Primera Corte III

—¡Flanco izquierdo, muévanse! ¡Flanco derecho, avancen! ¡Esos salvajes no nos tomarán por sorpresa! ¡Capitán, mantenga la posición que acordamos!

Apenas el ejército León cruzó el límite del Reino del León con el del Lobo Blanco, Ellery comenzó a dar las órdenes. Fueron acatadas enseguida.

Uno de los soldados en la avanzada escuchó un cuerno de guerra, y dio la alerta. Un contingente de salvajes avanzaba hacia ellos. El ejército León no sabía cuántas tropas enemigas llegarían a recibirlo, pero sabía que lo principal en el momento era adecuarse a las circunstancias. Ya habían evitado ser tomados por sorpresa, ahora debían obtener y mantener una ventaja. Una difícil tarea en el Norte Congelado, donde apenas existe vegetación, los espacios son grandes y abiertos, adornados por casi nada más que rocas, y el suelo cubierto de nieve puede esconder un lago congelado. Los Lobos Blancos conocían mucho mejor ese terreno, el espacio sin limitaciones los aventajaba, y estaban acostumbrados a moverse sobre la nieve en condiciones peores. El ejército escarlata debía actuar con rapidez.

El frío era casi insoportable, volvía difícil la marcha del León. Cargar contra los Lobos no era factible, su superioridad física y resistencia al clima les habrían dado demasiada ventaja ante tal maniobra. El viento soplaba con fuerza desde el norte, imposibilitando el uso efectivo de los pocos arcos que tenían. Ellery consideró todo esto con velocidad, además de lo que sabía de los Lobos. Era un contingente de salvajes el que atacaba, así que lo más seguro era que lanzarían una carga de caballería contra su ejército. Lo que tendrían que hacer estaba claro. Las formaciones de escudos y lanzas del León eran temidas, además de perfectas para responder a una carga de caballería. Si lograban resistir las oleadas de salvajes montados, llegarían a una lucha cercana, donde podrían aprovechar su ventaja numérica. El entrenamiento se sobrepondría a la brutalidad del oponente.

Antes de que el León pudiera rugir, llegó el aullido del Lobo Blanco. La carga salvaje tenía el sonido de una tormenta, y la misma furia, si es que no más. El suelo tembló, como si se tratara de una avalancha. El ejército oponente cargaba a gran velocidad. Eran muchísimos bárbaros, avanzando tanto a pie como sobre lobos blancos, el animal de su estandarte, bestias más grandes que la mayoría de los caballos de guerra, con una ferocidad legendaria. El ejército León apretó su formación, sujetando con firmeza escudos y lanzas. Si se habían vuelto presas del miedo, no lo demostraron.

Chocaron las primeras filas. Aunque muchos salvajes montados fueron alcanzados por las lanzas, la mayor parte no se detuvo enseguida. Jinetes y monturas seguían peleando por igual mientras se desangraban. Algunos animales saltaron por sobre la primera fila de Leones, aterrizando entre las columnas de soldados. Aunque el jinete fuera eliminado al instante, los lobos blancos seguían causando bajas antes de caer muertos. Las embestidas contra la primera fila de escudos llevaban tanta fuerza que, a momentos, los soldados carmesí no podían evitar que se abrieran brechas en su formación, por las que la infantería enemiga se apresuraba a entrar. Se trataba de berserks, guiados completamente por su furia, casi imparables en su trance de guerra. Atacaban con una fuerza solamente equiparada por sus gritos de guerra, ignorando las heridas que aparecían en sus torsos descubiertos. Esta era la bienvenida a las tierras del Lobo Blanco.

Ellery debía pensar rápido. Debía ignorar el hecho de que se sentía abatida por lo que estaba viendo. “Los primeros instantes de una batalla son los más cruciales” pensó, aunque era la voz de su padre la que escuchaba diciendo esas palabras. “Debes ser un ejemplo para tus tropas, mantener la moral en lo alto, dejar de lado la debilidad y el miedo, para que los soldados hagan lo mismo”.

Entonces la comandante avanzó, con paso decidido y sin expresión alguna en su pálido rostro. Las posibles maniobras recorrieron su mente con velocidad, hasta que alzó su cetro hacia el frente.

—Louis —llamó al capitán, por su nombre esta vez—, que avancen las últimas filas, a reforzar la posición de las primeras —mientras hablaba, la determinación se hacía visible en sus ojos—. Debemos silenciar el aullido de estas bestias, o moriremos en el intento.

El guerrero respondió con un gesto afirmativo y se dirigió enseguida a cumplir las órdenes. Sentía su corazón latir más fuerte, más rápido, sentía el calor de la batalla invadiéndolo. Para eso estaba en este mundo. Dio las instrucciones lleno de energía, haciendo sonar su silbato mientras avanzaba hacia el frente de la batalla. Eran sonidos que los soldados del León entendían perfectamente. Alcanzó las filas delanteras, donde se abrió paso con sus dos espadas contra los salvajes y berserks que se habían infiltrado, soltando tajos contra incontables enemigos. El suelo era una amalgama de nieve y sangre, un fango rojo y espeso que dificultaba el paso, mientras las monturas de los bárbaros seguían cargando y saltando contra los escudos. Nada de eso detendría el rugir del León.

Poco a poco, las columnas y filas del ejército escarlata se ordenaron a la perfección. El arduo entrenamiento de cada uno de los soldados se hizo notar. Respondían con presteza a los silbatazos, acabando con salvajes, berserks y lobos blancos por igual, a pesar de la gran desventaja física. La potencia militar del León brilló cuando, finalmente, lograron arrebatarle la ventaja a los bárbaros, oponentes claramente más fuertes y peligrosos.

—¡La barrera no aguantará mucho más! —el grito de un soldado alcanzó a Louis—. ¡Capitán! ¡Necesitamos más refuerzos! —respondió solamente con un silbatazo. No llamaría más refuerzos para mantener la defensa, una mayor ofensiva era lo que necesitaban. Tres escuderos cubrieron su posición, ayudándole a llegar hasta la primera fila.

Avanzando, el capitán se encontró de lleno la bienvenida del Reino del Lobo Blanco. Un hacha golpeó su cráneo con fuerza suficiente para matarlo, pero logró moverse en el momento exacto para salvarse. Ya no le importaba una cicatriz más en su calva cabeza. Para eso estaba vivo, para eso era un León. Contraatacó enseguida, a una velocidad increíble, derribando fácilmente a su atacante. Inhaló rápidamente, quitando de su mente el feroz golpe que había recibido. Debía aguantar, ahora más que nunca. No rompería la promesa que le había hecho a Ellery y a su padre. Ni la derrota ni la muerte eran una opción. Una de sus espadas se estremeció al bloquear una nueva hacha que se dirigía a su rostro, y el temblor se esparció por todo su brazo.

—¡Venceremos! —gritó, llevando su otra espada contra la garganta del berserk que tenía enfrente—. ¡Somos el Reino del León! —avanzó algunos pasos, llegando más adelante que cualquier otro soldado de su ejército—. ¡Somos los mejores guerreros de todo el Imperio! —dijo, alzando ambas espadas por sobre su cabeza—. ¡¡Es hora de enseñarles a estos brutos cómo se lucha de verdad!! —entonces sucedió, por primera vez, que los gritos del León se sobrepusieron a los del Lobo Blanco—. ¡¡Leones!! ¡¡Avancen!! —ya nada podría silenciar el rugido—. ¡¡Que estos salvajes vuelvan a sus madrigueras!!

Con gritos eufóricos, las filas de escuderos recuperaron terreno, finalmente haciendo retroceder a la caballería salvaje y la infantería berserk. Ahora sólo faltaba que Ellery mantuviera control sobre la batalla hasta alcanzar la victoria, y Louis tenía la seguridad de que lo haría.

Por: Daniel L. Ruiz

Visítanos e infórmate en nuestras redes sociales

Top
Relatos de Creación