Sangre Azul

—El Sol responderá con fuerza —le decía Louis Kelm a Ellery Bendig, mientras avanzaban a lomos de sus monturas.

—Que lo haga. Que traigan caballería pesada y paladines cubiertos de metal, hemos vencido jinetes de bestias y titanes que los doblan en tamaño —respondió orgullosa la joven.

Las tropas León, a cargo de la discípulo hija del gran Erick Bendig, llegaban finalmente, tras días de marcha por un camino oriental desde el Norte Congelado, a reunirse con el resto del ejército. Debían montar la ofensiva contra el Reino del Sol, avanzando a través de las tierras del Ciervo.

—Ellery, ha pasado bastante —saludó al verlos la comandante de los refuerzos, Dagna Baldwin, con una mirada altanera en el rostro, el puño izquierdo apretando firmemente la espada curva que colgaba de su cinto, y el derecho sujetando las riendas de su pequeño caballo. Vestía una armadura ligera de metal y cuero, con el barniz rojo gastado y varias marcas de golpes detenidos. Hacía mucho tiempo desde la última vez que la usó.

—Maestra —le respondió Ellery, dedicándole una reverencia desde su montura. Louis y la escolta de la sacerdotisa, al igual que los jóvenes discípulos que rodeaban a la anciana guerrera, mantuvieron perfecto silencio.

—Que no nos detengan los saludos, las instrucciones son claras: avanzar por las tierras del Ciervo, aun si deciden oponer resistencia, y enfrentarnos al Sol —“Un enemigo más que aplastar” dijo una voz en la cabeza de Dagna—. Un enemigo más que aplastar.

Sin dedicarle una segunda mirada a la joven Bendig, la comandante comenzó su marcha, y su escolta partió tras ella. Dos jóvenes tardaron un poco más en comenzar el avance. Ellery supo que los había visto antes, pero partió de todas formas, con Louis y su propia escolta siguiéndola.

—Algo extraño le pasa, estoy seguro —le dijo Bruno Bendig a Imre Baldwin, mientras cabalgaban algo más lento que el resto de los discípulos.

— ¿Hablas de la abuela, cierto? —le preguntó ella. No era la primera vez que su amigo ponía el tema en palestra.

—Sí, es raro. Se ha vuelto engreída, ¿y has visto cómo apenas le habló a Ellery?

—Pues sí ha parecido más orgullosa… y actúa como si no pudiera esperar a enfrentarse con alguien.

—Ella nunca fue así, algo le pasa, y no creo que sea solamente el volver a dirigir un ejército —concluyó el joven discípulo, y junto a su amiga, aumentaron la velocidad en silencio.

En menos de una hora de marcha, el ejército escarlata pudo divisar, no muy lejos, algunos molinos.

Incluso las granjas del Ciervo eran ostentosas. Fue un gran cambio ver tales construcciones de madera pulida y pintada de azul, después de haber conocido el Norte Congelado, lleno de nada más que nieve, frío y bestias.

— ¡Enemigos adelante! —gritó uno de los batidores, acelerando a su caballo de regreso con las tropas.

— ¡Formación! ¡Escuderos al frente! ¡Caballería en los flancos! ¡Fanáticos al centro! ¡Rápido! —la voz de Dagna sonó con una fuerza sumamente inesperada para alguien de su edad, y sus órdenes se repitieron de un comandante a otro. La disciplina del León brilló, las formaciones se completaron enseguida, las armas fueron desenvainadas y los escudos perfectamente alineados.

“Los arqueros no podrán contra semejante muralla”, pensó Ellery, viendo las multitudinarias filas de escuderos desde el centro del ejército.

“Son realmente demasiados”, se dijo Ariana Renard al ver a los soldados de rojo, “fue la mejor decisión posible de Gauvin enviarme a buscar un tratado”. Semejante enemigo no debía siquiera avanzar por las tierras del Ciervo, era algo impensable. Como le fue enseñado durante toda su vida, la solución política siempre es mejor que la violenta. Y la noble tenía la perfecta idea para lograr su misión, sabía exactamente qué palabras decir. Ese día, los suelos de su Reino no se mancharían con sangre.

“…”

—Aplástenlos —ordenó.

Los hechiceros del destacamento que comandaba, sabiendo que el objetivo era detener al León diplomáticamente y averiguar sus intenciones, dudaron por un momento, pero eso no evitó que acataran la orden de todas formas. Cada uno de los arcos de la primera fila se tensó.

— ¡Escudos arriba! ¡Firmes! —ordenó Dagna al ver la andanada de flechas. Los soldados obedecieron enseguida, y el rojo de sus escudos se vio cubierto por la luz azul que emanaba de los proyectiles. Muchos cayeron, las saetas casi parecían desviarse de los escudos para alcanzar a sus objetivos.

—Hechiceros —dijo Ellery para sí. “La abuela podrá contra ellos, ya se enfrentó a las Lechuzas, y su hechicería supera por mucho a la de los Ciervos”.

— ¡Vanguardia, adelante! ¡Avancen!— “¡¡Aplástenlos!!” pensó de pronto la anciana comandante— ¡¡Aplástenlos!!

El gran ejército del León marchó implacable. Aunque muchos escuderos se perdían ante las brillantes andanadas, su número seguía siendo una ventaja, y cada vez que un soldado caía, la columna avanzaba, llenando rápidamente cualquier hueco en la formación. Tardaron poco en unir perfectamente los escudos, convirtiéndose en una verdadera fortaleza andante, acercándose cada vez más a sus enemigos.

Las saetas de luz, conocidas por su capacidad de afectar la mente de quien recibiera una, podían hacer poco en rangos cortos. Las armas brillaron más que la hechicería cuando los ejércitos chocaron.

La ventaja que los Ciervos habían obtenido se esfumó con rapidez. Los escuderos avanzaron con fuerza. La armadura de los pocos hechiceros que la usaban era ligera y minimalista, y el resto vestía simples túnicas. Los golpes de lanza y embestidas de escudo eran devastadores.

“Deben ser destruidos”, se escuchó en la mente de Dagna, “cada uno de ellos”.

—Estamos ganando —dijo la comandante para sí.

“No es suficiente” pensó, “deben ser destruidos”.

— ¿Lo imaginé o la abuela está hablando sola? —le comentó por lo bajo Bruno a Imre.

—Eso pareciera… —respondió la joven, fijándose en la anciana guerrera.

“¡¡Aplástalos!!” escuchó decir Ariana. Nadie le hablaba, su escolta personal estaba en perfecto silencio, y su ejército en dificultades ante las embestidas de la infantería León. Sólo gritos de guerra y órdenes desesperadas llenaban el aire. “¡¡Aplástalos a todos!!” volvió a oír, y todos los músculos de su mano derecha, adornada por un anillo plateado, se tensaron por completo.

—Aplástenlos —ordenó a su escolta, cinco fuertes hechiceros seleccionados cuidadosamente para la importante misión de protegerla. Los ojos de la noble brillaron rojos por un instante, mientras cerraba vigorosamente su puño derecho.

Al principio no comprendieron, pero al cabo de unos pocos segundos ya no importaba. Por unos segundos, al unísono, los ojos de los cinco guardianes se encendieron rojos, y enseguida saltaron a unirse a la lucha, cumpliendo las órdenes de su líder.

Se abrieron paso empujando a sus propios aliados, sin estar completamente seguros de qué hacían. Chocaron contra los escudos escarlata y las afiladas lanzas, en medio de un caos de sangre y gritos. Los disparos de sus arcos perforaron madera y metal sin problemas, las cuerdas se tensaban con una rapidez increíble. Abrían enormes brechas en la infantería del León, atravesando con saetas de luz azul a los escuderos más velozmente de lo que podían avanzar las columnas. La perfecta formación se había roto por completo.

— ¿Qué está pasando? —dijo impactada Ellery—. ¿Realmente sólo cinco hechiceros acaban de despedazar nuestras falanges?

Louis Kelm, más adelante en el ejército, no podía creer lo que veía. Estando tan cerca, cada detalle saltaba a sus ojos. Un Ciervo acababa de romper por completo el cuello de un soldado al golpearlo con su arco; los escudos de madera y metal, trabajados a la perfección, se hacían astillas ante simples puñetazos; las flechas azules, brotadas de la hechicería, tomaban el tamaño de jabalinas al volar entre los escuderos.

“¿Qué acaba de suceder?” pensó Ariana, “esto no es lo que ordenó Gauvin, esto no es… ¡¿Qué es esto?!”. No entendía lo que pasaba frente a sus ojos. Claramente fue ella la que dio la orden de ataque, y la que acababa de enviar a su escolta al frente… y aparentemente también fue ella quien les entregó esa fuerza descomunal. “¿Por qué me está pasando esto? No puedo… no es lo que debo hacer”.

—Deben ser destruidos —dijo Dagna para sí—…Deben ser… —“Aplástalos por completo” pensó—. ¡Escuderos, dispérsense! ¡A los flancos! ¡Abran paso! —A pesar de las grandes bajas, y de lo impensable de la situación, las órdenes de la comandante se cumplieron enseguida—. ¡¡Caballería, carguen!! ¡¡Bruno, aplástalos!! ¡¡Aplástalos!!

Esta vez, el joven discípulo no quiso pensar en lo extrañas que fueron las palabras de la abuela. Esa agresividad que nunca había conocido, tras años como su aprendiz, no importaba ahora. Sabía que esto podría pasar, se le había informado cuando comenzó la marcha hacia las tierras del Ciervo.

—¡¡Carguen!! —gritó, con la caballería perfectamente formada tras de sí. Imre, su gran amiga, estaba entre ellos, sobre su montura, vistiendo la ligera armadura roja y sujetando firme la espada. Se habrían dado una última mirada, en el segundo que les tomó a los caballos comenzar su carrera, pero las órdenes pesaban más. Estaban en medio de una batalla, nada era más importante que eso.

Las lanzas y las espadas se alinearon al unísono, los pequeños y veloces caballos avanzaron como uno, una fila tras otra, oleada tras oleada.

Los Ciervos que sostenían la vanguardia no fueron capaces de resistir. Al moverse los escuderos hacia los flancos, apenas tuvieron tiempo de perseguirlos o de buscar una posición ventajosa. Muchos ni siquiera vieron a la caballería del León avanzar hasta que estuvo encima de ellos.

La primera carga arrasó con casi la mitad de los hechiceros. Varios lograron escapar de la segunda, pero muchos de sus heridos fueron arrollados.

— ¿Escuchas eso? —le preguntó Alissa Bergeron, rompiendo de pronto el silencio en que cabalgaban, a Gatien Benoit. Habían pasado días viajando desde el Norte Congelado, de regreso a sus tierras, a través de una desolada ruta occidental, después de una extraña reunión diplomática con los Lobos Blancos.

—Sí… Son gritos de guerra —respondió el espadachín, completamente seguro de lo que oía.

—Vamos a ver —dijo ella, acelerando el paso de su delgado caballo, y lo mismo hizo su compañero.

No tuvieron que avanzar demasiado, la batalla que ardía a menos de medio kilómetro era obvia. Semejante caos de flechas de luz azul y armaduras rojas era imposible de pasar por alto. La guerrera se adelantó bastante, observando cada detalle.

— ¿Qué está pasando? —quiso saber Gatien, acercándose a ella.

—La caballería del León arremete contra los nuestros —le dijo Alissa—. Debemos hacer algo.

—Da la orden y te seguiremos, aun si debemos entregar nuestras vidas.

—Sé que lo harías, buen amigo —el guerrero sólo guardó silencio—. ¡Espadachines del Reino del Ciervo! —gritó ella, dirigiéndose al pequeño grupo que comandaba—. No lograremos la victoria, puede que no logremos ni siquiera un cambio, pero eso no importa. Nuestros hermanos están siendo atacados por el León, sin forma de protegerse y superados en número, justamente como lo prefieren esos sucios cobardes. Ahora, más que nunca, ¡es momento de intervenir! ¡¡Es momento de manchar de sangre los estoques!!

La respuesta fueron espadas en el aire y gritos de guerra. Pusieron enseguida a sus ligeras monturas en marcha, hacia el centro de la batalla, con sólo la sorpresa de su lado en tan desesperada maniobra.

— ¿Pero qué…? —llegó a decir Dagna al ver lo que estaba pasando.

Un insignificante contingente de espadachines montados, salidos de la nada, acababa de romper una carga de su caballería. Eran pocos, y sus animales, más pequeños y delgados que los del León, iban completamente despojados de armadura. “Ni siquiera son caballos de batalla” pensó la comandante.

Las tropas de Alissa sólo consiguieron chocar contra sus oponentes, incluso cayendo al suelo con sus caballos, pero eso detuvo a los discípulos, salvando a los hechiceros restantes de una segunda embestida.

Le habían arrebatado la ventaja al León, forzando a su caballería a enfrascarse en combate cuerpo a cuerpo. La mitad del contingente que lideraba Alissa acababa de morir, pero no en vano. Los arqueros y la poderosa escolta de Ariana pudieron recuperar el terreno perdido ante la caballería. Las flechas lograron derribar a algunos soldados de sus monturas, mientras que los cinco guardianes de la comandante pasaban por encima de cualquier enemigo que se les cruzara, estuviera sobre un caballo o no.

—¡¡Alissa!! —gritó desesperado Gatien al ver cómo una jinete del León arremetía contra la guerrera. Sin pensarlo dos veces, saltó contra la montura de la discípulo, logrando derribarla—.  No te saldrá tan fácil —le dijo desafiante mientras ambos se ponían de pie y tomaban distancia—, menos ahora que no tienes tu caballo.

El espadachín apuntaba su afilada arma al cuello de su oponente, buscando el momento oportuno de atacar. Aunque la ventaja en tierra fuera suya, no podía permitirse subestimar a semejante enemigo.

—¡¡Aléjate de ella!! —escuchó el guerrero del Ciervo. Un segundo jinete León cargaba contra él.

“Bruno” pensó Imre, sonriente. Ese espadachín no tendría oportunidad contra los dos.

— ¡No lo tocarás! —intervino Alissa. Con increíble agilidad, saltó por sobre el caballo en movimiento, acertando una feroz patada contra el guerrero de armadura roja, llevándolo al suelo—. Veamos si pueden pelear en igualdad, soldado—le dijo amenazante.

Los dos estoques brillaron plateados frente a las dos espadas, manchadas ya con sangre de hechicero. En menos de un segundo las cuatro hojas se habían trabado en combate.

Continuará.

por: Daniel L. Ruiz

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