Vicio y Lealtad

A Kata Barend le pareció ver un destello rojo a la distancia, ahí donde todos los árboles parecían una sola cosa. Cuando se fijó mejor, el brillo ya no existía, como si nunca hubiera estado ahí. La torre de vigilancia permitía una increíble vista de las fronteras del Reino del León, pero aun así los Bosques del Este estaban lejos de la fortaleza.

— ¿Qué ves, hermanita? —habló una voz metálica, de alguien subiendo las escaleras de la torre.

—No te esperaba hasta mañana, Liam —la forma en que la llamó y el eco de su característico yelmo eran inconfundibles.

La joven guerrera corrió a abrazar a su hermano, que sin dificultad la levantó del suelo.

—Ha pasado mucho tiempo —dijo ella, quitando el pañuelo rojo de su rostro, mientras su hermano volvía a ponerla en el suelo.

—Demasiado, pero ya he vuelto. Te extrañé —respondió el discípulo, sujetando su yelmo bajo el brazo—. ¿Y qué era lo que veías? Parecías concentrada.

—Lo estaba. Veía los Bosques del Este.

—Oh —de pronto hubo melancolía en la voz de Liam—… ¿Escuchaste las noticias?

—Sí, cayeron dos grandes guerreros —responnjo Kelm, no más de lo que sabían todos en el Reino del León y algunas cosas que su hermana le había contado. Pero a Adler Baldwin sí lo conoció bien.

—Tenían talento los dos… Adler era un gran jinete, y aún mejor arquero, pero siempre lamentamos sus costumbres en la academia.

—Todo el Reino lamentaba esas costumbres —dijo Kata, logrando que su hermano soltara una risa.

“Esas costumbres” pensó Liam, recordando todos los problemas que causaba Adler cuando eran aprendices. Se presentaba borradió Kata con cierta tristeza.

El discípulo nunca supo demasiado sobre Hacho, se lo veía con mujeres desconocidas por los campos de entrenamiento, y siempre estaba golpeado y sucio, fuera por la última pelea en que se había metido o por los últimos apostadores a los que no había pagado. Un episodio en especial llegó a la mente de Liam, algo que había ocurrido hace años y que jamás podría olvidar.

— ¿Recuerdas las pruebas de velocidad que nos ponían en la academia? —le preguntó el discípulo a su hermana.

—Varias, sobre todo las que me enseñaste, ¿por qué?

—Una vez, en medio de una de las más difíciles, Baldwin se apareció quejándose de su resaca, aunque todos sabíamos que estaba adolorido por una pelea de bar que había tenido la noche anterior… aparte de la resaca. Saltaba a la vista que había sido una grande, además de los golpes de siempre había aparecido con trozos de vidrio y astillas clavados, un ojo más morado que nunca, y creo que con los nudillos sangrando. Varios dijeron haberlo escuchado la noche anterior, gritando borracho sobre cuántos tipos había dejado tirados, orgulloso de que fueron más de veinte.

—Vaya, sin duda ponía en uso lo que aprendía en la academia.

—O ponía su talento natural para pelear a uso en la academia… nunca estuvimos seguros realmente. Golpeado y con resaca como estaba, superó esa prueba fácilmente… aunque, recuerdo otra que superó gloriosamente.

—Cuéntame —dijo Kata. Recordaba algunas anécdotas sobre Adler de cuando ella y su hermano aún eran aprendices. Siempre eran divertidas de escuchar.

—También era prueba de velocidad, nos habían formado en pequeños escuadrones, y enviaron a cada grupo por una senda diferente de una arboleda. Adler estaba en mi escuadrón. No sabíamos qué nos esperaba, y resultaron ser arqueros. Varios soldados, bajo el mando de los maestros de la academia, estaban escondidos entre las ramas, y nos emboscaron con flechas desde todas las direcciones. Aunque yo y otros cuantos del escuadrón gritamos órdenes para formar rápidamente, para levantar los escudos, para ver desde dónde llegó cada flecha… Adler se dedicó a gritar insultos en todas las direcciones. Tan exasperante fue que algunos de los soldados escondidos entre las ramas bajaron de los árboles, querían molerlo a golpes. Ya no nos disparaban, y estaban a nuestro alcance, así que atacamos. Él solo dejó tirados a cuatro soldados. El maestro que nos envió a la prueba no sabía si felicitarlo por el éxito o si golpearlo por la ridiculez que había hecho —narró Liam, apenas conteniendo la risa al terminar.

—Oye, creo que recuerdo esa historia —dijo Kata sonriente—, ¿no fue ese día en la noche una de nuestras reuniones?

—Sí… sí lo fue —respondió el discípulo, recordando—. Esa noche me enseñaste cómo los fanáticos entrenaban su velocidad.

Los dos hermanos recordaron la escena de años atrás al mismo tiempo. Se habían reunido a las afueras de la academia de fanáticos, el edificio más cercano a los Bosques del Este en todo el Reino y en toda Creación.

—Hoy tuvimos entrenamiento de velocidad —le dijo Liam a su hermana cuando llegó a visitarla.

—Nosotros también —respondió ella.

— ¿Los fanáticos también entrenan su velocidad de reacción?

—No, nosotros entrenamos la velocidad física. Ven, te mostraré —dijo la entonces aprendiz, llevando a su hermano hacia un campo de entrenamiento, construido entre árboles cercanos a los espesos Bosques del Este. Se encontraba vacío.

— ¿Eso es parte de tu entrenamiento? —le preguntó Liam a Kata, algo incrédulo, al verla recogiendo piedras. Comparado a los complejos entrenamientos de un discípulo, dirigidos a la velocidad de reacción, la estrategia en medio del campo de batalla y el manejo de varios estilos diferentes de combate, esto parecía un juego.

—Sí, toma —respondió ella, quitándose las vendas de cuero que llevaba en las manos y entregándoselas—. Póntelas —le dijo, y eso hizo él.

Cuando tuvo las vendas sujetas, ella le lanzó una piedra, dándole de lleno en el hombro derecho. La segunda le dio en una rodilla. La tercera, Liam logró desviarla con un golpe. La cuarta también. Apenas logró desviar la quinta, pues venía acompañada de otra piedra, a la altura del suelo. Golpeó la alta, pero la baja lo impactó en un tobillo, haciéndolo perder el balance para cuando vino la siguiente piedra.

—Duraste más en pie que varios aprendices de fanático —le dijo su hermana, agachada junto a él y ayudándolo a levantarse del suelo—. Aunque yo no lanzo tan rápido ni fuerte como el maestro Hanjo —agregó con una sonrisa.

—Algún día lo harás —le dijo Liam, sacudiéndose la tierra de encima.

—Era un gran maestro —dijo Kata de pronto, rompiendo el silencio en que ella y su hermano habían caído mientras recordaban, mirando nuevamente a los Bosques del Este, buscando ese destello rojo que tal vez nunca había estado ahí, recordando los arduos entrenamientos físicos que tenía en la academia, dirigidos a aumentar su fuerza y velocidad.

— ¿Qué dijiste, hermanita? —dijo él, volviendo también al presente desde sus recuerdos de aquella noche en que su hermana menor lo había entrenado.

—Hanjo. Era un gran maestro —respondió la fanática, incapaz de ocultar la melancolía en su voz.

—Sin duda lo era —dijo Liam, rodeando los hombros de su hermana con el brazo derecho, mirando también hacia los Bosques del Este—. ¿Cómo iba aquella historia que me contaste sobre él?

— ¿Cuál de todas?

—Una sobre una pelea que tuvo… contra un gigante… no recuerdo.

—Ah, el enfrentamiento en el norte. El maestro Hanjo había cruzado la frontera y recorría los campos congelados. Parecía que un salvaje había entrado y salido de una de nuestras fortalezas, así que él siguió el rastro, solo. Antes de encontrar al salvaje, lo encontró un guerrero con el doble de su tamaño. Conociendo a los Lobos Blancos, Hanjo sabía que iba a tener que pelear. El bárbaro se burló, viendo un León solo, sin escuderos que lo acompañaran. Hanjo le dijo que dejara las palabras. A pesar de la diferencia de tamaño y fuerza, el León venció al Lobo Blanco…

—Como era de esperarse.

—… Gracias a un escupitajo bien puesto —terminó la fanática con una sonrisa.

—… ¿Cómo? —preguntó Liam.

—El maestro Hanjo decía que uno de los factores por los que ganó esa pelea fue un escupitajo bien puesto.

—Suena como algo que habría hecho Adler.

—Pues eran buenos amigos, tal vez lo aprendió de él.

—Es posible… ¿Escuchaste alguna vez el rumor sobre la deuda que tenía Hanjo con Baldwin?

—No más que el hecho de que existió una deuda, y que al pagarla Hanjo renunció a ser un fanático… Supongo que el maestro prefería no hablar de eso. ¿Tú supiste más?

—Sí, pero no de Adler. Nunca mencionó el tema, pero la historia era común entre otros aprendices. Baldwin le había salvado la vida a Hanjo.

—Oh —Kata apenas podía creer que el poderoso maestro Hanjo le haya debido la vida a alguien—… ¿Cómo sucedió eso?

—No lo sé, se contaban tantas versiones diferentes que nadie en la academia estaba seguro. Ya ni siquiera recuerdo todas… y tal vez hasta Adler ya había olvidado la verdad, pero no creo que haya olvidado cómo Hanjo le pagó la deuda. Algunos detalles cambiaban según el narrador, pero el punto siempre era el mismo. Baldwin ni siquiera habría sido admitido en la academia, y lo habrían expulsado varias veces, pero Hanjo lo impidió desde el principio. Perdió su posibilidad de ser nombrado fanático para que Adler no perdiera la suya de ser un discípulo.

—Una deuda es una deuda —dijo Kata, casi en un susurro, entendiendo mejor por qué Hanjo, a pesar de su talento, no llevó el título—. La lealtad es algo difícil… Al menos pudo ser un maestro en la academia, a pesar de no ser él mismo un fanático.

—Y entrenó bien a sus aprendices, sin duda —dijo Liam, y ambos hermanos se dedicaron una sonrisa—. Recuerdo siempre cuando me enseñabas lo que aprendías de él.

—Era fuerte, rápido, preciso… Todo lo que debe ser un fanático. No nos enseñó a ser así, nos hizo así. Su capacidad para pelear era increíble. Demostraba los golpes letales que debe manejar un fanático con tal facilidad y rapidez, conocía cada punto vulnerable del oponente, en dónde golpear para doblegar a cualquiera—la voz de Kata estaba llena de admiración, mas también revelaba algo de tristeza.

—Estaría orgulloso de ti —le dijo su hermano—, estoy seguro de que ya manejas todo eso tan bien como él lo hizo —ella desvió la mirada hacia el este, hacia el espeso bosque, acercándose al borde de la torre, pero sonrió.

—Gracias… Nuestro padre estaría orgulloso de ti, ya uno de los mejores discípulos del Reino del León —le respondió la joven—. Has seguido bien sus pasos.

—Y nuestra madre también estaría orgullosa de ti, ya una reconocida fanática, tal como ella si no mejor —él se acercó también al borde de la torre, apoyándose sobre las almenas, mirando hacia donde ella miraba—. Hace tan poco éramos aprendices, entrenándonos el uno al otro por la noche, mezclando las enseñanzas tan diferentes de las dos academias… Sin tu ayuda no habría llegado a donde estoy.

—Y sin tu ayuda, yo tampoco.

El silencio reinó mientras los hermanos veían la indescifrable maraña de árboles. Esta vez, ambos notaron un leve destello rojo a la distancia, ahí donde los árboles parecían una sola cosa. Al fijarse mejor, ninguno logró verlo de nuevo.

por: Daniel L. Ruiz

Visítanos e infórmate en nuestras redes sociales

Top
Relatos de Creación