Un Poco de Historia III

Y finalmente la puerta se abrió, ella ingresaba al local de la calle principal, esta vez con un traje sencillo, un vestido sin muchos detalles, pero que no por ello dejaba la hermosura que caracterizaba a la joven. Madelaine ajustaba sus anteojos e inspeccionaba el lugar mientras se hacía paso a la barra, lugar que frecuentaba hace dos noches tratando de conseguir información de un renombrado paladín de la familia Erbey. En las manos de la bella Bonham se encontraba el gran tomo que la acompaña desde hace días.

A diferencia de las otras jornadas, él no estaba, Burke no se hallaba de pie tomando su cerveza tan oscura como su melena. Así pasaron las horas, al menos dos, quizás tres, ella leía su libro mientras preocupada miraba a la puerta de reojo deseando que ingresara el guerrero.

«¿Qué le habrá pasado» se preguntaba, «¿Habrá olvidado nuestra cita?». Madelaine se incorporó, decepcionada en algún punto, tomó su libro y se dirigió a la puerta, una lágrima caía de sus ojos.

—Señorita, ¿podría tener más cuidado? —Un golpe de frente con una armadura dorada le devolvió la vida a la joven Bonham.

Burke se encontraba ingresando a la taberna chocando con la señorita, en los brazos del paladín se hallan una gran cantidad de papeles.

—Pensé que no llegarías —Le dice la joven, mientras disimuladamente seca la lágrima de sus ojos.

—Lamento la demora, por órdenes del gran Garnet, llamado el Justo, fui a buscar documentos de gran importancia.

Madelaine y Burke se dirigieron a una mesa, apenas se sentaron, el joven Erbey dispuso sobre la mesa unos documentos, mapas y cuadernos; al mismo tiempo, hace una seña al cantinero que rápidamente trae el vaso con cerveza negra y el elixir de menta favorito de la señorita Bonham.

—Maese Erbey, ¿Podría hablarme de la Isla del Oeste, si fuese tan gentil? —Preguntó Madelaine, con un decoro único y ternura en sus palabras.

Burke, por su parte, la miró con una sonrisa traviesa.

—¿Sabe quién fue la primera persona en mencionar la Isla? ¿El primer cartógrafo que la registró? —Burke le preguntó mientras tomaba un sorbo de su cerveza.

—El Profeta —Dijo susurrando, acercándose un poco al paladín, como si hablar de la figura de aquel hombre fuese un tabú.

—¡El Profeta! —Remedó alzando la voz— Descuide, quizás en las cortes hablar de él sea un desacato, pero acá, en las calles, su silueta etérea es tema de conversación recurrente.

El paladín abre uno de sus documentos y empezó— Este libro es uno de los documentos del Profeta, al parecer acá tienen poco y nada registrado de él.

Madelaine empezó a reír, disimulando su risita detrás de un pañuelo.

—Ese texto no es del Profeta, maese Erbey, y claro que no hay muchos registros de él, si sus textos son resguardados en la mítica Biblioteca de los Ecos.

Burke estaba anonadado, ¿Cómo sabía ella que ese libro no es del mítico personaje si su firma está plasmada en el documento?

—La letra, no es la misma que la de este libro —Madelaine abre su pesado tomo y demuestra su argumento.

—Es infantil creer que el Profeta es eterno, ya se sabe que son más de uno, puede tener caligrafía diferente —Respondió.

—Se equivoca, ‹Cuentacuentos› —Le dice con una sonrisa infantil—, todos los documentos que se tiene conocimientos escrito por él, tienen la misma caligrafía, casi parece un requisito para suceder al antiguo Profeta, que su aprendiz capte la esencia completa de su maestro.

El paladín desconocía el dato, en completo silencio tomó su vaso y bebió su contenido hasta no dejar nada, haciendo el gesto nuevamente para que el tabernero llenara su cuenco.

—El Profeta es una inspiración para mí, lo he estudiado desde muy pequeña. Su linterna me iluminó de niña. Maese Erbey, es mi turno de contarle una historia:

Según lo que he leído, el Profeta es un ser que existe desde la época del Elegido, ciertamente no ha vivido todos estos años, pero su imagen sí, un cargo que pasa de maestro a aprendiz, y que se ha dedicado a la investigación en todas las áreas.

—¿Quieres decir que no es un Profeta como los grandes videntes de Creación? —Preguntó Burke, confundido.

—Existieron Profetas llamados por la naturaleza —Siguió Madelaine—, que escribieron de flora, de fauna y geografía; alguno de ellos fue cartógrafo, retratando los primeros mapas, que abordaban desde la Isla del Oeste, hasta el Bosque de la Noche Eterna; desde el Mar Congelado al norte, hasta las Montañas Impenetrables al sur. Algunos Profetas eran cronistas e historiadores, y se dedicaron a escribir parte de las memorias de antaño; otros han sido astrólogos, dando nombre a los astros, guiados por la sabiduría del dios Sol y la dama Luna. Sin dudas es un personaje fantástico, pero eso no es el asunto, la Isla…

—¿Tantos libros de él hay fuera de esa biblioteca de la que hablas, o es que tienes acceso a ella? —Preguntó, interrumpiendo, Burke, mientras veía con fascinación el conocimiento de la joven al respecto.

Madelaine respondió, invitada por la mirada del paladín a continuar con la historia.

—La Biblioteca de los Ecos es un mito, pero que no deja de tener pruebas de su existencia, todos los libros encontrados con la caligrafía profetiana tienen escrito al inicio el nombre de la biblioteca seguido de un número, más anecdótico aun es que la mayoría se titula de la misma manera.

—«La Voz del Profeta» —Dijo Burke mirando a los ojos brillantes de Madelaine.

—Sí —La joven Bonham quitó su mirada, ruborizada, perdiéndola entre las páginas de su libro—. Incluso este que tengo acá se llama de esa manera.

—Ese nombre viene de un texto, que se dice es el primero del Profeta. Lo tienen custodiado en la Corte del Reino del Sol —Dice orgulloso el paladín.

—Sí, aunque ese que dice usted no es el primero. El real primero describe pasajes únicos de un tiempo de auge sin igual, al final de la época de la Primera Guerra Contra Locura. El papiro fue un obsequio al hijo de Kendrik, el Primero, el día en que asumió el trono de su padre —Madelaine decía todo esto con un profundo respeto y emoción—. Su tinta describe todo el legado del Elegido, la reunificación territorial, la formación de algunas familias emblemáticas hasta hoy, la forja de la ‹Espada del Amanecer›, arma de un acero único e inimitable, así como otras obras de artes que hasta el más brillante artista querría saber cómo si quiera se les ocurrió a los artesanos.

—Ese hombre, el primer Profeta, es sin duda un visionario —Burke entendió en la información lo importante que resultaba el mítico personaje para Madelaine.

—Y todo lo conseguido, todo lo escrito por los Profetas, perdido ante la división de los reinos, a todos se les olvida que no hace mucho fuimos un solo e increíble pueblo, el Reino Único del Sol —La voz de Madelaine parece estar hablando desde la añoranza, desde el recuerdo melancólico de paz y progreso.

—Señorita, ¿podría pedirle un favor?

—Claro, maese Erbey, ¿Qué necesita?

—Primero, llámame Burke, no estoy acostumbrado a tanta formalidad —El paladín lo dice mientras toma un sorbo más de su cerveza.

—Siendo así —Replicó la joven Bonham—, llámeme Mady, por favor, solo Mady.

—Me parece bien, su nombre no es digno de ser pronunciado por mis labios.

Madelaine le miró, sonrojada hasta las orejas.

—Ya es tarde, maes… digo, Burke, tengo que ir a buscar unos documentos donde mi maestro, espero no le moleste.

—Está bien, no hay problemas, pero… ¿Podría preguntarle por su familia, Mady?

—Puedo contarle de nuestro honorable linaje, ¿Mañana aquí a la misma hora? —Le dijo Madelaine, con esa sonrisa coqueta que aprendió de Burke.

La joven se levanta, deja unos puntos en la mesa, toma su libro y marcha a la puerta. Burke queda en su silla observando la silueta de Madelaine, ella voltea solo para dar un último mensaje «Y no creas que he olvidado la Isla del Oeste».

por: BeCoqueto

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