacha que cenaba en la taberna de la calle principal.

—Vamos dul… dulzura, una chica tan hermosa no… no puede simplemente estar comiendo solita —El hombre se acerca tanto a la señorita que esta pega un grito de ayuda.

«Un, dos» dijo en voz baja Burke que se encontraba ya de pie en la entrada observando toda aquella incomoda escena, tomó una escoba que reposaba a su lado, al instante se acercó al ebrio, empujándolo con el mango de madera; «tres, cuatro», en un certero movimiento abalanzó el cuerpo del acosador por sobre el suyo en una compleja llave de pelea; «Uno, dos», nuevamente se escuchó la leve voz del paladín quien levantó su improvisada arma y acto seguido del conteo golpeó con fuerza el estómago del desdichado; «tres, cuatro», lo último que se le oyó antes de propinarle un último golpe, los otros paladines que ahí se encontraban  detuvieron al sujeto con sogas retirándolo del lugar.

—Tengo que además trabajar a deshoras por ustedes, uno ya no puede ni embriagarse tranquilo —Burke vuelve a dejar en su lugar la escoba mientras limpia sus manos, mira por un instante a la joven, el paladín le responde su sonrisa de alivio con una pequeña reverencia, los demás regresan a sus lugares pasado el episodio.

—¡Al fin! Tabernero, lo de siempre —Dice el paladín de cabellera azabache mientras toma posición en la barra del lugar.

Un vaso con cerveza negra es puesto frente a Burke cuando de pronto se escuchan los pasos delicados desde la puerta. El joven Erbey toma su bebida de un solo sorbo, en eso una voz conocida le habla desde un lado de la barra.

—Maese Erbey, estoy aquí como acordamos —Madelaine hizo una pequeña reverencia, su vestido de esta noche era más vistoso que el de la reunión anterior.

Burke la inspeccionó— Ese vestido le sienta muy bien, mi dama —dijo sin vacilar mientras ella simplemente escondía su ruborizado rostro bajando la mirada.

 La miembro de la familia Bonham no tardó en recuperar los papeles e iniciar la conversación pendiente.

—¿Qué sabe, maese Erbey, del castillo en la Isla del Oeste?

—Los castillos ocultos son algo icónico, ¿no lo cree? —Empezó Burke mientras meneaba su vaso, a lo que el tabernero respondió llenándola— Las Lechuzas también tienen uno, le llaman el Castillo de la Luna Oculta, sector riesgoso por lo cercano a los Bosques de la Noche Eterna.

El paladín tiñó con tristeza su voz luego de decir eso.

—Mi hermanita se encuentra en una comitiva con otros importantes hombres marchando al oriente a las tierras del León.

—¿Qué hacen allí? —Preguntó Madelaine— Si se puede saber, claro está.

—Algo ocurre, nadie entiende muy bien, los reinos están violentos, belicosos. Nadie se salva, incluso quienes ayer eran aliados, mañana podrían ser nuestros enemigos. Pero no hay de qué preocuparse, bella dama —Le dice mientras le acaricia brevemente el cabello—, estamos aquí para resguardarlos.

—Sitiados, querrá decir.

Madelaine le mira con un deje de desconfianza, su voz sonó densa, se nota en su rostro que no está tan cómoda con la guarnición del Sol ocupando sus calles.

—Verá, somos del grandioso Reino del Sol, fieles al Justo Sol y al magnánimo Concilio que hoy nos gobierna, y estamos en esta ciudad de calles doradas para custodiarla de los fieros invasores que han venido a codiciarla, están sitiados, pero es por su propio bien —Burke ve en los ojos de Madelaine un cierto brillo, un resplandor de orgullo gestado al oír la heroica declaración del paladín—. El imperio nos necesita más que nunca, tenemos el deber, no, ¡la obligación!, la obligación de acudir a vuestro rescate.

Los paladines ubicados en la puerta del local se pusieron firmes ante tan fiero discurso, el cual se escuchó en toda la taberna. Burke llevó su vaso a lo alto —¡Gente de la Ciudad Imperial! Escuchad mis palabras, el Justo Sol no se esconde, aparece cada día resplandeciendo, y aun cuando las nubes tratan de cubrirle, su luz baña nuestras tierras. Así es el glorioso Reino del Sol, así también es el imponente Imperio del Sol. Marchamos al oriente con el fin de derrotar a nuestros enemigos, esos que han declarado afrenta contra nosotros, marchamos en contra de los manchados, aquellos ya vencidos por Kendrik, el Primero, el Elegido por la mano del mismísimo Justo Sol; aquellos que cayeron a los pies de Bergen, a quien llamamos el Sabio; aquellas sombras que hoy caen ante nuestras fuerzas… no importa el color del ejército, sea escarlata o celeste, sea en la temible corte o la fiera batalla, caerán, caerán ante quienes defendemos la causa más justa.

Los oyentes aplaudían con bravura, gritaban vítores y clamores, exaltados. La cerveza se elevaba a lo alto, celebrando una victoria que aún no llegaba. Todos felices en la taberna respondían a las elocuentes palabras de Burke.

Madelaine por su parte no paraba de sonreír, simplemente observaba al paladín terminar su vaso, agotado después de su arenga. El fervor provocado por las palabras del joven Erbey llegó al corazón de la dama Bonham quien henchida de orgullo soltó una sonrisa ya no embobada, sino que de seguridad. El enemigo caería, y los fieros paladines estaban ahí para hacerle frente a todo invasor, pero de inmediato el rostro de satisfacción de Burke se desvanecería ante una pregunta perspicaz de Madelaine: «¿Entonces porque marchan tropas a la Ciudad Mercante?».

Burke estaba desconcertado, atónito miraba a la muchacha que con decepción cerraba sus ojos esperando una respuesta tan digna de las virtudes de las que el paladín se vanagloriaba.

—Mi deber es saber, maese Erbey, mi misión en esta vida es conocer cada detalle de lo que ocurre, y no puede mentirme con ese encanto, ni ese carisma, ni esa hermosa sonrisa suya —rápidamente continuó—… Sé que están en marcha a la Ciudad Mercante, sé que tienen intereses ahí, ¿Tomarán también ese territorio del Reino del Ciervo?

—Mi dama —Burke sin titubear se acercó a la joven Bonham—, el que las tropas avancen no es señal de hostilidad, esa Ciudad es cosmopolita, muchos reinos confluyen en ella y la nutren de su rica cultura, pero el enemigo puede estar ahí, vestido de tonos violáceos o pieles grises. Verá, el increíble Garnet, el Justo, nuestro líder, está en esta ciudad con nosotros para defenderla de aquellos que están fuera de estas murallas. Y sabemos que nuestros vecinos, aquellos que administran la Ciudad Mercante, son una amenaza latente.

Burke se desprende parte de su armadura del brazo izquierdo, mostrándole a la muchacha una quemadura que debió ser peor de cómo está —Esto lo hicieron ellos, este es el recuerdo de las llamas en mi hogar, esta es la prueba del intento de usurpar el honor de mi familia.

Madelaine soltó una lágrima, examinando la herida del paladín, cuidadosamente acaricia el brazo del joven de cabellos azabaches.

—Entonces cuídennos, jóvenes guerreros del Justo Sol.

—Duerma tranquila, yo velaré por sus sueños.

La bella Bonham sacó un pañuelo con el cual secó la lágrima escurridiza, sus ojos cristalinos se posaron en el rostro del joven Erbey, con un pequeño ademán se despide y marchó hacia la puerta entre el bullicio de los comensales, al llegar ahí, Madelaine se detuvo, dio media vuelta mirando al paladín, y con prestancia exclamó «No se me ha olvidado que aún no responde a mi pregunta, maese Erbey», tras esto sonrió con dulzura y salió por la puerta.

—¡Acá estaré mañana! —Gritó a todo pulmón Burke, dando también la vuelta hacia la barra y pidiendo otra ronda de licor, «Esa mujer es un arma peligrosa, si sabe tanto como dice, es un problema para muchos», dijo esta vez casi para sí— ¡Salud!

por: Beco

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