Primera Corte II

La ceremonia comenzó en silencio, con los asistentes reunidos ante el frío de la mañana. La brisa creaba pequeños remolinos en el patio del castillo imperial, las nubes cubrían el cielo por completo, y la pira funeraria permanecía sin encender. Diplomáticos del Sol, la Lechuza y el Ciervo entregaban sus condolencias a los Leones, habiendo pasado ya dos días desde el vil asesinato de uno de los suyos. Un titán del Lobo Blanco había cometido el crimen a sangre fría, al irrumpir en el salón principal del castillo, donde se discutía el destino del Imperio.

El sol se abrió paso entre las nubes. La luz que caía sobre la fúnebre reunión aumentó, pero también lo hizo el frío que la llenaba.

Los más cercanos a la pira eran algunos guardias reales del León, que daban sus últimas despedidas a uno de sus más respetados pensadores. El diplomático asesinado era una de las personas que más había aportado a la política del aguerrido y orgulloso Reino. Más lejos, se encontraba una persona adusta y de mirada severa. Era Erick Bendig, uno de los más reconocidos líderes de las huestes del León, mirando, fijamente y de pie, a la pira. Sus ojos verdes y duros, rasgo de su madre, no se movieron durante toda la ceremonia, como tampoco lo hizo su imponente figura, rasgo de su padre. El entrenamiento de un León estaba claro en él, y todos los presentes sabían que era un estratega tan admirable como temible. Era una leyenda viviente de su Reino, orgulloso descendiente de ya cinco generaciones de líderes militares de la familia Bendig. De sus hazañas se contaban historias e incluso se cantaban canciones. Tanta era su fama que en el Reino escarlata era señal de orgullo haber estado a sus órdenes.

—Me parece que ya estamos preparados —le dijo a uno de sus comandantes, con la voz de un líder, sin despegar la mirada de la pira. La orden pasó en gestos, sin una sola palabra dicha, de un soldado León a otro, hasta llegar a un joven sacerdote.

El simple ataúd ya se encontraba en lo más alto de la construcción de madera, esperando a que todos los presentes dijeran sus despedidas. Con un par de oraciones, el sacerdote del León encendió inciensos de mirra y azafrán, justo antes de encender también la pira.

—La gloria que trajiste a tu Reino no será olvidada —dijo, mientras las llamas envolvían la madera.

El frío desapareció, expulsado por el fuego, tan rojo como los estandartes del León. Había sucedido la despedida a uno de los mejores diplomáticos que el Reino escarlata había conocido.

Los diplomáticos del Sol, la Lechuza y el Ciervo no se sorprendieron al ver a algunos guerreros del León, cubiertos en armaduras con marcas de uso, entrenados bajo estricta disciplina militar, apretando los dientes en un esfuerzo por mantener la compostura, dejando salir una que otra lágrima. No era sólo la tristeza lo que invadía a los soldados. Había también impotencia, la impotencia de un Reino erigido para la lucha y la victoria. Su orgullo había sido agraviado, y era obvio lo que pasaría por eso: El León tendría su venganza.

—Mi señor, permítame marchar —le dijo el mismo comandante a Erick—. Por favor, permítame marchar. Iré con la mitad de la reserva solamente —hablaba con la garganta apretada, tan impotente como el resto de los soldados—. Le prometo que regresaré con la cabeza de esa bestia —entonces levantó una mano, mostrando su anillo de matrimonio—. Le juro por mi esposa que lo haré. Caminaré por todo el imperio, sin dormir ni comer, si es necesario para cumplir esta misión. Por favor, permítame marchar.

El líder no apartó su mirada de las llamas, cada vez más altas. Su expresión no vio el más mínimo cambio cuando puso su mano sobre el hombro del comandante.

—Ya he dado órdenes, y ya han sido ejecutadas. Recuerda que lo que sucede en el Imperio ahora no es más que una guerra, y nadie sabe de guerra más que nosotros —su voz tenía tanta tranquilidad como fuerza—. Así que mantén la compostura y actúa como el soldado que eres.

El comandante se enderezó con rigidez, y su expresión se volvió una de completa seriedad, mas lo único en que podía pensar eran preguntas. ¿Quién podría ser el elegido para tan magna misión? ¿Quién sería lo suficientemente digno para ser elegido por el mismo Erick Bendig en tan poco tiempo? No le tomó más de un instante encontrar la respuesta. Mirando nuevamente hacia la pira, en completo silencio, le quedó solamente una pregunta: ¿Por qué?

No pasó mucho tiempo antes de que la noticia alcanzara toda Creación. Un diplomático del León había sido brutalmente asesinado por un Lobo Blanco. Tanto creció el rumor, que pronto las versiones bordeaban el convertirse en mitos. Se hablaba de un hombre de tres metros, monstruosamente musculoso y blandiendo al menos dos armas con cada mano, envuelto con pieles ensangrentadas y huesos humanos, seguido por una jauría de lobos salvajes que seguían sus órdenes. Incluso las versiones de los que habían presenciado la escena se vieron afectadas por el terror del momento.

Tantas historias tan exageradas le parecían nada más que fábulas a Ellery Bendig. Incluso le recordaban a las historias de terror que había escuchado hace años, cuando aún era una niña. Culpaba de tales desproporciones de lo sucedido a los diplomáticos, sabiendo lo buenos que son para distorsionar la verdad. Como cualquier León, sabía la verdad sobre los Lobos Blancos. Sabía lo cierto de su comportamiento animalesco y su gran fuerza, también que son más altos que la gente del resto de Creación, y que algunos casi son capaces de comunicarse con los lobos. Imaginaba por qué algunos de ellos habrían viajado desde el Norte Congelado en donde viven, la región más al norte del continente, hacia la capital del Imperio. Sólo quedaba una cosa que no podía responderse: ¿Cómo se atrevieron a asesinar a un León?

No había respuestas válidas, así que no las buscaría. Lo que importaba ahora era la carta que había recibido la joven discípula, escrita por la mano de Erick Bendig.

—¡Capitán! —resonó la voz de la mujer desde la tienda de campaña.

Ya había movilizado al ejército. Se encontraban en la frontera norte, donde el Reino del León limita con el del Lobo Blanco. Apenas escuchó el grito, el capitán del ejército, Louis Kelm, corrió hacia el origen del llamado.

—Mi señora —respondió Louis, entrando en el austero cuartel que era la tienda de campaña.

Frente a él estaba Ellery, mirándolo directamente con sus ojos tan verdes como los de su padre y su abuela. Lo pálido de su piel los hacía ver aún más profundos. Llevaba su armadura ligera, y su cabello, completamente rojo, estaba atado tras su cabeza. Aunque su aspecto era el de alguien preparado para la batalla, práctico y austero, no evitaba que la belleza de sus rasgos resaltara. Tampoco lograba disimular su juventud. Más que una comandante, parecía una pequeña niña con armadura. Muchos pensaban que aún no tenía edad suficiente para su cargo, y que por eso fallaría, pero las dudas se disipaban al estar bajo su mando. Era una comandante tan rígida y decidida como su padre, claramente siguiendo de cerca sus enseñanzas, y además una ferviente seguidora del Dios Sol. No tardaba en dejar claro su liderazgo, tal vez con demasiada intención. Se contaban historias sobre lo extremas que podían ser sus medidas, como una ocasión en que capturó a un grupo de desertores y, sin cambiar su expresión, los ejecutó, calcinándolos con un hechizo de fuego.

La tienda de campaña que hacía las veces de cuartel era pequeña, preparada solamente con lo más básico. Un brasero simple, una silla de campamento, y una mesa angosta, sobre la cual descansaba, entre mapas y anotaciones, un sobre, con el sello real del León ya partido.

Un nudo se formó en la garganta del capitán, sólo cinco años mayor que su comandante. Los años de entrenamiento, bajo los rígidos cánones de la milicia León, no lo habían vuelto insensible al pensamiento de una niña cargando en una batalla, entre soldados enfrentándose a bestias. Porque eso era Ellery cuando él la conoció hace ya una década, una niña de sólo doce años, con el rostro blanco cubierto de pecas, el cabello cobrizo trenzado, y ropas muy diferentes a la armadura que vestía ahora. Sus ojos verdes no habían cambiado, aún igual de cristalinos. Fue para ese entonces que Louis juró su vida a protegerla. Se lo debía a ella, y se lo debía a su padre.

—¿Me escuchó, capitán? —la voz de la mujer puso fin a los pensamientos de Louis. Seguía mirándolo fijamente a los ojos, de pie, con la misma altura que él. Se le acercó un poco, dando nada más que dos pasos. Incluso caminaba diferente a la niña que había sido diez años atrás.

—Sí, comandante. ¿A dónde debemos movilizar nuestras tropas ahora?

—Debemos seguir hacia el norte, a una cacería. Prepare a todo el ejército, haga que todos tengan una ración doble, marchamos en una hora. Hay órdenes del mismísimo Erick Bendig, así que no pierda tiempo.

—¿Qué es lo que cazamos? —con sus recientes memorias, sumado a lo sorpresivo de la información que acababa de recibir, el comandante tardó en concentrarse por completo.

Los ojos de la general, por un mínimo instante, cambiaron su color, pasando del verde casi transparente a un rojo encendido. Por menos de un segundo, una energía y calor se sintieron en la tienda de campaña. Podría haber sido un reflejo del brasero, y un leve cambio de temperatura, pero Louis sabía que no. Era la hechicería del Sol manifestándose, justo antes de que la sacerdotisa respondiera.

—Vamos a cazar un gigante.

Por:Daniel L. Ruiz

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