Un Poco de Historia

La música de los violines alegraba a los comensales que disfrutaban de platos cálidos en tan fría noche. En la posada de la calle principal un joven de cabellos oscuros y sonrisa encantadora bebía mientras jugaba con unas monedas.

La gente comenta en voz baja la fama del paladín sentado al centro de la barra del lugar, mientras él sacaba algunas monedas más de su hucha para seguir con lo que parecía un juego más complejo de lo esperado.

—¿Puedo beber algo junto a usted, maese Erbey? —Preguntó una joven, de piel pálida, con anteojos, trenzas y un libro aparentemente pesado.

Burke levantó la mirada y pudo contemplar a la señorita frente suyo. Con un ademán la invita a acercase y hace otro gesto al cantinero para traerle una bebida a la mujer.

—No sueles venir a estos lugares, ¿no es así? —Dice Burke sonriendo.

—He venido hasta aquí solo por usted —Burke como nunca parece desconcertado, ella se le acerca desafiante—. Necesito información y sé, maese Erbey, que usted puede ayudarme.

—¿Cuál es su nombre, mi dama? —Toma la mano de la joven mientras besa una sortija de color dorado.

—Soy Madelaine Bonham.

Burke abre sus ojos de par en par, como si de golpe todo el alcohol consumido durante horas abandonara su cuerpo, despertando con ello al instante. La sonrisa coqueta fue por un segundo de asombro y el cuentacuentos vagamente tartamudeo como nunca antes lo había hecho.

—M… mis disculpas, encantadora dama, no creí estar en presencia de tal personalidad.

La dama se avergüenza un poco del cambio de trato, por lo que prefiere distender la conversación.

—He preguntado a los otros paladines que custodian nuestra ciudad, y no han podido dar respuestas a mis dudas.

Burke sorprendido recordó su fama, al parecer, que ella sea miembro de una familia tan distinguida no cambiaba la curiosidad que el joven paladín generaba.

—¿Qué desea saber? —Burke puede notar que la joven está algo nerviosa, que es incapaz de simplemente preguntar, por lo que se adelanta con una extraña pregunta— ¿No le extraña, mi dama, que la única moneda con nombre sea esta fea y desvalorada moneda?

La muchacha ajustó sus gafas y observó intrigada y confusa a Burke, quien jugaba en sus manos con la pieza.

—Verá —Continuó—, en los tiempos de Kendrik, el Primer Gran Emperador, aún no teníamos un sistema como este de transacciones con metales. Existía una forma muy antigua llamada intercambio. En ese intercambio gente entregaba comida por forraje, armas por animales, ropas por papiros. De esta forma, lo que una zona territorial no tenía, podría conseguirla en el intercambio con las otras, así se conformaron grupos dedicados a esta actividad y las primeras rutas y calles fueron construidas por este rubro, esos mercaderes incluso conformaron familias muy poderosas y renombradas hasta hoy.

Cuando el Elegido Kendrik tuvo que empezar las campañas de conquista para unificar lo que sería el magnánimo Reino Único del Sol debió abastecer a sus tropas, para ello negoció con un grupo de mercaderes para conseguir grandes cantidades de todo. Pero ciertamente el Emperador no tenía mucho que ofrecer en cuanto al intercambio. Así que para obtener lo necesario luego de las pérdidas gigantescas en la Guerra contra Locura, ofreció a los mercaderes lo que tenía en su poder, un metal que aseguraba provenía de algunos de los orbes que habitan en el cielo, esas que hoy llamamos estrellas, cada una de ellas es la esencia de un dios menor, pero para ese entonces, mi dama, ellos le llamaban puntos —El cantinero interrumpió cuando puso los vasos frente a ellos, uno con cerveza negra, otro con un elixir con olor a menta. Retiró los otros cuencos ya vacíos y se retiró. En todo ese lapso de tiempo, Burke en silencio miraba los ojos fascinados de Madelaine.

—Pues bien, estos puntos —prosiguió— no eran otra cosa que un metal muy común en las costas de lo que es hoy el resplandeciente Reino del Sol, pero escaso en todo Creación conocido. Además, este metal tiene una cualidad: si bien son opacos, al ponerse bajo una luz cálida, brillan como luciérnagas en una noche sin Luna. Parece que a lo realmente hermoso le gusta ocultarse —le dice mientras cuidadosamente le arregla un mechón de cabello, acto después del cual la joven Bonham se ruboriza, exigiéndole continuar mientras disimula el nerviosismo.

—El Gran Kendrik le solicita a su amigo más cercano, aquella persona que nunca dudó del Elegido, el poderoso Hallselt, que le ayudara a crear grandes cantidades de esas piezas, trozos de metal pequeño para intercambiar con los comerciantes. Él accede sin dudar, con ello empieza la forja de muchas de estas monedas, las hacen redondas para simular a las estrellas y el fiel Hallselt las hacía arder en el fuego que en generaciones representará el poderío de su linaje —Burke mientras decía esto tomó un sorbo de la cerveza para refrescar su garganta del parloteo, la señorita le admiraba, perdida en la voz del guerrero.

—¿Hicieron suficientes piezas? —Preguntó la joven cautivada por la historia del narrador, pareciera que olvidó por completo lo que estaba buscando de él.

—Unos días más tarde, al atardecer, se reunió la familia de mercaderes que en sus carromatos portaban toda clase de artilugios, desde comida para un centenar de tropas hasta unos pergaminos. Por su parte, el Gran Emperador y el poderoso Hallselt se aproximaban con un séquito de escoltas que arrastraban unas carretas. Los comerciantes se acercaron a la extraña mercancía, y ahí estaban, piezas metálicas redondas que llenaban cada rincón de las carretas y que decepcionaban a los mercaderes. «¿Dónde están los puntos prometidos?» dijo uno de los comerciantes, a lo que el Elegido le respondió con un gesto extendiendo su palma con orgullo guiándole con ella la mirada a las carretas, acto seguido les hace esperar, en ese momento el Emperador pone una sonrisa segura, en ese preciso instante donde el Justo Sol deja paso al resguardo de la Dama Luna, y con ella, llega la penumbra.

Burke observa como Madelaine sigue sus gestos y movimientos, incluso deja su preciado libro cuidadosamente en la barra.

—Bajo la luz de la Dama —Prosigue—, la luz tenue emitida por las antorchas acomodadas por el fiel Hallselt a los lados de las carretas hace que la propiedad del metal los haga brillar, una irradiación hermosa solo comparado al del oro siendo rozados por el cálido resplandor del Justo Sol. Los mercaderes miraban asombrados y con codicia las carretas, tanto que se dice uno de ellos se abalanzó sobre una, desfondándola y cayendo muy duro al piso. Mientras tanto los hombres del Emperador Kendrik tomaban posesión de los carromatos.

—¿Y cómo se popularizaron tanto? —Burke estaba llanamente sorprendido de la acogida de su historia, donde ya no solo Madelaine Bonham lo escuchaba atentamente, sino que todos los comensales y algunos paladines de guardia.

—Los comerciantes claramente creyeron haber hecho el negocio de sus vidas, pero cuando trataron de comerciar en el sector de los graneros, hoy parte de los gloriosos territorios del Reino del Sol, los pobladores se burlaron de los mercaderes, mostrándoles mucho de ese mineral en bruto que les servía para iluminar las oscuras noches de trabajo. Los mercaderes sintiéndose estafados fueron los primeros detractores de la unificación —Burke vuelve a beber otro sorbo de su cerveza, con ello puede apreciar que la gente está muy pendiente de su relato, sobre todo Madelaine, que tiernamente acomoda sus anteojos nuevamente esperando a oír la resolución de la historia—. En el intertanto, los pobladores replicaron las piezas redondas, al parecer les era más cómodo portarlas y siguieron llamándoles puntos, como los mercaderes se refirieron a ellos cuando trataron de comerciar.

—Razón debían tener para oponerse —Dijo segura la joven, casi apenada por el comportamiento del Primer Emperador.

—Te equivocas —Burke le miró con una mirada casi reprobatoria—, El Sol y su elegido son justos, nuestro gran Emperador entregó algo que fascinó a los comerciantes y cumplía con sus expectativas, era un trato justo, así como la gran lucha contra Locura era de gran valor para él, pero simplemente un suceso casi pasajero para los comerciantes, el valor de las cosas depende de su punto de apreciación, y esa fue la lección que el gran Kendrik el Primero les dio —Madelaine recuperó la sonrisa provocada por su admiración hacia el Elegido y sonreía aún más al ver al paladín en frente tan fieramente comprometido con la imagen del gran Kendrik.

—Sin pensar lo que habían desatado, la gente empezó a imitar esta acción, redondeando los metales para ser cargados, y por su parte los puntos sirvieron como un símbolo pues, así como los puntos fugaces la gente decía que cumplía deseos, los puntos de acá tenían una idea parecida, la de un favor a cumplir, porque eso son las monedas ¿no? Un favor que podrás cobrar a futuro por alguien que desee tener un favor a futuro. Los mercaderes fueron pioneros, si bien su primer intento fue un fracaso, en todo el resto de los territorios conocidos la gente estaba extasiada por aquel metal, popularizándose como moneda de cambio; y este negocio del primer Emperador terminó por gestar un sistema económico que vivirá a la par del intercambio hasta hoy, y claro, esa moneda de material opaco, fea y roñosa, se inmortalizará con el nombre de puntos, base de la economía en toda Creación —El paladín termina esa frase moviendo unos puntos hasta el cantinero para pagar su cuenta. En eso se disponía a dar la vuelta para salir entre los aplausos de la gente emocionados por la historia.

Madelaine lo sigue rauda, chocando con la espalda del joven de melena azabache quien se detuvo para revisar que estuviese bien.

—Maese Erbey, ¿Qué sabe del castillo ubicado al oeste, allá en las islas? —La dama se levanta con la ayuda de Burke quien la mira con una sonrisa de orgullo.

—Eso, señorita, es historia de otra copa, pero feliz espero su compañía mañana en este mismo lugar.

por: BeCo

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