Primera Corte IV

Las blancas tierras del Norte Congelado, hacía poco silenciosas, se encontraban inundadas por el clamor de la batalla. Los choques de acero y madera, los rugidos de los lobos, y los gritos de guerra de ambos ejércitos formaban una miríada temible. Desde que las filas del León habían logrado resistir las potentes oleadas del Lobo Blanco, la batalla se había vuelto pareja.

Filas de escudos y lanzas se mantenían firmes, en una formación cerrada. Hombro con hombro, los soldados del ejército escarlata avanzaban lentamente, empujando en contra del avance de los salvajes y berserks. Aún así, la ferocidad de los bárbaros no menguaba. Seguían embistiendo el muro que eran los Leones con fuerza e ira, indomables e impredecibles.

Avanzando entre las columnas, no muy cerca de donde chocaban los guerreros, se encontraba Ellery Bendig, la discípula comandante del ejército León. Observaba y analizaba cada movimiento, sabiendo que estaba a prueba. Su general y persona de confianza, Louis Kelm, lideraba a las tropas desde el frente, luchando y dando órdenes con su silbato sin parar.

—Los salvajes saben cómo usar la nieve a su favor, pero nosotros hemos sido forjados por el fuego de la batalla. Es el momento —dijo tranquilamente Ellery a su escolta, antes de soltar un grito con la voz de un verdadero líder militar—. ¡Soldados! ¡A las armas!

Ese antiguo grito de guerra del Reino fue como un golpe de adrenalina para sus guardias, que respondieron con rugidos. Era el momento que esperaban, el momento para el que estaban ahí. La comandante avanzó, haciendo sonar su silbato entre los soldados, rodeada por su escolta. Las columnas se movieron al unísono, abriendo un sendero para los seis Leones.

Cinco guerreros experimentados conformaban la guardia de la comandante. Iban vestidos con armaduras ligeras de la mejor manufactura del Reino, adornadas con el símbolo escarlata del León. Sus largas barbas y cabelleras parecían verdaderas melenas. Incluso la forma en que se movían los diferenciaba de los soldados más jóvenes. Pero sin duda, lo más llamativo en ellos eran las garras que cubrían sus puños, volviéndolos una visión temible para cualquier enemigo.

En la primera fila, Louis se mantenía entre los escuderos, liderando el lento avance del León. A cada momento debía bloquear un hachazo, o esquivar las fauces de un lobo blanco, dando pasos firmes en un terreno inseguro, con las botas hundidas en una mezcla de nieve derretida y sangre derramada. La batalla ya había durado bastante, y aún no se acercaban a la victoria. Aunque tales condiciones asediaran la moral de los Leones, la defensa no flaqueaba. Los escudos seguían firmes, y las lanzas seguían buscando enemigos. Cuando el silbato de Ellery se hizo escuchar, las fuerzas se redoblaron. La comandante había llegado a la primera fila. El ejército sabía qué significaba esto, era el momento de que la batalla terminara.

Los escoltas de la discípula ya habían dejado la formación, adentrándose en el caos que era el ejército Lobo Blanco. Avanzaron con rugidos y garras, abriendo brechas entre los enemigos y dejando el suelo tras ellos cubierto de sangre y cadáveres. Daban golpes rápidos y precisos, se movían con agilidad, preveían los movimientos de sus atacantes. Dejaban en claro su experiencia y entrenamiento, convirtiendo la pelea en un choque de bestias imparables.

El muro de escudos se abrió para darle paso a Ellery, que avanzó por el sendero que habían limpiado sus escoltas. Un bárbaro cubierto de cicatrices, canoso y tuerto, corrió hacia ella enseguida, con su hacha levantada. La velocidad con que reaccionó la comandante fue increíble, esquivando el golpe enemigo y al mismo tiempo lanzando uno propio. Impactó el único ojo de su rival con la punta de su cetro, haciéndolo retroceder. El Lobo Blanco habría ignorado el dolor y contraatacado, pero Ellery no lo había golpeado solamente con su arma, sino también con un hechizo. La punta del arma de madera resplandecía como metal al rojo, y la quemadura no alcanzó solamente el ojo del salvaje, sino todo su rostro, encendiendo en llamas su barba y cabellera.

La comandante avanzó firme y concentrada. Aunque liderar al ejército y obtener la victoria eran sus misiones, sentía otra responsabilidad más importante. Con cada orden, cada paso, y cada golpe, se ponía a prueba. Estaba a la sombra de su padre, como siempre lo había estado. Siempre había sido juzgada en base a eso, como siempre había sido juzgada por él mismo. La hija del gran Erick Bendig no podía traer decepción al Reino, ni menos traérsela a él. Ya había conocido su desaprobación cuando decidió entrenarse como sacerdotisa y no como guerrera, interrumpiendo la línea familiar. Esta no era la batalla en que volvería derrotada, conociendo la verdadera decepción.

—¡Que no quede ninguno con vida! —gritó la comandante con fuerza, alzando su cetro. Era la misma orden que daba Erick en sus batallas, alzando la espada. Esperaba mantener en lo alto la moral de sus tropas, ganarse su apoyo, recordarles la imagen del respetado héroe del Reino. La orden fue respondida con un único rugido de todo el ejército, tal como los que, según se narraba, sucedían en las campañas de su padre.

Otros enemigos habrían intentado retroceder ante tal demostración de coraje, pero los Lobos Blancos no retrocedían. El único miedo que parecían conocer era el que ellos sembraban en sus enemigos. A pesar del avance imparable de la escolta de Ellery, cuando notaron que se trataba de la comandante enemiga, dos salvajes se abalanzaron contra ella. Pasaron entre los guardias con una agilidad animalesca, acercándosele a la Leona como depredadores a una presa. Se trataba de un hombre y una mujer, cada uno portando un espadón. Lanzaron un ataque coordinado, flanqueando a Ellery, obligándola a reaccionar enseguida. “Se mueven como uno solo, no puedo dejar que ambos me alcancen” pensó, desviando una de las grandes hojas mientras esquivaba la otra. En el mismo movimiento, dio una finta alrededor del bárbaro, haciendo distancia entre ella y la salvaje. Su báculo se había tornado al rojo nuevamente, casi por completo, así que un solo golpe fue suficiente, dejando una profunda herida horizontal en el cuerpo del hombre, casi partiendo su torso en dos. La salvaje cargó con furia, moviéndose aún más rápido que antes, demostrando una fuerza increíble. La discípula esquivó lo mejor que pudo, tomando distancia hasta que tuvo espacio suficiente para lanzar un nuevo hechizo. Susurró unas pocas palabras y, casi enseguida, el calor y el fuego llenaron los pulmones de su rival, acabándola rápidamente.

La sacerdotisa siguió avanzando, hasta que vio a su escolta a pocos metros. Dos de ellos seguían enfrascados contra salvajes y berserks, sosteniendo la posición de los otros tres, que se enfrentaban a un enemigo tan grande como peligroso. Un guerrero Lobo Blanco con melena rojiza, sumamente musculoso y de más de dos metros y medio de altura, que blandía sin problemas un hacha del tamaño de un hombre. Los tres Leones no lograban acortar distancia, el arma rival se movía demasiado rápido y con una fuerza descomunal. Apenas podían arañarlo, y el gigante parecía no conocer el dolor.

—¡Alto! —ordenó Ellery, avanzando con seguridad, apuntando al titán con su cetro—. Este no es como el resto del ejército —entonces le habló al enorme guerrero, cuya sola presencia era aterradora—. Tú debes ser quien está al mando. Busco al gigante de las incontables armas, si me guías a él, tu muerte será menos dolorosa —debió concentrar su voluntad para mantener la voz de líder, de ella dependían la moral del ejército y la victoria.

El hombre la miró fijamente, y no se preocupó de contener su estruendosa risa. Había visto mujeres capaces de hacer tales demandas, y de llevar a cabo tales amenazas, pero ninguna vivía fuera del Reino del Lobo Blanco.

—Tienes razón, pequeña —respondió el titán, con la voz como una tormenta de nieve—. Lo que ves aquí es mi ejército. Soy Thorlak Steinn, hijo del gran Asgeir Steinn, el Gran Protector del Norte Congelado. Si quieres acabar con mi vida, tendrás que ser tú misma quien lo intente.

—Muy bien, monstruo —dijo ella, con la misma voz de general. Esa voz sin miedo y, tal vez, sin juicio—. Seré yo, Ellery Bendig, hija del gran Erick Bendig, líder de las Huestes Interminables, quien te cerrará la boca para siempre —apenas terminó de hablar, sus escoltas se alejaron del gigante. Sabían que, si un León aceptaba un desafío, nadie debía entrometerse, e incluso tenían la obligación de velar porque así fuera. Incluso los salvajes se alejaron de los dos comandantes. En medio del panorama cubierto de sangre y nieve, una arena fue formada.

El titán cargó contra la mujer, blandiendo su gran hacha con una sola mano, dando un grito que habría ahuyentado a cualquiera con menos convicción que Ellery. Al encontrarse a dos metros de ella, comenzó a lanzar golpes a una velocidad increíble, con el arma y los puños por igual. Su alcance era demasiado, incluso con una lanza habría sido difícil para un León acercarse lo suficiente para asestar un buen golpe. La discípula sólo podía esquivar, pues su cetro no habría tenido la suficiente fuerza siquiera para desviar un ataque, menos para bloquearlos, y su armadura era incapaz de resistir semejante fuerza. Thorlak notaba el esfuerzo que hacía su rival, el frío la estaba afectando, y cada movimiento que hacía era más lento que el anterior. Los Lobos Blancos conocían bien sus tierras. Sabían que, incluso en aquellas épocas anteriores al invierno, era un gran esfuerzo para los extranjeros soportar el clima, más aún durante un combate. No dudaban en explotar ese conocimiento.

La Leona sabía bien que no ganaría la pelea esquivando solamente. La fuerza de su rival estaba clara, sabía bien cuánto daño le haría uno de sus golpes si se dejaba alcanzar, pero algo la preocupaba más que eso. Sabía bien que no podría mantener el ritmo por mucho más. El frío golpeaba su piel y sus pulmones, le llegaba al hueso cada vez con más intensidad. La nieve se derretía bajo la pelea, dificultándole aún más el movimiento. Se concentró en lo que hacía su rival, analizando las secuencias de sus golpes, buscando una abertura en su defensa, una brecha que le permitiera acercarse lo suficiente para contraatacar… No tardó mucho en notar lo más obvio. Después de cada hachazo, había un ínfimo momento en que la ofensiva del gigante se detenía, dando una pequeña posibilidad de, tal vez, acercarse lo suficiente para dar un golpe. “Sus movimientos son precisos, hay un objetivo tras ellos, algo más que sólo ganar la pelea” pensó Ellery, “podría haberme vencido en múltiples ocasiones ya, y no lo ha hecho”.

Entonces entendió lo que pasaba. Más que su cuerpo, era su confianza lo que debía mantener con firmeza. El Lobo Blanco estaba cansándola, sabiendo que podría permanecer mucho tiempo más que ella luchando en esas condiciones. Quería llevar el miedo al resto del ejército León, arrancarles la moral por completo, hacerlos ver cómo su comandante caía ante él. Y estaba logrando todos sus objetivos. Ellery, entonces, decidió arriesgarse. Al ver nuevamente esa pequeña brecha en la defensa de Thorlak, después de un hachazo, se infiltró en su guardia con presteza, buscando el punto donde menos probable fuera que la alcanzara el arma o una mano de su rival. Su cetro era demasiado largo como para dar un golpe con la velocidad necesaria, por lo que optó por algo diferente. Llevando una mano rápidamente hacia el rostro de Thorlak, y pronunciando un corto rezo, cegó al gigante con chispas y brazas. Como esperaba, el guerrero llevó su mano libre a cubrir sus ojos, mientras soltaba un gruñido bestial.

—¡Es tu fin, maldita bestia! —gritó la Leona. El hacha de su rival era demasiado larga para ser efectiva en ese rango, y una de sus manos estaba ocupada. Era el momento de atacar, con su báculo al rojo dirigido a la cabeza del gigante. Alzó el arma con toda la fuerza que le fue posible, esperando que un solo golpe bastara.

—¡¡Antes aplastaré tu sucia cabeza roja!! —rugió Thorlak, quitando la mano de su rostro en el momento justo para desviar el arma de la Leona. La punta ardiente del asta se clavó en su pecho profundamente, pero el Lobo Blanco no dio muestra de dolor. Sólo de ira. Aprovechando lo cerca que tenía a la mujer, soltó su hacha, sabiendo que no le sería útil estando tan cerca, y llevó ambas manos a la cabeza de Ellery, casi separando las vértebras de su cuello por el solo impacto.

La discípula casi no tuvo tiempo de reaccionar. En pocos segundos, el gigante podía aplastar por completo su cráneo. Su muerte sería indigna, la derrota de su ejército sería inminente. Antes de dejar que eso pasara, se aferró a ambas muñecas del titán y, pronunciando apenas una oración, tornó sus manos al rojo. Por el primer instante el guerrero pudo aguantar el dolor, pero el calor que envolvía su carne se esparció, quemando cada vez con más intensidad. Alcanzó sus hombros, volviéndose insoportable, obligando a sus brazos a soltar a la mujer. La lanzó varios metros en el aire, y aunque trató de recoger su hacha, no fue capaz de hacerlo enseguida. Era como si los músculos de sus brazos estuvieran carbonizados.

Ellery se levantó, mareada y con el cuerpo adolorido por completo. Dejó todo eso de lado, concentrándose nuevamente en la batalla, y sus ojos brillaron como llamas carmesí. El efecto del hechizo estaba dejando rápidamente a su rival, que no tardaría en recuperar su hacha o en lanzarse a atacar sin armas. De ninguna forma habría posibilidades, la Leona había soltado su báculo, su cuerpo ya no aguantaría más, y la daga que llevaba al cinto no sería de ayuda en lo más mínimo. Los escoltas gruñían mientras observaban la escena. Querían pelear, querían salvarla, pero debían acatar las órdenes. El gigante sonreía confiado, ya apagadas las llamas que habían invadido su carne. Caminaba hacia Ellery con rapidez, cada paso como un derrumbe, preguntándose por qué una niña tendría la misión de encontrar a un titán, movilizando a semejante ejército para eso. No importaba, la pelea terminaba ahora.

Antes de estar al alcance de Thorlak, la sacerdotisa corrió, dio una finta alrededor de su rival para que no la atrapara nuevamente, y se paró entre él y el hacha.

—¡¡Deja de escapar y enfrenta tu muerte!! —gritó el titán, su voz como el rugido de varias bestias.

Ellery sólo respondió sosteniendo su mirada, con las llamas rojas aún brillando en sus ojos, dando precisos pasos hacia atrás, hacia el arma de su enemigo. Thorlak cargó contra ella como una tormenta. Ya no le interesaba cansarla ni asustar a su ejército, se veía en su temible expresión, se escuchaba en sus gruñidos animales.

Sus pasos eran largos, pero no era tan rápido al correr como un León. Con un esfuerzo del que nunca antes se habría imaginado capaz, la discípula sujetó el hacha del Lobo Blanco. Era más pesada que cualquier arma que hubiera blandido en su vida, pero esto era una guerra, nada más importaba. No fallaría esta prueba ni volvería a casa con decepción. No vería la decepción de su padre nuevamente.

Arrastró la hoja del arma por la nieve antes de levantarla por completo, lanzándose hacia adelante. El golpe requirió un movimiento de todo su cuerpo. El gigante lo vio venir, pero ya estaba demasiado cerca. El cálculo de la distancia y la velocidad había sido perfecto. Thorlak no pudo detener su carga a tiempo.

Ellery cayó al suelo por el impulso. Al ponerse de pie, notó que la enorme hoja estaba manchada de sangre. Se volteó en el momento exacto para ver la cabeza del titán separándose de su cuerpo, y cayendo sobre la nieve. Su última apuesta para ganar había dado resultado, su cálculo desesperado había sido correcto. Dio unos pocos pasos hacia el cadáver, viendo por primera vez la cabeza del titán por debajo de la suya. Apenas podía creer que había sobrevivido, y menos que había ganado, pero no les mostraría nada de eso a sus tropas.

Tomó la cabeza del gigante con ambas manos, levantándola por sobre la suya, y dejó salir un grito victorioso, como el verdadero rugido de un león. Su escolta fue la primera en unírsele, y luego sus soldados. Pronto el campo de batalla estuvo inundado por esos rugidos.

Las últimas filas del León alcanzaron el lugar, manteniendo la formación perfectamente. Las fuerzas del Lobo Blanco se alejaban dispersas, sus movimientos se hacían erráticos, y sus bajas eran cada vez más. Los salvajes y berserks de ese ejército nunca habían visto caer a un titán, y habían creído imposible que alguien tan fuerte como lo había sido Thorlak fuera derrotado.

La sacerdotisa dejó caer la cabeza sobre el cuerpo del gigante, mientras Louis caminaba hacia ella. Le ofreció una mano para ayudarla a mantenerse en pie. Como siempre, estaba ahí para ayudarla a mantenerse fuerte, pero ella rechazó el gesto. Había derrotado a un monstruo, no era momento de mostrar debilidad, no importaba lo cansada y herida que estuviera. El capitán notó el resplandor escarlata desaparecer de sus ojos, devolviéndolos al profundo verde de siempre, recordándole el rostro que había conocido hacía diez años, a pesar de la sangre que lo cubría ahora.

—¿Damos cacería a los restos del ejército oponente, comandante? —preguntó el guerrero, sonriente—. Como ordenó, no dejaremos a ninguno con vida.

—Ya tenemos demasiadas bajas —le respondió Ellery con seriedad, su mirada fija en el horizonte, la expresión de su rostro tan fría como la de su padre. Por un momento, le recordó a Louis sus inicios como escudero, cuando por primera vez estuvo en el ejército del gran Erick Bendig—, y aún más heridos. Debemos levantar campamento y recuperarnos, ya tendremos tiempo para seguir con esta guerra —se tomó una pausa, dirigiendo su mirada al capitán—. Ahora le ordeno que borre esa sonrisa de su rostro y que dé sepultura al titán. Fue un rival poderoso, merece que sus restos vuelvan a su tierra y su alma a Creación.

—Sí, comandante —respondió él con firmeza en su voz, dirigiéndose enseguida a cumplir las órdenes.

—Louis —lo llamó Ellery casi enseguida, haciéndolo detenerse al haber dado solamente un paso—. Bien hecho. Fue una buena batalla —le dijo, sonando un poco menos como su padre y un poco más como ella—, pero la victoria claramente cuenta para mí esta vez, así que te sigo ganando —al terminar de hablar, le dedicó una fugaz sonrisa al calvo guerrero.

Los escoltas volvieron a rodear a Ellery, y la siguieron en su camino hacia el resto del ejército León. Las tropas aguardaban sus nuevas órdenes.

Por: Daniel L. Ruiz

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