Sangre Roja

Los estoques eran destellos plateados, tan veloces que las espadas apenas podían bloquear sus ataques. Esquivar era la mejor opción, pues poco servirían las ligeras armaduras ante semejantes hojas, diseñadas para perforar. Un solo movimiento en falso, y el metal se clavaría imparable en cualquier punto desprotegido.

“Su coordinación es perfecta” pensó Bruno, retrocediendo con Imre a su lado, el resto del ejército León a sus espaldas, mientras la batalla ardía. La escolta de Ariana causaba tantas bajas como todos los jinetes del León juntos, las flechas azules llovían sobre los escudos carmesí, los pocos espadachines hacían lo que podían ante la presión de los discípulos y la amenaza de los fanáticos. Los gritos colmaban el aire y la sangre cubría el suelo.

Parecía casi imposible romper la defensa de Alissa y Gatien. Cada pequeña abertura en la posición de uno era cubierta por la espada o el puñal del otro; el fugaz momento perdido después de cada golpe era protegido por un nuevo ataque; cada intento de flanquearlos era respondido con una finta y un flanqueo propio; sus elaborados movimientos les permitían aprovechar cada irregularidad del terreno.

“Recuerda lo que aprendimos en la academia” pensaban los jóvenes, “recuerda lo que nos enseñó la abuela”.

No era suficiente. La agilidad de los Ciervos era reconocida, y los dos espadachines hacían alarde de ella en su lucha. Saltaban como venados con las astas listas para embestir, y en pocos segundos lanzaban tantos golpes que los discípulos perdían la cuenta.

“Paciencia” pensaban los guerreros del León. Todos sus maestros les reiteraban esa palabra.

“Es la cualidad de la que depende todo León. Al acechar a la presa, oculto, esperando el momento perfecto… Su ventaja es saber perfectamente cuándo atacar” les había dicho Dagna. Algo que nunca podrían olvidar, pero que, según parecía, ella sí había olvidado. Sus órdenes se tornaban cada vez más agresivas, más impacientes. Los jinetes, incapaces de cargar después de la aparición de los espadachines, seguían las órdenes enseguida, convirtiendo la lucha cuerpo a cuerpo en una carnicería. La escolta de Ariana, comandante de las fuerzas del Ciervo, sólo aumentaba la sangre derramada. Eran cinco hechiceros, que ni las filas de escuderos ni las cargas de caballería pudieron detener.

Cuando Alissa saltó desde el cadáver de un caballo para lanzar un golpe desde arriba, Bruno e Imre llegaron a la misma conclusión. La joven apenas pudo esquivar la delgada hoja de su oponente, y antes de que su compañero pudiera contraatacar, un escudo roto lo golpeó en las piernas. Gatien acababa de lanzárselo con una patada.

Los jóvenes retrocedieron en una nueva dirección, alejándose algunos metros de la batalla. El terreno sin cuerpos no tenía tantas irregularidades que aprovechar, no había objetos con que ayudarse, ni tanto movimiento a su alrededor. Los espadachines tendrían menos opciones para lucir su gran agilidad. “Esto no nos hará ganar” pensó Imre, “pero necesitamos cualquier ventaja posible, por pequeña que sea”.

—Seguir retrocediendo no los salvará —dijo Gatien, acercándoseles con una tempestad de acero. Su estoque y su puñal se habían convertido en rayos, mas ni siquiera perdía su compostura.

Alissa no tardó en unirse a la tormenta. Las delgadas hojas como espinas venían de todas direcciones, la defensa de los Leones apenas podía contener semejante ofensiva, así como la ligera armadura no pudo contener el afilado acero. El estoque de la guerrera del Ciervo cruzó cuero y carne sin problemas, llegando a atravesar el hombro de Imre.

Herida, la discípula casi soltó su espada, y tanto ella como Bruno casi fueron invadidos por la ira. Tal vez verse superados les ayudó, ya que nuevamente tuvieron la misma idea. Les bastó mirarse a los ojos por una fracción de segundo para saber que pensaban lo mismo, y así comenzar su apuesta.

La sangre no tardó en cubrir el brazo y la mano de Imre, pero eso no la detuvo. Junto a su compañero, difícilmente, lograron flanquear a Gatien, alejándose de Alissa. No duraría, veían a la espadachina acercarse rápidamente, pero aprovecharon el momento. Era su turno de convertir las afiladas hojas en una tempestad.

Cada Ciervo había bloqueado los huecos en la guardia del otro, y Gatien era el más ofensivo. Su defensa era débil. Sin Alissa a su lado, se vería en desventaja.

Los Leones retrocedieron, cedieron terreno, pero mantuvieron a los espadachines separados, inhabilitando su defensa irrompible. Sus armas golpeaban como las garras de un depredador, y cada choque de los aceros era como un rugido. Con una finta y un golpe falso, Bruno logró flanquear a Gatien de tal forma que el espadachín le diera la espalda a Alissa. Imre lanzó un segundo golpe falso, su hoja ni siquiera se acercó al enemigo, pero sí su sangre, manchando la cara del Ciervo, impidiéndole la visión por un instante. En menos de un segundo, la espadachina caería con su estoque sobre los discípulos. Bruno supo que era el momento de terminar la apuesta. Esta vez no fue un golpe falso.

Una vez la espada había cortado el hueso, el joven León supo que no se detendría. La mano de Gatien cayó al suelo, al mismo tiempo que la incredulidad y el terror se hacían obvios en el rostro del espadachín.

La expresión de Alissa se vio llena de algo más. Su ira se reflejó en sus estocadas, más fuertes y veloces. No necesitó defenderse, tanta era la rapidez de su arma que los discípulos no tuvieron momento de contraatacar. Sola, logró forzarlos a retroceder, de vuelta con los ejércitos. Había salvado a su amigo.

La batalla se había vuelto aún más encarnizada mientras le daban la espalda.

—Bruno… mira —dijo Imre, debilitada por la pérdida de sangre, señalando apenas.

Ariana Renard se dirigía a la vanguardia León, seguida por sus escoltas. Parecían hechiceros comunes, armados solamente con arcos y sin armadura. La sangre que los cubría demostraba que eran algo más.

El joven guerrero se apresuró en detener a sus tropas. Logró montar un caballo que corría sin jinete, y subir a Imre junto a él. Su herida la afectaba cada vez más.

—¡¡Retrocedan!! —gritó. Los discípulos habían perdido el orden en la batalla, pero aún así acataron. No tuvo que repetirlo—. ¡Abran paso! ¡Está herida! —siguió, y un pasaje entre los jinetes se formó enseguida frente a él. La caballería del León se reagrupó con velocidad—. Ya estás a salvo, estarás bien —le dijo Bruno a su amiga. Ella le respondió con una sonrisa.

—Lady Ariana —la llamó un hechicero que difícilmente se mantenía en pie—, el enemigo se repliega.

—Así debe ser —respondió ella.

—Su… escolta… ha sido de mucha ayuda —siguió el hombre.

—También eso es como debe ser —dijo, cerrando con fuerza su puño derecho.

“Hemos ganado tiempo” pensó. “Los Leones tardarán en organizarse antes de lanzar otra ofensiva. Tenemos el tiempo necesario hasta la llegada de lord Gauvin, o tal vez del mismísimo lord Johann. Lo que disponga el señor Dimitri. Los aplastarán”.

—Lady Ariana —era Alissa. Gatien iba con ella, apenas sosteniéndose en pie. Una improvisada venda, antes una capa, cubría el lugar donde había estado su mano derecha. La tela azul estaba roja por completo—. Necesita ayuda. Ahora mismo.

—Por supuesto —respondió la hechicera. Bastó un gesto, y dos soldados soltaron sus arcos y se apresuraron a atender al espadachín.

—Alissa… —dijo él, antes de caer inconsciente.

“Está a salvo ahora” pensó la guerrera del Ciervo, “está a salvo”.

—Uno de esos malditos soldados… —comenzó a decir, pero fue interrumpida.

—Serán aplastados —casi le susurró Ariana—, todos y cada uno de ellos—mientras posaba su mano derecha en el hombro de la espadachina.

“Aplástalos” escuchó por un instante Alissa, “le hicieron daño, deben ser destruidos”, una voz inhumana resonaba en su mente, “¡aplástalos!”. Levantó la vista, mirando directamente a Ariana. Entonces lo vio, el destello en los ojos de la mujer. Un destello más rojo que la sangre de Gatien y los escudos del enemigo. Duró apenas un instante, pero fue suficiente.

— ¡Traidora! —gritó la guerrera, desenvainando su espada y golpeando el rostro de Ariana con el plano de la hoja—. ¡¡Has traicionado al Reino del Ciervo y a Creación!! ¡¡Estás manchada por Locura!!

Las miradas de los hechiceros invadieron a la noble acusada. Incluso sus guardias personales, ya de vuelta a la normalidad, la observaron asombrados, con ira y temor apareciendo en sus rostros.

“¡¡Aplástalos!!” resonó una y otra vez, como un eco interminable, en la mente de la dama Renard, y sólo pudo responder a la acusación con un grito temible. Sus ojos se cubrían de escarlata y regresaban a su color irregularmente, y sus palabras no hacían sentido. Nadie pudo contenerla cuando comenzó a correr. Fue más veloz que cualquier ciervo al escapar, abriéndose paso sin contratiempo entre las tropas que quedaban.

El impacto no tardó en volverse incertidumbre. Las tropas Ciervo habían perdido a su comandante.

—Soldados —dijo Alissa—. No podemos quedarnos así, un ejército invasor está sobre nosotros —los hechiceros, la mayoría heridos, y los pocos espadachines que quedaban, miraron expectantes a la guerrera. “Es mi deber” pensó—. Ustedes —les dijo a los escoltas de Ariana, aún algo desorientados—, sigan atendiendo a Gatien, y a cualquiera de los nuestros que lo necesite. Hechiceros, conmigo. Cubran los puntos altos del terreno, y esperen. Si esos invasores quieren atacarnos, conocerán nuestras astas.

—¡¡Caballería!! ¡¡Formen!! ¡Bruno, ¿qué estás haciendo?! ¡¡Infantería, mantengan las filas!! ¡¡Flancos!!—gritaba Dagna. De alguna forma, las tropas se encontraban en desorden. Los jinetes se habían replegado con la llegada del joven Bendig, y los escuderos intentaban volver a su formación después de que la escolta de Ariana la hubiera despedazado. Las órdenes de la anciana guerrera eran cada vez más agresivas y llenas de ira. Aún obedeciéndola completamente, el ejército parecía desorganizarse.

“Algo extraño sucede con la abuela” pensó Ellery, viendo cómo sus palabras desperdigaban a las tropas más de lo que las ordenaban. Había cambiado la formación de la caballería más de tres veces, y ordenado a los escuderos que sostuvieran filas para luego enviarlos a los flancos y luego hacerlos retroceder. “No deja de repetir esa palabra, ‘aplástenlos’, nunca antes la había oído decirla” siguió pensando la sacerdotisa. Mirando al otro lado del campo, vio que las tropas Ciervo se reorganizaban con rapidez. Los hechiceros acababan de tomar las elevaciones del terreno, eso les daría ventaja si el León decidía marchar nuevamente. “Si el enemigo recibe refuerzos, o decide atacarnos ahora, tendremos graves problemas” siguió pensando Ellery. “No puedo dejar que eso pase”.

— ¡Soldados del León! —gritó de pronto, anteponiendo su voz a la de Dagna—. ¡El enemigo está reorganizándose! —las tropas la escucharon de inmediato—. ¡¡No debemos permitirle ninguna ventaja!! —y, también de inmediato, la siguieron—. ¡Fanáticos, conmigo! ¡Escuderos, con Louis! ¡¡A la vanguardia!!

Las formaciones se realizaron en segundos. Los gritos de los fanáticos fueron como un coro de bestias, y los pasos marcharon como si fueran uno solo. “Ya no importa qué diga Dagna, esto es necesario” pensó la joven discípula.

—Iré adelante —le dijo a su viejo amigo cuando se encontraron al frente de las tropas—, inhabilitaré a sus arqueros, no podrán con nosotros. Sigue nuestra marcha, asegura las elevaciones y cualquier punto de valor.

—Así se hará —respondió Louis, decidido.

—¡¡Adelante!! —gritó Ellery, avanzando a toda velocidad sobre su pequeño caballo. Los fanáticos partieron tras ella, y casi pareció que iban más rápido.

Aún con una posición ventajosa, el miedo se vio claro en los rostros del enemigo. Pocas flechas fueron soltadas antes de que las garras y la sed de lucha cayeran sobre los Ciervos. Como verdaderos leones, los fanáticos arrasaron con sus rivales, partiendo arcos y abriendo heridas con facilidad.

— ¡Retrocedan! ¡¡Retrocedan!! ¡¡A mí!! —gritó Alissa, levantando su espada y desenvainando su puñal. Había esperado cargas de caballería y escuderos marchando tras un muro de escudos, pero no a los fanáticos y sus números interminables—. ¡Alejen a los heridos, sáquenlos de aquí! Escolta, conmigo —necesitaban tomar distancia, retroceder, sostenerlos de alguna forma. “Necesitamos tiempo” pensó, dándose cuenta de que estaba caminando, lentamente, hacia adelante, hacia las garras del enemigo, con los guardias de Ariana tras ella.

Louis avanzó tras los fanáticos, y sus escuderos tomaron rápidamente cada elevación en el campo. Necesitaban controlar el terreno si querían conservarlo.

—Que vengan —les dijo Alissa a los escoltas, mientras veían a los fanáticos acercándose velozmente—, es hora de que conozcan las astas del Ciervo.

Los gritos de ambos bandos se mezclaron. Los arcos soltaron flechas azules, y las garras buscaron presas. Los hechiceros retrocedían mientras disparaban, y pudieron acabar con varios rivales. El estoque de Alissa los protegió, bloqueando el paso a los Leones. Cedió mucho terreno, y muchas garras la alcanzaron, pero siguió ahí.

Eso hasta que escuchó pasos tras de sí, a lo lejos. Se acercaban. No estaba segura, los rugidos de los fanáticos la envolvían, pero le pareció oír una orden.

—¡¡Retrocedan, rápido!! —gritó de pronto, dando la espalda a los Leones —. ¡¡Corran!! —siguió, huyendo junto con los hechiceros.

—Déjenlos huir —dijo Ellery a sus tropas. Iba a decir algo más, pero una repentina sombra oscureció el sol—. …¡¡Cúbranse!!

Eran flechas.

“Lo sabía” pensó la espadachina, ya fuera de peligro, junto a los escoltas, reunida con los heridos. “No habrían enviado así a Ariana sin tener un plan de refuerzo. El señor Dimitri sabe bien lo que hace, y lord Johann responde con rapidez.”. Había ganado el tiempo suficiente para la llegada del verdadero ejército, y había logrado salvar a varios hechiceros. Los Leones no podrían seguir avanzando.

—¡¡Retrocedan!! ¡¡Retrocedan!!—gritaba Ellery. Muchos de sus fanáticos habían caído ante la gigantesca andanada, y otros varios junto a ella corrían malheridos. Ni siquiera había tiempo de mirar hacia atrás, tal cantidad de flechas era una amenaza demasiado grande.

Fueron recibidos por Louis y sus escuderos levantando improvisados refugios. La batalla había sido generosa, el suelo estaba lleno de escudos, lanzas, pedazos de armadura, incluso algunos trozos de madera de las construcciones más cercanas. Sería suficiente para refugiarse de los proyectiles enemigos.

— ¿Sabía que llegarían refuerzos? —le preguntó el guerrero Kelm a la joven discípula.

—Era lo más probable. Nos recibió un destacamento demasiado pequeño, y eran solamente hechiceros. Somos un ejército del León, y lo saben. No era nuestra única bienvenida.

— ¿Intentará avanzar de nuevo?

—No, sería imposible. Son demasiados arqueros, incluso para nuestras tropas. Nos quedaremos aquí, protegeremos nuestra posición, y la fortaleceremos —concluyó Ellery.

— ¿Cree que el maestro Johann ordene un nuevo avance? —le preguntó a Alissa uno de sus espadachines, de los mismos que marcharon con ella al ver la batalla que tenían en frente, mientras era atendido por algunos hechiceros. Ya estaban con el ejército, seguros.

—No, los Leones son demasiados. Hay incontables escuderos y fanáticos ahí; aun con todos los arqueros que tenemos, sería un riesgo demasiado grande. Nos quedaremos aquí, protegeremos la frontera… y aunque nuestro enemigo decida fortalecer su posición, tendremos la ventaja.

—Lady Alissa —era uno de los generales del ejército—, vengo en nombre del maestro Johann, a entregarle nuestros agradecimientos. Según nos dicen los heridos, no habrían podido resistir tanto sin usted.

—Sólo hice lo que debía hacer.

—Pues ha sido de gran ayuda. Muchos preguntan por usted, dicen que los ha protegido, y sabemos que sin su aguante, las tropas del León habrían obtenido mucho terreno en el tiempo que nos tomaba llegar. Ah, y su amigo… —Alissa lo interrumpió.

— ¿Gatien? ¿Está bien?

—Sí, está bien. Ha recuperado la conciencia, y nos contó lo que pasó. Ha hecho un gran sacrificio este día.

—Sin duda lo ha hecho… ¿Hay noticias de la batalla?

—Los Leones no están avanzando. Tenemos arqueros listos, podríamos acabarlos sin tener que avanzar otro metro, pero han levantado cobertura. Marchar ahora sería demasiado apresurado, el maestro Johann ha ordenado reagrupar a los heridos y mantener la posición. Cualquier León que si quiera se asome, obtendrá flechas.

—Cubrirse no les servirá por mucho. Están en nuestras tierras, y nuestras astas están listas para su siguiente rugido.

por: Daniel L. Ruiz

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