Primera Corte I

En un salón del castillo imperial, se erguía la inmensa silueta del Lobo Blanco.

—Es hora —fue lo único que dijo el líder de la manada, levantándose de su asiento. Los dos salvajes que iban con él se miraron sonrientes. Sabían lo que pasaría ahora. Conocían bien este momento, el mismo que precede a cualquier batalla, cuando los guerreros preparados se dejan llevar por el calor y la adrenalina. Los tres tomaron sus armas.

Con la muerte del Emperador, sus consejeros habían convocado a diplomáticos de los cinco grandes Reinos para una asamblea. Hakon Finn se había enterado de esto, y había tomado su propia decisión. En el aula principal del castillo del Imperio, discutiendo a viva voz y exponiendo todo tipo de pruebas, se encontraban los representantes de cuatro de las cinco regiones de Creación, todos con el mismo objetivo: Acercar a su Reino al trono y dominar el vasto Imperio recientemente decapitado.

El colosal guerrero se movía difícilmente por los pasillos del castillo, claramente diseñados sin tener en mente a titanes con la altura de casi un hombre y medio. Y Hakon ni siquiera estaba entre los titanes más altos del Norte Congelado. Había nacido para ser distinto entre sus pares, había crecido entre metal y fuego. Había sido forjado. Tal como las armas, formadas por calor y golpes de martillo, él había sido formado por los golpes de sus mayores. Había aprendido la realidad de su Reino mucho mejor que otros Lobos Blancos, y también desde mucho más pequeño. Su infancia debió terminar tempranamente, tuvo que aprender que los problemas se arreglan como lobos: Con golpes, nudillos rotos y huesos quebrados. Y tal como debió aprender a hacerse respetar, a ser admirado y temido por los suyos y por los enemigos, debió aprender también sobre el acero y sus secretos. Llegó a admirar la pureza creada con martillazos, encendida con fuego y silenciada con agua. En las mismas forjas donde su alegría de niño se había apagado, encontró la alegría de un guerrero. Todo eso lo había convertido en lo que era ahora, ya completamente un adulto, de dos metros y treinta centímetros de alto, poseedor de una fuerza increíble, con nervios y huesos hechos para la batalla. Se había convertido en uno de los hijos predilectos del Lobo Blanco.

El último pasillo que recorrieron daba a un puente de piedra, de construcción fina y terminaciones majestuosas. Bajo este, se podía ver el inmenso lago en que descansaba el castillo, sobre el cual, a ratos, parecía flotar, como si de un hechizo se tratase.

Los bárbaros avanzaron hombro con hombro por el ancho puente, cada vez más cerca de su destino, el gran salón donde debatían los diplomáticos. A menos de cien metros, resguardando la entrada del lugar, había cuatro guardias imperiales. Los Lobos se abalanzaron contra ellos antes de que pudieran siquiera hablar. Con increíble velocidad, Hakon desenfundó un hacha de su espalda, decapitó con un solo golpe a uno de los cuatro, y lanzó el cuerpo sin cabeza contra los demás. Ni siquiera les dio tiempo para aterrarse por la visión de la cabeza y el cuerpo volando por separado hacia ellos.

Como lobos en una cacería, los hermanos salvajes que acompañaban al titán remataron a la dispersa guardia que quedaba. Al gigante no le interesaba esta pelea, sabía que ya la habían ganado. Miró de reojo a sus dos compañeros. Daban golpes precisos, casi perfectos. Luchaban como depredadores, no daban tiempo a las presas para defenderse, ni para escapar, ni siquiera para despedirse de este mundo.

Dentro de la enorme cámara, los nobles y diplomáticos escucharon un fuerte golpe contra la puerta cerrada. Alguien o algo intentaba abrirla. Retumbó con tal fuerza que muchos creyeron que se trataba de un terremoto, o tal vez de una gran explosión. Muchos dirigieron sus miradas hacia la entrada, expectantes, mientras otros tantos buscaron refugio de la posible emergencia. Un segundo golpe terminó por abrir las pesadas puertas de par en par.

La luz del atardecer brilló desde atrás de la enorme silueta en el umbral. El titán se vio envuelto en destellos de rojo y amarillo, como si fuese un enviado del mismo Dios Sol.

El silencio perduró hasta que el forastero, calmadamente, ingresó al salón, mirando a todos los presentes hacia abajo, infundiendo el miedo con su sola presencia, tal como en cualquier campo de batalla. Varios diplomáticos no pudieron hacer otra cosa que correr despavoridos, pidiendo auxilio, llegando al puente o buscando cualquier escondite posible… pero algunos ignoraron el miedo. Algunos estaban ahí porque eran capaces de alzar la voz sin importar a quién tuvieran delante, porque estaban dispuestos a encarar a quien fuera necesario, porque no temían morir por sus ideales. Un hombre así, de avanzada edad y estatura mediana, con la nariz pronunciada y calvicie abundante, demostró tal convicción. Era un hombre que, a pesar de provenir de un Reino de soldados, había convertido la diplomacia en su vida, convencido de que las palabras y la cortesía pueden salvar a miles en tiempos sin paz. También estaba convencido de que si su Reino, el Reino del León, debía luchar una guerra, sería capaz de ganarla. Con seguridad, se paró frente al invasor, alzando la vista, tratando de encararlo como si de una montaña se tratase.

—Has hecho algo intolerable. Esto… esto se sabrá, se sabrá en todos los rincones de Creación que el Lobo Blanco no entiende nada que no sea brutalidad —comenzó, gesticulando con ira—. Se sabrá que lo único que pueden intentar es someter, mediante fuerza, a los que no están de acuerdo con ustedes —la mirada que sostenía hacia Hakon estaba llena de cólera—. Se sabrá que hemos tenido razón al pensar que su Reino es sólo una tropa de mugrosos bárbaros.

El titán siguió avanzando lentamente, manteniendo su mirada en el trono imperial, ignorando casi por completo al diplomático… hasta que le devolvió la mirada. Sin prestarle verdadera atención, golpeó al León con el revés de su mano, lanzándolo varios metros en el aire. No había sido más que una mera molestia para el Lobo Blanco. El anciano aterrizó fuertemente contra una mesa, adornada y cubierta con comida para los representantes convocados.

El salón quedó en absoluto silencio. Estaba claro que nada ni nadie podría detener a Hakon, pero eso no detuvo la ira de los Leones que acompañaban al diplomático, y tres de ellos arremetieron contra el Lobo Blanco. Antes de que lograran acercársele, el titán lanzó una de sus hachas, alcanzando de lleno a uno de los atacantes. Los dos que quedaban no se detuvieron por eso, mantuvieron su carga, con las dagas empuñadas. Aunque su ofensiva fue coordinada, y sus golpes iban bien dirigidos, el titán fue superior. Desvió sin problema ambas hojas en el mismo instante, y con un solo movimiento, sujetó los brazos de sus oponentes y separó sus huesos. Las fracturas fueron evidentes por los gritos y expresiones de dolor. A pesar de lo bien que habían dirigido su furia, no lograron vengar al anciano diplomático. Estaba claro, desde el comienzo de la reunión, que era alguien muy querido en su Reino.

Hakon dio una corta mirada a sus rivales, derrotados e invadidos por el dolor, antes de lanzarlos a varios metros de distancia. Observó el salón una vez más, asegurándose de que nadie más osaría oponérsele. Los diplomáticos sólo intentaban esconderse, rehuían su mirada, o cerraban los ojos con fuerza. Algunos incluso rezaban, encomendándose a alguno de los grandes Dioses.

Con sólo dos pasos alcanzó la escalera que precedía al trono imperial. Miró el asiento con indiferencia, como si no le significara más que un banco de madera o un tronco talado, mientras desenfundaba una de las varias hachas que llevaba a la espalda. La más grande de todas. La sujetó con ambas manos, la levantó por sobre su cabeza y, con un monstruoso golpe, la clavó en el piso de mármol entre el trono y él.

Los invitados de la asamblea quedaron atónitos. Sólo reaccionaron preguntándose qué podría significar semejante acto, qué podría querer esta bestia. Guardaron silencio, completamente quietos, como presas frente a un depredador, mientras el salón se llenaba por la incertidumbre y el miedo.

Hasta que alguien habló. Se notaba el dolor en cada palabra. La respiración entrecortada dejaba en evidencia las costillas rotas. El anciano León apenas había podido incorporarse, sintiendo su cuerpo partiéndose en dos.

—¿Por qué has hecho esto? —dijo, salpicaduras de sangre saliendo de su boca—. ¿Cuáles son tus intenciones? ¿A caso tu mugroso Reino no conoce las palabras? —aunque estaba al borde de la muerte, logró articular perfectamente su discurso—. Eres solamente un ser ruin, despreciable… ¿Es esta la es la única forma que tienen ustedes de actuar? —tal era la voluntad del León—. ¿Crees que este ultraje quedará impune?

El titán se volteó al oír esas palabras. Se acercó lentamente al diplomático, con los ojos ensombrecidos por su cabello, mostrando los desgastados y amarillentos dientes, como una bestia a punto de darle el golpe final a su víctima. Los rasgos endurecidos, la mueca animalesca, y las innumerables cicatrices del Lobo daban la impresión de que no sería capaz de articular frase alguna… pero el gigante respondió, y su respuesta fue lo último que el León escuchó antes de que la muerte lo alcanzara.

—Si quieren el trono del Imperio, primero tendrán que enfrentarse al Reino del Lobo Blanco… ese es nuestro mensaje, esta es nuestra política.

por: Daniel L. Ruiz

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