Prisionero del Sol

La nobleza de Creación se reúne para celebrar una tertulia, por primera vez, los reinos tomaban asiento en la misma sala para tratar de resolver los conflictos relacionados a la disputa por el trono. Antes de cenar, los presentes se dieron un tiempo para hablar de trivialidades, tales como los hermosos vestidos de las señoritas presentes, o los títulos y galardones de sus acompañantes.

Entre los invitados se encontraba Érika Erbey, caprichosa doncella del Reino del Sol. Hermosa como ninguna de las presentes, sus ojos eran del tono del mar que baña las costas de su reino, tal como su cabello, color trigo, brillaba con la pasión de los rayos del dios Primigenio. Ella y su hermano venían de una familia de pasado paladín, destinados a mantener las tradiciones de los Erbey y del reino, ya sea mediante la guerra o un conveniente matrimonio.

A la hora de la cena, se sorprendió a los invitados con una decoración muy peculiar, un busto de los elegidos del Sol y la Luna esculpidos en hielo de la región del norte. Una escultura de exquisitos detalles, sin duda alguna, el manejo de aquel extraño y, en estas tierras, escaso hilo nórdico demostraba el verdadero talento y una dedicación sin igual por parte del artista.

—¿Quién es el creador de tan maravillosa obra? —dijo con asombro Érika, sentada favorablemente frente a la pieza.

—Yo, mi señora —un joven artista se alzó de su asiento con orgullo y, haciendo una reverencia empezó—. Bergeron, Casper Bergeron, a vuestro servicio.

Casper era un artista nato, manejaba el pincel tan hábilmente como un guerrero su arma. Bohemio como todo hombre del rubro, su afán era encontrar la belleza para aplicarla a su trabajo y, en esa velada, encontró la hermosura en forma de mujer.

No sabía muy bien lo que era, quizás sus ojos, o sus palabras, sus labios al parecer, Casper quedó flechado a primera vista con la muchacha de la casa de Erbey. Asimismo, ella vio en él algo intenso, tal vez la pasión del artista, un fulgor que nacía como fuego dentro del joven; su ímpetu, su sensibilidad, su actitud algo altanera, todo eso logró simplemente cautivar a la damisela, naciendo de ella un sentimiento genuino hacia el hábil extranjero.

Esa pasión tan intensa no abandonó la mente ni el corazón de Érika, ella sabía que luego de aquella extraordinaria reunión sería imposible volver a verle, el deseo era tal que su mente articuló una fantástica idea, y acercándose a Casper le solicitó que la retratara.

—Con mucho gusto, mi dama —respondió con ojos de incredulidad el artista, y besando su mano continuó—. Será un honor.

—¿Conoce el castillo de la familia Erbey?, pues ahí lo espero, señor Bergeron. Pase mañana temprano. Solo debo advertirle algo, y es por su bien —Érika se acercó su oído de forma discreta—, mandaré a mi mayordomo para que deje unas capas de mi hermano en vuestro carruaje, debe usarlos en mi hogar si no desea ser tomado prisionero.

—Parece que acercarse a usted no es algo sencillo —bromeó Casper.

A una pequeña risita, camuflada tras un abanico de amarillos tonos, le acompañó una mirada de complicidad, una sonrisa de ambos se escapó entre el sonido de la música del festejo.

Cuando culminó la comida, Casper tomó su carruaje y partió. Su instructora, Adeline, comentaba lo mucho que hablaron de él y su obra en la fiesta. Solo contemplaba a la dama Luna desde la ventanilla del coche, mientras sus labios trataban de ocultar la felicidad de aquel encuentro. Los ojos del joven solo bajaban a inspeccionar el extraño paquete de arpillera que se encontraba bajo el asiento de su maestra.

Así a la mañana siguiente, Casper estaba muy entusiasmado, rápidamente se vistió con los ropajes que halló dentro de la arpillera, leyó unas románticas palabras que dejó la doncella del Reino del Sol en una carta que acompañaba las vestimentas, tomó sus pinceles y un lienzo, moría de ganas de verla de nuevo, de poder retratarla y plasmas su belleza… Pero además tomó un pequeño puñal, podría necesitarlo si lo descubrían bajo su disfraz o si los coqueteos de Érika no eran más que una emboscada, pues a pesar de sus sentimientos, era precavido y sabía que todo podía ser un engaño.

Montó así su blanco corcel y cabalgó hasta un bosque cercano al castillo, lazó su caballo y caminó hasta el despacho de la señorita Erbey, contento debido a que el disfraz funcionaba, pues no lo habían reconocido. Entró al despacho, y se saludaron cordialmente, se notaba que ambos estaban felices de volver a verse. Sin decir más, Casper armó su atril, puso el lienzo, sacó sus pinturas y tomó su pincel. Las manos del artista daban delicados trazos, que pronto tomaron forma, la hermosura de Erika se replicaba en aquel cuadro, el tono de sus ojos parecía brillar con la intensidad de un rayo de Sol cuando ella le miraba.

Así, la sombra de Casper invadía el castillo cada nuevo día. Disfrazado, entraba al despacho y seguía trabajando en la pintura, la cual ya no podía estar más terminada, a pesar de sus intentos de retrasar la obra para poder seguir viéndola, y cada nuevo encuentro parecía afirmar más que sus almas debían estar unidas. Hasta que todo cambió de pronto.

—Vámonos, Casper, dejemos todo y marchémonos.

Él solo la observaba, ella lo hacía también. Se acercaron mientras sus pupilas danzaban como el fuego del alma, estaban a un segundo de besarse cuando repentinamente la puerta del despacho se abrió. Un hombre de rasgos serios y una corta melena de cabello oscuro que contrastaba con el brillo dorado de su armadura, desenfundó su espada, con su filo apuntando al rostro del joven artista, quien sólo atinó a levantar sus manos.

—Vaya, vaya, vaya, ¿Qué tenemos aquí? La rata pintora que se escabulle en el castillo hace una semana —el hombre sonreía confiado, mientras con paso sereno acercaba su arma al artista—. Este será un gran trofeo, te tomaré como prisionero. Soy Burke, hermano de Érika, hijo de Fedrick, y estás bajo arresto por intento de secuestro.

Hace unos días atrás, Burke debió regresar temprano a casa, fue ahí que vio salir al misterioso visitante del castillo. Reconoció como suyas las antiguas prendas que vestía el artista, por lo qué espió durante los días siguientes, averiguó cómo entraba, dónde iba, descubrió el caballo blanco que le esperaba, ya con todas las sospechas confirmadas, el guerrero hizo frente al extraño.

Nada pudo hacer la doncella, y aún menos Casper que, aunque alcanzó a lanzar sus pinceles al rostro del paladín y huir saltando por la ventana de la sala, un grupo de soldados le siguió y logró capturarlo en el paso al bosque donde estaba su corcel. Fue llevado a un calabozo dentro del castillo Erbey. Según escuchó el mismo artista, lo utilizarían para obtener ventajas políticas a cambio de su libertad. Pero él sufría más por su corazón destrozado que por estar encerrado.

Érika por su parte estaba muy dolida, su hermano no quería liberar al prisionero, aun cuando ella le mostró el cuadro «Sólo estaba retratándome, yo lo contraté», rogaba. Al no ser escuchada, tomó la decisión de rescatar a su amor prohibido.

Unos días después de su arresto, Casper estaba en su celda cuando un ave de papel plegado voló entre las rejas de su cautiverio. Alcanzó a notar que lo había arrojado una figura tras una capucha, al parecer un paladín, ya que traía una espada envainada. Tomó la grulla y la desplegó, en su interior traía un mensaje que no tardó en leer:

«Perdóname por favor, sé que todo esto es mi culpa, no debí nunca traerte hasta aquí. Pero prometo ante el Justo Sol que te liberaré. Siempre tuya: EE»

Llorando, el noble divisaba algo del cielo a través de los pequeños barrotes, disfrutaba de la Gema Esmeralda, y todo lo en ella contenida, le parecía una obra de arte perfecta. Así intentaba olvidar que ya no tenía libertad, que ya no tenía corazón, porque la lejanía de su amada se lo destrozaba día tras día y sentía que moría lentamente.

Cada noche, Érika disfrazada lanzaba aves de papel para planificar el escape, estaba casi todo listo. Todos los detalles, el cambio de guardia, incluso mensajes apasionados de amor incondicional eran traspasados a la prisión de Casper a través de aquellas hojas plegadas.

Mientras tanto, en el Reino del Ciervo, la desaparición de un miembro de la familia Bergeron no pasó desapercibida, la fama del autor se acrecentaba y se reflejaba en el valor de sus obras. Adeline, la maestra de Casper, formó un grupo de búsqueda y rescate para localizarle, comandado por la joven espadachín Claudine Benoit, en quien depositaba su confianza y el futuro de su talentoso pariente.

Pasados ya varios días desde su captura, estaba todo en orden para su escape del calabozo. Según el último de los mensajes de Erika, en dos días lo sacaría de prisión, ya que era la oportunidad perfecta, mas todo tomó un rumbo inesperado. En el Reino del Ciervo encontraron una nota en el cuarto de Casper que dio la pista para hallarle, la carta de amor que venía junto con la ropa en la arpillera, firmada de puño y letra de Érika. Se activaron las alarmas para ir a inspeccionar el castillo de los Erbey. Por lo que Claudine, acompañada de doce arqueros expertos y seis espadachines de la escolta real, irrumpieron en el calabozo luego de que sus investigaciones y las redes infiltradas en las tierras del Sol, le dieran la certeza del paradero del artista.

Solo había un guardia custodiando a Casper, pues esa noche festejaban en el palacio de los Erbey, el momento era ideal para rescatarlo. Érika esperaba el instante de liberar a su amado, convencida de embaucar al solitario guardia, sacando provecho de la posición y fama de su hermano, pero su falta de experiencia en estas áreas la retrasaron, dejándola como mera espectadora de los fugaces y precisos movimientos de los Ciervos, que irrumpieron en el calabozo. El guardia solo alcanzó a desenvainar una espada larga que Claudine con un ágil movimiento de estoque sacó volando de sus manos, para después darle un golpe que no le mataría, pero privaría al carcelero de la conciencia, llevando así a cabo su misión.

Casper sería cargado por los escoltas fuera del castillo, mientras los espadachines se encargan de reducir cualquier intento de detenerlos en su misión, hasta llegar a los arqueros, que les aguardaban escondidos en las afueras del castillo.

—¡Encended las antorchas y disparad vuestras flechas en llamas! —ordenó Claudine—, esta es la venganza por la afrenta que ellos dieron. Agüémosle la fiestecita.

Así comenzó a llover fuego, mientras la espadachín subía al debilitado artista a su caballo. Casper dirigía su mirada al castillo que dejaba atrás, distinguiendo una figura encapuchada en la entrada, que estiraba uno de sus brazos como si estuviera intentando evitar que se alejara, mientras con el otro descubría su rostro, dejando al aire su larga y rubia cabellera, además de su blanca piel que hace semanas atrás enamoraron al artista.

Un mudo grito de Casper, un infértil intento de llamar la atención antes de desfallecer se transformó en testigo del fuego que se aproximaba a la joven, que ahora corría tras él, intentando alcanzarlo, o tal vez acompañarlo en su huida, hasta que fue detenida por su hermano, quien con un escudo le brindó protección del ataque de los arqueros, mientras los guerreros del Sol que aparecieron a su vista, se dividían entre los que buscaban sus corceles y los que intentaban apagar el fuego.

—Pagará por esto, todos ellos lo harán —se escuchaba ira en la voz de Burke, al perder de vista entre la oscuridad de la noche a los extranjeros—. El reino del Sol no permitirá que esto se quede así.

—Estoy segura que no lo permitirá —respondió Érika, con una voz agotada y un desenlace en mente muy lejano a lo que su hermano podría estar pensando—. Pondré mi fe en ello.

por: BeCo

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